La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Los Barreros

Daniel Paredes llegó siete minutos antes de la hora acordada.

Mara lo vio entrar desde el despacho que les había cedido la UOPJ. Llevaba una cazadora oscura, pantalón de trabajo limpio y una carpeta fina bajo el brazo. Saludó al guardia de la entrada por su nombre y esperó de pie hasta que Andrés fue a buscarlo.

No parecía nervioso, aunque tampoco tenía por qué estarlo.

Durante los últimos días su nombre había ido ganando espacio en la investigación por razones concretas: facturas dudosas, desplazamientos difíciles de encajar, hojas entregadas tarde y, sobre todo, los mensajes con Teresa. Nada de aquello demostraba todavía que la hubiera visto aquella tarde.

Mara quería empezar precisamente por ahí.

—Gracias por venir —dijo cuando Daniel se sentó.

—Me dijisteis que era mejor hablar en persona.

—Sí.

Andrés ocupó una silla a un lado. Noelia se había quedado con la documentación y los registros.

Daniel dejó la carpeta sobre la mesa.

—He traído copias de algunos trabajos, por si sirven.

—Luego las vemos.

Mara empezó por datos sencillos: nombre, actividad, relación profesional con Ayuda Sierra Norte. Daniel respondía sin prisa. Tenía treinta y cuatro años, trabajaba por cuenta propia y hacía pequeñas reparaciones e instalaciones para asociaciones, particulares y negocios de la zona.

—¿Desde cuándo trabajabas con Teresa? —preguntó Mara.

—Tres años, más o menos.

—¿Buena relación?

Daniel se encogió de hombros.

—Profesional.

—¿Discutíais?

—A veces.

—¿Por qué?

—Por lo mismo que con cualquiera que revisa facturas. Ella quería una cosa de una manera y yo le decía que sobre el terreno no siempre se puede hacer así.

—¿Te había retenido pagos?

—Alguna factura.

—¿Te molestaba?

—Claro.

—¿Cuánto dinero había pendiente?

Daniel pensó.

—No sé. Mil y algo, quizá. Tendría que mirarlo.

Andrés tomó nota.

—¿Y las anteriores?

Daniel lo miró.

—¿Anteriores qué?

—Las facturas de meses anteriores que Teresa había pedido revisar.

El cambio en su expresión fue mínimo.

—Había pedido papeles, sí.

—¿Te preocupaba?

—Me fastidiaba. No es lo mismo.

Mara dejó la diferencia sobre la mesa.

—¿Por qué?

—Porque algunas cosas se entienden mal si miras solo una hoja. Hay días que haces tres trabajos, vuelves por material, cambias de ruta, te llama otro cliente. Luego ves una factura y parece que los kilómetros han salido de la nada.

—¿Y habían salido de la nada?

—No.

—¿Ninguno?

Daniel apoyó los antebrazos en la mesa.

—Si queréis saber si alguna factura puede estar mal, seguramente sí. Como las de cualquiera. Pero no estaba inventando trabajos.

—No te he preguntado eso.

—Ya.

La primera tensión apareció y desapareció con rapidez.

Mara abrió una copia de los mensajes entre él y Teresa.

—El martes hablasteis.

Daniel asintió.

—Sí.

—Ella te dijo que quería comentar unas facturas.

—Sí.

—Tú estabas en Los Barreros.

—Sí.

—Y le dijiste que estabas terminando.

—Eso parece.

Mara señaló el mensaje.

—Está escrito.

Daniel bajó la vista.

—Vale. Sí.

—Teresa te respondió que eran cinco minutos y que estaba cerca.

—Sí.

—¿Habíais quedado?

Daniel tardó un poco más que en las preguntas anteriores.

—Habíamos dicho de hablar.

—¿Dónde?

—No fijamos un sitio.

—¿Cuándo?

—Cuando acabara.

—¿Llegasteis a veros?

Daniel negó con la cabeza antes de contestar.

—No.

La respuesta era más firme que la que había dado por teléfono.

