Capítulo 16
Diecisiete dieciocho
Noelia recibió el archivo a las nueve y doce.
No era una captura de pantalla ni una impresión obtenida desde la nave de Los Barreros. Era el registro exportado por la empresa que gestionaba la aplicación de intervenciones, con el identificador del trabajo, el usuario que lo había cerrado y la hora almacenada en el servidor.
Mara leyó la línea dos veces.
—¿El reloj del sistema está sincronizado?
—Sí. Lo certifican en la respuesta. No depende de la hora del teléfono de Daniel.
—¿Y el cierre exige una acción suya?
—Usuario y contraseña. En esa intervención figura su cuenta. El responsable ya confirmó que la cerró él.
Andrés se acercó desde la mesa de al lado.
—Entonces ya tenemos las cinco dieciocho de verdad.
Mara levantó la vista.
—Tenemos un cierre a las cinco dieciocho.
Andrés sonrió.
—Algún día vas a dejarme simplificar una frase.
—Cuando no pierda precisión.
Noelia imprimió el registro y lo dejó junto a la declaración de Daniel.
«Terminé sobre las seis menos cuarto.»
La diferencia era la misma que el día anterior. Lo que había cambiado era la calidad de uno de los extremos.
Hasta entonces, el 17:18 podía discutirse como un dato interno cuya mecánica aún no conocían del todo. Ahora sabían que procedía de un sistema externo al recuerdo de Daniel y que el cierre lo había realizado él.
No fijaba el momento en que la furgoneta abandonó Los Barreros.
Pero sí demostraba que a las 17:18 la intervención estaba terminada hasta el punto de que Daniel la dio por cerrada.
—Quiero volver a hablar con el encargado —dijo Mara.
Andrés se apoyó en la mesa.
—¿Otra vez?
—No para que recuerde una hora. Quiero que separe lo que vio de lo que supone que ocurrió después.
Noelia guardó el original de la respuesta digital.
—¿Y las 17:21?
Mara la miró.
—Todavía no existen.
Noelia asintió.
Un minuto exacto ordenaba muy bien una cronología, pero si no estaba sostenido por un hecho seguía siendo una estimación.
El encargado de Los Barreros los recibió en la oficina.
Esta vez Mara no llevó el mapa.
Llevó el registro.
—La intervención se cerró a las 17:18 —dijo—. Eso sí lo sabemos. Necesito que vuelvas a contarme qué ocurrió después, pero sin intentar ponerle una hora.
El hombre leyó la hoja.
—Terminó el trabajo, guardó las cosas y se fue.
—¿El cierre lo hizo antes o después de enseñarte que funcionaba?
El encargado pensó.
—Después.
—La última vez no estabas seguro.
—Ahora me acuerdo porque tuve que entrar a firmar la conformidad. Él cerró su parte y luego yo hice la mía.
Mara no mostró reacción.
—¿Cuánto tiempo pasó entre una cosa y otra?
—Poco.
—¿Un minuto? ¿Diez?
—Dos o tres. No sé.
—¿Qué hiciste después?
—Le comenté lo de la puerta de la oficina.
—¿Antes de que recogiera o mientras recogía?
—Mientras recogía.
—¿Qué tenía que guardar?
El hombre señaló con la mano.
—Un maletín, el taladro, una caja pequeña. No tenía media nave desmontada.
Andrés preguntó:
—¿La furgoneta estaba junto a la puerta?
—Sí.
—¿Daniel volvió a entrar después del cierre?
—No.
Mara continuó.
—¿Se quedó hablando con alguien?
—No que yo viera.
—¿Hizo alguna llamada?
—No.
—¿Se quedó esperando?
—No.
El encargado empezó a mostrar cierta irritación.
—Ya os he dicho que se fue poco después.
Mara mantuvo el tono.
—Eso es precisamente lo que necesito entender. Cuando dices «poco después», ¿quieres decir que no permaneció allí media hora?
—Seguro que no.
—¿Cinco minutos?
—Podría ser.
—¿Tres?
—También.
—¿Quince?
El hombre negó.
—No me lo parece.
—¿Veintisiete?
—No.
Mara cerró la libreta.
No había conseguido una salida a las 17:21.
Había conseguido algo más sólido: el propio testigo rechazaba que Daniel hubiera permanecido allí hasta las 17:45.
