La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

El mapa que no cierra

Mara colocó tres hojas sobre la mesa y dejó un espacio entre ellas.

Noelia observó las tres desde el otro lado.

—Si fueran solo horas, no tendríamos gran cosa.

—No son solo horas.

Mara desplegó el mapa de carreteras que habían ido utilizando durante la investigación. El anterior les había servido para situar a Teresa entre la casa de Mateo y la Curva del Castañar, con una parte de su recorrido todavía desconocida.

Aquel tenía otra función.

Quería saber qué podía haber hecho Daniel.

Andrés entró con una carpeta y se detuvo al ver la mesa.

—Otra vez mapas.

—No te emociones.

—Intento no hacerlo.

Mara señaló Los Barreros.

—Aquí tenemos una intervención cerrada a las 17:18.

Después marcó la estación de servicio.

—Y aquí, un pago a las 19:06.

Noelia completó la secuencia.

—Daniel dice que salió de Los Barreros alrededor de las 17:45, pasó por el taller y después repostó.

Andrés miró las distancias.

—A simple vista cabe.

—A simple vista cabían también muchas de sus facturas —dijo Mara.

Noelia había preparado tres recorridos de referencia: el más directo entre Los Barreros y la estación, otro que pasaba por el taller de Daniel y un tercero que seguía la carretera principal sin utilizar accesos secundarios.

Ninguno pretendía ser una reconstrucción de sus movimientos.

Solo querían saber qué permitía realmente el territorio.

—Si salió a las cinco cuarenta y cinco, puede llegar al taller, dejar material, volver a la carretera y repostar a las siete y seis sin necesidad de correr —dijo Noelia.

—¿Y si el cierre de las cinco dieciocho está más próximo a la hora en que se marchó? —preguntó Andrés.

—Entonces dispone de más tiempo.

Mara siguió mirando el mapa.

Eso, por sí mismo, no demostraba nada. Un intervalo mayor solo ampliaba las posibilidades.

—Lo importante no es cuánto tiempo tenía —dijo—. Es saber qué partes de su relato se sostienen con hechos y cuáles ha reconstruido después.

Noelia señaló el registro.

—Esto sí es un hecho.

—Es el cierre de la intervención.

—Sí.

—No la salida de Los Barreros.

—De acuerdo.

—Y las 17:45 proceden de Daniel.

Andrés cruzó los brazos.

—Puede ser un recuerdo aproximado.

—O una hora que ha construido para ordenar la tarde. Todavía no sabemos cuál.

Daniel había dado aquella referencia sin que nadie se la sugiriera. Primero había utilizado expresiones vagas —«sobre», «por ahí», «más o menos»— y después la había convertido en el comienzo de una secuencia aparentemente lógica: terminar, recoger, pasar por el taller, repostar y llegar a casa.

Si el primer punto se movía, también se movía el resto.

—Quiero saber cuánto pudo durar el final de ese trabajo concreto —dijo Mara—. Recoger herramientas, hablar con el encargado, cargar la furgoneta. Todo lo que ocurriera después del cierre.

Andrés asintió.

—Volvemos a Los Barreros.

Noelia consultó el registro de llamadas.

—Entre las 17:18 y las cinco y media no hay llamadas salientes de Daniel.

—¿Entrantes?

—Una perdida. No sirve para situarlo.

—¿Mensajes?

—Ninguno que nos coloque en un punto determinado.

Mara volvió al mapa.

Todavía trabajaban con dos reconstrucciones separadas. En una estaba Teresa. En la otra, Daniel.

Sabían que habían acordado hablar.

Aún no podían demostrar que sus recorridos se hubieran cruzado.

El encargado de Los Barreros los recibió de nuevo sin demasiado entusiasmo.

—Ya os conté lo que recuerdo.

—Y no queremos que recuerdes más de lo que recuerdas —dijo Mara.

El hombre la miró con recelo.

—Entonces no sé qué buscáis.

—La rutina. Lo que ocurre normalmente al terminar un trabajo como aquel.

Eso sí podía explicarlo.

Daniel había reparado un sistema de cierre y realizado una pequeña instalación asociada. No había maquinaria pesada ni material especialmente voluminoso.

—¿Cuánto suele tardar alguien en recoger después de cerrar una intervención así? —preguntó Mara.

El encargado se encogió de hombros.

—Diez minutos.

—¿Siempre?

—No.

—¿Podrían ser cinco?

—Sí.

—¿Veinte?

—También, si tiene que ordenar más cosas.

Mara no anotó ninguna de aquellas cifras como referencia fija.

—¿Dónde estaba aparcada la furgoneta?

—Ahí fuera.

Salieron por la puerta lateral.

El vehículo habría estado a pocos metros. No había un almacén alejado ni una zona de carga que obligara a prolongar mucho la salida.

—¿Recuerdas si llevaba bastante material? —preguntó Andrés.

—Las cajas normales. Herramientas.

—¿Te enseñó el trabajo antes o después de cerrar la intervención?

El hombre pensó.

—Creo que antes.

—¿Seguro?

—No.

Mara intervino.

—Entonces déjalo en que no lo recuerdas.

El encargado pareció agradecerlo.

—Sí. Eso es.

—¿Qué recuerdas con más claridad del final? —preguntó ella.

—Que hablamos de otra reparación. Una puerta de la oficina que se atasca.

—¿Después de terminar?

—Sí.

—¿Cuánto rato?

—Dos o tres minutos.

—¿Entrasteis otra vez en la nave?

—No.

—¿Viste marcharse la furgoneta?

—La vi salir del aparcamiento, pero no miré la hora.

Mara observó la salida.

