Capítulo 18
Cronómetro
Mara no quería demostrar que Daniel podía haber matado a Teresa, sino comprobar si la versión que había dado sobre aquella tarde era realmente la única compatible con los tiempos y las carreteras.
A las ocho y media, Andrés dejó las llaves del coche sobre la mesa y miró la hoja que Noelia había preparado.
—Los Barreros, taller y gasolinera.
—Primero eso —dijo Mara.
Noelia había reducido la ruta declarada por Daniel a tres puntos y dos horas objetivas: el cierre de la intervención a las 17:18:32 y el repostaje de las 19:06.
Entre ambos quedaba su segunda versión, según la cual había salido de Los Barreros, pasado por el taller para dejar material y continuado después hasta la estación de servicio.
No existía ningún registro de entrada en el taller. Tampoco una llamada, un mensaje, una cámara o un testigo que permitiera situarlo allí antes del repostaje.
Mara cogió la hoja.
—Vamos a recorrer exactamente lo que dice.
Andrés sonrió.
—Por fin.
—Sin correr y sin buscarle una ruta mejor.
—Ya me parecía demasiado bonito.
Noelia les entregó otra hoja.
—He preparado dos alternativas del navegador solo como referencia: la más rápida y la que sigue la carretera principal.
Mara la dobló sin mirarla.
—La veremos después.
—¿Y cómo sabes por dónde ir?
—Daniel señaló su recorrido.
—Era una prueba.
Andrés cogió la chaqueta.
—Y la capitana la ha superado.
Salieron de Los Barreros a las nueve y diecisiete.
No era la misma hora del crimen ni las condiciones podían reproducirse de manera exacta, pero tampoco lo pretendían. La mañana estaba húmeda, con nubes bajas sobre las laderas y algunos tramos de asfalto todavía oscurecidos por la lluvia nocturna.
Andrés conducía. Mara llevaba el cronómetro del teléfono preparado y una libreta apoyada sobre la pierna.
—¿Arranco ya? —preguntó él.
—Cuando salgamos del aparcamiento.
—Esto sí parece una carrera.
—Si conduces más deprisa de lo razonable, repetimos.
—Qué manera de quitarle emoción.
La furgoneta de Daniel habría necesitado algo más de espacio que el turismo en el que viajaban ellos, aunque la diferencia no era suficiente para alterar por completo el recorrido. Mara no buscaba el mejor tiempo posible, sino una referencia prudente y repetible.
Andrés tomó la carretera principal. El trayecto hasta el taller de Daniel transcurrió entre curvas, un par de cruces, una recta corta y otra subida, sin tráfico que los obligara a detenerse.
Mara paró el cronómetro cuando entraron en la calle del taller.
—Diecinueve minutos.
Andrés miró el cuadro.
—Conduciendo normal.
—Sí, y sin tráfico relevante.
Mara lo anotó.
La fachada del taller estaba cerrada. Daniel había declarado que pasó allí antes de repostar y que empleó unos diez minutos en dejar material. No podían demostrar que aquella parada hubiera ocurrido, pero sí calcular cuánto habría necesitado si decía la verdad.
—Diez minutos dentro —dijo Andrés.
—Trabajemos con doce.
—¿Por qué?
—Porque tendría que aparcar, abrir, descargar y cerrar.
—Daniel dijo diez.
—No estamos intentando perjudicar su versión. Prefiero darle margen.
Andrés asintió.
Regresaron a la carretera y recorrieron el tramo hasta la estación de servicio, al que dedicaron algo más de quince minutos.
Mara sumó los tiempos.
—Diecinueve, doce y dieciséis. Cuarenta y siete minutos.
—Podemos redondear a cincuenta.
—Eso haremos.
Andrés apagó el motor.
—Si hubiera salido de Los Barreros hacia las cinco y veinticinco, podría pasar por el taller y estar aquí antes de las seis y cuarto.
—Sí.
—Y sabemos que repostó a las siete y seis.
Mara miró la estación de servicio.
—Su segunda versión cabe con bastante margen.
Andrés guardó silencio unos segundos.
—Entonces este recorrido no nos la desmonta.
—No, pero ya sabemos que no es una secuencia ajustada. Eso también sirve.
Noelia llamó cuando regresaban hacia la base y Mara activó el manos libres.
—He comprobado el taller —dijo—. No hay ningún registro. También he hablado con dos personas de la calle, pero ninguna recuerda la furgoneta de Daniel y tampoco pueden decir qué estaban haciendo ese martes a esa hora.
—Entonces no nos sirven como testigos.
—No. He revisado también la actividad del teléfono y no hay nada que lo coloque allí.
—Seguimos igual, entonces.
Andrés intervino.
—La ruta que declara cabe. Hemos empleado unos cincuenta minutos, dando margen, desde Los Barreros hasta la estación pasando por el taller.
Noelia tardó un instante en responder.
—Eso deja una franja bastante amplia sin anclajes antes del repostaje.
—Sí —dijo Mara—, pero una franja sin anclajes no nos dice qué hizo.
—He preparado también los accesos que me pediste.
Andrés miró a Mara.
—¿Qué accesos?
—Los que permiten comprobar si existe alguna parada intermedia razonable sin obligarnos a inventar una vuelta absurda.
Noelia continuó.
—He revisado cuatro. Uno no es recomendable para un turismo después de lluvia. Otro obliga a retroceder casi hasta el eje principal. El tercero no tiene una salida útil hacia la zona de la Curva. El cuarto es la pista del molino viejo.
