Capítulo 20
La hora de Mateo
Mateo abrió la puerta con la misma expresión de la primera vez, como si llevara esperando desde antes de que llamaran.
—Otra vez vosotros.
—Todavía no nos has echado —dijo Andrés.
—Porque sois Guardia Civil.
—Eso ayuda.
Mateo se apartó para dejarlos pasar.
Mara entró detrás de Noelia. La cocina estaba igual que la semana anterior: la mesa junto a la ventana, la estufa y una taza limpia boca abajo sobre el escurridor.
Aquella casa había sido durante días el último lugar donde podían situar a Teresa con seguridad, aunque la hora de su salida seguía siendo menos precisa de lo que necesitaban.
Mateo no había cambiado su relato. Recordaba que Teresa había consultado el teléfono, que parecía tener prisa y que, al marcharse, tomó una dirección que no correspondía con la siguiente visita prevista. Lo que nunca había sabido fijar era el minuto exacto.
Noelia llevaba ahora una hoja que podía ayudar.
—¿Te acuerdas de la llamada de tu sobrina? —preguntó Mara.
Mateo señaló la mesa.
—Claro.
—La que recibiste poco después de que Teresa se fuera.
—Sí.
—Hemos podido comprobarla.
Mateo no pareció impresionado.
—Pues bien.
Noelia dejó la hoja delante de Mara, no de él.
La llamada había entrado a las 17:18.
Era un registro objetivo, pero Mara no iba a convertirlo en la hora de salida de Teresa sin más.
—Quiero volver a preguntarte una cosa —dijo—. Y necesito que no intentes ayudarnos más de la cuenta.
Mateo frunció el ceño.
—Eso suena raro.
—Si no recuerdas algo, dices que no.
—Ya lo hice la otra vez.
—Lo sé. Por eso hemos vuelto.
Mateo se sentó. Andrés permaneció junto a la encimera y Noelia abrió la libreta.
—Cuando Teresa salió de aquí, ¿la viste arrancar?
—Sí.
—¿Desde dónde?
Mateo señaló la ventana.
—Desde ahí.
—¿Estabas ya en la cocina?
—Sí.
—¿La acompañaste hasta la puerta?
—Hasta el pasillo. Ella salió sola.
—¿Y después?
—Vine aquí.
Mara se acercó a la ventana.
Desde allí se veía una parte de la calle y, más allá, el tramo donde el coche debía tomar una dirección antes de desaparecer de la vista.
—La otra vez dijiste que te fijaste porque te llamó la atención que se fuera hacia ese lado.
—Eso fue.
—¿La viste ponerse en marcha?
—Sí.
—¿Y desaparecer de la calle?
—También.
—¿Tardó mucho?
Mateo pensó.
—No. Poco.
Mara dejó ahí la pregunta. «Poco» era suficiente como recuerdo; convertirlo en dos minutos exactos habría sido otra cosa.
—Después de dejar de ver el coche, ¿qué hiciste?
Mateo miró la taza del escurridor, como si necesitara reconstruir el orden de la tarde a partir de objetos conocidos.
—Recogí la taza que había usado Teresa.
—Después fuiste al baño —recordó Mara.
—Sí.
—¿Y luego?
—Volví a sentarme aquí.
—¿Antes de que llamara tu sobrina?
—Sí.
—¿Seguro de ese orden?
Mateo tardó algo más.
—La taza seguro. El baño también. Después me senté y sonó el teléfono.
—¿Pudiste hacer alguna otra cosa entre medias?
—No me acuerdo.
—¿La televisión?
—Ya estaba puesta.
—¿Saliste?
—No.
—¿Fuiste a otra habitación?
—Solo al baño.
Mara volvió a la mesa.
—La llamada entró a las cinco y dieciocho.
Mateo miró la hoja.
—Pues sería esa hora.
—La llamada sí. Lo que no sabemos es cuántos minutos antes habías dejado de ver el coche.
