Capítulo 9
Rubén y el coche
El sábado empezó con el coche de Teresa abierto sobre un elevador.
Mara llegó al taller de Criminalística poco después de las nueve.
Andrés ya estaba allí, hablando con el especialista que había revisado el vehículo durante los días anteriores.
Rubén Salgado esperaba a unos metros, junto a una mesa metálica, con las manos en los bolsillos y la expresión de quien llevaba demasiado tiempo sin saber si debía sentirse acusado o simplemente útil.
—Buenos días —dijo Mara.
Rubén la miró.
—Depende.
—Intentaremos que no dependa demasiado.
El comentario no consiguió que sonriera.
El turismo de Teresa estaba limpio por fuera de buena parte del barro superficial, aunque conservaba varias zonas protegidas para el análisis.
Las ruedas, los bajos y algunos puntos de la carrocería seguían marcados con referencias.
Visto así, bajo las luces del taller, parecía menos dramático que en las fotografías de la Curva del Castañar.
Precisamente por eso la pregunta resultaba más incómoda: si alguien había utilizado el vehículo para simular un accidente, ¿qué había hecho realmente con él?
Andrés se acercó.
—El especialista quiere empezar por lo que puede descartar.
—Mejor eso que una teoría.
El hombre de Criminalística asintió.
—No hay indicios de una avería provocada que explique la salida de vía. Dirección, frenos y neumáticos presentan un desgaste normal para este vehículo. Tampoco vemos una manipulación que justifique una pérdida de control preparada.
Mara miró a Rubén.
Él entendió hacia dónde iba la conversación.
—Ya os dije que yo no toqué ese coche esa semana.
—Lo dijiste.
—Y ahora resulta que no estaba saboteado.
—Eso indican las comprobaciones.
Rubén soltó aire por la nariz.
—Pues algo avanzamos.
El especialista continuó.
—Tampoco hemos encontrado una intervención mecánica reciente en los elementos que podrían relacionarse con la salida de carretera. Eso no nos dice quién conducía ni cómo llegó el coche a la curva. Solo elimina una explicación concreta.
—¿Una avería real? —preguntó Andrés.
—No aparece ninguna que pueda explicar por sí sola lo ocurrido.
Mara observó la parte inferior del vehículo.
La hipótesis de un fallo mecánico había sido razonable mientras la muerte podía encajar en un accidente.
Después del informe forense había perdido fuerza, pero seguía siendo necesario descartarla.
Un encubrimiento podía aprovechar una avería auténtica o una circunstancia previa sin relación con el homicidio.
Las comprobaciones, sin embargo, no apuntaban en esa dirección.
—¿Combustible? —preguntó.
El especialista señaló el expediente.
—Nivel compatible con un uso ordinario. Nada sugiere vaciado, contaminación o una intervención similar.
Rubén se removió.
—Yo le miré una vez una luz trasera hace unas semanas. Nada más.
Andrés abrió la libreta.
—¿Cuándo?
—No me acuerdo del día. A principios de mes, puede ser. Teresa me dijo que se encendía una vez sí y otra no. Le di un golpe al piloto, vi que hacía mal contacto y le dije que lo llevara al taller.
—¿Lo hizo?
—Creo que sí. Después dejó de quejarse.
El especialista confirmó que aquella incidencia no tenía relación aparente con los daños investigados.
Mara observó a Rubén. Sabía lo suficiente de coches para revisar niveles, cambiar una lámpara o detectar una rueda baja. También conocía rutas, llaves, vehículos y carreteras porque buena parte de su trabajo consistía en conducir de un domicilio a otro.
Todo eso lo hacía útil para la asociación y, en apariencia, también podía hacerlo interesante para la investigación. La cuestión era cuánto de esa aparente ventaja tenía valor real.
En la sala contigua, Noelia había preparado una relación de los movimientos de Rubén durante la semana del crimen.
—No me gusta cómo has puesto mi nombre tan grande —dijo él al verla.
—Es para que no te confundamos con Teresa.
—Muy tranquilizador.
Noelia ignoró el comentario y señaló la primera hoja.
—El martes utilizaste la furgoneta de la asociación por la mañana y parte de la tarde.
—Sí.
—Hiciste entregas de material, recogidas y dos desplazamientos que no estaban en el cuadrante inicial.
—También.
—Los dos aparecen añadidos después.
Rubén miró a Mara.
—Porque surgieron después.
—Eso es lo que estamos comprobando.
Noelia continuó.
—Uno lo confirma una auxiliar. El otro, un familiar de usuario. Los horarios encajan de forma razonable con los registros del vehículo y con dos llamadas que hiciste desde esas zonas.
—Entonces, ¿qué problema hay?
Noelia cambió de página.
—Los kilómetros.
Rubén se reclinó en la silla.
—Otra vez.
—Otra vez.
La cifra declarada superaba el recorrido reconstruido incluso concediendo desvíos razonables. La diferencia no era enorme en un solo día, pero el patrón aparecía también en semanas anteriores.
—¿Cuánto añadías? —preguntó Mara.
Rubén la miró con cansancio.
—Yo no lo llamaría añadir.
—¿Cómo lo llamarías?
—Compensar.
Andrés apoyó un hombro en la pared.
—Mala palabra para decirla aquí.
Rubén lo ignoró.
—Hay trayectos que no se pagan como deberían. Vas, vuelves, haces un recado, subes a una alquería por algo que en el papel son seis kilómetros y te lleva media hora. Luego llega fin de mes y todo tiene que encajar en unas casillas que no se parecen a lo que haces de verdad.
—¿Incluías kilómetros que no habías recorrido? —preguntó Mara.
