Capítulo 12
Los kilómetros
El lunes, Noelia había ocupado media mesa antes de que Mara llegara.
No eran expedientes completos, sino copias de facturas, hojas de servicio, cuadrantes y anotaciones recogidas en casa de Teresa. Había separado los documentos por meses y colocado encima de cada grupo una hoja con tres columnas: servicio, desplazamiento y tiempo.
—He dejado de mirar importes —dijo.
Mara dejó el abrigo en el respaldo de una silla.
—¿Por qué?
—Porque Teresa tampoco estaba mirando solo eso.
Noelia señaló una de las páginas encontradas en el despacho de la víctima. Junto a dos servicios figuraban kilómetros escritos a mano y una flecha que relacionaba las horas de inicio y finalización.
—Si fuera únicamente una factura inflada, bastaría con comparar cantidades. Pero aquí estaba comprobando si una persona podía haber hecho lo que decía haber hecho.
Andrés entró con dos cafés y una bolsa de papel.
—Me gusta cuando empezáis sin mí.
—Llegas justo a tiempo para conducir —dijo Noelia.
—Entonces retiro lo dicho.
Mara se sentó.
Habían pasado buena parte del fin de semana reduciendo ruido.
Sonia, Rubén, Álvaro y Beatriz habían ocultado cosas reales.
Elena también. Algunas eran más graves que otras, pero ninguna explicaba todavía por qué Teresa había abandonado su ruta después de salir de casa de Mateo ni dónde había sufrido el traumatismo mortal.
Ahora volvían al trabajo que la propia Teresa había empezado antes de morir.
—Enséñame el primero.
Noelia colocó una factura en el centro.
Correspondía a dos pequeñas adaptaciones domiciliarias realizadas el mismo día: una barra de apoyo en un baño y el ajuste de una puerta que rozaba. En la documentación aparecían dos desplazamientos completos facturados desde el punto habitual de salida del proveedor hasta cada vivienda.
—Hasta ahí podría ser correcto —dijo Mara.
—Sí. Si volvió al punto de origen entre una y otra.
—¿Lo hizo?
—Según las horas, no podía.
Andrés dejó los cafés.
—Eso ya suena mejor.
Noelia le dirigió una mirada.
—Suena a que hay que comprobarlo.
La primera vivienda estaba en una alquería del valle.
La segunda, en otra situada más arriba. Sobre el papel, cada actuación aparecía como una salida independiente.
Sin embargo, la hora de finalización de la primera y la de inicio de la segunda dejaban un margen demasiado corto para regresar al punto de partida, recorrer de nuevo la carretera y presentarse en el segundo domicilio.
Mara miró las distancias.
—¿Quién es el proveedor?
Noelia giró la factura.
Daniel Paredes Llorente.
El nombre ya había aparecido varias veces: reparaciones, barras de apoyo, pequeñas instalaciones, trabajos compartidos con Álvaro. Hasta entonces había sido simplemente uno de los profesionales que entraban y salían de domicilios de la comarca.
—¿Solo él?
—No.
Noelia sacó otras dos carpetas.
—También hay errores con otros proveedores. Uno facturó dos veces un desplazamiento en septiembre y otro tiene una hora de servicio que no coincide con la hoja del usuario. Pero los de Daniel se repiten más.
—¿Cuántos?
—Todavía no quiero darte una cifra definitiva. Estoy eliminando duplicados y cosas que pueden explicarse por cambios no registrados. Pero ya hay varios.
Andrés se inclinó sobre la mesa.
—¿Varios como para que Teresa estuviera revisándolo a él?
—Varios como para que cualquiera que repasara esto quisiera preguntar.
Mara volvió a la anotación de Teresa.
«Comprobar trayecto.»
Ya no parecía una nota administrativa cualquiera. Era una pregunta sobre si el espacio y el tiempo permitían lo que figuraba en el papel.
La sede de Ayuda Sierra Norte tenía aquella mañana un ritmo distinto al de la semana anterior.
Teresa seguía ausente de todos los espacios, pero el trabajo empezaba a organizarse alrededor de esa ausencia.
Otra persona firmaba incidencias, Sonia atendía llamadas casi sin descanso y varias auxiliares entraban solo el tiempo imprescindible para recoger llaves o dejar documentación.
Mara prefirió no ocupar una sala de reuniones. Se instalaron en un despacho lateral, con una mesa estrecha y una ventana desde la que se veía el aparcamiento.
Lucía Fernández, la administrativa que llevaba parte de la facturación de servicios externos, llegó con una caja de archivo.
—Esto es lo que Teresa me pidió separar la semana pasada.
Noelia levantó la cabeza.
—¿Te pidió específicamente facturas de mantenimiento?
—Sí. Y hojas de intervención.
Lucía dejó la caja en el suelo.
—No sabía por qué. Pensé que estaba preparando el cierre del mes.
—¿Te dijo que hubiera algún problema? —preguntó Mara.
—Que había cosas que no le cuadraban.
—¿Con alguien concreto?
Lucía dudó.
—Al principio, no.
—¿Y después?
—Me preguntó varias veces por Daniel.
Andrés dejó quieto el bolígrafo.
Mara mantuvo el mismo tono.
—¿Qué quería saber?
—Si siempre entregaba las hojas el mismo día, si yo recordaba correcciones posteriores y si una factura podía incluir dos desplazamientos cuando los trabajos estaban en la misma zona.
—¿Qué le respondiste?
—Que dependía. A veces un técnico vuelve a por material o cambia de ruta. Aquí no puedes mirar solo los kilómetros.
