Capítulo 15 #2
—Si Daniel salió a las 17:45 e hizo exactamente lo que declaró —taller y después estación—, la secuencia es cómoda.
—Eso ya lo sabemos.
—Pero si el taller fue después del repostaje, como admitió que podía haber ocurrido, no tenemos ninguna parada demostrada entre Los Barreros y las 19:06.
Andrés miró el mapa.
—Entonces tiene más de una hora libre.
Mara negó.
—No la llames libre.
—Sin ocupar.
—Tampoco.
Noelia entendió antes que él.
—Sin anclajes.
—Eso sí.
Una ausencia de datos no podía convertirse automáticamente en tiempo disponible para cometer un homicidio. Solo podían afirmar que, durante ese intervalo, todavía no sabían dónde había estado Daniel.
Al terminar la jornada, Mara no regresó directamente al alojamiento.
Condujo hasta Peñahonda.
No había ninguna razón operativa para hacerlo y quizá por eso tardó unos minutos en decidirse.
La carretera se estrechó al acercarse a la alquería. Había recorrido aquellas curvas cientos de veces, pero la noche alteraba incluso los trayectos conocidos. Los desniveles escondían las luces de las casas y las distancias se medían más por curvas que por kilómetros.
Mercedes abrió antes de que Mara llamara por segunda vez.
—Ya era hora.
—No te había dicho que venía.
—Por eso.
Mara entró.
La casa estaba caliente y olía a sopa. Dejó la chaqueta sobre una silla y siguió a su madre hasta la cocina.
—¿Has cenado?
—No.
—Entonces has venido por interés.
—Principalmente.
Mercedes puso otro plato sobre la mesa sin preguntarle por el caso.
Mara lo agradeció. Su madre sabía distinguir entre verla cansada y verla con ganas de hablar.
—Julián ha llamado —dijo Mercedes.
—¿Qué quería?
—Lo mismo que tú. Mandar.
—Yo no mando.
Mercedes la miró.
—Claro.
—¿Qué ha pasado?
—Nada. Quiere venir el miércoles a mirar la persiana del cuarto.
—¿Qué le pasa?
—Se atasca.
—Pues que venga.
—Ya está arreglada.
Mara dejó la cuchara.
—¿Tú la has arreglado?
—He llamado a quien sabe.
—Eso también cuenta.
Mercedes sonrió.
—Tu hermano cree que todo se arregla viniendo desde Plasencia con una caja de herramientas.
—Y tú crees que todo tiene que estar arreglado antes de que lleguemos.
—Casi siempre.
El teléfono de Mara sonó sobre la mesa.
Julián.
Mercedes señaló la pantalla.
—Hablando del manitas.
Mara respondió.
—¿Qué tal?
—¿Estás en casa de mamá?
—Sí.
—Claro. A mí me dice que no hace falta que vaya y a ti te abre la puerta.
—He venido a cenar.
—Eso es favoritismo.
Mara miró a Mercedes, que fingía no escuchar.
—Dice que la persiana ya está arreglada.
—Eso dice ahora.
—¿Por qué me llamas?
—Para saber si sigues por allí toda la semana.
—No lo sé.
—Respuesta de guardia civil.
—Respuesta de alguien que no lo sabe.
Julián soltó una risa.
—Mamá dice que estás trabajando demasiado.
—Mamá dice muchas cosas.
Mercedes levantó la voz desde la cocina.
—Y casi todas ciertas.
Julián la oyó.
—¿Ves?
Mara apoyó un codo sobre la mesa.
—¿Necesitas algo?
—No. Solo saber si contamos contigo el domingo.
—No prometo nada.
—Eso ya es un no.
—Julián.
—Vale. No conviertas la comida del domingo en una operación logística. Si puedes, vienes.
La frase le resultó demasiado precisa.
—Lo intentaré.
—Eso sí me lo creo.
La llamada terminó.
Mercedes dejó pan sobre la mesa.
—No hace falta que resuelvas nada esta noche.
—No estoy resolviendo nada.
—Ya.
Mara sonrió y prefirió no discutir.
Durante un rato hablaron de cosas pequeñas: una vecina que había cambiado de coche, una obra en una casa de la parte baja y la lluvia que parecía acercarse para el día siguiente.
Nada de aquello tenía que ver con Teresa.
Mara agradeció precisamente eso.
Peñahonda seguía siendo su casa antes que un territorio que pudiera medir como investigadora.
Cuando se levantó para marcharse, Mercedes señaló la puerta.
—Llévate el paraguas.
—Tengo uno en el coche.
—El del coche está roto.
Mara la miró.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque la última vez dejaste aquí el roto y te llevaste el mío.
Mara recordó entonces la varilla doblada.
—Ves demasiado.
—Alguien tiene que hacerlo.
Cogió el paraguas.
Antes de arrancar, Mara abrió la libreta.
Escribió:
17:18 — cierre de intervención. 17:45 — salida declarada. 19:06 — repostaje.
Debajo añadió:
¿Qué hora pertenece a un hecho y cuál a un recuerdo?
Se quedó mirando la pregunta.
La diferencia era de veintisiete minutos entre el cierre registrado y la hora que Daniel situaba como final de su estancia en Los Barreros. Podía ser una simple imprecisión. También podía afectar a toda la reconstrucción posterior.
El problema era que seguían dependiendo demasiado de recuerdos para situar tanto a Daniel como a Teresa.
Necesitaban otra clase de dato.
Una llamada, una operación, un registro automático, una imagen conservada. Algo ocurrido a una hora concreta sin que nadie supiera entonces que acabaría siendo importante.
Cerró la libreta y arrancó.
A la mañana siguiente, Noelia ya estaba revisando registros cuando Mara llegó.
—He empezado por Teresa.
—Bien.
—Teléfono, gestiones de la asociación, cualquier operación con hora automática. No solo llamadas.
Mara dejó el paraguas de Mercedes junto a la puerta.
Andrés lo señaló.
—Ese no es tuyo.
—Ahora sí.
Noelia levantó la vista del ordenador.
—¿Buscamos también en Daniel?
—Todo lo que podamos obtener y utilizar por el cauce correspondiente. Pero sin pedir datos a ciegas.
—¿Qué queremos fijar?
Mara miró el mapa del día anterior.
—La tarde.
—Eso sigue siendo bastante amplio.
—Empieza por Los Barreros. Quiero saber cuál es el último dato objetivo que podamos asociar a Daniel allí o en sus inmediaciones y cuál es el primero que lo sitúa después en otro sitio.
Noelia asintió.
—¿Y Teresa?
—Lo mismo. El último punto objetivo antes de que desaparezca de su recorrido conocido.
Andrés se acercó al mapa.
—¿No tenemos ya las 17:18?
—Tenemos un cierre de intervención.
—No una salida.
—Exacto.
Mara señaló después el repostaje de las 19:06.
—Y este dato sí lo sitúa en la estación.
—Entonces buscamos algo entre ambos.
—Buscamos hechos —corrigió Mara—. Si aparece alguno entre ambos, será útil.
Andrés sonrió.
—Algún día voy a conseguir que admitas que es casi lo mismo.
—Ese día preocúpate.
Noelia volvió al ordenador y empezó a ordenar las comprobaciones pendientes.
Mara observó el mapa antes de doblarlo.
Todavía no cerraba.
Pero ya sabían qué necesitaban para hacerlo avanzar: una hora que nadie hubiera tenido que recordar.