Capítulo 17
Veintisiete minutos
Daniel llegó acompañado de una abogada de Plasencia.
La diferencia con la entrevista anterior no estaba en su ropa ni en la forma de caminar, sino en el marco de la diligencia.
Antes de empezar, el instructor de la UOPJ le informó de su condición de investigado, de los hechos sobre los que se le iba a preguntar y de sus derechos.
Daniel escuchó sin interrumpir, con las manos apoyadas sobre las rodillas.
Su abogada tomó notas y pidió ver la documentación que sustentaba la nueva situación.
Mara permaneció a un lado de la mesa.
No necesitaban dramatizar el cambio.
Cuando terminó el trámite, el instructor le preguntó si quería declarar.
Daniel miró a su abogada. Ella se inclinó y le dijo algo en voz baja.
—Sí —respondió él.
Mara abrió una carpeta.
—Vamos a centrarnos en la tarde del martes. Desde que terminaste el trabajo de Los Barreros hasta el repostaje de las 19:06.
La abogada levantó la vista.
—Mi cliente ya declaró sobre ese recorrido.
—Lo sabemos.
—Entonces agradecería que concretaran qué ha cambiado.
El instructor respondió antes que Mara.
—Se ha incorporado un registro objetivo que afecta a la cronología declarada.
Daniel no se movió.
Mara sacó una hoja, pero no se la mostró todavía.
—La otra vez dijiste que terminaste en Los Barreros alrededor de las seis menos cuarto.
—Sí.
—¿Mantienes esa hora?
Daniel miró a su abogada.
—Dije que era aproximada.
—Lo sé. ¿La mantienes?
—Más o menos.
—¿Qué significa «más o menos»?
—Que no miré el reloj al salir.
—¿Podrían haber sido las cinco y media?
Daniel frunció el ceño.
—No lo creo.
—¿Las cinco y veinte?
—No.
—¿Por qué?
—Porque estuve recogiendo.
Mara esperó a que terminara.
—¿Qué recogiste?
—Herramienta. Material.
—¿Cuánto material?
—Lo normal.
—¿Volviste a entrar en la nave después de terminar el trabajo?
Daniel dudó.
—No me acuerdo.
La abogada intervino.
—Si no lo recuerda, no tiene por qué reconstruir con precisión una rutina de hace varios días.
—No le estamos pidiendo precisión —dijo Mara—. Estamos comprobando una referencia que él mismo dio.
Daniel la miró.
—Yo no di una hora exacta. Dije sobre las seis menos cuarto.
Mara colocó el registro sobre la mesa.
—La intervención se cerró a las 17:18:32.
Daniel bajó la vista.
No habló.
Su abogada acercó la hoja hacia sí.
—¿Qué demuestra exactamente este registro?
—Que la intervención estaba cerrada en el sistema a esa hora y que el cierre se realizó con el usuario de Daniel —respondió el instructor.
—No demuestra que saliera del lugar a las cinco y dieciocho.
—No hemos dicho eso.
Daniel levantó la cabeza.
—Pues ya está.
Mara esperó.
—¿Qué está?
—Que pude estar recogiendo después.
—Sí.
—Entonces no he mentido.
—Todavía no te he dicho que hayas mentido.
La frase pareció irritarlo más que una acusación directa.
—Es lo que estáis insinuando.
Mara mantuvo la voz baja.
—Estamos intentando entender una diferencia de veintisiete minutos.
La abogada se volvió hacia él.
—Contesta solo a lo que recuerdes.
Daniel asintió.
—Terminé el trabajo. Cerré la intervención. Guardé herramienta. Hablé con el encargado y me fui.
—¿Cuánto tardaste?
—No lo sé.
—El encargado dice que te marchaste poco después.
Daniel apretó los labios.
—Poco después pueden ser veinte minutos.
—Le preguntamos por eso. Dijo que no le parecía.
—Pues estaría equivocado.
Mara tomó nota.
—¿Recuerdas haber esperado allí por algún motivo?
—No.
—¿Llamaste a alguien?
—No.
—¿Comiste algo?
—No.
