La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

El molino viejo

Mara no llevó a Criminalística a la pista del molino con una teoría cerrada, sino con una cronología y una serie de recorridos que empezaban a converger allí.

La diferencia parecía pequeña, pero para ella era esencial.

La mañana estaba gris, con nubes bajas retenidas sobre las laderas y el suelo todavía húmedo.

Samuel iba delante en el vehículo territorial.

Mara y Andrés lo seguían, y detrás circulaba un equipo reducido de Criminalística, avisado para valorar el lugar sin dar por hecho que estuvieran entrando en una escena consolidada.

Noelia se había quedado en la base con la documentación.

La pista apareció después de la misma curva que habían recorrido el día anterior. Mara reconoció el desvío antes de que Samuel lo señalara.

Andrés redujo la velocidad.

—Hoy ya no venimos con cronómetro.

—No.

—¿Me puedo alegrar?

—Todavía no.

Entraron despacio.

El terreno había cambiado poco desde la última vez, pero Mara lo miró de otra forma. Hasta entonces había sido un punto útil para medir rutas; ahora era un lugar donde los recorridos posibles de Teresa y Daniel podían coincidir dentro de una franja razonable.

Teresa podía haber llegado desde la casa de Mateo alrededor de las 17:25. Daniel, si había abandonado Los Barreros pocos minutos después del cierre de la intervención, podía alcanzar la misma zona unos diez minutos más tarde.

Aquello no demostraba que ninguno de los dos hubiera estado allí.

Sí justificaba una inspección.

El ensanche quedaba protegido por la propia curva de la pista. No estaba escondido, pero tampoco resultaba visible desde la carretera principal.

Cabían dos vehículos sin bloquear el paso y, si uno quedaba arrimado al borde, un tercero podía maniobrar con cuidado.

Samuel aparcó antes de entrar en la zona central. Mara hizo lo mismo y dejó que el equipo de Criminalística bajara primero.

Uno de los especialistas, Víctor Olmedo, observó el firme antes de avanzar.

—¿Por dónde habéis pasado las otras veces?

Mara señaló la rodada habitual.

—Por ahí. Y ayer nos bajamos junto al borde, cerca de donde estamos ahora. No nos acercamos a la construcción.

Víctor asintió.

—Bien.

No desplegaron cintas ni adoptaron una solemnidad innecesaria. La pista no había permanecido preservada desde el día de la muerte; habían pasado vehículos, personas y lluvia. Esperar una huella perfecta varios días después habría sido poco realista.

Aun así, el terreno podía conservar información útil.

Mara esperó mientras Víctor y otra especialista recorrieron visualmente la superficie.

El firme variaba de una zona a otra. Había tramos pardos, otros más claros y varios puntos donde la tierra rojiza se mezclaba con fragmentos oscuros de pizarra. Las rodadas acumulaban barro en los bordes y, cerca de la construcción baja, el agua había dejado pequeños depósitos entre las piedras.

Andrés se acercó lo justo.

—Ese suelo no se parece mucho al de la Curva.

Mara no respondió.

Ella también había apreciado la diferencia. En la Curva del Castañar predominaban una tierra más oscura, restos vegetales de cuneta y un firme distinto del que tenían delante.

Pero verlo no equivalía a demostrar nada.

Víctor levantó una mano.

—Por ahí no.

Andrés se detuvo.

—Vale.

La otra especialista señaló un lateral del ensanche.

—Aquí hay bastante material rojizo y pizarra muy desmenuzada.

Mara preguntó:

—¿Es característico de esta pista?

—Eso no puedo decirlo aquí. Puede aparecer en otros puntos de la zona. Tendremos que comparar.

La respuesta era exactamente la que necesitaban.

La construcción quedaba a unos treinta metros del ensanche.

No era ya un molino completo. Se conservaban varios muros de piedra, una parte hundida y un espacio lateral donde la vegetación había ganado terreno. Más abajo, entre los árboles, podían verse otros restos.

Samuel explicó que la gente seguía llamando molino viejo a todo aquel conjunto aunque llevaba muchos años sin utilizarse.

—¿Pasa gente por aquí? —preguntó Mara.

—Sí, aunque normalmente no vienen a ver las ruinas. Entran por fincas, monte, mantenimiento... Alguno baja andando de vez en cuando.

—¿Sabes si alguien pasó el martes por la tarde?

Samuel negó.

—No tengo forma de saberlo.

Víctor se acercó a la construcción con cuidado. Mara lo siguió por el recorrido que él marcaba.

El muro más próximo al ensanche apenas llegaba a la cintura en algunos puntos y superaba el metro en otros. Las piedras estaban húmedas y tenían bordes irregulares.

Andrés miró uno de ellos.

—Una caída contra esto...

Víctor se volvió.

—No terminemos esa frase todavía.

Andrés asintió.

Mara agradeció la interrupción.

La autopsia había establecido una lesión craneal anterior a la salida de vía y compatible, en términos generales, con un impacto contra una superficie dura. Una pared de piedra podía encajar con esa descripción, pero había centenares de superficies semejantes en la comarca.

El lugar empezaba a permitir una secuencia sencilla: dos vehículos podían llegar por separado, detenerse sin bloquear el paso y mantener una conversación fuera de la vista directa de la carretera principal.