Mateo hizo un gesto de impaciencia.
—Eso no lo sé.
—Y está bien que no lo sepas.
Él la miró.
—¿Está bien?
—Sí. No necesitamos que inventes una precisión que no recuerdas.
Aquella era la clave. No hacía falta que Mateo proporcionara el minuto; bastaba con comprobar qué secuencia era compatible con lo que recordaba.
Noelia llevaba otro dato.
El registro de la asociación situaba el cierre de la visita de Teresa a Mateo a las 17:14. No era una geolocalización del coche ni demostraba que Teresa hubiera salido de la casa en ese mismo momento, pero sí constituía un anclaje documental al final del servicio.
Mara enseñó la hora a Mateo.
—¿Teresa hacía algo con el teléfono al terminar las visitas?
—A veces.
—¿La viste hacerlo?
—Miró la pantalla. No sé si tocó algo.
—El servicio figura cerrado a las cinco y catorce.
Mateo levantó los hombros.
—Puede ser.
—No necesito que lo confirmes.
Andrés miró por la ventana.
—Desde aquí hasta que el coche desaparece de tu vista, ¿dirías que pasa mucho tiempo?
Mateo respondió enseguida.
—No. Desde luego, diez minutos no.
Mara se volvió hacia él.
—Eso sí nos sirve.
Salieron a la entrada.
La calle descendía un poco antes de abrirse hacia el cruce que Mateo había señalado en la primera entrevista. Mara no inició ningún cronómetro. Le pidió a Andrés que cogiera el coche y repitiera una salida normal desde la vivienda.
—¿Hasta dónde?
—Hasta que Mateo deje de verte.
Andrés miró al hombre.
—No haga trampas.
—Vete.
Noelia sonrió.
Andrés arrancó. Mateo observó desde el mismo punto desde el que recordaba haber visto salir a Teresa. El coche avanzó sin prisa, recorrió la calle y terminó desapareciendo.
—Ahí —dijo Mateo.
Noelia había iniciado discretamente el cronómetro al arrancar.
—Un minuto y treinta y ocho.
Mara negó con la cabeza.
—Ese es el tiempo de hoy.
—Lo sé.
—Con Andrés sabiendo exactamente qué estamos midiendo.
—También.
Mateo seguía mirando hacia la carretera.
—Teresa salió más o menos así. Normal.
—¿Tuvo que parar? —preguntó Mara.
—No que yo viera.
—¿Recuerdas tráfico?
—No.
—¿Algún coche delante?
—Tampoco.
La prueba no fijaba la hora de salida, pero permitía comprobar que un cierre de visita a las 17:14, seguido de una salida normal poco después, encajaba perfectamente con que Mateo hubiese visto desaparecer el coche antes de recibir la llamada de las 17:18.
Entre ambos momentos había tiempo para lo que recordaba: la salida, la taza, el baño y el regreso a la cocina.
—¿Tu sobrina suele llamarte a esa hora? —preguntó Noelia cuando volvieron dentro.
—Cuando sale del trabajo, a veces.
—¿Recuerdas de qué hablasteis?
—De nada importante. Me preguntó cómo estaba.
—¿Le dijiste que Teresa acababa de irse?
Mateo pensó.
—Puede que sí.
Mara levantó la vista.
—¿Lo recuerdas o te parece posible?
—No lo sé.
—Entonces no nos sirve para fijar nada.
Mateo soltó una risa.
—Cada vez que intento ayudar, me quitas algo.
—Te estoy dejando solo lo que recuerdas bien.
—Eso suena a que me hago viejo.
Mara negó.
—Suena a que nadie recuerda una tarde como un registro de llamadas.
Mateo la miró unos segundos y después asintió.
—Eso sí.
La sobrina de Mateo confirmó por teléfono que había llamado aquella tarde.
No recordaba la conversación con detalle. Sí sabía que había sido breve, de camino a casa, y que hablaba con su tío varias veces por semana. Cuando Noelia le preguntó si Mateo había mencionado a Teresa, respondió que no podía asegurarlo.