—¿Fumaste?
—No fumo.
—¿Tuviste que desmontar o cargar algo pesado?
—No.
—¿Hubo algún problema con la furgoneta?
—No.
Mara levantó la vista.
—Entonces, ¿por qué situaste tu salida cerca de las cinco cuarenta y cinco?
Daniel se recostó en la silla.
—Porque recordé mal.
La respuesta llegó de forma sencilla.
Y era posible.
La abogada dejó de escribir durante un instante.
Mara siguió.
—¿Hasta qué punto?
Daniel la miró.
—No sé.
—¿Podrías haber salido a las cinco y veinticinco?
—Sí.
—¿A las cinco y veinte?
—Si acababa de cerrar, supongo que no.
—¿A las cinco y media?
—Puede.
Mara dio por cerrada aquella parte.
Daniel ya no sostenía las 17:45 como referencia fiable.
Pero abandonar la hora no explicaba por qué la había dado.
Noelia esperaba en la sala contigua con las dos cronologías.
Una recogía la declaración anterior de Daniel.
La otra contenía únicamente datos objetivos.
Mara salió durante una pausa acordada por la abogada.
—Ha cambiado la hora —dijo Andrés.
—Ha dejado de sostenerla.
—Más fácil.
—No necesariamente.
Noelia señaló la primera cronología.
—Si ahora admite que pudo salir bastante antes, la contradicción con el cierre pierde fuerza.
—No desaparece —dijo Mara—. Cambia de naturaleza. Antes afirmaba que siguió allí hasta cerca de las cinco cuarenta y cinco. Ahora ya no sabe cuándo se marchó.
Andrés apoyó las manos en la mesa.
—Eso deja su versión peor.
—Eso sí.
Noelia repasó los tiempos.
—¿Le preguntamos ya por Teresa?
—Todavía no.
—¿Entonces qué queda?
—Que reconstruya el trayecto sin apoyarse en esa hora.
Andrés entendió.
—Desde que sale.
—Exacto.
Mara no quería ofrecerle una franja vacía y pedirle que la rellenara. Si Daniel había ocultado algo, debía ser su propia versión la que lo colocara dentro.
Cuando reanudaron, Mara retiró el registro de Los Barreros.
—Vamos a empezar otra vez desde el momento en que sales.
Daniel soltó aire.
—Ya lo he contado.
—Ahora sabemos que no puedes situar esa salida con seguridad a las cinco cuarenta y cinco.
La abogada intervino.
—Mi cliente ha dicho que aquella estimación era incorrecta.
—Por eso vamos a reconstruir sin utilizarla.
Daniel miró el techo un instante.
—Salí de Los Barreros y fui hacia la carretera principal.
—¿Directamente?
—Sí.
—¿Paraste antes de incorporarte?
—No.
—¿Qué hiciste después?
—Fui al taller.
Mara mantuvo la expresión.
—¿Estás seguro?
Daniel vaciló.
—Creo que sí.
—En tu declaración anterior dijiste que podía haber sido antes o después del repostaje.
—Porque no me acuerdo.
—Entonces no lo coloques todavía.
Daniel apretó los dientes.
—Pues conduje hacia la carretera.
—Bien. ¿Y después?
—No sé qué quieres que diga.
—Lo que recuerdes haber hecho.
La abogada levantó una mano.
—La pregunta es demasiado abierta.
Mara asintió.
—De acuerdo. ¿Fuiste directamente a la estación donde repostaste?
Daniel negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque era pronto.
La respuesta salió con rapidez.
Mara lo miró.
—¿Pronto para qué?
Daniel tardó.
—Para volver a casa.
—No te he preguntado por tu casa.
—Pues para terminar el día.
—¿Qué hiciste entonces?
—Pasé por el taller.
—¿Antes o después de repostar?
—Antes.
—¿Ahora sí estás seguro?
—Sí.
—¿Por qué?
Daniel miró a su abogada.
Ella no respondió por él.
—Porque recuerdo que dejé material y luego fui a echar gasoil.
—¿Qué material?
—Cajas. Herramienta.
—¿Alguien te vio?
