Capítulo 11
Beatriz
Beatriz Marcos llevaba veinte minutos esperando cuando Mara llegó.
No había pedido hablar con ellos; había sido al revés.
La encontraron en una sala de la sede de Ayuda Sierra Norte, sentada con el bolso sobre las rodillas y el abrigo todavía puesto. Su expresión dejaba claro que consideraba aquella conversación una intromisión y que solo esperaba averiguar hasta dónde pensaban llegar.
Noelia dejó una carpeta sobre la mesa y ocupó una silla junto a la pared. Andrés se había quedado fuera, terminando una comprobación con un vecino de Beatriz.
Mara se sentó enfrente.
—Gracias por venir.
—No tenía mucho margen para decir que no.
—Podías haber pedido otro momento.
—Y alargarlo un día más.
La respuesta salió seca, pero sin agresividad.
Mara abrió la carpeta.
—La última vez nos dijiste que el martes estuviste con tu padre hasta última hora de la tarde.
—Sí.
—Y que saliste de su casa antes de que anocheciera.
—Eso dije.
—Necesitamos precisar un poco más.
Beatriz dejó el bolso en el suelo.
—No miré el reloj.
—No voy a pedirte una hora exacta si no la recuerdas.
La mujer pareció sorprenderse.
—Pero sí hay personas que te vieron salir —continuó Mara.
—¿Quién?
—Un vecino recuerda tu coche. Otra mujer dice que se cruzó contigo algo más tarde en la carretera.
—Entonces ya sabéis la hora.
—No. Sus recuerdos no coinciden.
Beatriz apartó la mirada.
Mara llevaba varios días comprobando hasta qué punto las horas recordadas podían deformarse sin que nadie mintiera.
Cinco y media podía significar simplemente «antes de que oscureciera»; las seis, «después de merendar».
Era fácil convertir una impresión en una hora precisa solo porque alguien insistiera lo suficiente.
—Vamos a hacerlo de otra manera —dijo—. ¿Qué hiciste antes de salir de casa de tu padre?
Beatriz tardó en responder.
—Le preparé la cena.
—¿Algo más?
—Le dejé separada la medicación de la noche y recogí un poco.
—¿Tenía puesta la televisión?
—La tiene casi todo el día.
—¿Recuerdas algún programa?
—No.
—¿Llamó alguien?
—Mi hermano.
Noelia levantó la vista.
—¿A qué hora?
—Ni idea.
—¿Hablaste con él?
—No. Habló mi padre.
Mara anotó el dato.
—¿Y después?
—Me fui.
—¿Adónde?
Beatriz la miró.
—A casa.
La rapidez de la respuesta llamó la atención de Mara más que su contenido.
—¿Directamente?
—Sí.
Noelia abrió la carpeta, pero Mara le hizo una señal discreta para que esperara.
—Beatriz, llevamos varios días reconstruyendo desplazamientos. Si hiciste una parada y no nos la has contado, es mejor que salga ahora.
La mujer se puso rígida.
—No fui a ver a Teresa.
—No te he preguntado eso.
—Pero es lo que pensáis.
—Lo que pensamos es que tu hora de salida es aproximada y que hay una parte de la tarde que no tenemos bien explicada.
—Fui a casa.
Mara dejó que pasaran unos segundos.
—¿Con qué coche?
—Con el mío.
—¿Paraste en algún sitio?
—No.
—¿Llamaste a alguien durante el trayecto?
—No me acuerdo.
Noelia habló entonces.
—Hay una llamada a una gestoría a las seis y doce.
Beatriz volvió la cabeza hacia ella.
—Puede ser.
—Dura siete minutos.
—Pues hablaría con ellos.
—¿Desde casa?
La mujer guardó silencio.
Mara vio el cambio. Hasta ese momento Beatriz había defendido una versión de su horario. A partir de ahí empezó a proteger algo distinto.
—¿Qué estabas gestionando? —preguntó.
Beatriz apoyó las manos sobre la mesa.
