La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Peñahonda

A la mañana siguiente, la sala de trabajo parecía más pequeña.

Durante diez días habían llenado las paredes con horarios, recorridos, nombres y copias de documentos.

Ahora quedaban carpetas cerradas, cajas preparadas para el traslado y una pizarra casi limpia.

Noelia había retirado la cronología principal antes de que Mara llegara y comprobaba por última vez el índice de anexos.

Andrés repasaba con el instructor de la UOPJ qué material permanecía allí y qué debía incorporarse a las actuaciones judiciales.

La parte decisiva de la investigación había terminado, aunque todavía quedaran horas de trabajo administrativo.

Mara dejó el abrigo en el respaldo de una silla.

—¿Qué falta?

Noelia señaló dos carpetas.

—Firmas, entrega de copias y cerrar el inventario de documentación de la asociación. También quieren que devolvamos hoy todo lo que ya no esté intervenido.

—¿Algún problema con el juzgado?

—Ninguno. El instructor ha hablado con ellos esta mañana.

Andrés levantó la vista.

—Y territorial quiere saber cuándo desaparecemos para recuperar su sala.

—Diles que hemos pagado alquiler.

—Con café malo.

—Entonces nos deben dinero.

Noelia sonrió y volvió al ordenador.

Mara recorrió con la mirada el espacio que habían ocupado desde el primer día.

Aquel lugar había funcionado como una frontera entre dos formas de mirar el caso: fuera estaban las carreteras, las casas de los usuarios, las pistas y los desniveles; dentro, todo eso se convertía en horarios, declaraciones, informes y decisiones.

Daniel ya no necesitaba estar presente para que su nombre siguiera apareciendo en los documentos.

La investigación había conseguido algo más difícil que una confesión: una reconstrucción capaz de sostenerse aunque él continuara negándola.

La primera visita de la mañana fue a la sede de Ayuda Sierra Norte.

Lucía los recibió en un despacho donde faltaban dos archivadores trasladados durante la investigación. Sobre una mesa había cuadrantes nuevos, llamadas pendientes y hojas impresas con cambios de turno.

—Estamos funcionando como podemos —dijo.

Noelia miró el cuadrante.

—¿Habéis cubierto todas las visitas?

—Todas, no. Las prioritarias sí. Hemos pedido apoyo para esta semana y algunas familias se están organizando entre ellas.

Aquella era una consecuencia que no aparecía en el informe penal.

Teresa coordinaba un servicio que ya funcionaba con poco margen.

Su muerte había dejado un hueco profesional además del personal, y la investigación había tensionado aún más una estructura que dependía de unas pocas personas, de vehículos recorriendo muchos kilómetros y de horarios que a menudo solo cuadraban porque alguien aceptaba hacer más de lo previsto.

Lucía apartó unos papeles.

—A Mateo le han cambiado la visita de la tarde. Sonia va mañana por la mañana.

Mara recordó la cocina, la llamada de la sobrina y la dirección en la que Mateo había visto alejarse a Teresa.

—¿Cómo está?

—Enfadado con todo el mundo. En su caso suele ser buena señal.

—¿Sabe lo de Daniel?

—Aquí lo sabe media comarca.

No hacía falta preguntar cómo.

Lucía apoyó las manos sobre la mesa.

—Hay gente diciendo que la asociación llevaba años sin controlar nada.

—¿Era así?

—No. Pero ahora parece muy fácil decirlo.

Mara esperó.

—Teresa controlaba mucho —continuó Lucía—. Ese era precisamente el problema para algunos. Otra cosa es que no pudiera revisar cada desplazamiento el mismo día. Éramos cuatro personas intentando cuadrar visitas en pueblos y alquerías donde una incidencia de media hora te rompe una tarde entera.

No sonaba a defensa corporativa.

Sonaba a cansancio.

—La revisión de Daniel iba a ampliarse —dijo Mara.

—Sí.

—¿Vais a revisar también otros proveedores?

Lucía asintió.

—La junta lo ha decidido. Y también quieren cambiar los sistemas de validación. Teresa llevaba tiempo diciendo que no podíamos depender de hojas entregadas semanas después.

Noelia intervino.

—Eso puede mejorar el control, pero no os va a resolver las distancias.

—Ya.

Lucía señaló el mapa de la pared. Varias localidades aparecían unidas por líneas de colores que representaban rutas de atención.

—Puedes poner todos los controles que quieras. Si para llegar a una persona necesitas cuarenta minutos de carretera y solo tienes dos trabajadoras para tres valles, las cuentas siguen saliendo mal.

Mara conocía bien aquel tipo de problema.

La tecnología podía registrar una hora, un trayecto o una factura. No acortaba carreteras, no multiplicaba personal y tampoco evitaba que una asociación pequeña dependiera demasiado de unas pocas personas hasta que una baja, una renuncia o una muerte hacía visible lo frágil que era el sistema.

—¿Vais a poder continuar? —preguntó.

Lucía tardó en responder.

—Sí. Pero no igual.

Antes de marcharse, Mara pidió hablar unos minutos con Sonia.

La encontraron en un pequeño almacén preparando material para una visita. Pareció incómoda al verla, aunque ya no había miedo en su expresión.

—Supongo que ahora ya sabéis que yo no tuve nada que ver.

