La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Desde el ensanche hasta la Curva del Castañar tardaron diecisiete minutos y treinta y cuatro segundos. La parte más lenta fue la salida de la pista; una vez en carretera, el ritmo se hizo más continuo.

Mara anotó otra horquilla.

—Dieciséis a dieciocho minutos.

Samuel estuvo de acuerdo.

—Con lluvia fuerte podría ser más.

—El martes había humedad, pero no un aguacero continuo.

Andrés aparcó unos metros después de la Curva.

—En conjunto, poco más de media hora desde Los Barreros hasta aquí pasando por el ensanche.

—Con las condiciones que estamos usando, sí.

—Y si Daniel salió pocos minutos después del cierre, podría alcanzar la pista bastante antes de las seis.

Mara miró la carretera.

—Eso es lo que permite el recorrido. No nos dice que lo hiciera.

Samuel se mantuvo al margen de la conversación.

Mara anotó en la libreta las dos horquillas:

Los Barreros → pista del molino: 13–15 minutos.

Pista del molino → Curva del Castañar: 16–18 minutos.

El recorrido no exigía ninguna carretera desconocida ni una conducción temeraria. Eran tramos normales para alguien acostumbrado a moverse por la zona, y eso era justamente lo que querían saber.

—Vamos a repetirlo —dijo.

Andrés la miró.

—¿Ahora?

—Sí. Una medida aislada no me sirve si no sabemos cuánto varía.

La segunda pasada resultó algo más lenta.

Mara no pretendía alargar artificialmente los tiempos, sino comprobar cuánto podía variar el recorrido manteniendo una conducción prudente. Desde Los Barreros hasta el ensanche tardaron catorce minutos y cincuenta y dos segundos, y desde allí hasta la Curva emplearon algo más de dieciocho minutos.

En una tercera pasada, ya sin detenerse en el ensanche, volvieron a quedar dentro de márgenes parecidos.

Samuel acabó sonriendo.

—Vais a gastar más gasolina que Daniel.

Andrés respondió:

—Eso al menos sí podemos documentarlo.

Mara cerró el cronómetro.

—Con esto basta.

Las tres pasadas confirmaban que la ruta era ordinaria y que los tiempos variaban poco dentro de una conducción normal.

—¿Qué te preocupa? —preguntó Andrés.

—Que estamos midiendo una ruta que Daniel niega haber hecho y no tenemos todavía nada que lo coloque aquí.

Samuel señaló hacia atrás.

—La pista tampoco tiene nada de especial.

—Precisamente por eso sirve como prueba de viabilidad —dijo Mara—. No estamos buscando un lugar extraordinario, sino comprobando si la geografía permite una secuencia sin forzarla.

Repasó los tiempos.

Con la primera versión de Daniel, la llegada al ensanche se desplazaría hacia las seis.

Si había salido poco después del cierre, en cambio, podía estar allí bastante antes.

Pero llegar a la pista era solo una parte de cualquier reconstrucción posible.

Después tendrían que incluir el tiempo de un eventual encuentro, el desplazamiento hasta la Curva, la maniobra con el coche de Teresa y la recuperación del vehículo con el que Daniel hubiera llegado.

—Nos falta medir el regreso —dijo.

Andrés dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Sabía que esto se estaba poniendo demasiado cómodo.

Cuando regresaron, Noelia había preparado una tabla sin segundos.

Mara agradeció que hubiese conservado únicamente las horquillas:

Los Barreros → pista del molino: 13–15 minutos.

Pista del molino → Curva del Castañar: 16–18 minutos.

—He utilizado los márgenes, no vuestra pasada más rápida —dijo Noelia—. También he calculado dos escenarios de referencia.

Andrés dejó la chaqueta.

—A ver.

—Si tomamos como hipótesis de trabajo una salida alrededor de las 17:21, compatible con el cierre y con una recogida breve, Daniel podría alcanzar el ensanche aproximadamente entre las 17:34 y las 17:36.

Mara observó la tabla. Era una estimación derivada de los tiempos medidos, no un hecho sobre la tarde del crimen.

—Con la hora que dio inicialmente —continuó Noelia—, las 17:45, llegaría entre las 17:58 y las 18:00.

—La diferencia se mantiene casi entera —dijo Andrés.

—Sí, pero no sabemos cuál fue la hora real de salida —respondió Mara—. Por eso las 17:21 no pueden salir de nuestras notas de trabajo como si fueran un dato probado.

—¿Y Teresa? —preguntó él.

Noelia señaló el ensanche.

—Todavía no podemos colocarla aquí.