—Un asunto de mi padre.
—¿Cuál?
—Privado.
—Teresa también había intervenido en ese asunto.
La expresión de Beatriz cambió.
Noelia había encontrado la relación el día anterior en una de las notas de Teresa, que hasta entonces parecía referirse únicamente a la posibilidad de que el padre ingresara en una residencia.
Mara sacó una copia.
—«Hablar con Beatriz. No decidir sin él. Revisar vivienda».
Beatriz leyó la frase.
—Eso no significa nada.
—Para ti sí.
—Teresa apuntaba todo.
—¿Qué quería decir con «revisar vivienda»?
Beatriz no contestó.
Mara esperó. No necesitaba amenazarla ni atribuir a aquella nota un significado que todavía no conocían. Bastaba con que Beatriz entendiera que la omisión ya era visible.
—Habías empezado a hacer algo relacionado con la casa de tu padre —dijo.
Beatriz cerró los ojos un instante.
—Sí.
—¿Qué?
—Una venta.
Noelia dejó quieto el bolígrafo.
Mara mantuvo el tono.
—¿De la vivienda en la que vive?
—Sí.
—¿Él lo sabía?
—No del todo.
Aquello pesaba más que las primeras respuestas evasivas.
—Explícamelo.
Beatriz se acomodó en la silla, como si acabara de asumir que la conversación iba a durar.
—Mi padre no puede seguir allí mucho tiempo.
—¿Por qué?
—Cada vez necesita más ayuda. La casa tiene escalones. Yo vivo a cuarenta minutos y mi hermano aparece cuando puede. Llega un momento en que todo se sostiene con favores y llamadas.
—Teresa defendía que siguiera en casa.
—Teresa defendía muchas cosas cuando no tenía que estar allí por la noche.
Mara no respondió.
—Yo había hablado con una residencia —continuó Beatriz—. Había una plaza posible. También llamé a una inmobiliaria de la zona para que valoraran la casa.
—¿Sin decírselo a tu padre?
—Sabía lo de la residencia.
—¿Y lo de la vivienda?
—No.
—¿Tu hermano?
Beatriz negó.
—Tampoco.
—¿Por qué?
—Porque sabía lo que iba a pasar. Mi padre iba a decir que no. Mi hermano iba a pedir que esperáramos. Y al final seguiríamos igual hasta que hubiera una caída o algo peor.
—¿Podías vender la casa sin el consentimiento de tu padre?
—No.
—Entonces, ¿qué habías hecho exactamente?
Beatriz respiró hondo.
—Pedir una valoración. Llevar documentación. Preguntar qué opciones habría si él aceptaba.
—Eso no es una venta.
—Ya lo sé.
—¿Qué estabas intentando ocultar entonces?
Beatriz la miró con irritación.
—Que ya había empezado a moverlo todo.
Mara entendió la diferencia.
No existía una operación consumada a espaldas del padre. Lo que había era una decisión que Beatriz había empezado a preparar antes de que el resto de la familia estuviera de acuerdo. Teresa lo había descubierto.
—¿Cómo se enteró?
—Mi padre le dijo que yo quería sacarlo de casa.
—¿Y ella empezó a preguntar?
—Como siempre.
—¿Te dijo que estabas yendo demasiado deprisa?
—Me dijo que mi padre entendía perfectamente dónde quería vivir y que nadie debía convertir una necesidad de ayuda en una excusa para decidir por él.
La frase explicaba por sí sola que hubieran discutido.
—¿Tú qué le contestaste?
—Que no tenía ni idea de cómo era cuidarlo.
—¿La amenazaste?
—No.
—¿Le pediste que se apartara?
—Sí.
—¿Cómo?
Beatriz apartó la vista.
—Le dije que dejara a mi familia en paz.
—¿Algo más?
—Que si seguía interfiriendo hablaría con la asociación.
—¿Querías que la apartaran del servicio de tu padre?
—Sí.
Noelia anotó.
