La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

La medida

La llamada llegó a las ocho y doce de la mañana, cuando Mara todavía estaba terminando el primer café.

El instructor de la UOPJ apareció en la puerta con el teléfono en la mano y esperó a que Noelia levantara la vista del ordenador. Andrés acababa de entrar con una bolsa de pan tostado y tres cafés más, pero se detuvo al ver la expresión del instructor.

—El juzgado ha resuelto.

Mara dejó la taza.

—¿Qué han acordado?

—Detención y puesta a disposición judicial de Daniel Paredes. Quieren que se practique esta mañana y que conste que la medida se apoya en el conjunto de indicios remitidos ayer.

Andrés dejó la bolsa sobre una mesa.

—¿Alguna diligencia nueva?

—Ninguna.

Aquello importaba. El juzgado había valorado las mismas piezas que ellos habían reunido durante los últimos días: los mensajes entre Teresa y Daniel, la revisión de las facturas, el cierre de Los Barreros a las 17:18:32, la primera versión que situaba la salida alrededor de las 17:45, los tiempos de desplazamiento, la pista del molino, los restos compatibles en el coche de Teresa y en la furgoneta de Daniel, la lesión anterior a la Curva y la negación específica sobre el uso reciente de aquel camino.

No había aparecido un testigo inesperado ni una grabación olvidada. Daniel tampoco había confesado.

La decisión judicial descansaba sobre la convergencia que ya conocían.

—¿Dónde está? —preguntó Mara.

—En su domicilio. Territorial lo tiene localizado.

—¿Ha salido?

—No desde anoche.

Mara miró a Andrés.

—Vamos con territorial. Sin despliegues innecesarios.

—Eso iba a decir yo.

—Por eso lo he dicho antes.

Noelia sonrió sin apartar las manos del teclado.

—Yo me quedo cerrando anexos.

Mara cogió la chaqueta.

—Revisa también que el acta de ayer esté incorporada completa.

—Ya lo está.

—Entonces revisa otra cosa.

—Eso también pensaba hacer.

La carretera seguía húmeda, aunque había dejado de llover.

A medida que se alejaban de Nuñomoral y tomaban el desvío hacia la zona donde vivía Daniel, Mara reconoció algunos de los tramos recorridos durante las reconstrucciones. Las mismas curvas y pendientes parecían distintas ahora que ya no necesitaban averiguar si la secuencia era físicamente posible.

Eso estaba resuelto.

Lo que faltaba era actuar sobre las consecuencias de lo que habían construido.

Andrés conducía despacio.

—¿Crees que hará algo?

—No.

—¿Por qué?

—Porque sabe desde hace días que estamos detrás de él y no ha intentado desaparecer ni enfrentarse a nadie.

—Podría decidirlo ahora.

—Podría. Por eso está territorial.

Mara no quería convertir una detención sencilla en una escena de peligro porque el caso necesitara un último sobresalto.

Daniel no había mostrado un comportamiento temerario ni violento hacia ellos.

Todo lo que sabían apuntaba a otra clase de reacción: había intentado protegerse con versiones, horarios y explicaciones.

La patrulla territorial los esperaba a unos cientos de metros de la vivienda.

El cabo se acercó a la ventanilla.

—Sigue dentro. La furgoneta está donde ayer.

—¿La abogada está avisada? —preguntó Mara.

—El instructor ha contactado con ella. Viene hacia aquí.

—Bien.

Esperaron unos minutos.

Daniel abrió la puerta cuando llamaron.

Llevaba ropa de trabajo y tenía las llaves de la furgoneta en una mano. Miró primero a Mara, después a Andrés y por último al cabo territorial.

—¿Ha pasado algo?

Mara sostuvo la resolución dentro de una carpeta.

—Daniel Paredes Llorente, se ha acordado tu detención en relación con la muerte de Teresa Roldán. Vamos a informarte de tus derechos y serás puesto a disposición judicial.

La reacción fue contenida.

Daniel bajó la vista hacia las llaves.

—Después de lo de ayer.

—La decisión corresponde al juzgado.

—Pero por lo de ayer.

—Por el conjunto de la investigación remitida.

Daniel negó lentamente.

—No la maté.

—Eso ya consta.

—Y el barro no demuestra nada.

—También consta.

El cabo inició el trámite formal. Daniel escuchó la lectura de derechos sin interrumpir, salvo para pedir que avisaran a su abogada, aunque ya estaba de camino.

No hubo gritos ni resistencia.

Su madre, que vivía en una vivienda próxima, apareció al ver los vehículos.

—¿Qué pasa?

Daniel giró hacia ella.

—Mamá, vuelve dentro.

La mujer miró a Mara.

—¿Qué está ocurriendo?

Mara evitó entrar en detalles que no correspondían.

—Su hijo va a ser trasladado para una diligencia judicial. Su abogada está avisada.

—Mamá, entra —repitió Daniel.

La mujer no se movió hasta que él dio unos pasos hacia el vehículo. Solo entonces pareció entender que aquello ya no era otra entrevista.

La abogada llegó antes de que salieran.

Habló unos minutos con Daniel y pidió una copia de la resolución. Después se acercó a Mara.

—Entiendo que no hay ningún elemento nuevo desde la diligencia de ayer.

—No.

—Entonces la detención se basa en la valoración conjunta del informe.

—Sí.

