La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Qué manía.

Mara subió al coche.

—Es útil.

Cuando regresaron, Noelia había ordenado las anomalías por tipos.

Un grupo correspondía a kilometrajes aparentemente excesivos.

Otro, a desplazamientos repetidos dentro de una misma ruta.

Había también tiempos entre servicios que no encajaban con las carreteras reales, intervenciones cuya fecha necesitaba verificación y documentos modificados o completados después de la fecha inicial.

Mara señaló este último grupo.

—Este me gusta menos.

—A mí también.

Noelia le enseñó una hoja de servicio. El cuerpo principal estaba rellenado con una tinta y una observación junto a una hora figuraba con otra. Podía haberse completado posteriormente por una razón legítima, así que por sí solo no permitía hablar de falsificación.

—¿Quién la entregó?

—Daniel.

—¿Cuándo?

—Lucía dice que apareció varios días después del trabajo. El sello de entrada lo confirma.

—Eso tampoco prueba nada.

—No. Pero Teresa la había marcado.

Junto al documento aparecía una interrogación y una fecha escrita por ella.

Mara se sentó.

—¿Cuántas anomalías quedan si eliminamos las dudosas?

Noelia hizo una pausa.

—Siete que yo defendería como incompatibilidades o duplicidades que necesitan explicación. Otras cuatro pueden tener una causa normal.

—¿Y de esas siete?

—Cinco son de Daniel.

El despacho quedó en silencio durante un instante.

Mara miró los grupos de papel.

No eran cinco delitos. Eran cinco anomalías.

Debían mantener esa diferencia.

—¿Los otros dos?

—Dos proveedores distintos. En uno parece que el kilometraje se arrastró de una plantilla anterior. En el otro todavía no sé qué pasó.

—Entonces no descartemos demasiado deprisa a los demás.

—No lo hago.

Noelia empujó otra hoja hacia ella.

—Pero aquí hay algo más. Daniel factura dos desplazamientos entre zonas próximas en una jornada en la que, según sus propias horas, enlazó un trabajo con el siguiente.

Mara leyó los datos.

—¿Es imposible?

—Los trabajos no. Lo difícil es justificar los dos trayectos como si hubiese partido dos veces desde otro punto.

—¿Por qué?

—Porque, si hizo la ruta que consta en sus hojas, no estuvo donde dice que empieza el segundo desplazamiento.

Aquello se parecía mucho a lo que Teresa había empezado a detectar.

El dinero estaba en la superficie. Debajo había un problema de tiempo y espacio.

Pasaron la siguiente hora sin salir del despacho.

Noelia reconstruía jornadas. Mara comprobaba dónde comenzaban y terminaban los servicios. Andrés llamaba a usuarios y familiares para confirmar presencias procurando no sugerirles respuestas.

La pauta no apareció de golpe. Fue acumulándose.

Un desplazamiento duplicado podía ser un error.

Dos podían revelar una mala costumbre. Una fecha corregida podía corresponder a un documento entregado tarde.

Pero cuando varios de esos problemas pertenecían al mismo proveedor y, además, las distancias facturadas no podían corresponder a la secuencia declarada, la explicación administrativa empezaba a quedarse corta.

—Mira este día —dijo Noelia.

Mara acercó la silla.

Había tres trabajos de Daniel en localidades distintas. El primero y el segundo podían enlazarse. El tercero también. Lo extraño era que la facturación trataba cada uno como si hubiese partido de nuevo desde el origen.

—Si quisiera cobrar kilómetros de más, podría inflar cada trayecto y ya está —dijo Andrés.

—Sí —respondió Noelia—. Pero aquí está utilizando el mismo territorio para justificar desplazamientos que no hizo de esa forma.

Mara siguió la secuencia con el dedo.

—Porque nadie revisa la jornada completa.

—Eso creo que vio Teresa.

La dispersión de Las Hurdes favorecía esa clase de anomalías.

Una vivienda situada a ocho kilómetros podía exigir veinte minutos de carretera.

Otra, aparentemente más cercana, obligaba a bajar hasta un eje principal y volver a subir.

Si cada intervención se examinaba por separado, casi cualquier cifra podía parecer razonable.

El problema aparecía al colocar los servicios uno junto a otro.

Mara miró por la ventana.

Aquella geografía complicaba ambulancias, reparto, atención domiciliaria, mantenimiento y cualquier servicio que dependiera de llegar a tiempo a viviendas separadas por montes y carreteras estrechas.

También podía ocultar pequeñas mentiras a quien no conociera el terreno.

—Teresa conocía esas rutas —dijo Andrés.

—Y sabía cuánto se tarda de verdad —añadió Noelia.