—No sé.
—¿Cuánto tiempo estuviste?
—Diez minutos.
—¿Miraste la hora?
—No.
—¿Abriste con llave?
—Sí.
—¿Hay alarma?
Daniel se quedó quieto.
La abogada también lo miró.
—No.
—¿Registro de apertura?
—No.
—¿Cámara?
—No.
—¿Enviaste algún mensaje desde allí?
—No.
—¿Hiciste alguna llamada?
—No.
La parada en el taller no tenía, de momento, ningún apoyo externo.
Eso no la convertía en falsa.
Solo en una parte de su versión aún sin comprobar.
—¿Qué ruta hiciste desde Los Barreros? —preguntó Mara.
Colocó delante de él un mapa sencillo, sin marcas policiales.
Daniel señaló el eje principal.
—Por aquí.
—¿Sin desviarte?
—Sí.
—¿Entraste en alguna pista?
—No.
—¿Paraste para hablar con alguien?
—No.
—¿Viste a Teresa?
—No.
La negación fue inmediata.
Mara dejó pasar un segundo.
—Todavía no te había preguntado por Teresa en ese tramo.
Daniel sostuvo su mirada.
—Ya sé por dónde vais.
—Explícamelo.
—Queréis meterla en esos veintisiete minutos.
Mara apoyó las manos sobre la mesa.
—Queremos saber por qué en tu primera versión esos veintisiete minutos no existían.
—No quité nada.
—Dijiste que saliste cerca de las cinco cuarenta y cinco.
—Me equivoqué.
—Y ahora sitúas una parada en tu taller que no podemos confirmar por ningún otro dato.
La abogada intervino.
—Eso no convierte la parada en falsa.
—No he dicho que lo sea.
Daniel miró a Mara con cansancio.
—Fui al taller.
—De acuerdo.
—Dejé cosas.
—De acuerdo.
—Y después fui a repostar.
—De acuerdo.
—Entonces no sé qué más queréis.
Mara cerró la carpeta.
—Comprobar si esa secuencia ocurrió como dices.
La segunda pausa duró más.
Daniel salió al pasillo con su abogada. El instructor de la UOPJ se quedó dentro.
—No tenemos nada que desmienta la parada en el taller —dijo.
—No.
Andrés se sentó.
—Ni nada que la confirme.
—Tampoco.
—Entonces seguimos con una versión contra otra.
Mara miró la hoja del repostaje.
—Ahora tenemos algo más concreto.
Noelia señaló el mapa.
Daniel acababa de fijar una secuencia:
Los Barreros.
Carretera principal.
Taller.
Estación de servicio.
Sin pistas secundarias.
Sin Teresa.
Sin ninguna otra parada.
Hasta ese momento, su tarde había sido borrosa. La nueva versión resultaba más precisa y, precisamente por eso, podían medirla.
—¿Qué hacemos con el taller? —preguntó Andrés.
—Comprobar todo lo comprobable.
—No hay alarma ni cámara.
—Vecinos, actividad telefónica, compras, cualquier persona que pudiera haberlo visto.
El instructor los escuchó.
—¿Y si no aparece nada?
—Seguirá siendo una parada declarada, no un hecho acreditado —dijo Mara.
—¿Y después?
Mara miró el mapa.
—Comprobamos si la ruta completa cabe en los tiempos que tenemos.
Eso era lo siguiente.
Daniel volvió acompañado de su abogada.
El instructor explicó que continuarían con algunas preguntas sobre su contacto con Teresa.
Mara abrió los mensajes.
—Aquella tarde habíais acordado hablar cuando terminaras el trabajo.
Daniel miró la pantalla.
—Sí.
—Teresa te dijo que estaba cerca.
—Sí.
—Tú no cancelaste.
—No.
—Ella tampoco.
—No.
—Y aun así mantienes que no os visteis.
—Sí.
—¿Por qué?
Daniel respiró hondo.
—Porque cuando salí ya no pensé en ello.
—¿Por qué?
—Porque estaba cansado. Quería terminar.
—Tenías facturas pendientes y sabías que Teresa estaba revisando trabajos anteriores.