Después, uno de los coches podía salir hacia la Curva y el otro quedar allí para recuperarlo más tarde.

Mara vio la reconstrucción completa durante un instante y se obligó a desmontarla.

Que el terreno permitiera algo no significaba que hubiera ocurrido.

—¿Hay línea de visión desde la carretera principal? —preguntó.

Samuel negó.

—No.

—¿Desde alguna vivienda?

—No directa.

—¿Desde la pista superior?

Samuel miró hacia la ladera.

—Algún tramo podría verse entre árboles, pero no el ensanche entero.

Mara lo anotó.

Aquello explicaba que una conversación pudiera mantenerse con cierta privacidad.

No explicaba la muerte de Teresa.

Víctor pidió fotografías generales antes de aproximarse más a los muros.

El equipo trabajó despacio, sin buscar una mancha concreta ni un objeto milagroso. Les interesaban las diferencias del terreno, los puntos donde tuviera sentido tomar muestras y cualquier material susceptible de compararse después con el coche, la ropa o el calzado de Teresa.

La especialista señaló un pequeño escalón de piedra junto al muro bajo.

—Aquí cambia el firme.

Mara se acercó hasta donde le indicaron.

La tierra rojiza estaba más compactada. Había fragmentos finos de pizarra y pequeñas hojas adheridas por la humedad.

—¿Qué os llama la atención? —preguntó.

Víctor señaló el suelo.

—Es una zona natural de parada. Si alguien estaciona cerca, baja sobre este material.

—¿Y podría quedar adherido?

—Sí. En neumáticos, bajos, pasos de rueda, alfombrillas, calzado... Depende de lo que ocurriera después y de cuánto se haya utilizado el vehículo.

—Han pasado varios días.

—Eso reduce las posibilidades, pero no las elimina.

Mara recordó las fotografías del coche de Teresa y las bolsas con sus efectos personales.

No preguntó si aquello se parecía a algo ya recogido. Esa comparación tendría que hacerse con muestras, no con memoria visual.

Víctor pareció pensar lo mismo.

—Quiero suelo de varios puntos —dijo a su compañera—. Del ensanche, de este lateral y de la salida. No solo de la zona que ahora nos parece más interesante.

La mujer asintió.

Andrés miró a Mara.

—Si aparece una coincidencia...

—Primero tendrá que aparecer —dijo ella—. Y después habrá que valorar qué significa.

Una semejanza de aspecto seguía siendo solo una razón para comparar.

Más allá del ensanche, la pista se estrechaba antes de abrirse de nuevo.

Samuel les enseñó el enlace de regreso que habían utilizado el día anterior.

—Por aquí puedes salir hacia la carretera sin volver por donde has entrado.

Víctor observó el terreno.

—¿Y desde la Curva se puede regresar andando hasta este punto?

—Sí —respondió Mara—. Medimos catorce o quince minutos hasta el acceso superior y otros seis o siete hasta donde podría quedar un vehículo.

Víctor la miró.

—Habéis hecho los recorridos.

—Varias veces.

—¿Y desde aquí hasta la carretera principal?

—Entre once y trece minutos en coche.

—¿Luego hasta la estación?

—Nueve o diez más.

Víctor asintió y siguió mirando la pista.

El espacio funcionaba físicamente, pero eso ya lo sabían. Verlo ahora junto a un muro de piedra y un terreno claramente diferente al de la Curva hacía que la hipótesis resultara más concreta.

Andrés caminó unos pasos hacia la salida.

—Si alguien dejara aquí una furgoneta y se marchara con otro coche, podría llevarlo a la Curva, volver andando, recuperar la furgoneta y salir por arriba.

Mara lo miró.

—Como hipótesis de recorrido, sí.

Samuel añadió:

—Y sin necesidad de regresar por la misma carretera por la que llegó.

Mara observó la pendiente.

Era una secuencia que no exigía nada extraordinario. Bastaban conocimiento de la zona y tiempo.

Daniel podía tener ambas cosas.

Pero no era el único.

Seguían necesitando algo que lo relacionara de forma específica con aquel lugar.

Noelia llamó a media mañana.

Mara se apartó del grupo.

—¿Qué tienes?

—He revisado otra vez los trabajos anteriores de Daniel. No aparece ninguna intervención registrada ni en la pista ni en las ruinas del molino.

—Bien.

—¿Bien?

—Es un dato.

—Teresa tampoco tenía usuario, familiar o gestión allí.

—Eso también.

Noelia guardó silencio unos segundos.

—Entonces ninguno tenía un motivo laboral documentado para entrar.

—Exacto.

—La explicación más lógica sería que fueran a hablar.

—Si estuvieron aquí, sí. Pero todavía tenemos que demostrar esa primera parte.

Mara miró el ensanche.

Era un lugar donde dos coches podían detenerse sin llamar demasiado la atención y donde una conversación de cinco minutos resultaba perfectamente posible. No hacía falta que ninguno de los dos tuviera otra razón profesional para entrar.

—¿Has revisado mensajes anteriores entre ellos? —preguntó.

—Sí. No aparece el nombre de la pista.

—¿Algún uso previo de Daniel que podamos documentar?

—No.

—Déjalo así.

—¿Cómo va la inspección?

Mara eligió bien la respuesta.

—El lugar es compatible con la hipótesis y merece comparación material. Nada más por ahora.

—Entendido.