Mara no comentó todavía la diferencia.

—¿Seguro?

—Sí.

—El otro día dijiste «creo que no».

Daniel hizo una mueca.

—Porque me pillasteis trabajando y no tenía los mensajes delante. Pensándolo bien, no nos vimos.

—¿Qué pasó?

—Se hizo tarde.

—Explícame la tarde.

Daniel se apoyó en el respaldo.

—Estuve en Los Barreros haciendo una reparación en una nave. Terminé sobre las seis menos cuarto, recogí y me fui.

Mara no miró a Andrés.

La hora acababa de salir de Daniel, no de ellos.

—¿Sobre las seis menos cuarto?

—Sí. Más o menos.

—¿Puedes concretar algo más?

—Cinco y cuarenta y cinco. Cinco y cincuenta. Por ahí.

—¿Miraste la hora?

—No.

—Entonces, ¿de dónde sale?

Daniel pensó.

—Porque luego hice unas cosas y sé más o menos cuándo llegué a casa.

—¿Qué cosas?

—Paré a repostar. Hablé con un cliente. Dejé material en el taller.

—Vamos una por una. ¿Saliste de Los Barreros alrededor de las cinco y cuarenta y cinco?

—Sí.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Quién te vio salir?

—El encargado estaba por allí.

—¿Hablaste con él al terminar?

—Sí.

—¿Y después?

—Cogí la carretera principal.

—¿Con qué vehículo?

—Con mi furgoneta.

—¿Adónde ibas?

—Al taller primero.

—¿Directamente?

Daniel permaneció quieto un instante.

—No recuerdo si paré antes.

—¿A ver a Teresa?

—No.

—¿Le escribiste?

—No creo.

Mara puso delante la secuencia de mensajes. No había nada después de la última respuesta de Teresa.

—No hay más mensajes entre vosotros.

—Pues eso.

—¿La llamaste?

—No.

—¿Ella a ti?

—Que yo recuerde, no.

Mara apartó la hoja.

—¿Por qué no le dijiste que al final no ibais a hablar?

Daniel respiró hondo.

—Porque no habíamos quedado en un sitio concreto. Ella dijo que estaba cerca. Yo terminé más tarde de lo que pensaba y me fui.

—¿No te pareció raro que alguien que estaba cerca para hablar contigo desapareciera sin más?

—Pensé que tendría trabajo.

—Teresa había acabado sus visitas.

—Yo no sabía su cuadrante.

La respuesta era posible. Mara no necesitaba decidir todavía si también era cierta.

—¿Dónde repostaste?

Daniel dio el nombre de una estación de servicio junto al eje principal.

—¿A qué hora?

—Ni idea. Siete, siete y algo.

—¿Pagaste con tarjeta?

—La profesional, sí.

Andrés dejó quieto el bolígrafo durante un segundo.

Mara ya conocía el ticket. Noelia lo había localizado esa mañana cruzando los movimientos de la tarjeta profesional de Daniel con los justificantes contables.

19:06.

No tenían ninguna necesidad de enseñárselo todavía.

—¿Conservas el ticket?

—Supongo que estará con los gastos.

—¿Qué hiciste después?

—Fui al taller.

—¿Cuánto tiempo estuviste?

—Dejé unas cajas, guardé herramientas y me fui a casa.

—¿Alguien te vio allí?

—No sé. Puede que mi vecino.

—¿Hora aproximada de llegada a casa?

—Siete y media. O algo después.

Daniel no estaba ofreciendo una coartada cerrada. Estaba reconstruyendo una tarde ordinaria, y precisamente por eso resultaba más creíble a primera vista.

Volvieron a las facturas.

Noelia había preparado una selección breve. No todas las anomalías, sino aquellas que podían explicarse sin convertir la conversación en una auditoría.

Mara colocó la primera.

—Dos trabajos el mismo día. Dos desplazamientos completos desde el punto de origen. Las horas de las hojas no permiten volver entre uno y otro.

