La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

El camino lento

La vuelta resultó más lenta de lo que sugería el mapa, y Mara lo supo antes incluso de mirar el cronómetro.

Habían dejado el coche unos metros después de la Curva del Castañar.

Andrés se ajustó la chaqueta impermeable mientras Samuel, el guardia territorial que los había acompañado el día anterior, observaba el comienzo del acceso.

La lluvia de la víspera había dejado humedad en las cunetas y el borde de la carretera estaba blando.

Ya no llovía, pero el suelo conservaba un brillo oscuro que hacía más incómodo cada desnivel.

—Si alguien dejara aquí un coche y tuviera que volver hacia la pista, no iría por la carretera grande —dijo Samuel—. Perdería demasiado tiempo.

Mara miró el camino que subía entre la vegetación.

—¿Por dónde volvería?

—Hay un acceso superior. No es cómodo, pero se usa.

—¿A pie?

—Sí. Si quieres regresar rápido a la zona de la pista, es lo lógico.

Andrés se subió la capucha.

—Me encantan las frases que incluyen «a pie es lo lógico».

Mara puso el cronómetro a cero.

—No corras.

—Ayer no podía correr en coche y hoy tampoco andando. Empiezo a detectar un patrón.

—Es tranquilizador.

Samuel abrió la marcha.

El primer tramo subía entre piedra y vegetación.

No era una senda preparada, pero tampoco un recorrido excepcional.

Había huellas de paso, rodadas antiguas y pequeños surcos abiertos por el agua.

Mara caminó a un ritmo normal, sin intentar ganar segundos.

Lo que buscaba no era el tiempo de una persona entrenada, sino el que podía necesitar alguien que quisiera regresar deprisa sin exponerse a una caída.

A los cinco minutos, Andrés respiraba con algo más de fuerza.

—Esto no sale en Google Maps.

—Por eso necesitábamos a Samuel.

—Yo esperaba una respuesta más filosófica.

Samuel sonrió sin volverse.

La subida continuó. En un punto tuvieron que rodear un tramo embarrado y Samuel les indicó una alternativa utilizada habitualmente.

—En seco se puede cortar por ahí.

—Hoy no —dijo Mara.

—Hoy, mejor no.

Cuando alcanzaron la parte alta, el terreno se abrió ligeramente. Mara detuvo el cronómetro.

—Catorce minutos y cuarenta segundos.

Andrés miró su reloj.

—Me parecía más.

—Porque lo hemos subido.

Samuel sonrió.

—En el mapa todo es más corto.

Mara anotó una horquilla de catorce a quince minutos. Los segundos no le servían; aquella mañana no era una réplica de la tarde del crimen y no pretendía convertirla en una.

—Seguimos.

Desde el acceso superior hasta el punto donde habían dejado el vehículo de prueba había un segundo tramo más corto.

Noelia lo había identificado en el mapa después de consultar con el equipo territorial. Desde la parte alta, una bifurcación permitía recuperar el camino por el que habían entrado el día anterior.

Tardaron algo más de seis minutos.

El terreno seguía siendo irregular, pero no presentaba obstáculos serios. Cuando llegaron al coche, Mara volvió a parar el cronómetro.

—Seis minutos y diez segundos.

Andrés hizo la suma.

—Así que desde la Curva hasta aquí, unos veintiún minutos.

—Entre veinte y veintidós, con lo que hemos medido.

Samuel asintió.

—Eso entra dentro de lo normal.

Mara anotó:

Curva → acceso superior: 14–15 min. Acceso → vehículo: 6–7 min. Total a pie: 20–22 min.

Andrés miró la libreta.

—¿Y ahora?

—Ahora salimos con el coche.

—¿Por la pista?

—Sí. Hasta la carretera principal.

Samuel señaló una curva del trazado.

—Hay una salida mejor que volver por donde entramos. La usa la gente que conoce esto.

Mara lo miró.

—¿Daniel podría conocerla?

Samuel se encogió de hombros.

—Trabaja por la zona. Podría, pero no puedo decirte que la conociera.

—Eso es suficiente.

No necesitaban demostrar todavía que Daniel hubiera utilizado aquel acceso. Solo querían saber cuánto tiempo costaba.

La salida de la pista resultó más lenta de lo que Andrés esperaba.

El terreno obligaba a conducir con cuidado. Había piedra suelta, una curva estrecha y un tramo donde dos vehículos tendrían dificultades para cruzarse. Mara dejó correr el cronómetro sin hablar.

Cuando alcanzaron la carretera, paró el tiempo.

—Doce minutos.

Andrés levantó una ceja.

—Eso sí es lento.

—Es una pista.

—Ayer me pareció más corta.

—Ayer medimos otro tramo.

Mara anotó una horquilla de once a trece minutos.

Samuel miró la hoja.

—En seco puede ser algo menos.

—No necesitamos el mínimo.

Mara sabía que la frase podía sonar extraña, pero no estaba construyendo el recorrido más rápido posible para que una teoría funcionara. Buscaba una secuencia razonable, con márgenes capaces de soportar pequeñas variaciones.

—Desde aquí hasta la gasolinera, ¿cuánto calculas? —preguntó Andrés.

—Diez minutos, más o menos —respondió Samuel.

—Vamos a medirlo.

La carretera principal devolvió enseguida una sensación de velocidad que la pista había borrado. No encontraron tráfico y la estación apareció poco después de nueve minutos.

Mara anotó una horquilla de nueve a diez.

Andrés aparcó.