—Lo sabemos.

Sonia bajó la vista hacia la bolsa que estaba organizando.

—Lo de Pilar me va a traer problemas.

—Eso seguirá su propio cauce.

—Ya.

La visita informal que Sonia había ocultado continuaba existiendo aunque no tuviera ninguna relación con la muerte de Teresa. La investigación había aclarado su mentira, pero no podía borrar sus consecuencias laborales.

—¿Te arrepientes de haber mentido? —preguntó Mara.

Sonia soltó aire.

—Me arrepiento de haber hecho las cosas mal. Mentir vino después.

Mara asintió.

Era una respuesta más útil que cualquier promesa.

—Teresa se habría enfadado muchísimo conmigo.

—Probablemente.

Sonia levantó los ojos.

—Pero no me habría echado sin escucharme.

Mara no sabía si era cierto.

Tampoco tenía por qué decidirlo.

Teresa había ido tomando forma durante aquellos días a través de quienes la conocían: exigente, incómoda cuando algo no cuadraba, capaz de revisar documentos que otros preferían dar por buenos.

Nada de eso la convertía en una mujer perfecta.

Sí explicaba por qué aquella tarde quiso dedicar cinco minutos a una conversación que no llegó a terminar.

Elena había pedido recoger algunos documentos personales de su hermana que ya podían devolverse.

Llegó acompañada de un primo. Él no intervino durante la entrega y se limitó a cargar una caja cuando terminaron.

Elena revisó el contenido por encima.

—¿Esto estaba en su despacho?

—Parte en el despacho y parte en casa —explicó Noelia—. Aquí está todo lo que ya no tiene interés para la investigación.

Elena tocó una carpeta azul.

—Esta era suya desde hacía años.

Mara reconoció el gesto de quien encuentra algo cotidiano en mitad de un procedimiento que había vuelto extraños hasta los objetos más normales.

—Quedan documentos incorporados a las actuaciones —dijo—. Más adelante podrás pedir información por los cauces correspondientes.

Elena cerró la caja.

—Ayer no dormí.

Mara esperó.

—Pensaba que cuando supiera quién había sido me sentiría distinta.

—¿Y no?

—Sí, pero no como esperaba.

Se apoyó en el borde de la mesa.

—No siento alivio. Solo pienso que Teresa fue a hablar con él porque estaba haciendo su trabajo.

Mara había pensado lo mismo.

—Eso es lo que indica la investigación.

—Y si hubiera mandado directamente los papeles a alguien, quizá...

—No puedes saber qué habría ocurrido.

—Ya.

Elena guardó silencio.

Mara no intentó llenarlo.

Había demasiadas versiones del pasado que solo parecían posibles porque ahora conocían el final.

Si Teresa hubiera llamado antes.

Si hubiera ido acompañada.

Si Daniel hubiera respondido de otra manera.

Si alguien hubiese revisado las facturas semanas atrás.

Nada de eso podía cambiar lo sucedido.

—Una cosa —dijo Elena.

—Dime.

—¿Sabéis exactamente cómo murió?

Mara eligió las palabras con cuidado.

—Sabemos que sufrió una agresión en la zona del molino y que el traumatismo craneal se produjo antes de que su coche llegara a la Curva. La reconstrucción más probable es una confrontación física seguida de un impacto contra una superficie de piedra.

—¿La empujó?

Mara mantuvo la misma precisión que habían usado en los informes.

—Es compatible con lo que creemos que ocurrió, pero la mecánica exacta no puede establecerse con la misma certeza que el resto.

Elena asintió lentamente.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Porque podrías haberme dicho que sí.

Mara entendió.

A veces resolver un caso también consistía en conservar los límites de lo que podía demostrarse.

Terminaron las diligencias poco después de las dos.

El instructor de la UOPJ recibió las últimas carpetas y firmó el acta de entrega. Andrés comprobó el maletero antes de cerrarlo. Noelia llevaba una mochila con el portátil y una bolsa que parecía demasiado pesada para contener solo papeles.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó Andrés.

—Cosas importantes.

—Eso no responde.

—Cargadores, libretas y comida.

—En ese orden.

—Naturalmente.

Mara miró la hora.

—Podéis salir hacia Madrid.

Andrés dejó de colocar una maleta.

—¿Y tú?

—Voy a pasar por Peñahonda.

Noelia no pareció sorprendida.

—¿Vienes después?

—Sí. Saldré más tarde.

—Alicia ha preguntado cuándo llegábamos.

—Dile que mañana me tendrá allí.

Andrés cerró el coche.

—¿Seguro que no quieres que esperemos?

—Seguro.

No fue una despedida solemne. En pocos días volverían a coincidir en Madrid, probablemente alrededor de otra mesa, con correos acumulados y trabajos que no tendrían nada que ver con Teresa Roldán.

Andrés le tendió las llaves de un vehículo.

—Entonces no tardes.

—No soy yo quien conduce como si transportara cristalería.

—Eso se llama prudencia.

—Eso se llama formar una caravana detrás.

Noelia abrió la puerta.

—Me voy antes de que empecéis otra vez.

Mara los vio incorporarse a la carretera y esperó hasta que desaparecieron en la primera curva.

Después tomó el desvío hacia Peñahonda.

La tarde estaba más clara que los días anteriores.