Capítulo 9 #2
—¿Por eso llevas días a la defensiva?
Rubén apretó las manos.
—Por eso y por los kilómetros.
Aquella irregularidad explicaba mejor su actitud.
No explicaba la muerte de Teresa.
La comprobación del combustible ocupó casi una hora y no produjo ninguna sorpresa relevante para el homicidio.
Los cargos de la tarjeta de la asociación, los tickets conservados y los registros internos mostraban diferencias que necesitaban una revisión administrativa.
Dos repostajes no encajaban bien con el uso declarado de la furgoneta, y uno coincidía con un día en que Rubén admitía haber echado combustible a su vehículo particular.
El martes del crimen, sin embargo, no aparecía ningún movimiento extraño de la tarjeta.
—Así que tenemos kilometraje inflado y combustible —dijo Andrés cuando Rubén salió unos minutos a tomar aire.
Noelia repasó las hojas.
—Tenemos irregularidades económicas que habrá que valorar por el cauce correspondiente y un motivo claro para que nos haya ocultado cosas.
—Pero eso no nos acerca todavía al homicidio —dijo Andrés.
Mara siguió mirando los documentos.
Cuanto más sabían de Rubén, más fácil resultaba construir sobre él una sospecha aparente. Conocía vehículos y carreteras, tenía acceso a llaves, Teresa revisaba sus números y podía temer consecuencias económicas.
Pero la mecánica del coche empezaba a quitar valor a varias de esas ventajas.
El encubrimiento no requería sabotaje, herramientas ni conocimientos especiales. Bastaba con una maniobra sencilla en un margen en pendiente. Cuanto más comprendían la dinámica, menos excepcional resultaba lo que Rubén sabía hacer.
—¿Qué llaves tenía? —preguntó Mara.
Noelia consultó el inventario.
—Las de vehículos de la asociación. No las del coche particular de Teresa.
—¿Consta alguna copia?
—No.
Andrés se sentó.
—Podría haber cogido las llaves de Teresa.
—Si hubiera estado con ella, sí —dijo Mara—. Igual que cualquier otra persona.
Andrés asintió.
La supuesta ventaja de Rubén empezaba a reducirse.
El especialista de Criminalística regresó con otra comprobación.
—He revisado lo que preguntasteis sobre una manipulación previa y sobre posibles signos de intervención en la zona de conducción. No hay nada que permita sostener que alguien preparara el coche antes de la tarde del martes.
Mara señaló una fotografía.
—¿Y para provocar la salida de vía?
—No hace falta tocar la mecánica. Si el vehículo está en punto muerto o sin una retención suficiente y se orienta en una pendiente adecuada, puede desplazarse.
—¿Con el volante colocado?
—Sí. Depende del terreno y de la posición inicial. Es coherente con lo que ya os expliqué. No demuestra que ocurriera así, pero vuelve innecesaria la hipótesis de sabotaje.
Andrés miró a Mara.
—Entonces no hacía falta un mecánico.
—Eso es lo que acabamos de comprobar.
El especialista guardó las fotografías.
—Si queréis mi opinión, dejad de pensar en una avería preparada. No la necesitáis para explicar el coche y no veo indicios que la sostengan.
Mara agradeció la claridad.
Rubén podía seguir interesándoles por sus movimientos y por el conflicto económico con Teresa, pero su conocimiento de los vehículos ya no lo distinguía tanto como había parecido al principio.
Rubén volvió a entrar con un vaso de agua.
—¿Ya habéis decidido si soy un genio del automóvil?
Andrés abrió la boca, pero Mara se adelantó.
—No hay indicios de sabotaje.
Rubén la miró.
—Eso ya lo habíais dicho.
—Ahora tenemos más comprobaciones.
—¿Y?
—Que sepas de coches no explica nada que otra persona no pudiera haber hecho con una maniobra sencilla.
Por primera vez desde que había llegado, Rubén pareció verdaderamente aliviado.
—¿Entonces me dejáis en paz?
—Todavía no.
El alivio duró poco.
—Claro.
—Tus kilómetros y el combustible siguen siendo reales, y tenemos que terminar de comprobar tus movimientos del martes.
—Pero no manipulé el coche.
—Eso indican las comprobaciones.
—Y no maté a Teresa.
Mara dejó pasar la afirmación. La investigación no iba a resolverse aceptando o rechazando declaraciones.
—¿Hay algo más que Teresa estuviera revisando y que no nos hayas contado?
Rubén negó con la cabeza.
—De mí, no.
—No he dicho de ti.
El hombre se quedó pensativo.
—Preguntó por unas facturas de adaptaciones.
—¿De quién?
—No sé si eran de Daniel o de otro. Aquí hay varios que hacen esos trabajos.
Mara retuvo el nombre.
—¿Qué preguntó exactamente?
—Si una misma salida podía justificar dos desplazamientos. Le dije que dependía de dónde fueran los trabajos.
—¿Cuándo?
—La semana pasada.
—¿Y después?
—Nada. Teresa preguntaba cosas.
—¿Daniel y tú os conocéis?
—Claro. Aquí nos conocemos todos los que trabajamos entrando y saliendo de casas.
—¿Lo viste el martes?
Rubén pensó.
—No.
—¿Sabes dónde estaba?
—En algún trabajo. Creo que por Los Barreros, pero no me hagas caso.
Mara no pensaba hacerlo sin comprobarlo.
Cuando terminaron, era casi la una.
Rubén salió con la obligación de aportar documentación adicional sobre combustible y kilometraje. La UOPJ se ocuparía de que aquellas irregularidades siguieran su cauce sin mezclarlas artificialmente con la investigación de la muerte de Teresa.
Andrés se quedó mirando por la ventana del pasillo.
—Ha ocultado más cosas que Sonia.
—Sí.
—Tiene un motivo económico más claro, conoce coches y conoce la Curva.
Mara entendió adónde quería llegar.
—Y aun así eso no basta.
—Ya.
—Lo que sí hemos aclarado es una cosa importante: el supuesto sabotaje no existe.
Noelia salió de la sala con la carpeta.
—Además, buena parte de sus movimientos empieza a cerrarse. No toda, pero cada comprobación reduce la ventana.
—¿Qué queda? —preguntó Mara.
—Unos veinte minutos que todavía dependen de una entrega sin hora precisa.
—Compruébalo.
—Ya está en marcha.
Mara miró hacia el taller, donde el coche de Teresa seguía elevado.
Durante unos días, el conocimiento práctico de Rubén había parecido una posible ventaja de quien hubiera preparado el falso accidente.
La evidencia técnica estaba demostrando lo contrario.
La maniobra no requería un experto y el coche, por sí mismo, no señalaba al hombre que más sabía de coches de cuantos habían investigado.
—Volvamos a las rutas —dijo.
Andrés recogió su chaqueta.
—¿Las de Rubén?
—Las de todos.
Noelia la miró.
—¿También las reparaciones?
—También.
Mara no quería seguir un nombre. Quería seguir la clase de inconsistencias que Teresa había empezado a detectar antes de morir.
Si Daniel volvía a aparecer, tendría que hacerlo porque los datos lo llevaran hasta el centro de la investigación, no porque su nombre se repitiera en las conversaciones.