Mara volvió al martes.
—La gestoría tenía relación con la casa.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué nos dijiste que habías ido directamente a tu domicilio?
Beatriz tardó unos segundos.
—Porque no fui.
—¿Dónde estabas a las seis y doce?
—En el coche.
—¿Dónde?
—En el aparcamiento de una inmobiliaria.
Noelia abrió otra hoja.
—La gestoría y esa inmobiliaria trabajan juntas en algunas operaciones.
Beatriz asintió.
—Había quedado para dejar unos papeles.
—¿Entraste?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo estuviste?
—Diez minutos. Quince.
—¿A qué hora llegaste?
—No lo sé. Antes de la llamada.
—¿Y cuándo saliste?
—Después.
—¿Hay alguien que pueda confirmarlo?
—La mujer que estaba allí.
Beatriz dio su nombre.
Otra mentira empezaba a encontrar una explicación propia. Mara no pensaba concederle más valor hasta comprobarla.
—¿Por qué ocultaste esa parada?
—Porque si mi hermano se entera de que llevé documentación sin hablar con él, tendremos un problema.
—¿Te parecía más importante ocultarlo que decir la verdad en una investigación por la muerte de Teresa?
Beatriz sostuvo su mirada.
—Pensé que podía mantenerlo fuera.
—Y Teresa también lo sabía.
—Sí.
—¿Creías que podía contárselo a tu padre?
—Sí.
—¿Te preocupaba?
—Mucho.
—¿La viste el martes?
—No.
—¿Hablaste con ella?
—No.
—¿Sabías dónde estaba por la tarde?
—No.
—¿Tenías previsto verla?
—No.
Aquellas respuestas llegaron con cansancio, sin la precipitación de antes.
La inmobiliaria ocupaba un local pequeño en una calle de paso. Cerraba pronto los sábados, pero la mujer que había atendido a Beatriz aceptó volver unos minutos para hablar con ellos.
Reconoció la visita.
—Sí, vino el martes.
Mara evitó darle una hora antes de preguntarle.
—¿Recuerda cuándo?
La mujer miró hacia el mostrador.
—Al final de la tarde.
—¿Puede situarlo por algo concreto?
—Yo cerraba a las seis y media. Entró antes.
—¿Mucho antes?
—No demasiado.
—¿Estaba sola?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo estuvo?
—Diez minutos, quizá algo más.
—¿Le dejó documentación?
—Copias de unas escrituras y recibos. Quería una valoración orientativa.
—¿Llamó desde aquí a una gestoría?
—Sí. Le dije que hablara con ellos porque había dudas con unos papeles.
Noelia mostró el registro de las 18:12.
—¿Podría ser esa llamada?
—Sí. Perfectamente.
Aquella hora ya no dependía de la memoria de la testigo. Estaba vinculada a un registro objetivo.
—¿Recuerda cuándo se marchó? —preguntó Mara.
—Antes de que cerrara. Cinco o diez minutos después de la llamada, supongo.
—¿La vio salir?
—Sí.
—¿En qué dirección?
La mujer señaló la calle.
—Hacia la salida del pueblo.
Noelia miró a Mara.
La tarde de Beatriz empezaba a acotarse sin necesidad de pedir a nadie una precisión que no tenía.
Andrés los esperaba apoyado junto al coche.
—El vecino del padre también mejora la secuencia —dijo cuando salieron—. No sabe la hora, pero recuerda que Beatriz se fue después de que pasara el panadero del reparto. Ese vehículo estuvo en la calle poco después de las cinco y media.
—¿Y el padre?
—Dice que su hija le preparó la cena y se marchó después de que hablara con su hijo. La llamada del hermano entró a las cinco y cuarenta y uno.
Noelia ordenó los datos.
—Está en casa de su padre al menos hasta después de las 17:41. Llega a la inmobiliaria antes de las 18:12, hace la llamada desde allí y se marcha antes de las seis y media.
La franja ya no era una tarde vacía.