Mara volvió a la mesa.

Por eso había empezado a comprobar recorridos, no únicamente cifras.

Lucía regresó después de comer con dos correos impresos y una libreta de registro.

—He encontrado esto.

Uno de los correos era de Teresa a administración. No acusaba a nadie. Pedía que no se tramitaran todavía varias facturas de mantenimiento hasta comprobar hojas de intervención y desplazamientos.

—¿Fecha? —preguntó Mara.

—El lunes anterior a su muerte.

—¿Nombres?

—No en el correo. Están los números de factura.

Noelia los cruzó con su tabla.

Dos correspondían a Daniel. La tercera, a otro proveedor.

Mara asintió.

—Esto es importante.

Andrés la miró.

—¿Por qué?

—Porque Teresa no había decidido de antemano que Daniel fuera el único problema. Estaba revisando una pauta.

La distinción importaba incluso para valorar la sospecha. Si hubieran partido de Daniel, corrían el riesgo de interpretar cada documento para hacerlo encajar con él. Lo que aparecía era una revisión general que empezaba a concentrarse en un proveedor porque allí se acumulaban más anomalías.

Lucía dejó otro papel sobre la mesa.

—Y esto es una nota que me dio para pedir copias de meses anteriores.

Había varios números de factura.

Esta vez, la mayoría correspondía a Daniel.

Mara los contó sin comentar el resultado.

—¿Teresa te dijo qué pensaba hacer?

—Que primero quería hablar con él.

Andrés dejó de escribir.

Noelia levantó la vista.

Mara esperó un instante antes de preguntar.

—¿Eso dijo?

—Sí. Algo parecido a: «Antes quiero que me explique esto».

—¿Cuándo?

Lucía pensó.

—El martes por la mañana.

—¿Mencionó dónde quería verlo?

—No.

—¿A qué hora?

—Tampoco.

—¿Sabías si habían quedado?

—No.

Aquello no demostraba que hubieran llegado a encontrarse.

Pero sí les daba una razón concreta para comprobar si habían hablado y si habían acordado verse.

Mara separó las facturas correspondientes a Daniel y las dejó en una carpeta aparte.

—Necesitamos revisar los contactos entre Teresa y él por el cauce que ya está abierto. Y comprobar estos servicios antes de sacar conclusiones.

Andrés miró la carpeta.

—Pero Daniel ya no es un nombre más.

Mara tardó un momento en responder.

—No.

Había aparecido primero como parte del entorno profesional de Teresa: un técnico de treinta y cuatro años que arreglaba puertas, barras, grifos y pequeñas instalaciones allí donde hiciera falta. Nada en su oficio lo convertía en sospechoso.

Lo que estaba modificando su posición en la investigación no era su personalidad.

Eran los documentos.

Al final de la tarde, Noelia imprimió una hoja nueva.

No era una cronología del crimen, sino una relación de servicios cuestionados.

En la primera columna figuraban fechas. En la segunda, trabajos. En la tercera, el problema detectado: desplazamiento duplicado, tiempo incompatible, fecha pendiente de confirmar, hoja completada tarde.

La cuarta contenía el proveedor.

El mismo nombre aparecía demasiadas veces.

DANIEL PAREDES LLORENTE.

Mara leyó la lista dos veces.

No tenían una prueba penal cerrada. Todavía ignoraban qué cantidades podían haberse cobrado indebidamente, qué problemas se explicarían por errores administrativos y si alguna intervención se había realizado en otra fecha.

Pero ya comprendían por qué Teresa había empezado a revisar aquellos servicios con más atención.

—Mañana quiero los contactos entre ellos —dijo.

Noelia guardó el resto de los documentos.

—Estoy con ello.

—Y las facturas anteriores que Teresa había pedido revisar.

—También.

Andrés se levantó.

—¿Hablamos ya con Daniel?

Mara miró la hora.

—Cuando sepamos exactamente qué queremos preguntarle.

—Podemos empezar por los servicios.

—Sí. Pero antes quiero separar los errores de las incompatibilidades que podamos sostener.

Andrés recogió la chaqueta.

—Entonces seguimos contando kilómetros.

Mara cerró la carpeta.

—Seguimos averiguando por qué Teresa quería hablar con él.

Al salir de la sede, la carretera volvía a estar húmeda. Las luces de los coches se estiraban sobre el asfalto oscuro y desaparecían tras cada curva.

Durante varios días habían examinado a personas que tenían razones para enfadarse con Teresa.

Ahora empezaban a tener delante algo distinto: una persona que podía perder dinero y trabajo si ella seguía revisando aquellas facturas.