—Lo discutiremos ante el juzgado.

—Es lo que corresponde.

La letrada la observó durante unos segundos.

—Sigue sin existir una prueba que coloque a mi cliente de manera exclusiva en la pista.

—Eso consta en el informe.

—Ni una hora exacta de la muerte.

—También.

—Ni una identificación exclusiva del material de la furgoneta.

—También.

La abogada cerró la carpeta.

—Entonces conocéis bien los límites.

—Los hemos dejado escritos.

No hubo hostilidad en la respuesta.

La defensa estaba haciendo su trabajo. Mara desconfiaría más de un caso que necesitara ocultar sus puntos débiles para parecer sólido.

—Nos vemos en el juzgado —dijo la abogada.

Daniel hizo el trayecto en otro vehículo.

Mara observó la furgoneta blanca junto a la nave hasta que una curva la ocultó.

Aquel vehículo había empezado siendo una posibilidad dentro de una tarde mal explicada. Después se había convertido en una pieza material importante, aunque nunca en una prueba absoluta.

No podía decirles cuándo había entrado en un terreno como el del molino.

Tampoco quién conducía ni cómo había ocurrido la agresión.

Su valor estaba en la relación con el resto. Daniel había negado haber usado recientemente aquella pista y, sin embargo, la furgoneta conservaba en varios puntos protegidos una combinación de materiales compatible con el lugar.

Aislado, el hallazgo admitía discusión.

Dentro del conjunto, cambiaba.

La comparecencia judicial se retrasó hasta después del mediodía.

Mara no estuvo dentro durante toda la declaración. No le correspondía ocupar cada fase del procedimiento solo porque hubiera dirigido buena parte de la investigación.

Esperó con Andrés y Noelia en una sala pequeña mientras el instructor entraba y salía con documentación.

Noelia sostenía un vaso de agua.

—Esto siempre tarda más de lo que parece desde fuera.

—Mejor —dijo Mara.

—¿Mejor?

—Si una decisión importante necesita una hora más porque alguien revisa bien lo que tiene delante, prefiero esa hora.

Andrés miró el reloj.

—Yo preferiría también comer.

—Las dos cosas son compatibles.

Bajaron a una cafetería cercana y regresaron antes de que llamara el instructor.

Mara agradeció aquella espera sin dramatismo. Después de una investigación venían informes, firmas, comparecencias, abogados y tiempos muertos. Las decisiones importantes pasaban además por personas que no habían recorrido las pistas con ellos y tenían que examinar el caso desde otra posición.

Eso no debilitaba el trabajo.

Lo sometía a una comprobación necesaria.

A las cuatro menos diez, el instructor regresó.

—Ha declarado.

—¿Ha cambiado algo? —preguntó Mara.

—No.

Daniel había mantenido la misma versión.

No vio a Teresa.

No estuvo en la pista el martes.

La primera hora fue un error de memoria.

Pasó por el taller.

El material de la furgoneta podía ser antiguo.

Desconocía quién había agredido a Teresa y quién había trasladado el coche.

Su abogada había insistido en que la comparación de materiales no era exclusiva y en que no existía una prueba directa que situara a Daniel en el molino durante la franja del crimen.

—¿Y Fiscalía? —preguntó Andrés.

—Ha solicitado medidas cautelares. La defensa se ha opuesto.

Mara esperó.

—¿El juez?

—Todavía está resolviendo.

Noelia dejó el vaso sobre la mesa.

—Seguimos esperando.

—Seguimos.

La resolución llegó poco antes de las cinco.

Daniel quedaba sometido a medidas cautelares mientras continuaba la instrucción judicial. La decisión recogía los principales indicios y consideraba suficiente su convergencia para mantener la atribución investigada del homicidio y de la posterior simulación del accidente.

Mara leyó despacio.

No buscaba una frase que les diera la razón.

Quería comprobar que el razonamiento no dependiera de algo que ellos no hubieran demostrado.

La resolución trataba la discrepancia entre el cierre técnico de Los Barreros y la primera hora dada por Daniel como una contradicción relevante, sin convertirla por sí sola en una mentira probada.

Recogía también la conversación acordada con Teresa y el conflicto económico y profesional, pero no pretendía que el motivo demostrara la agresión.

La pista del molino aparecía como escenario probable, no como lugar identificado con certeza absoluta por las muestras.

La lesión anterior al episodio de la Curva apoyaba la necesidad de un desplazamiento posterior del vehículo.

Y el material de la furgoneta adquiría relevancia precisamente porque Daniel había negado el uso reciente de la pista.

Noelia leyó por encima del hombro de Mara.

—Han mantenido los límites.

—Sí.

—Eso es bueno.

—Mucho.

Andrés se acercó.

—¿Entonces?

Mara le entregó la resolución.

—Entonces el caso aguanta.

Llamó a Alicia desde el exterior del juzgado.

La comandante respondió enseguida.

—Dime.

—El juzgado ha respaldado la integración de indicios y mantiene a Daniel formalmente vinculado al homicidio y a la simulación del accidente. Han acordado medidas cautelares mientras continúa la instrucción.

Alicia guardó silencio unos segundos.

—¿Ha confesado?

—No.

—Mejor.

Mara apoyó la espalda en la pared.

—También lo creo.

—¿Por qué?

—Porque la investigación no depende de que lo haga.

—Eso quería oír.