—Teresa también lo sabía.
Lucía pareció molesta consigo misma.
—Sí. Por eso siguió preguntando.
Noelia abrió la caja.
Había facturas grapadas a partes de trabajo, copias de correos y hojas con sellos de entrada. Nada destacaba a simple vista.
—¿Daniel trabaja mucho con la asociación? —preguntó Andrés.
—Bastante. No es el único, pero sí uno de los habituales.
—¿Qué tipo de trabajos hace?
—Arreglos pequeños, barras de apoyo, grifería, persianas, puertas, alguna instalación sencilla. Cosas para las que no compensa mandar a una empresa grande.
—¿Y los desplazamientos?
—Los factura según el trabajo y la zona.
Mara volvió a las anotaciones de Teresa.
—¿Ella podía rechazar una factura?
—No pagarla por sí sola, no. Pero podía no darle conformidad y pedir que se revisara.
—¿Lo había hecho?
Lucía pensó.
—Con alguna, sí.
—¿De Daniel?
—Creo que una quedó pendiente.
—¿Cuál?
Lucía empezó a buscar entre los papeles. Tardó casi cinco minutos en encontrarla. Era una factura del mes en curso con dos actuaciones y varios conceptos de desplazamiento.
En la esquina superior aparecía una nota manuscrita de Teresa:
«NO VALIDAR. Revisar hoja + km.»
Noelia y Mara se miraron.
Aquello no era una acusación, pero sí una decisión concreta.
—¿Daniel sabía que estaba retenida? —preguntó Mara.
Lucía se mordió el interior de la mejilla.
—No lo sé. Puede que sí. Los proveedores suelen preguntar cuando tardamos.
—¿Teresa había hablado con él?
—Hablaba con Daniel con frecuencia por trabajo.
—¿La semana pasada?
—Seguro. No sé decirte cuándo.
Mara no intentó forzar una precisión que Lucía no tenía.
Si existían mensajes o llamadas, podrían obtenerlos por otros cauces. Lo relevante en aquel momento era que Teresa no llevaba una revisión abstracta: ya había detenido al menos una factura.
A media mañana, Mara y Andrés salieron con una copia de dos servicios.
No necesitaban recorrer en coche todo el mes de facturación. Bastaba con comprobar si la incompatibilidad detectada por Noelia existía también sobre el terreno.
La primera vivienda estaba en una ladera donde el asfalto se estrechaba entre muros y entradas de casas. Desde allí, el segundo domicilio no quedaba lejos en kilómetros. El problema era cómo se recorrían.
Andrés condujo despacio.
—En el mapa parece una tontería.
—Por eso no basta con el mapa.
Bajaron hasta el cruce principal, recorrieron un tramo de carretera y volvieron a subir por otro acceso.
No encontraron tráfico, obras ni ninguna incidencia especial.
Aun así, el trayecto consumió más tiempo del que dejaban las dos hojas de servicio si, además, se aceptaba el supuesto regreso al punto de origen facturado entre ambas intervenciones.
—Sin correr y sin buscar atajos —dijo Andrés.
Mara miró la hora, solo como referencia razonable.
—Y hoy está seco.
El martes del crimen había habido humedad y algunos tramos se recorrían más despacio.
Andrés aparcó junto a una vivienda encalada con una barandilla reciente.
Una mujer de unos sesenta años salió a recibirlos. Era la hija del usuario para quien se había instalado la barra del baño. La UOPJ territorial había concertado la visita.
—Sí, vino un técnico —dijo cuando Mara le mostró la fecha.
—¿Daniel Paredes?
—Daniel, sí. Ya había venido otras veces.
—¿Recuerda si fue por la mañana o por la tarde?
—Por la mañana. Antes de comer.
—¿Hizo el trabajo él solo?
—Sí.
—¿Estuvo mucho tiempo?
—No. La barra ya estaba comprada.
Mara no buscó un minuto exacto.
—¿Recuerda si comentó que iba después a otro servicio?
La mujer negó.
—No.
—¿Volvió ese día?
—Aquí no.
La respuesta servía para una comprobación concreta: no había un segundo acceso a ese domicilio que justificara dos desplazamientos asociados al mismo servicio.
En la segunda vivienda, la situación fue más incómoda.
El hombre que vivía allí no recordaba a Daniel en la fecha que figuraba en la hoja.
—Esa puerta me la arreglaron, sí.
—¿Daniel?
—Puede ser.
—¿Ese día?
—Eso ya no lo sé.
Su hija, que estaba presente, fue más rotunda.
—Ese martes no vino nadie. Yo estuve aquí desde mediodía.
Mara levantó la vista.
—¿Está segura de la fecha?
—Porque fue el día que llevé a mi padre al médico por la mañana. Volvimos antes de comer y no salí después.
—¿La puerta pudo arreglarse otro día?
—Sí. De hecho, creo que fue después.
Andrés no intervino.
Mara tampoco convirtió el recuerdo en una prueba cerrada.
—¿Conservan algún mensaje o aviso de la visita?
—Puedo mirar.
La mujer buscó en el teléfono y encontró una conversación con la asociación de días posteriores. No demostraba todavía que la hoja estuviera mal fechada, pero permitía abrir una comprobación objetiva.
Cuando salieron, Andrés esperó hasta llegar al coche.
—Eso ya no son solo kilómetros.
—No.
—Puede haber una intervención fechada cuando no se hizo.
—Puede.
—Sigues con el «puede».
—Mientras pueda existir otra explicación, sí.
Andrés abrió la puerta.