La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 10 #2
24%

Capítulo 10 #2

Amalia pareció agradecerlo.

—Serían las seis o así. Yo estaba preparando café.

—¿Lo tomó con usted?

—Sí.

—¿Se quedó?

—Hasta casi las siete.

—¿Salió otra vez?

—Que yo viera, no.

Otro tramo de la tarde empezaba a cerrarse.

—¿Hablaron de Teresa?

Amalia bajó la vista hacia sus manos.

—Mi hijo me dijo que había muerto.

—¿Antes hablaban de ella?

—Claro. Teresa venía mucho.

—¿A Álvaro le molestaba que quisiera aumentar la ayuda que recibe?

—Sí.

—¿Y a usted?

Amalia se encogió de hombros.

—Yo no quiero tener gente entrando en casa todo el día.

—¿Cree que necesita más ayuda?

—Hay días que sí.

La respuesta salió sin intención de complacer a nadie.

Mara pasó entonces al dinero.

—Teresa también le preguntó por su tarjeta bancaria.

Amalia levantó los ojos.

—Eso es cosa mía.

—Lo es.

—Álvaro compra con ella.

—¿Usted lo sabe?

—Sí.

—¿Sabe que paga gasolina algunas veces?

—Sí.

—¿Y compras que son para él?

La mujer tardó algo más.

—Mi hijo hace muchas cosas por mí.

Mara reformuló la pregunta.

—¿Alguna vez le ha preocupado no saber exactamente en qué se usa su dinero?

Amalia miró hacia la cocina.

—Teresa decía que tenía que mirarlo más.

—¿Y tenía razón?

—Seguramente.

La situación no encajaba bien en categorías sencillas. Amalia sabía que Álvaro utilizaba la tarjeta y aceptaba al menos parte de esos gastos, pero tampoco parecía conocerlos todos con precisión. Había una relación familiar en la que ayuda, dinero y dependencia se mezclaban continuamente.

Eso permitía entender mejor el conflicto con Teresa y también la vergüenza de Álvaro.

—¿Su hijo discutió con ella por este asunto?

—Sí.

—¿Usted escuchó alguna amenaza?

—No.

—¿Le preocupaba que pudiera hacerle daño?

Amalia negó con firmeza.

—No.

Mara no tomó la convicción de una madre como prueba. La dejó donde correspondía, dentro del contexto.

A primera hora de la tarde, Noelia consiguió cerrar otra parte del recorrido.

—Cinco y veintisiete —dijo—. Pago con la tarjeta profesional en la gasolinera.

Mara miró el mapa. La estación se encontraba en la ruta lógica de regreso desde el trabajo exterior.

—¿Cámara?

—De momento no hace falta pedirla. Tenemos el ticket, el terminal y el establecimiento reconoce la operación. El empleado no recuerda específicamente a Álvaro, pero la secuencia documental sirve para situar allí la tarjeta.

—¿Podría haberla usado otra persona?

—En teoría, sí. Pero tenemos la compra de material a las cinco y seis, el repostaje a las cinco y veintisiete, la llamada de las cinco y treinta y ocho y la llegada a casa de su madre poco después. Todo encaja en un mismo trayecto.

Andrés siguió los puntos con el dedo.

—Para hacerlo entrar en nuestra ventana habría que sacarlo de esta ruta, llevarlo hasta un escenario que ni siquiera conocemos todavía, hacerlo coincidir con Teresa y devolverlo al recorrido sin romper ninguno de estos anclajes.

Noelia asintió.

—Y cuanto más tarde situemos la agresión, menos margen queda.

Mara siguió el recorrido sobre el plano.

Álvaro tenía un conflicto real y algo que ocultar. Había amenazado a Teresa y temía que la forma en que gestionaba el dinero de su madre acabara convirtiéndose en un problema. Como motivo aparente funcionaba. Lo que cada vez funcionaba peor era la oportunidad.

—No lo cerramos todavía —dijo.

