La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 30 #2
100%

Capítulo 30 #2

Las nubes se habían levantado y dejaban ver las laderas cubiertas de castaños, pinos y manchas de monte bajo. El otoño empezaba a cambiar los colores sin haber borrado todavía el verde. En algunos tramos, el asfalto seguía húmedo bajo las zonas de sombra.

Mara condujo sin prisa.

Durante casi dos semanas había recorrido aquellas carreteras calculando tiempos, comparando accesos y observando cruces. Ahora podía reconocerlas sin convertir cada curva en una medida.

Sabía dónde empezaba una pendiente que de niña le parecía interminable, dónde se ensanchaba la carretera antes de un puente y en qué punto aparecía por primera vez una vista del valle.

Su manera de leer el espacio no había empezado en una academia.

Había empezado allí, mucho antes de que supiera que algún día le serviría para trabajar.

No convirtió esa idea en una explicación de sí misma.

Peñahonda seguía siendo su lugar de origen.

Nada más y nada menos.

Al entrar en la alquería vio dos coches junto a la fuente y a un hombre descargando sacos de una furgoneta. Una mujer mayor hablaba desde una puerta con otra que estaba unos metros más abajo.

No había nada detenido en el tiempo.

Era una tarde normal.

Eso le gustó.

Mercedes estaba en la cocina.

Había dejado una cazuela pequeña en el fuego y tenía la radio encendida a bajo volumen. Cuando oyó abrirse la puerta, apareció en el pasillo con un paño en la mano.

—Pensaba que vendrías mañana.

—Yo también.

—Entonces ninguna de las dos acierta nunca.

Mara dejó la chaqueta.

—¿Has comido?

—Sí.

Mercedes la miró.

—Eso ha sido demasiado rápido.

—He comido.

—¿Bien?

—Aceptablemente.

—Tampoco me convence.

Mara sonrió y entró en la cocina.

Sobre la mesa había pan, queso y un plato con fruta. Mercedes no preguntó por el caso hasta que se sentaron.

—Lo han detenido.

—Sí.

—Aquí lo sabía media comarca antes de que lo dijeran en la radio.

—Eso imaginaba.

Mercedes cortó una manzana.

—¿Fue él?

Mara apoyó los brazos en la mesa.

—La investigación lo sitúa como responsable y el juzgado ha respaldado los indicios. La instrucción seguirá.

Mercedes levantó la vista.

—Ya sabes lo que te pregunto.

Mara la conocía demasiado para fingir que no.

—Sí. Creemos que fue él.

Mercedes asintió.

No pidió detalles.

Durante unos segundos solo se oyó la radio y el cuchillo contra el plato.

—Pobre mujer —dijo después—. Y pobre familia.

Mara pensó en Elena recogiendo la carpeta azul.

—Sí.

—¿La conocías de antes?

—No.

—Pero ahora casi parecerá que sí.

Mara miró a su madre.

—No tanto.

Mercedes dejó el cuchillo.

—Mejor.

Aquello la sorprendió.

—¿Por qué?

—Porque diez días de papeles no son una vida entera.

Mara se quedó pensando.

—Eso también es verdad.

Mercedes repartió la manzana entre las dos.

No necesitaron hablar del caso durante el resto de la comida.

Julián llamó mientras recogían la cocina.

Mercedes puso el teléfono en manos de Mara.

—Te busca a ti.

—¿Cómo sabes que no te busca a ti?

—Porque ya me ha llamado esta mañana.

Mara contestó.

—Hola.

—Mamá dice que estás ahí.

—Acabo de llegar.

—¿Ya has terminado?

—Sí.

—¿Del todo?

—Lo suficiente para volver mañana a Madrid.

Julián guardó silencio un instante.

—He leído que han detenido a alguien.

—Sí.

—¿Estás bien?

Mara miró por la ventana de la cocina. Desde allí se veía parte de la ladera y dos tejados más abajo.

—Estoy bien.

—Eso dices siempre.

—Porque normalmente es verdad.

—Normalmente no es siempre.

Mercedes levantó una ceja desde el otro lado de la mesa.

—No empieces tú también.

Julián se rio.

—No empiezo nada. Solo preguntaba.

Hablaron después de asuntos que no tenían relación con Teresa. Julián iría a ver a Mercedes el fin de semana. Había tenido problemas con un grupo de alumnos y quería cambiar una práctica de taller.

Antes de colgar preguntó:

—¿Cuándo vuelves a Peñahonda?

—No lo sé.

—Eso también lo dices siempre.

—Porque tampoco lo sé nunca.

—Pues tendrás que mejorar el repertorio.

Cuando terminó la llamada, Mercedes dijo:

—Tiene razón.

—No sé sobre qué.

—Sobre que deberías venir más.

—Tú siempre dices que no necesitas que venga.

—Una cosa no tiene que ver con la otra.

Mara aceptó la corrección.

Inés llamó cerca de las seis.