Aquello no añadía nada nuevo, y precisamente por eso resultaba útil: impedía construir una certeza sobre un recuerdo que no existía.
Al colgar, Noelia dejó el móvil sobre la mesa.
—Entonces tenemos 17:18 para la llamada y 17:14 para el cierre de la visita.
—Sí.
—Y el coche sale entre ambos momentos.
Mara matizó:
—Sabemos que el servicio estaba cerrado a las 17:14 y que Mateo vio marcharse el coche poco después, antes de la llamada de las 17:18. La salida podemos situarla aproximadamente alrededor de las 17:16, pero con margen.
Andrés regresó sacudiéndose unas gotas del abrigo.
—Uno treinta y ocho.
Mara lo miró.
—Ya lo sabemos.
—Lo digo porque me parece una marca excelente.
Mateo señaló hacia él.
—Con Teresa tardó parecido.
Mara no anotó «parecido». Sí escribió:
Avistamiento aproximado del coche en marcha: alrededor de las 17:16.
Debajo añadió:
Referencia: cierre de visita 17:14 y llamada posterior 17:18.
Hasta ese momento, la salida de Teresa había quedado dentro de una franja demasiado blanda. Ahora podían acotarla mejor sin convertir ninguna estimación en certeza.
A las 17:18, Mateo ya estaba dentro, sentado y atendiendo una llamada. Poco antes había visto desaparecer el coche de Teresa en una dirección concreta.
Y esa dirección no era la de su siguiente visita.
No regresaron directamente a la base.
Mara pidió a Andrés que condujera desde la casa de Mateo hasta el acceso de la pista del molino.
—¿Otra vez cronómetro? —preguntó él.
—Una vez.
—Eso no me lo creo.
—Hoy sí.
Noelia se sentó detrás.
La carretera desde la casa de Mateo permitía enlazar con el eje secundario sin desandar todo el recorrido. El desvío que habían probado desde Los Barreros aparecía desde otro ángulo, menos evidente, aunque igualmente lógico para alguien que conociera la zona.
Andrés condujo con normalidad.
Mara dejó que el recorrido respondiera por sí solo. Solo necesitaba comprobar la relación entre tres puntos: la casa de Mateo, la dirección observada por el testigo y el acceso a la pista.
Cuando alcanzaron el ensanche, el cronómetro marcaba algo más de once minutos.
—Once y doce —dijo Noelia.
Mara anotó una referencia de unos once minutos.
Si Teresa había empezado a marcharse poco después del cierre de las 17:14 y Mateo la había visto alejarse alrededor de las 17:16, podía alcanzar el ensanche aproximadamente hacia las 17:25.
No necesitaba conducir deprisa, perderse ni regresar a su ruta profesional.
Andrés apagó el motor.
—Esto empieza a parecerse bastante.
Mara miró hacia el ensanche.
—La dirección y el tiempo encajan.
—Mateo la ve hacia este lado. Sale poco después del cierre y el trayecto son unos once minutos.
—Sí.
—Y Daniel podría llegar unos diez minutos después.
—Como hipótesis temporal, sí.
Noelia permaneció un momento en silencio.
Era la primera vez que podían colocar los recorridos de ambos en el mismo punto mediante una secuencia sencilla, pero Mara no quería convertir compatibilidad en presencia.
—Seguimos sin demostrar que Teresa viniera aquí —dijo.
Andrés apoyó los brazos en el volante.
—Sabía que ibas a decirlo.
—Mateo vio la dirección, no el destino.
—La dirección sirve.
—Mucho.
—Y el tiempo también.
—También.
Noelia intervino desde atrás.
—Además, su visita siguiente estaba en otra zona.
Mara asintió.
La pista seguía siendo una hipótesis de recorrido, pero la cantidad de alternativas razonables empezaba a reducirse.