Si la intervención estaba cerrada a las 17:18 y después solo quedaban una recogida breve y una conversación corta, la hora que Daniel había dado empezaba a necesitar una explicación.
Afuera, Andrés miró la nave y luego el aparcamiento.
—Tres minutos.
Mara negó.
—No.
—Ha dicho que podían ser tres.
—También que podían ser cinco.
—Y que quince no le parecía.
—Eso sí es útil.
Andrés metió las manos en los bolsillos.
—Pero nosotros ya lo estamos poniendo en carretera a las 17:21.
Mara casi sonrió.
—Como referencia de trabajo, puede servir. Como hecho, no.
—Entonces, ¿cómo lo escribimos?
—Cierre a las 17:18. Recogida breve. Salida poco después, sin hora exacta.
—Mucho mejor para una declaración.
Mara abrió la puerta del coche.
La referencia de las 17:21 seguía teniendo utilidad interna, siempre que no olvidaran qué era.
Si el cierre estaba registrado a las 17:18 y el final posterior había sido breve, Daniel podía haber estado ya en carretera unos minutos después.
También podía haber salido a las 17:22, a las 17:24 o algo más tarde.
Lo importante no era fijar un minuto artificial.
Era que su disponibilidad empezaba bastante antes de las 17:45 que había declarado.
Y eso sí modificaba el mapa.
Noelia había trabajado en paralelo con la tarde de Teresa.
Cuando volvieron, había eliminado varios horarios apoyados únicamente en recuerdos y conservado los que tenían respaldo documental.
—No he encontrado una hora automática nueva después de Mateo —dijo.
—¿Nada útil?
—Nada que la sitúe en un punto concreto. Hay actividad en el teléfono, pero ninguna llamada que nos sirva como anclaje. Después de los registros de la asociación, el rastro se vuelve pobre.
Mara dejó la carpeta de Los Barreros.
—Entonces no forcemos.
Noelia señaló la hoja de Daniel.
Había escrito:
17:18 — cierre técnico.
17:18–17:25 — margen de trabajo para recogida y salida, sin hora exacta.
17:45 — salida declarada por Daniel.
19:06 — repostaje.
Mara leyó el segundo renglón.
—¿Por qué hasta 17:25?
—Porque no quiero convertir las 17:21 en un hecho. Es una horquilla interna razonable a partir de lo que cuenta el encargado.
—Bien.
Andrés tomó asiento.
—Eso ya adelanta bastante la franja respecto a su declaración.
—Nos da una incompatibilidad entre el cierre y la hora que él sitúa como salida —dijo Mara.
—Y cuando vuelva dirá que recordó mal.
—Puede.
Noelia abrió la declaración.
—No dijo únicamente «sobre las seis menos cuarto». A partir de esa hora fue reconstruyendo la tarde: salir, hacer unas cosas, quizá pasar por el taller, repostar...
—Sí.
—Si se trata solo de mala memoria, tendrá que explicarnos cómo reconstruye ahora el recorrido con el dato objetivo delante.
Mara asintió.
Esa pregunta tendrían que hacérsela.
Pero la siguiente conversación ya no podía plantearse igual que la anterior.
La UOPJ había mantenido informado al juzgado desde que la muerte dejó de encajar con un accidente.
Hasta entonces, Daniel había sido entrevistado para aclarar su relación profesional con Teresa, las facturas y sus movimientos. La sospecha había aumentado, pero seguía apoyándose en elementos que admitían explicaciones distintas.
El registro de Los Barreros no demostraba el homicidio ni demostraba que hubiera llegado a reunirse con Teresa.
Añadía, sin embargo, un elemento nuevo: una parte importante de la versión que él mismo había dado chocaba con un dato objetivo.
Mara se reunió con el responsable de la UOPJ y expuso la situación de forma ordenada.
—Tenemos facturas cuestionadas, mensajes con Teresa y una conversación prevista después del trabajo. Daniel niega que llegaran a verse. Sitúa su salida de Los Barreros alrededor de las 17:45. La intervención se cerró a las 17:18 y el encargado afirma que recogió y se marchó poco después.
—¿Hora exacta de salida?
—No.
—¿Puede explicar la diferencia por un error de memoria?
—Sí.
—¿Y el repostaje?
—19:06. Ese dato sí es objetivo.
El responsable leyó la documentación.
—¿Qué quieres hacer?
—Volver a oírlo sobre sus movimientos.
—Ya no en las mismas condiciones.
—No.