Mara había salido a caminar por la parte alta de la alquería y contestó junto a un muro desde el que se veía la carretera de acceso.

—Mamá.

—Hola.

—¿Ya está?

Mara entendió enseguida.

—Sí.

—¿Puedes contarme algo?

—Algo.

Le explicó lo imprescindible: habían identificado al responsable, la investigación estaba judicializada y ella regresaría a Madrid al día siguiente.

Inés no pidió detalles morbosos.

—¿Y tú cómo estás?

Mara apoyó una mano en la piedra del muro.

—Cansada.

—Eso sí me lo creo.

—Gracias por la confianza.

—¿Vas a dormir en casa de la abuela?

—Sí.

—Entonces comerás mejor que estos días.

—Todo el mundo parece preocupado por eso.

—Porque te conocemos.

Mara miró las casas dispersas, las pequeñas parcelas y la carretera que bajaba hacia el fondo del valle.

—¿Vienes algún fin de semana?

—¿A Las Hurdes?

—Sí.

—Podría. Hace bastante que no voy.

—Mira cuándo puedes.

Inés tardó un poco en contestar.

—Eso ha sonado casi como una invitación.

—No exageres.

—Lo apunto como acontecimiento histórico.

Mara sonrió.

—Mañana te llamo cuando llegue.

—Vale.

Antes de colgar, Inés dijo:

—Me alegro de que lo hayáis resuelto.

Mara observó un coche que subía por la carretera.

—Yo también.

No añadió nada más.

A la mañana siguiente salió temprano.

Mercedes todavía estaba en bata cuando Mara bajó la maleta.

—Podrías esperar una hora.

—Quiero llegar a Madrid antes de que se complique la carretera.

—Siempre tienes una explicación.

—Para eso me pagan.

Mercedes la acompañó hasta la puerta.

—Llama cuando llegues.

—Sí.

—Y no tardes meses en volver.

—Intentaré que no.

Su madre no insistió.

Mara dejó la maleta en el coche y arrancó.

Cuando tomó la carretera principal, Peñahonda fue desapareciendo poco a poco entre las laderas. No sintió la necesidad de mirar constantemente por el retrovisor.

Aquel lugar seguiría allí.

Eso bastaba.

Podía haber elegido la ruta más directa hacia Madrid.

En cambio, antes de abandonar la comarca, tomó el desvío que pasaba por la Curva del Castañar.

No quería reconstruir otra vez el crimen ni despedirse de Teresa, a quien apenas había conocido a través de documentos, declaraciones y recorridos.

Solo quería mirar el lugar una vez sin medirlo.

Aparcó en una zona segura y caminó unos metros.

La carretera estaba despejada. La humedad de la noche seguía en la cuneta y entre las piedras. Desde allí, el desnivel parecía suficiente para explicar un accidente a cualquiera que llegara sin más información.

Eso había ocurrido al principio.

Un coche fuera de la carretera, una mujer muerta y un escenario capaz de ofrecer una explicación sencilla.

El caso empezó a cambiar cuando dejaron de preguntarse únicamente cómo podía haber salido el vehículo y empezaron a preguntarse por qué Teresa estaba allí.

La diferencia parecía pequeña al formularla.

En la investigación lo había cambiado todo.

Mateo aportó una dirección. Los mensajes unieron a Teresa con Daniel.

El cierre de Los Barreros y la declaración del encargado abrieron una franja que la primera hora dada por Daniel había hecho parecer mucho más estrecha.

La pista del molino ofreció un lugar donde ambas trayectorias podían coincidir.

Después llegaron los materiales, la lesión previa, el motivo y una secuencia que continuó sosteniéndose incluso cuando intentaron romperla con las explicaciones más favorables para Daniel.

El paisaje no había resuelto el crimen por sí solo.

Había obligado a las versiones a someterse a distancias, tiempos y accesos reales.

Y una de ellas no resistió.

Mara regresó al coche.

Antes de entrar, miró una última vez la curva y la carretera que continuaba más allá.

Teresa recorría aquella zona porque su trabajo la obligaba a enlazar lugares dispersos, donde una visita podía estar a veinte minutos de la siguiente y cualquier incidencia cambiaba una jornada entera.

Daniel había intentado aprovechar esa misma geografía para ocultar lo ocurrido dentro de una apariencia verosímil.

Durante unos días funcionó.

Después, los recorridos empezaron a contradecirlo.

Mara se sentó al volante y arrancó.

No se llevaba un enemigo pendiente, un misterio abierto ni una promesa de volver sobre el caso.

La investigación por la muerte de Teresa Roldán estaba resuelta en lo esencial y seguiría ahora su curso donde correspondía: en el juzgado, en los informes y en la vida de quienes tendrían que continuar sin ella.

Para Mara quedaba algo mucho más sencillo.

Volver a Madrid.

Se incorporó a la carretera y dejó atrás la Curva del Castañar.

Esta vez no necesitó calcular cuánto tardaría en llegar.