—Tenemos unos veintiún minutos andando, doce de pista y diez de carretera.

—Entre cuarenta y cuarenta y cinco, según dónde caigan las horquillas.

—Sin contar lo que ocurriera en la Curva.

—Ni lo anterior.

Aquello era importante. Todavía no estaban reconstruyendo el crimen completo. Solo calculaban el tiempo necesario para regresar desde la Curva hasta el vehículo que, en una hipótesis de trabajo, habría quedado en la pista, salir de allí y alcanzar la estación de servicio.

Andrés volvió a hacer la suma.

—Si trabajamos con cuarenta y cinco minutos, dejamos margen.

—Eso quiero.

—Otra vez evitando discutir por dos minutos.

—Mientras no cambien la conclusión, sí.

Mara miró hacia la estación.

Si Daniel hubiera abandonado realmente Los Barreros alrededor de las 17:45, como sostuvo al principio, una secuencia que pasara por la pista, la Curva y el regreso completo empezaba a quedar demasiado comprimida.

No porque un solo tramo fuera largo, sino porque todos consumían tiempo.

Volvieron a la base antes de mediodía.

Noelia tenía preparada una hoja con las horquillas del día anterior y dejó espacio para las nuevas.

Mara fue dictando:

—Los Barreros a pista, trece a quince.

—Sí.

—Pista a Curva, dieciséis a dieciocho.

—Curva a acceso superior, catorce a quince a pie.

Noelia escribió.

—Acceso a vehículo, seis a siete.

—Pista a vía principal, once a trece.

—Vía principal a estación, nueve a diez.

Andrés tomó asiento.

—Ahora viene la parte divertida.

Noelia lo ignoró.

—¿Qué hora de salida usamos primero?

Mara apoyó las manos sobre la mesa.

—La que Daniel dio inicialmente.

Noelia escribió 17:45.

—Con esa hora, llegaría al ensanche aproximadamente entre las 17:58 y las 18:00.

—Correcto.

—Si, solo como hipótesis, desde allí se produjera después un desplazamiento hasta la Curva, la llegada estaría aproximadamente entre las 18:14 y las 18:18.

Mara asintió.

—Y todavía falta cualquier cosa que hubiera ocurrido antes de abandonar la pista.

Andrés miró la tabla.

—Además de la maniobra con el coche.

—Sí.

Noelia siguió sumando.

Con catorce o quince minutos hasta el acceso superior y seis o siete más hasta el vehículo, el regreso a pie situaba la recuperación del coche aproximadamente entre las 18:35 y las 18:40, siempre que la salida desde la Curva hubiera sido inmediata.

Después había que añadir entre once y trece minutos para abandonar la pista y otros nueve o diez hasta la estación.

Noelia terminó la suma.

—Sin incluir una estancia en la pista ni tiempo para preparar nada en la Curva, la llegada a la estación estaría entre las 18:55 y las 19:03.

Andrés miró el repostaje de las 19:06.

—Está muy justo.

—Porque todavía faltan partes esenciales —dijo Mara.

Noelia volvió a mirar la tabla.

Para que la versión inicial de Daniel admitiera una secuencia completa habría que reducir cada tramo al extremo más favorable, eliminar casi cualquier demora y suponer que todo lo ocurrido en la pista y en la Curva consumió apenas unos minutos.

Eso ya no era una reconstrucción prudente.

—Ahora hazlo con una salida temprana —dijo Mara.

Noelia escribió 17:21 como referencia interna, dejando claro en la cabecera que no era una hora probada.

Con ese punto de partida, la llegada al ensanche se situaba alrededor de las 17:34–17:36. Si el desplazamiento posterior hacia la Curva se producía tras una estancia de duración todavía desconocida, seguía existiendo un margen amplio antes del repostaje de las 19:06.

Andrés comparó ambas columnas.

—La diferencia ya no parece pequeña.

—No lo es —dijo Mara—, porque afecta al margen disponible para todo lo que no conocemos.

Noelia dejó el bolígrafo.

—Con las 17:45, una secuencia completa solo encaja si vaciamos casi todo lo que tendría que haber ocurrido entre la pista y la estación.

Mara miró las dos reconstrucciones.

Eso era lo que necesitaban. No una conclusión sobre culpabilidad, sino una explicación posible para que aquella hora incorrecta resultara útil.

Si Daniel había retrasado deliberadamente su salida, podía haberlo hecho porque las 17:45 hacían parecer demasiado estrecha cualquier secuencia que lo relacionara con Teresa.

Todavía tenían que demostrar mucho más.

A primera hora de la tarde, Mara volvió a la Curva con Andrés.

No necesitaban repetir todo el recorrido. Solo querían aproximarse al tiempo mínimo razonable que podía consumir una maniobra como la descrita por Criminalística: colocar un vehículo en una posición adecuada para que iniciara una salida de vía de baja energía.

El especialista ya había explicado que no hacía falta sabotaje ni conocimientos especiales. Bastaba con orientar el coche, dejarlo sin una retención suficiente y aprovechar la pendiente.

El vehículo de Teresa seguía en dependencias técnicas, así que no lo utilizaron. Trabajaron con otro turismo en una zona segura, sin permitir que rodara fuera de control y sin intentar reproducir la escena. Solo midieron las operaciones previas: detenerse, orientar el coche, salir y alejarse.

—Dos o tres minutos —dijo Andrés.

Mara negó.

—Para nuestros cálculos, cinco.

—¿Por prudencia?