Capítulo 20 #2
Regresaron a la base con una pregunta distinta.
Hasta entonces habían intentado precisar una hora. Ahora necesitaban comprobar qué otros puntos razonables podía haber elegido Teresa en aquella dirección para hablar con Daniel.
Noelia recuperó los accesos que había estudiado el día anterior.
—Los cuatro que revisamos desde Los Barreros también pueden valorarse desde la ruta de Teresa.
—Hazlo.
—Uno queda fuera por la dirección.
—Ese sí.
—Otro obliga a una vuelta poco lógica si Teresa estaba ya en esta zona.
—No lo descartes solo por eso.
—No. El tercero no permite detener dos vehículos sin bloquear el paso. El del molino sí.
Andrés se sentó a su lado.
—Eso ya lo vimos desde la ruta de Daniel.
—Ahora míralo desde la de Teresa —dijo Mara.
Noelia abrió la cartografía.
El ensanche del molino no era el único lugar donde alguien podía detenerse en varios kilómetros de carretera.
Había márgenes, entradas a fincas y cruces.
Sin embargo, pocos reunían a la vez las condiciones adecuadas para una conversación de trabajo improvisada entre dos personas que llegaban en coches distintos: acceso sencillo, espacio suficiente y posibilidad de continuar después por rutas diferentes.
Andrés utilizó la palabra «esconderse» y Mara negó.
—No tenemos ninguna razón para pensar que Teresa quisiera esconderse.
—Me refería a apartarse de la carretera.
—Eso sí.
La diferencia importaba. Teresa no tenía ningún motivo conocido para interpretar aquella conversación como peligrosa. Si había aceptado hablar con Daniel, el lugar debía resultarle normal y práctico.
La pista del molino podía serlo.
—¿Quién la propuso? —preguntó Andrés.
Nadie tenía respuesta.
Los mensajes demostraban que hablarían al terminar Daniel, pero no incluían el nombre de ningún punto de encuentro.
—Puede haberla elegido cualquiera de los dos —dijo Mara—. O incluso haber quedado de forma menos concreta. Todavía no lo sabemos.
Noelia cerró el mapa.
—Pero sí podemos decir que Teresa tomó una dirección compatible con esa zona.
Mara pensó antes de contestar.
—Podemos decir que la dirección observada y el tiempo estimado son compatibles con que se dirigiera allí.
Andrés suspiró.
—Algún día voy a poner una de esas frases en una camiseta.
Mara sonrió.
—Te quedaría bien.
El instructor de la UOPJ recibió la nueva cronología después de comer.
Mara se la explicó sin necesidad de desplegar el mapa grande.
El servicio de Teresa en casa de Mateo figuraba cerrado a las 17:14. Poco después, aproximadamente hacia las 17:16, Mateo vio el coche marcharse en una dirección anómala. A las 17:18 recibió la llamada de su sobrina, lo que servía como anclaje posterior.
Desde la casa hasta el ensanche de la pista habían medido alrededor de once minutos.
Eso permitía una llegada aproximada de Teresa hacia las 17:25.
Daniel, partiendo de Los Barreros pocos minutos después del cierre de las 17:18, podía alcanzar el mismo punto aproximadamente diez minutos más tarde.
El instructor escuchó hasta el final.
—Eso ya es convergencia.
—Temporal y territorial —dijo Mara—, pero todavía no presencia.
—¿Qué te falta para tratar la pista como escenario probable?
Mara miró la hoja.
—Algo que no salga solo de tiempos y recorridos. Material, una contradicción específica, cualquier indicio que vincule el lugar con Teresa o con Daniel.
—Pero vais a inspeccionarla.
—Sí.
—¿Con Criminalística?
Mara tardó un momento en responder.
—Si vamos a buscar indicios, entraremos con ellos y de forma controlada. No tiene sentido pisar el lugar primero y pedir después que busquen restos.
El instructor asintió.
Hasta entonces habían utilizado la pista como punto para medir recorridos. A partir de ese momento, la posibilidad de que tuviera valor probatorio obligaba a tratarla de otro modo.
Antes de terminar la jornada, Mara volvió a llamar a Mateo.
No para preguntarle nada, sino para decirle que ya no necesitaban que intentara recordar más.
—Pues menos mal —respondió él—. Estaba pensando en inventarme algo para que me dejarais tranquilo.
—No te habría servido.
—Eso dices.
—Gracias por hoy.
Mateo guardó silencio un instante.
—¿La hora os ayuda?
Mara miró la hoja.
—Sí.
—Entonces bien.
—Pero lo que más nos ayuda sigue siendo que te fijaras en la dirección.
—Porque era la que no tocaba.
—Exacto.
—Eso ya os lo dije el primer día.
—Sí.
Mateo pareció satisfecho, y Mara entendió por qué.
No había sido un testigo defectuoso al que hubiese que corregir. Había aportado desde el principio lo que recordaba bien. El problema había sido intentar obtener de su memoria una precisión temporal que ningún testigo tenía por qué conservar.
El registro de la llamada había proporcionado lo que faltaba.
Mara colgó.
Noelia esperaba junto a la mesa con la redacción de la cronología.
—He puesto: «Mateo ve el coche alrededor de las 17:16».
Mara leyó la frase.
—Añade cómo llegamos a esa aproximación. Cierre de visita a las 17:14 y llamada posterior a las 17:18.
—Es más largo.
—Y deja claro qué sabemos y qué estamos estimando.
Noelia corrigió la línea.
Al anochecer, Mara volvió a mirar las dos cronologías.
En la de Teresa figuraba el cierre documentado de la visita a Mateo a las 17:14. Su salida se situaba poco después, con un avistamiento aproximado alrededor de las 17:16, y el trayecto medido permitía una llegada posible a la pista unos once minutos más tarde.
En la de Daniel, la intervención de Los Barreros estaba cerrada a las 17:18 y el encargado lo había visto marcharse poco después. Con los tiempos de conducción medidos, podía alcanzar el ensanche alrededor de la mitad de la media hora siguiente.
No era una coincidencia exacta ni necesitaba serlo. Existía un margen razonable en el que Teresa podía haber llegado antes y Daniel después, algo completamente compatible con una conversación prevista entre ambos.
Mara no escribió que Teresa hubiera esperado a Daniel. Tampoco que la pista fuera ya el escenario.
Escribió:
La dirección y el horario aproximado de Teresa convergen con la pista.
Debajo añadió:
Inspección controlada.
Cerró la libreta.
Durante días habían tenido dos recorridos que solo podían acercarse si se aceptaban demasiadas suposiciones. Ahora el territorio y los dos anclajes temporales empezaban a situarlos en una misma zona sin necesidad de forzar los minutos.
El siguiente paso ya no consistía en medir más.
Consistía en averiguar si la pista conservaba algo capaz de demostrar que alguno de los dos había estado allí.