La cuestión no consistía todavía en fijar una calificación concreta de los hechos ni en convertir una hipótesis en una acusación. Pero sí en reconocer que la siguiente diligencia podía afectar directamente a Daniel y debía practicarse con las garantías correspondientes.
—Lo coordinamos con el juzgado —dijo el responsable—. Y se le cita de la forma adecuada.
Mara asintió.
Era procedimiento.
No estrategia.
Por la tarde, Noelia recuperó la llamada que Daniel había hecho después del repostaje.
—19:14 —dijo—. Al cliente que mencionó.
Mara miró la hora.
—Eso encaja.
—Sí. También refuerza que el repostaje de las 19:06 era suyo y no solo una operación hecha con su tarjeta.
—¿Tienes algo antes?
—Nada que lo sitúe.
Andrés repasó la secuencia.
—Cierre a las 17:18. Se marcha poco después. Repostaje a las 19:06. Llamada a las 19:14.
—Eso podemos sostener —dijo Mara.
—Y él colocó su salida en las 17:45.
Mara no respondió enseguida.
Todavía no sabían por qué lo había hecho.
Podía ser una aproximación torpe. También podía cumplir una función dentro de su relato.
Si había retrasado deliberadamente la salida, lo importante no sería solo demostrar que la hora era falsa, sino entender qué necesitaba ocultar con ella: una parada, un trayecto, un encuentro.
El riesgo consistía en rellenar ese hueco con Teresa solo porque sabían que habían acordado hablar.
Aún no podían hacerlo.
—Mañana, cuando vuelva, no empezamos por Teresa —dijo Mara.
Andrés frunció el ceño.
—¿Por dónde?
—Por Los Barreros. Que reconstruya la salida desde que termina el trabajo.
Noelia entendió.
—Sin darle el 17:18 de entrada.
—Sabe que tenemos registros. No sabe cuál es exactamente el que vamos a utilizar.
—Bien.
No se trataba de tender una trampa, sino de dejar que describiera otra vez su propia secuencia antes de confrontarla con lo que podían demostrar.
A última hora, Mara pidió a Noelia que imprimiera dos cronologías.
Una contenía la versión de Daniel.
La otra, únicamente los datos objetivos.
En la primera, Daniel seguía trabajando hasta aproximadamente las 17:45.
En la segunda, la intervención estaba cerrada a las 17:18 y la salida se producía poco después, sin minuto fijado.
Mara tomó un lápiz y escribió al margen:
Salida posible de trabajo: pocos minutos después de 17:18.
Debajo, más pequeño:
Referencia interna aproximada: 17:21.
No añadió «probada».
Podía haber salido a las 17:22, a las 17:24 o algo más tarde.
Lo relevante no era ganar una precisión que no tenían, sino recuperar el tiempo que su versión había desplazado.
Andrés se acercó.
—Ahí está.
—Ahí está una referencia de trabajo.
—Te estaba durando mucho la concesión.
Noelia sonrió.
Mara siguió mirando las dos hojas.
La primera dejaba poco espacio aparente antes del repostaje porque Daniel había colocado su salida bastante tarde.
La segunda mostraba una franja sin anclajes mucho más amplia.
Aún no sabían qué había ocurrido dentro de ella.
La nueva comparecencia quedó preparada antes de que salieran.
Daniel volvería al día siguiente. Esta vez la diligencia se practicaría con las garantías correspondientes a su situación, porque su propia versión empezaba a formar parte de los hechos que debían esclarecer.
Mara guardó las dos cronologías en carpetas distintas.
No quería mezclarlas.
Una contenía lo que Daniel había contado.
La otra, lo que ellos podían demostrar.
En el pasillo, Andrés apagó la luz de la sala.
—¿Crees que va a cambiar la hora?
—Sí.
—¿Y si dice que se equivocó?
—Puede ser verdad.
—¿Y entonces?
Mara se puso la chaqueta.
—Entonces tendrá que reconstruir la tarde desde un punto que sí podamos sostener.
Salieron.
Afuera había empezado a llover y las farolas se reflejaban sobre el asfalto.
Hasta ese día, Daniel había tenido una tarde incómoda pero posible.
Ahora tenían algo distinto: una discrepancia concreta entre su versión y un registro objetivo.
Veintisiete minutos no demostraban que hubiera matado a Teresa.
Pero ya no podían desaparecer dentro de una hora recordada a conveniencia.