La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 11 #2
28%

Capítulo 11 #2

—Quiero el trayecto desde casa de su padre hasta la inmobiliaria y desde allí a su domicilio —dijo Mara—. Con rutas reales, sin buscar atajos que nadie utilizaría.

Noelia asintió.

Andrés miró hacia la carretera.

—Cada vez le queda menos margen.

—Sí. Y eso es más útil que discutir si el vecino recuerda las cinco y media o las seis.

Todavía no conocían el escenario de la agresión a Teresa.

Ese límite impedía convertir la secuencia de Beatriz en una exclusión absoluta, pero ya tenían algo mejor que una coartada apoyada en recuerdos imprecisos: una serie de hechos que la situaban ocupada en otro asunto durante buena parte de la franja relevante.

Regresaron a la base a media tarde.

En la pizarra seguían los nombres que habían ido acumulando durante los últimos días, aunque cada uno empezaba a significar algo diferente.

Sonia había ocultado una visita privada por la que cobraba fuera del servicio.

Rubén escondía kilómetros inflados y combustible pagado con la tarjeta de la asociación.

Álvaro no había contado toda la verdad sobre el uso de la cuenta de su madre.

Elena había omitido una discusión familiar y una llamada a Teresa.

Beatriz añadía ahora una decisión sobre la vivienda y el futuro de su padre que había empezado a gestionar sin contárselo al resto de la familia.

Andrés observó la pizarra.

—Todos tenían algo que esconder.

—Casi todo el mundo tiene algo —dijo Noelia.

—No siempre aparece tan cerca de una investigación por homicidio.

Mara repasó los nombres.

Ese era precisamente el peligro. Si se examinaba cada secreto de manera aislada, cualquiera podía parecer el principio de una historia completa.

—Lo importante no es solo que hayan mentido —dijo—. Hay que saber qué estaban protegiendo con la mentira.

Andrés señaló a Sonia.

—Un trabajo por fuera.

Después a Rubén.

—Dinero.

—Álvaro también, aunque de otra forma —añadió Noelia.

Mara miró el nombre de Beatriz.

—Ella quería impedir que su familia supiera que ya había empezado a mover la venta y la residencia.

Andrés señaló a Elena.

—Y Elena intentaba mantener fuera una pelea con su hermana.

La pizarra resultaba menos acusatoria que dos días antes. Los secretos seguían siendo reales y algunos podían tener consecuencias, pero empezaban a pertenecer a problemas distintos.

Noelia abrió una carpeta.

—La ruta de Beatriz encaja. Desde casa de su padre hasta la inmobiliaria llega bien dentro del margen. De allí a su domicilio, también. Para introducir un desvío importante habría que romper la llamada de las 18:12 o su presencia en el local.

—¿Y antes?

—La llamada del hermano a las 17:41 y lo que cuenta el padre la mantienen allí hasta después de esa hora.

Andrés se inclinó sobre el mapa.

—Entonces queda muy mal situada para nuestra secuencia.

—Sí —dijo Mara—. Como línea de investigación pierde mucho peso.

Noelia cerró la carpeta.

—Cinco personas y cinco secretos.

—Pero seguimos sin saber por qué Teresa cambió de dirección al salir de casa de Mateo.

Aquello devolvía la investigación a su centro.

No a las discusiones familiares, ni a los kilómetros alterados, ni a las decisiones tomadas a espaldas de un padre anciano. Tenían que volver a Teresa y a lo que estaba haciendo antes de morir.

Beatriz aceptó regresar para una conversación breve al final de la tarde.

Esta vez se quitó el abrigo antes de sentarse.

Mara dejó la carpeta cerrada.

—La inmobiliaria confirma que estuviste allí. También tenemos la llamada de tu hermano a casa de tu padre y la de las 18:12 a la gestoría. Tu recorrido está bastante mejor situado.

—Entonces supongo que ya no pensáis que maté a Teresa.

—Sabemos que nos ocultaste la parada por otro motivo.

Beatriz bajó la vista.

—No quería que mi hermano se enterara así.

—Lo entiendo.

—No, no lo entiendes.

Mara no discutió.

—Puede ser.

Beatriz la miró con algo menos de hostilidad.

—Mi padre quiere morirse en esa casa.

—¿Y tú?

—Yo quiero que no se mate bajando dos escalones para abrir una puerta.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Beatriz dejó escapar una respiración cansada.

—Eso decía Teresa.

—¿Qué más decía?

La mujer se quedó pensando.

—Que no convirtiera mi miedo en una decisión tomada por él.

Mara guardó silencio.

—Me ponía de los nervios —continuó Beatriz—. Porque luego ella se iba y yo seguía con todo.

—¿Crees que estaba equivocada?

Beatriz tardó en responder.

—No del todo.

Probablemente era lo más cerca que iba a estar de reconciliarse con una mujer muerta con la que había discutido.

—¿Teresa te habló alguna vez de lo que estaba revisando en la asociación?

—No.

—¿Kilómetros, facturas, reparaciones?

—No. Solo sé que llevaba unos días más seca de lo normal.

—¿Con alguien concreto?

—No sabría decirte.

—¿Viste a Daniel Paredes por esas fechas?

La pregunta fue deliberadamente neutra.

Beatriz pensó.

—En casa de mi padre, quizá un par de semanas antes. Miró una barra del baño que estaba floja.

—¿Teresa estaba allí?

—No.

—¿Recuerdas haberlos visto hablar alguna vez?

—No.

Mara no siguió por ese camino. El nombre de Daniel aparecía cada vez con más frecuencia en el entorno laboral de Teresa, pero todavía no había nada que justificara darle un lugar distinto al de otros proveedores.

—Una última cosa. ¿Teresa sabía que ibas a la inmobiliaria el martes?

—No.

—¿Habías quedado con ella?

—No.

—¿Tenías algún motivo para ir hacia la zona donde apareció su coche?

—Ninguno.

La conversación terminó sin ninguna revelación nueva.

Aun así, cuando Beatriz salió, Mara tuvo la sensación de que habían conseguido algo más útil: entender por qué les había mentido.

Noelia se acercó a la pizarra y borró la línea que unía BEATRIZ con OPORTUNIDAD. Dejó el nombre.

—¿Así? —preguntó.

—Así.

Andrés recogió unos papeles del escritorio.

—Sonia, Rubén, Álvaro, Beatriz... Todos han ocultado algo distinto.

—Elena también —dijo Noelia.

—Cinco personas protegiendo cinco problemas que no querían que miráramos.

Mara se acercó a la ventana.

Afuera ya había oscurecido. Entre las alquerías, las carreteras se convertían a esas horas en tramos negros interrumpidos por algunas luces, curvas cerradas y viviendas separadas por distancias que sobre un mapa parecían insignificantes.

Pensó en Teresa al salir de casa de Mateo: una dirección elegida, una visita prevista que nunca hizo y una lesión que se había producido antes de llegar a la Curva del Castañar. Alrededor de todo aquello, varias personas habían intentado mantener sus propios secretos lejos de la investigación.

Los últimos días habían servido para empezar a apartar ese ruido.

—Mañana volvemos a los papeles de Teresa —dijo.

Andrés la miró.

—¿Kilómetros y facturas?

—Sí.

Noelia cerró el portátil.

—¿Todas?

—Todas.

Los secretos de los demás podían ser graves, egoístas o difíciles de justificar. Pero cada vez había más indicios de que pertenecían a historias distintas.

La siguiente tarea era descubrir qué irregularidad había llevado realmente a Teresa a cambiar de ruta aquella tarde.