Capítulo 24
Bajo las ruedas
La autorización llegó a primera hora.
Permitía examinar la furgoneta habitual de Daniel y recoger muestras en las zonas susceptibles de conservar restos de terreno, con un alcance limitado a los desplazamientos relacionados con la investigación.
Mara leyó dos veces la resolución. No porque dudara de lo que decía, sino porque estaban entrando en una fase en la que cualquier interpretación precipitada podía contaminar el valor de lo que encontraran.
—¿Está localizado el vehículo? —preguntó.
El instructor de la UOPJ asintió.
—En su domicilio. No ha salido desde anoche.
—¿Seguro?
—Hay vigilancia discreta desde que se acordó la medida.
Andrés dejó la taza sobre la mesa.
—¿Y Daniel?
—Avisado a través de su abogada. La diligencia se practicará con las garantías correspondientes.
Mara cerró la carpeta.
—Vamos.
La furgoneta estaba aparcada junto a una nave pequeña, a pocos metros de la vivienda de Daniel.
Era blanca, con golpes antiguos en una puerta lateral, polvo acumulado en los bajos y la suciedad propia de un vehículo utilizado entre carreteras secundarias, fincas y caminos.
Mara quiso retener esa primera impresión antes de que empezaran.
No estaban examinando un turismo que solo circulara por asfalto. Aquella furgoneta podía llevar barro, piedras y restos vegetales de muchos sitios sin que ninguno tuviera relación con Teresa.
Daniel esperaba con su abogada a un lado del camino. No dijo nada cuando llegaron. La mujer sí.
—Quiero una copia de la resolución antes de que empiecen.
El instructor se la entregó.
La leyó con calma.
—Mi cliente no presta consentimiento. Actúan en virtud de la autorización.
—Correcto.
—Y quiero estar presente mientras no interfiera con la diligencia.
—Puede estarlo.
Daniel miró a Mara.
—Ya sabía que ibais a venir por la furgoneta.
Mara no respondió.
Víctor Olmedo llegó poco después con dos especialistas de Criminalística. Saludó, revisó la resolución y pidió que nadie se acercara al vehículo hasta que terminasen las fotografías generales.
Daniel soltó aire.
—Es una furgoneta de trabajo. Va a tener barro.
Víctor ni siquiera levantó la vista.
—Eso esperamos.
La respuesta pareció desconcertarlo.
Su abogada le dijo en voz baja que no añadiera nada más.
Mara se mantuvo varios pasos atrás. La inspección tenía que hablar antes que ellos.
Víctor empezó por el exterior.
Fotografiaron las cuatro caras, los neumáticos, los pasos de rueda, los bajos visibles, los estribos y la zona de carga.
A simple vista no había nada excepcional: barro seco de distintos tonos, polvo, restos vegetales, pequeñas piedras atrapadas en huecos y una acumulación grisácea cerca de la parte trasera.
Andrés se acercó a Mara.
—Si esto acaba siendo útil, yo no sabría por dónde empezar.
—Por eso no empezamos nosotros.
Víctor oyó el comentario.
—Agradecido.
Uno de los especialistas colocó una luz junto al paso de rueda delantero derecho y empezó a recoger pequeñas muestras por zonas, cada una en un recipiente distinto. Fotografió cada punto antes de tocarlo y dejó constancia de su posición.
Daniel observaba desde lejos.
—¿Cuánto vais a tardar? —preguntó.
Su abogada lo miró.
—Daniel.
—Solo pregunto.
Víctor respondió sin apartarse del trabajo.
—Lo necesario.
En el paso de rueda trasero apareció un fragmento oscuro, fino y laminado. Víctor lo observó antes de recogerlo con una pinza.
Mara distinguió un brillo mate que recordaba a la pizarra, pero evitó darle más significado del que tenía.
Podía proceder de la pista del molino.
También de muchos otros caminos.
Víctor lo guardó en una bolsa y siguió trabajando sin hacer comentarios.
Mara agradeció precisamente eso.
La zona de los bajos llevó más tiempo.
Tuvieron que elevar el vehículo en un punto preparado para trabajar con seguridad. Debajo aparecía una mezcla todavía mayor de suciedad: barro antiguo pegado en capas, zonas secas, otras que la humedad reciente había reblandecido, pequeños tallos, semillas y fragmentos minerales.
Víctor señaló una acumulación protegida detrás de una pieza del paso de rueda.
—Aquí hay material diferente del de la capa exterior.
Mara permaneció donde estaba.
—¿Diferente en qué?
—Más rojizo. Tiene fragmentos oscuros y materia vegetal muy fina.
—¿Podría ser antiguo?
—Sí.
—¿De meses atrás?
Víctor la miró.
—No puedo fechar barro a simple vista.
—Eso quería oír.
Tomó varias muestras de esa misma zona y otras de control alrededor. Después repitió el procedimiento en el lado contrario. En dos puntos más aparecieron restos de aspecto parecido.
Mara notó la tentación de convertirlos enseguida en algo que todavía no eran.
—¿Ese material también aparece en zonas expuestas?
Víctor asintió.
—Hay restos rojizos fuera, pero están mezclados con otras cosas. Los puntos protegidos son más interesantes porque conservan mejor la composición.
—¿Interesante significa compatible con la pista?
—Significa que merece comparación.
Mara asintió.
Eso bastaba.