Desde allí Daniel podía incorporarse a la carretera en dos direcciones principales. Una conducía hacia el eje donde estaban su taller y la estación de servicio. La otra permitía enlazar con carreteras secundarias y accesos hacia distintas alquerías.

El encargado no tenía por qué haber prestado atención a ninguna de las dos.

—¿Recuerdas hacia dónde giró?

—No me fijé.

—¿Había alguien esperándolo? —preguntó Andrés.

—No que yo viera.

—¿Otro coche?

—Había algunos, pero eran de gente de aquí.

Mara recorrió mentalmente lo que sí podían sostener.

El trabajo estaba cerrado a las 17:18. Después Daniel había recogido herramientas y hablado unos minutos con el encargado. Este lo había visto salir del aparcamiento, pero no podía situar la hora.

Seguían sin conocer el momento exacto de su marcha.

—¿Hay cámaras? —preguntó Mara.

—En la nave, sí. En la carretera, no.

—¿Conserváis las imágenes?

El hombre dudó.

—No sé cuántos días.

Lo comprobaron.

El sistema había sobrescrito ya la franja del martes.

Andrés esperó a que se alejaran de la nave.

—Para las cámaras hemos llegado tarde.

—Sí.

—Y seguimos sin hora de salida.

—Sin una hora exacta.

Mara miró hacia la puerta lateral.

Habían aprendido, sin embargo, algo útil: no existía ninguna tarea objetiva conocida que justificara por sí sola que Daniel permaneciera allí hasta las 17:45.

Eso no convertía esa hora en una mentira.

Pero obligaba a tratarla como lo que era: una declaración suya.

Noelia los esperaba con otra tabla.

—He quitado todas las horas que dependen únicamente de recuerdos.

—Eso suena bien —dijo Andrés.

—También nos deja poca cosa.

Había dividido la tarde de Daniel en dos columnas.

DATOS OBJETIVOS

Cierre de Los Barreros: 17:18.

Repostaje: 19:06.

DECLARACIONES

Salida de Los Barreros: alrededor de 17:45.

Paso por el taller antes de repostar.

Llegada a casa: aproximadamente 19:30.

—El taller no tiene registro de acceso —explicó Noelia—. Es suyo. No hay fichajes ni control de entradas.

—¿Vecinos? —preguntó Mara.

—Uno cree haber visto la furgoneta aquella tarde, pero no puede decir si fue antes o después de las siete. No nos sirve como anclaje.

—¿Y el cliente que mencionó Daniel?

—La llamada que podemos comprobar es posterior al repostaje. En la entrevista habló de un cliente al reconstruir la tarde, pero no fijó bien el orden y luego admitió que podía haber ido al taller antes o después de repostar.

Andrés cogió la declaración.

—No llega a ser una contradicción clara.

—No —dijo Mara—. Lo que tenemos es una secuencia que, salvo el repostaje, depende casi por completo de su memoria.

Noelia pasó a Teresa.

También había eliminado cualquier precisión que no pudiera sostenerse.

Última visita confirmada: Mateo.

Dirección de salida: observada por Mateo.

Hora exacta de salida: pendiente.

Siguiente visita prevista: no realizada.

Contacto con Daniel: mensajes.

Curva del Castañar: localización posterior del coche.

Lesión mortal: anterior a la salida de vía.

Mara puso ambas hojas una junto a la otra.

—Esto sí nos sirve.

Andrés las leyó.

—Los dos tienen un tramo sin fijar.

—Sí.

—Y sabemos que habían acordado hablar.

—Sí.

—Pero no sabemos dónde ni a qué hora.

Mara señaló los mensajes.

—Teresa dice que está cerca. Eso no nos da una posición.

—Y «cuando acabes» tampoco fija una cita —añadió Noelia.

—Exacto.

Daniel empezaba a destacar demasiado como para no tener cuidado.

Tenía un posible motivo económico, sabía que Teresa estaba revisando facturas y había acordado hablar con ella. Además, una parte de su tarde se apoyaba en recuerdos que todavía no habían podido verificar.

Era fácil construir a partir de ahí una historia completa.

Demasiado fácil.

—No quiero buscar una ruta que haga culpable a Daniel —dijo Mara—. Quiero comprobar si existe una ruta que contradiga lo que nos ha contado.

Noelia asintió.

La diferencia podía parecer pequeña, pero era la que separaba una investigación de una teoría.

A media tarde llamó Alicia Baeza desde Madrid.

Mara salió al pasillo para responder.

—¿Cómo va?

—Daniel está ya en la línea principal.

—¿Por qué?

Mara resumió las facturas, los mensajes y los dos anclajes objetivos de la tarde.

Alicia escuchó sin interrumpir.

—¿Qué tienes entre las cinco dieciocho y las siete seis?

—Muy poco que podamos fijar.

—Entonces eso es lo que tienes.

Mara sonrió apenas.

—Sí.

—¿Qué necesitas?

—Algún punto que no dependa de que alguien recuerde si salió a y cuarto o a menos cuarto. Y cerrar mejor los movimientos de Teresa después de Mateo.

—¿Puedes hacerlo?

—Todavía no.

Alicia dejó pasar unos segundos.

—No fuerces la versión de Daniel solo porque te convenza menos que las demás.

—No pensaba hacerlo.

—Ya lo sé. Por eso te lo digo.

Mara apoyó la espalda en la pared.

—El motivo empieza a sostenerse.

—Un motivo no mata a nadie.

—No.

—Y una franja horaria vacía tampoco.

—Tampoco.

—Llámame cuando tengas algo que una las dos cosas.

La comunicación terminó.

Cuando Mara regresó, Andrés levantó la vista.

—¿Nos ha regañado?

—A ti especialmente.

—Perfecto.

Noelia señaló el mapa.

—He calculado algo, pero solo como referencia.

—Dime.