Daniel leyó el documento.

—Eso depende de lo que consideréis punto de origen.

—En la factura figura tu taller.

—Porque el programa lo pone así.

—¿El programa decide cuántos kilómetros facturas?

—No.

—Entonces explícamelo.

Daniel se inclinó sobre el papel.

—Pude volver por material.

—Las horas no lo permiten.

—Pues estará mal puesta alguna.

—¿Cuál?

—No lo sé de memoria.

Mara cambió de documento.

—Esta intervención figura un día en el que la familia sostiene que nadie fue por la tarde.

—Eso no demuestra nada.

—Por eso te pregunto.

Daniel miró la fecha.

—Puede que fuera al día siguiente.

—La hoja está fechada ese día.

—Entonces la hoja puede estar mal.

—¿La rellenaste tú?

—Sí.

—¿La rellenaste después?

Daniel levantó la vista.

—A veces entrego varias juntas.

—No te pregunto cuándo las entregas. Te pregunto cuándo completaste esta.

—No me acuerdo.

Andrés intervino.

—¿Teresa te había planteado estas mismas dudas?

—Algunas.

—¿Y qué le dijiste?

—Que las revisaría.

—¿Por eso ibais a hablar el martes?

—Sí.

Mara fue al punto que importaba.

—¿Teresa te dijo que si no lo aclarabas podían dejar de encargarte trabajos?

Daniel guardó silencio unos segundos.

—Dijo que tenía que revisar cómo se estaban haciendo las conformidades.

—¿Eso podía hacer que perdieras trabajo con la asociación?

—Supongo.

—¿Te preocupaba?

—Claro que me preocupaba. Vivo de trabajar.

—¿Y que revisara pagos anteriores?

La mandíbula de Daniel se tensó.

—Eso ya me parecía una barbaridad.

—¿Por qué?

—Porque si empiezas a revisar meses hacia atrás con criterios nuevos, cualquier cosa parece mal.

—Teresa no estaba usando criterios nuevos.

—Eso dices tú.

—Lo dicen las rutas.

Daniel levantó la vista de golpe.

Mara no añadió nada.

—¿Qué rutas? —preguntó él.

—Las de tus propios partes.

—Ya.

Se recostó de nuevo.

El tono había cambiado. Seguía colaborando, pero medía más las respuestas.

—¿Teresa te dijo que iba a elevar el asunto?

—Dijo que, si no lo aclarábamos, tendría que hablar con administración.

—¿Te pareció una amenaza?

—Me pareció que estaba exagerando.

—¿Te enfadaste?

—Sí.

—¿Con ella?

—Con la situación.

—¿Le levantaste la voz alguna vez?

—No recuerdo.

—¿El martes?

—No la vi.

Volvían al mismo punto.

A media entrevista, Mara pidió una pausa.

Daniel salió acompañado hasta el pasillo y se quedó allí con un vaso de agua.

Andrés esperó a que la puerta se cerrara.

—Cinco cuarenta y cinco.

Mara asintió.

—La hora la ha puesto él.

—Y nosotros tenemos el cierre.

—Todavía no se lo enseñamos.

Andrés miró hacia la puerta.

—Podríamos hacerlo.

—Sí. Pero quiero saber qué más coloca alrededor de esa hora antes de tocarla.

Noelia entró con una hoja en la mano.

—También tenemos el repostaje.

—¿Confirmado?

—Ticket, pago con tarjeta profesional y asiento contable posterior. Diecinueve cero seis.

Andrés sonrió sin alegría.

—Ese dato sí le ayuda.

—De momento.

Noelia dejó la copia sobre la mesa.

—Si aceptamos que salió a las cinco cuarenta y cinco, Los Barreros y el repostaje le dejan una tarde bastante cómoda.

—Ese es precisamente el problema —dijo Mara.

—O su defensa.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

Noelia miró el registro de cierre que habían obtenido el día anterior.

—¿Seguro que no se lo enseñamos todavía?

Mara negó.