Rubén dudó.
—A veces redondeaba.
—¿Hacia arriba?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Depende.
—Necesito algo más concreto.
—Cinco, ocho, diez. No cien.
Noelia intervino.
—En algunas semanas salen más.
Rubén se volvió hacia ella.
—Porque hay viajes que no estaban registrados.
—Y otros que sí.
—Pues entonces estarían mal apuntados.
La conversación empezaba a girar sobre sí misma. Mara levantó una mano.
—No estamos aquí para decidir si tu sistema de kilometraje era aceptable. Queremos saber si esas irregularidades tienen alguna relación con Teresa.
Rubén se quedó quieto.
—Ella lo sabía.
—¿Desde cuándo?
—Sospechaba.
—¿Te lo dijo?
—Me dijo que dejara de pasar kilómetros sin justificar.
—¿Y tú?
—Le expliqué lo mismo que a vosotros.
—¿Discutisteis?
—Sí.
—¿Cuándo fue la última vez?
—El lunes.
Noelia consultó una nota.
—También hay una llamada entre vosotros el martes por la mañana.
—Por una entrega.
—Dura tres minutos.
—Pues hablaríamos de otra cosa también.
—¿De qué?
Rubén apretó los labios.
—No me acuerdo.
Mara lo observó unos segundos.
—¿Teresa te amenazó con quitarte horas?
—No.
—¿Con denunciarte?
—No.
—¿Con revisar meses anteriores?
—Eso sí.
—¿Te preocupaba?
Rubén miró la mesa.
—Claro.
—¿Por cuánto dinero?
—No sé.
—¿Cientos?
—Puede.
—¿Miles?
—No.
Noelia siguió mirando sus notas.
—Si sumamos varios meses, puede acercarse más de lo que dices.
Rubén se pasó una mano por la cara.
—Yo no me he hecho rico con diez kilómetros de más.
—Nadie ha dicho eso —respondió Mara.
Precisamente ahí estaba el problema. Las irregularidades de Rubén eran pequeñas, repetidas y comprensibles dentro de un trabajo mal remunerado y disperso. También podían bastar para que temiera una revisión hacia atrás.
Un motivo no tenía que ser enorme para preocuparles. Pero, por sí solo, tampoco situaba a nadie junto a Teresa.
—Volvamos al martes por la tarde —dijo Mara—. Cuéntanos otra vez tu recorrido completo.
Rubén cerró los ojos un instante.
—Ya lo he contado.
—Cuéntalo igual.
La primera parte se sostuvo bien.
Rubén había salido de la sede con material, realizado dos entregas y regresado después para recoger unas cajas destinadas a otra zona. Una auxiliar lo vio. Una cámara de un establecimiento captó la furgoneta. Varias llamadas encajaban con los trayectos.
Después aparecía un tramo menos claro.
—Entre las cinco y las seis —dijo Andrés—. Aquí no tenemos un testigo continuo.
—Porque estaba conduciendo.
—Eso no es raro —intervino Mara—. Pero necesitamos saber dónde.
Rubén señaló el plano.
—Subí por aquí, dejé material y bajé.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Viste a Teresa?
—No.
—¿Su coche?
—No.
—¿Pasaste por la Curva del Castañar?
—No.
—¿Por la carretera que conduce hacia allí?
Rubén pensó.
—Por un tramo, sí. Depende de cómo lo cuentes.
—¿Por qué no apareció en tu primera explicación?
—Porque no pensé que os interesara cada curva que tomé.
Mara no convirtió aquella omisión en una mentira. En una zona así era normal compartir tramos de carretera aunque los destinos fueran distintos.
—¿Podrías haber llegado hasta la Curva y regresar a tu ruta sin que nadie te viera? —preguntó.
Rubén la miró.
—Poder, podría. Como media comarca.
La respuesta era brusca, pero cierta.
—¿Conocías el margen donde apareció el coche?
—Conocía la curva y también el margen. Paso por allí.
—¿Sabías que un coche podía acabar abajo sin sufrir un golpe fuerte?
—No me había parado a pensarlo.
Andrés intervino.
—Pero sabrías dejar un coche sin el freno puesto.
Rubén volvió la cabeza.
—También tú.
La tensión subió un grado.
Mara no dejó que siguiera.
—Andrés está preguntando por capacidad, no acusándote.
—Pues parece otra cosa.
—Entonces te lo pregunto yo. ¿Sabes poner un coche en punto muerto y dejar que ruede por una pendiente?
Rubén soltó una risa seca.
—Sí. También sé abrir una puerta y arrancar una furgoneta.
—Bien.
—¿Eso me convierte en sospechoso?
—Nos dice que podrías entender una maniobra sencilla con un vehículo. Nada más.
Rubén se inclinó hacia delante.
—Llevo cuatro días diciéndoos dónde estaba.
—Por eso lo comprobamos.
—También os he dicho que no toqué el coche de Teresa.
—Eso todavía no podemos contrastarlo de la misma manera.
La frase lo irritó.
—Pues decidme qué queréis.
Mara mantuvo el tono.
—Que no rellenes huecos ni mejores tu historia. Y que, si has ocultado algo por miedo a que salgan los kilómetros, lo digas ahora.
Rubén dejó de mirarla.
Pasaron unos segundos.
—Cogí gasoil con la tarjeta de la asociación para mi coche —dijo al fin.
Andrés apartó la espalda de la pared. Noelia levantó la vista.
—¿Cuándo? —preguntó Mara.
—Dos veces este mes.
—¿El martes?
—No.
—¿Teresa lo sabía?
—No sé.
—¿Puede aparecer en lo que estaba revisando?
—Sí.