La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

Mara señaló las carpetas.

—Hoy hemos pasado media jornada comprobando por qué cinco personas salen del homicidio. Si ahora reconstruimos a Daniel con esa misma inercia, vamos a tener tendencia a rellenar cualquier hueco a su favor o en su contra.

Noelia asintió.

—Mejor volver mañana con la cabeza limpia.

—Eso quiero.

Andrés miró el reloj.

—No me gusta cuando tienes razón por motivos sensatos.

—Te acostumbrarás.

Antes de marcharse, Mara llamó al instructor de la UOPJ.

—¿Queda alguna diligencia abierta sobre los otros cinco que pueda cambiar su posición respecto a la muerte de Teresa?

Hubo un silencio mientras revisaba.

—No. Hay cuestiones administrativas o familiares derivadas de lo que apareció, pero ninguna comprobación pendiente que los acerque al homicidio.

—¿Rubén?

—Sus irregularidades siguen por otra vía.

—¿Elena?

—Nada nuevo.

—¿Álvaro y Beatriz?

—Nada.

—¿Sonia?

—Tampoco.

Mara cerró los ojos un instante.

No sintió alivio.

Sintió orden.

La lluvia había parado cuando salieron.

Noelia se fue primero. Andrés se quedó junto al coche de Mara.

—¿Sabes qué es lo raro?

—¿Qué?

—Que al principio cualquiera de los cinco parecía más peligroso que Daniel.

Mara miró el edificio.

—Porque sus conflictos eran visibles.

—Elena había discutido con su hermana. Álvaro la había amenazado. Rubén mentía con kilómetros. Beatriz ocultaba lo de la casa. Sonia cambiaba rutas.

—Y Daniel tenía facturas que no parecían demasiado importantes.

—Y tiempo —añadió Andrés.

—Un tiempo que al principio no sabíamos que tenía.

Andrés metió las manos en los bolsillos.

—Al final la diferencia no estaba en quién parecía más enfadado.

—No.

Estaba en quién seguía apareciendo cuando los recuerdos, los documentos y el terreno empezaban a comprobarse entre sí.

Mara abrió el coche.

—Mañana a las ocho.

—La secuencia.

—La secuencia.

Condujo hasta Peñahonda sin encender la radio.

No iba a quedarse mucho. Quería cenar con Mercedes y dormir unas horas lejos del ruido de la base.

Las luces de las alquerías aparecían separadas por tramos de oscuridad. La carretera obligaba a reducir en las curvas y recordaba, una vez más, que cinco kilómetros sobre el mapa podían tener muy poco que ver con cinco kilómetros recorridos por aquellas laderas.

Buena parte de la investigación había dependido precisamente de traducir palabras vagas a realidad física.

«Cerca.»

«Luego.»

«Sobre las seis.»

«Un momento.»

Sobre el terreno, cada expresión terminaba convertida en minutos, desniveles, cruces, accesos y posibilidades reales.

Los otros sospechosos también habían dado versiones incompletas. La diferencia era que sus secretos terminaban en problemas familiares, económicos o laborales que podían explicarse sin tocar el homicidio.

La versión de Daniel seguía atravesando la parte central del caso.

Mercedes había dejado sopa en el fuego.

No preguntó por la investigación hasta que Mara terminó el primer plato.

—Tienes cara de haber aclarado algo.

—Hemos cerrado algunas líneas.

—Eso no es lo mismo.

—A veces sí.

Mercedes partió pan.

—¿El hombre que estáis mirando?

Mara levantó los ojos.

—¿Qué hombre?

—El que no me has contado.

Mara sonrió.

—No te he contado ninguno.

—Entonces ese.

No respondió y Mercedes no insistió.

Hablaron de una vecina que había tenido una avería, de Julián, de una cita médica que Mercedes no quería cambiar y de un tejado que alguien debía revisar antes de que llegaran lluvias más fuertes.

La conversación cotidiana le sentó bien.

Cuando Mara se levantó para llevar los platos, Mercedes dijo:

—Si ya sabes quién ha sido, no pongas esa cara.

Mara dejó el plato en el fregadero.

—Todavía tenemos que demostrar cómo encajan todas las piezas.

—Eso parece más difícil.

—Lo es.

Mercedes abrió el grifo.

—Entonces todavía no has terminado.

—No.

—Pues duerme.

En la habitación, Mara abrió la libreta una última vez.

No para revisar a Daniel.

Repasó los otros cinco nombres y escribió una línea junto a cada uno.

Elena: conflicto y secreto familiar explicados; sin convergencia con la secuencia del crimen.

Sonia: trabajo informal verificado; ruta explicada.

Rubén: irregularidades económicas reales; sin sabotaje ni conexión material con la pista.

Álvaro: amenaza real; tiempos y recorrido incompatibles con la secuencia.

Beatriz: secreto patrimonial real; movimientos suficientemente comprobados.

Después dejó un espacio.

Daniel.

No escribió nada.

La revisión de los otros cinco terminaba allí y debía terminar por sus propias razones.

El caso no avanzaba porque cinco personas hubieran dejado de parecer culpables.

Avanzaba porque, una vez retirado el ruido de sus secretos, quedaba una sola línea en la que coincidían el conflicto con Teresa, el tiempo disponible, el recorrido posible, la evidencia material y una versión que había cambiado a medida que aparecían datos objetivos.

Mara cerró la libreta.

Al día siguiente tendrían que comprobar si esa convergencia podía sostener una reconstrucción completa sin rellenar los huecos que todavía quedaban.

Solo entonces sabrían hasta dónde podían llegar.