De momento solo tenían muestras.
Daniel aguantó casi una hora sin intervenir.
Después se acercó hasta el límite que le habían indicado.
—¿Habéis encontrado lo que buscabais?
Su abogada se giró.
—No contestes a tus propias preguntas.
Mara lo observó sin interpretar el comentario. Podía deberse a nerviosismo, enfado o simple curiosidad.
—Estamos recogiendo material para compararlo —dijo.
Daniel señaló la furgoneta.
—Ya os dije que entro en caminos.
—Sí.
—Entonces va a salir barro de muchos sitios.
—Es posible.
—Y piedras.
—También.
—Así que esto no va a demostrar nada.
Mara no respondió.
Su abogada sí.
—Daniel, basta.
Él apretó la mandíbula y volvió atrás.
Andrés esperó a que se alejara.
—Está preparando una explicación.
—Esa explicación ya existía antes de la inspección.
—Sí, pero ahora la verbaliza.
—Y puede ser cierta.
Andrés no insistió.
La zona de carga aportó menos.
Había cajas de herramientas, polvo de obra, tornillos, un tramo de cable, bolsas vacías y dos pares de guantes. Todo quedó documentado.
En el suelo aparecían tierras de varios tipos mezcladas entre sí, lo que reducía mucho su valor para intentar asociarlas a un lugar concreto.
Víctor fue claro.
—Aquí la mezcla es demasiado grande para obtener una buena lectura geográfica.
—¿Por el uso del vehículo? —preguntó Mara.
—Sí. Entra material de todo tipo.
—¿Y los pedales?
—También los veremos.
La cabina estaba más limpia, aunque lejos de impecable. Había tierra seca en una alfombrilla, polvo junto a los raíles del asiento y pequeños restos vegetales en el lado del acompañante.
Víctor recogió muestras, pero su atención seguía centrada en los bajos y en los pasos de rueda.
—¿Por qué te interesan menos estos restos? —preguntó Andrés.
—Porque, si el vehículo entra en un camino, lo normal es que acumule el terreno fuera. Lo que aparece dentro depende de lo que lleve el conductor en el calzado o de lo que se transporte.
Mara recordó el coche de Teresa.
En aquel caso, la distribución interior había sido relevante porque no acompañaba bien una conducción normal después de pisar el terreno rojizo.
Aquí buscaban otra cosa: si la furgoneta había circulado por un entorno compatible con la pista del molino y, de ser así, qué valor podía tener ese dato después de la negación de Daniel.
La inspección terminó pasado el mediodía.
Víctor había recogido más muestras de las que Mara esperaba, aunque probablemente muchas no servirían para nada.
Antes de marcharse, Daniel pidió hablar con el instructor.
Su abogada permaneció a su lado.
—Quiero que conste que esta furgoneta ha pasado por decenas de caminos —dijo—. No solo por pistas de esta zona.
El instructor asintió.
—Constará.
—Y que ya dije que conozco la pista del molino porque estuve allí hace meses.
—También consta.
Daniel miró a Mara.
—Así que, si encontráis algo parecido, puede ser de entonces.
Mara sostuvo su mirada.
—Puede.
Él pareció sorprenderse.
—Pues eso.
—Sí.
No había nada que discutir en una explicación que era materialmente posible. La cuestión sería comprobar cuánto resistía cuando se comparara con la localización y la composición de los restos.
De vuelta en la base, Noelia había preparado una tabla de alternativas.
En lugar de resultados, había escrito posibles explicaciones inocentes:
Uso rural habitual.
Entrada antigua en el molino.
Otro camino con suelo semejante.
Transferencia por material transportado.
Suciedad acumulada sin relación con el martes.
—Bien —dijo Mara.
—He añadido una columna con lo que tendríamos que comprobar en cada caso.
—Mejor.
Andrés se sentó.
—Ponme un ejemplo.
Noelia señaló la primera fila.
—Uso rural habitual. Revisamos los trabajos de los últimos días y los accesos. Si tiene una intervención reciente en un terreno muy parecido, el valor del hallazgo disminuye.
—Para una entrada antigua en el molino —continuó Mara— habría que valorar dónde aparece el material y si su conservación puede ser compatible con meses de uso posterior, sin fingir que podemos fecharlo con precisión.
Noelia asintió.
—En el caso de otro camino semejante, comparamos solo si encontramos una alternativa real dentro de sus desplazamientos recientes.
—¿Y material transportado? —preguntó Andrés.
—Si lleva pizarra, tierra o restos semejantes por su trabajo, tendría que existir una fuente razonable en la zona de carga o en una intervención concreta —dijo Noelia.
Mara miró la última posibilidad.
Suciedad acumulada sin relación con el martes.
Siempre podría existir en parte.
Por eso una coincidencia de materiales nunca sería, por sí sola, una huella del crimen. Su valor dependería del conjunto.
Víctor llamó aquella misma tarde con un primer resultado.
—Las muestras de tres puntos protegidos presentan una combinación compatible con la del acceso del molino.
Mara no respondió enseguida.
Víctor continuó.
—Tierra rojiza, fracción fina, pequeños fragmentos laminares de pizarra y materia vegetal semejante a la recogida en el borde de la pista.
—¿Y comparadas con la Curva?
—No reproducen el conjunto de las muestras de la Curva en los puntos que hemos analizado.
—¿Es exclusivo del molino?
—No.