Andrés la miró.

—Pero pierde mucho peso.

—Sí.

Noelia cambió de carpeta.

—Hay otra cosa. El trabajo que hizo fuera de la zona fue una instalación compartida durante dos días con otro profesional.

Mara levantó la vista.

—¿Quién?

—Daniel Paredes. Estuvo allí el día anterior, no el martes. Álvaro lo conoce por trabajos de instalaciones, pero no aporta nada sobre esta tarde.

—Déjalo documentado.

Daniel seguía apareciendo relacionado con trabajos y proveedores. Todavía no había ninguna razón para colocarlo en otro lugar dentro de la investigación.

Volvieron a ver a Álvaro antes de terminar la jornada.

Esta vez se reunieron en un bar cercano donde había aceptado esperar mientras cerraban algunas comprobaciones.

Mara se sentó frente a él.

—La mayor parte de tu regreso se sostiene.

Álvaro no pareció celebrar la noticia.

—¿La mayor parte?

—Tenemos el trabajo hasta después de las cinco, la compra de material, el repostaje, una llamada durante el regreso y la llegada a casa de tu madre.

—Entonces ya está.

—No tenemos una cámara siguiéndote cada minuto —dijo Mara—, pero cada vez resulta más difícil encajar un desvío hacia Teresa dentro de esa secuencia.

Álvaro bebió un sorbo de café.

—Eso significa que no fui.

—Significa que las comprobaciones de tus movimientos van en esa dirección.

Él dejó la taza.

—¿Y lo de mi madre?

—Es una cuestión diferente.

—Para vosotros.

—También para esta investigación. Una cosa puede explicar por qué mentiste o por qué discutiste con Teresa sin explicar su muerte.

Álvaro la miró con menos hostilidad que por la mañana.

—Teresa creía que yo me aprovechaba.

—¿Tú crees que lo haces?

La pregunta lo incomodó.

—No.

Mara esperó.

Álvaro bajó los ojos.

—A veces tiro de su tarjeta porque voy justo. Luego pienso que ya lo compensaré o que da igual porque también gasto dinero por ella. No es bonito, si es eso lo que quieres oír.

—No estoy buscando una respuesta concreta.

—Teresa sí.

Mara dejó que siguiera.

—Quería que todo estuviera claro. Quién pagaba qué, cuántas horas estaba sola mi madre, cuántas veces iba yo... Como si una familia pudiera llevarse en una hoja de cálculo.

—¿Por eso te enfadaste?

—Sí.

—¿Y por eso le dijiste aquella frase?

Álvaro asintió.

—Sí.

La amenaza que al principio había parecido tan significativa empezaba a encontrar un contexto menos excepcional.

—No vuelvas a ocultar nada que afecte a tus movimientos —dijo Mara.

—No lo haré.

—Y si recuerdas cualquier contacto con Teresa el martes, aunque te parezca pequeño, nos llamas.

—No hubo ninguno.

Mara se levantó.

Andrés la siguió hacia la puerta.

Fuera, el cielo empezaba a cubrirse otra vez. No llovía, pero la humedad oscurecía las cunetas y dejaba el asfalto con ese brillo mate que acompañaba muchas tardes de octubre en la comarca.

—Tenemos una amenaza real, un secreto bastante feo y una tarde que empieza a quedar bien situada —dijo Andrés.

—Sí.

—Cada vez nos quedan menos sospechosos convincentes.

Mara miró hacia la carretera.

—Eso no es un problema.

No necesitaban conservar sospechosos porque funcionaran bien sobre el papel. Necesitaban una secuencia que pudiera haber ocurrido.

Álvaro había aportado un conflicto capaz de llenar varias páginas de un atestado y muchas más dentro de su familia. Sus movimientos del martes, en cambio, empezaban a formar una ruta cada vez más difícil de romper.

Su secreto explicaba la amenaza.

Para relacionarlo con la muerte de Teresa hacía falta algo más.