Mara miró por la ventanilla. El nombre, de momento, no significaba nada.
—¿Qué tiene de particular?
—Sale de una carretera secundaria, cuenta con un ensanche donde caben varios vehículos y permite volver después a la red viaria que conduce hacia la Curva sin hacer una vuelta ilógica.
—¿Hay usuarios de la asociación por allí?
—En la pista, no. En el entorno general, sí.
—¿Teresa tenía algún servicio registrado en esa zona?
—No.
—¿Y Daniel?
—Tampoco el día del crimen.
Andrés intervino.
—Entonces, ¿por qué esa pista?
—Porque, de los cuatro puntos revisados, es el único que funciona físicamente como parada intermedia sin romper los extremos que ya conocemos —respondió Noelia—. Eso no significa que sepamos que estuvieron allí.
Mara asintió.
Ese límite era imprescindible.
Volvieron a la base antes de salir otra vez porque Mara quería estudiar la pista sobre el mapa.
Noelia había impreso una ortofoto sencilla y un plano de carreteras sin marcas policiales. Señaló Los Barreros, el acceso a la pista del molino viejo y la Curva del Castañar.
—La estoy proponiendo como punto de prueba, no como escenario.
—Así la vamos a tratar.
La pista salía de una carretera secundaria y descendía hacia una zona de vegetación cerrada. Más adelante aparecía un ensanche y, desde otro punto del trazado, era posible recuperar una carretera que conectaba con la zona de la Curva.
—¿Es transitable? —preguntó Mara.
—Según territorial, sí, aunque con prudencia. No es una pista para correr, pero entran turismos y furgonetas de mantenimiento.
—¿Ese es el nombre oficial?
—No. La gente la llama del molino por unas construcciones antiguas que quedan más abajo. Ya no hay actividad allí.
Andrés señaló el ensanche.
—¿Qué queremos medir exactamente?
—El tiempo. Nada más.
Mara no quería llegar allí buscando barro, marcas u objetos. Todavía no tenían fundamento para tratar aquel espacio como una escena criminal y hacerlo podía predisponerlos a interpretar cualquier detalle en favor de una hipótesis.
—Primero medimos desde Los Barreros hasta el acceso y después hasta el ensanche. Luego, desde allí hasta la Curva.
Noelia abrió otra hoja.
—He separado el tramo de carretera del de pista para que no mezclemos velocidades.
—Bien. Y quiero que venga alguien de territorial para asegurarnos de que no usamos un acceso que un conductor de la zona consideraría absurdo.
El guardia territorial que los acompañó se llamaba Samuel y conocía tanto la carretera como la pista.
—Por aquí se entra —dijo cuando Andrés aminoró—. Si está muy mojado, vas más despacio, pero con un turismo se puede pasar.
—¿Se utiliza con frecuencia? —preguntó Mara.
—No demasiado. Entra gente que baja a fincas, mantenimiento, monte... No es un camino abandonado.
Habían regresado a Los Barreros para comenzar de nuevo desde el aparcamiento. Mara puso el cronómetro a cero.
Las 17:21 seguían siendo solo una referencia interna compatible con el cierre de las 17:18 y con la descripción del encargado de que Daniel se marchó «poco después». No pretendían convertir aquel minuto en una hora demostrada.
—Empezamos.
Andrés condujo a un ritmo normal, reduciendo en las curvas y manteniendo una velocidad razonable en los tramos abiertos. Cuando apareció un vehículo en sentido contrario, esperó en un ensanche.
Mara anotó la interrupción.
—Nos ha añadido casi un minuto.
—Déjalo.
—Eso pensaba hacer.
La carretera descendió y volvió a ganar altura. La entrada de la pista apareció a la derecha, bastante menos evidente de lo que sugería el mapa.
Samuel la señaló.
—Aquí.
Andrés giró y Mara detuvo el primer tiempo.
—Once minutos y cuarenta segundos hasta el acceso.
La referencia que querían era el ensanche, así que continuaron.
La pista obligaba a reducir bastante la velocidad. Había piedra suelta, rodadas y algunos charcos estrechos, pero nada que exigiera un todoterreno. Andrés avanzó con cuidado hasta que el ensanche apareció después de un recodo.
Mara detuvo el cronómetro.
—Catorce minutos y diecisiete segundos desde Los Barreros.
—No he corrido —dijo Andrés.
Samuel negó con la cabeza.
—En seco, alguien que conozca bien la pista podría incluso tardar algo menos.
Mara anotó una horquilla de trece a quince minutos. No le interesaba conservar los catorce minutos y diecisiete segundos como si esa cifra pudiera reproducirse siempre; pertenecía a aquella mañana, con aquel coche y aquellas condiciones.
Bajaron unos minutos.
Mara recorrió el entorno con la vista sin buscar nada concreto. Había espacio suficiente para detener dos vehículos sin bloquear la pista, vegetación cerrada y, más allá, una construcción baja medio oculta entre los árboles.
—¿Eso es el molino? —preguntó Andrés.
Samuel siguió la dirección de su mirada.
—Parte de lo que queda. Más abajo hay otros restos.
Mara no se acercó.
—Seguimos.
Andrés la observó.
—¿No quieres echar un vistazo?
—Hoy hemos venido a medir un recorrido. Si algún día tenemos razones para considerar esto otra cosa, volveremos de otra manera.