—Eso no significa que quisiera verla.
—Pero habíais hablado de veros.
—Habíamos dicho de hablar. No había una cita cerrada.
—¿Qué diferencia hay?
—Que no habíamos quedado en un sitio.
—Teresa dijo que estaba cerca.
Daniel se encogió de hombros.
—Pues estaría cerca.
Mara esperó.
Daniel rectificó enseguida.
—No sé dónde estaba.
Mara retuvo la reacción, no la interpretó.
—¿Le escribiste para decirle que te marchabas?
—No.
—¿La llamaste?
—No.
—¿Te pareció extraño que ella tampoco volviera a escribirte?
—No.
—¿Por qué?
—Porque podía haber cambiado de idea.
—¿Y tú?
—También.
La explicación era débil.
Seguía siendo posible.
Mara formuló la pregunta que quería dejar fijada.
—Cuando saliste de Los Barreros, ¿sabías que Teresa quería hablar contigo después de que terminaras?
La abogada miró a Daniel.
Él tardó en responder.
—Sí. Sabía que quería hablar.
—¿Sabías que estaba cerca?
—Eso había escrito.
—¿Y aun así no intentaste localizarla?
—No.
Mara asintió.
No necesitaba empujarlo más.
La diligencia terminó sin confesión y sin una contradicción final espectacular.
Daniel corrigió su hora.
Mantuvo que no había visto a Teresa.
Afirmó que, tras salir de Los Barreros, había ido al taller, dejado material y repostado después a las 19:06.
Su abogada pidió que constara que el registro de las 17:18 no demostraba una hora concreta de salida y que la diferencia respecto a la declaración anterior podía explicarse por un error de memoria.
Constó.
También quedó recogido que Daniel ya no sostenía que hubiera permanecido en Los Barreros hasta cerca de las 17:45.
Cuando se marcharon, Andrés cerró la puerta.
—Pensaba que iba a ser más emocionante.
Mara recogió las hojas.
—Mejor así.
—No ha confesado.
—No esperábamos que lo hiciera.
—Ha cambiado la hora.
—Sí.
—Ha fijado el taller antes del repostaje.
—Sí.
—Y sigue diciendo que no vio a Teresa.
—Sí.
Andrés la miró.
—Entonces, ¿qué tenemos?
—Una primera versión que no encaja bien con los datos y una segunda que todavía necesita comprobación.
Noelia entró con el mapa.
—Pero ahora podemos medirla.
Mara extendió la hoja.
Los Barreros.
El taller de Daniel.
La estación de servicio.
Un recorrido declarado con puntos concretos y, fuera de él, carreteras secundarias que Daniel afirmaba no haber utilizado.
—Primero medimos su historia —dijo.
—¿Los Barreros al taller? —preguntó Noelia.
—También.
—¿Y después?
Mara pasó un dedo por la carretera principal.
—Después comprobaremos qué alternativas tendría que haber tomado para hacer lo que niega.
A última hora, el cielo descargó una lluvia breve y fuerte.
Mara esperó a que aflojara antes de salir.
Noelia seguía preparando las rutas del día siguiente. Andrés hablaba con la UOPJ sobre las comprobaciones del taller.
Mara volvió a leer la declaración.
«Recordé mal.»
Podía ser verdad.
La memoria no era un reloj. Lo habían comprobado con Mateo, Beatriz, Álvaro y casi todos los que habían intentado colocar una tarde de varios días atrás dentro de minutos exactos.
Pero en el caso de Daniel había una diferencia.
La hora que había dado le permitía presentar una tarde aparentemente estrecha entre Los Barreros y el repostaje.
Al desaparecer esa referencia, se abría una franja mucho mayor.
Mara cerró el documento.
Aún no necesitaba decidir si los veintisiete minutos eran una mentira deliberada.
Le bastaba con algo más útil: Daniel había dejado de sostener aquella hora cuando apareció un registro objetivo y, a cambio, había fijado una ruta concreta.
Al día siguiente ya no tendrían que preguntarle cuánto había tardado.
Podían recorrerla.