—Lo único que tenemos es que escribió que estaba cerca.

—Y «cerca» no identifica esta pista ni ninguna otra —dijo Mara.

La conclusión que podían sostener era mucho más limitada: Daniel podía alcanzar aquel punto desde Los Barreros dentro de los tiempos medidos, tanto con una salida temprana como con la que había declarado al principio, aunque el margen posterior cambiara de forma significativa.

—Entonces aún no hemos desmontado su relato completo —dijo Andrés.

—Porque solo hemos medido una parte. Para saber si las 17:45 hacen imposible la secuencia que estamos estudiando tenemos que calcular también todo lo que vendría después.

Noelia entendió.

—La Curva, la vuelta hasta la pista, la recuperación de su vehículo y la llegada a la estación.

—Exactamente.

—¿Lo hacemos mañana?

—Sí.

—¿A pie?

—En parte.

Andrés suspiró.

Mara llevó la tabla al despacho del instructor de la UOPJ y presentó la pista únicamente como una hipótesis de recorrido.

—Es uno de los pocos puntos que permiten una parada intermedia razonable entre Los Barreros y la zona de la Curva —explicó—. No tenemos evidencia de que Teresa ni Daniel estuvieran allí.

El instructor repasó los tiempos.

—Entonces, ¿qué demuestra?

—Que una salida pocos minutos después de las 17:18 permite llegar a un punto compatible con un posible encuentro sin necesidad de conducir de forma extraordinaria. Si Daniel salió a las 17:45, también puede llegar, pero el margen que queda después es mucho menor.

—Así que todavía no invalida su versión.

—No. Nos dice qué permite el terreno.

—¿Y por qué esa pista y no otra?

—Porque es transitable, conecta con la red viaria y ofrece un lugar donde dos vehículos pueden detenerse sin bloquear el paso. Las otras alternativas que hemos revisado plantean problemas de acceso o de recorrido. De momento estamos comprobando viabilidad, no atribuyendo presencia.

El instructor dejó la hoja sobre la mesa.

—Bien.

A Mara le gustó precisamente la falta de entusiasmo de la respuesta. Si la hipótesis iba a servir de algo, tendría que resistir preguntas antes de ganar peso.

Antes de terminar la jornada, Noelia llamó a Mara desde su mesa.

—He superpuesto también la ruta desde casa de Mateo hasta la pista.

Mara se acercó.

—¿Por qué?

—Quería saber si el punto que estamos usando como prueba sería absurdo para Teresa.

—¿Y lo es?

—No. Puede llegar sin desandar completamente el camino ni hacer una vuelta ilógica.

Mara miró el mapa.

—¿Has medido cuánto tarda?

—No. Solo he comprobado el recorrido.

—Déjalo así de momento.

Andrés levantó una ceja desde su mesa.

—Ahora resulta que no quieres medir.

—Quiero medir cuando la hora de salida de Teresa esté mejor fijada. Si calculamos ahora un minuto exacto, acabaremos fabricando una coincidencia con Daniel que los datos todavía no sostienen.

Noelia cerró la ventana del mapa.

Aquella era la parte que todavía faltaba. Sabían que Teresa había salido en una dirección compatible con aquella zona y que le había escrito a Daniel que estaba cerca, pero ninguno de esos datos permitía situarla en la pista del molino.

A última hora de la tarde, Mara repasó las notas.

No habían descubierto una escena del crimen ni habían obtenido una prueba que situara a Daniel junto a Teresa. Lo que sí habían hecho era reducir una pregunta geográfica a términos comprobables.

Una salida de Los Barreros pocos minutos después del cierre de las 17:18 permitía alcanzar el ensanche de la pista del molino dentro de una conducción normal, sin recurrir a velocidad excesiva ni a atajos inverosímiles.

La frase de Teresa —«Estoy cerca»— seguía siendo demasiado imprecisa para asignarle un lugar, pero ya sabían que el territorio permitía que ambos recorridos coincidieran allí.

Mara escribió en la libreta:

Pista del molino: hipótesis de recorrido, no escenario. Los Barreros → pista: 13–15 min. Pista → Curva: 16–18 min. Pendiente: comprobar el regreso y la llegada a la estación.

Cerró la libreta.

Al día siguiente medirían la parte de la secuencia que podía dar verdadero sentido a la discrepancia de veintisiete minutos.

La ida hasta la pista ya cabía con ambas versiones; la diferencia estaba en saber si, después de todo lo que habría tenido que ocurrir, aún quedaba tiempo suficiente para regresar y alcanzar la estación de servicio a las 19:06.