Capítulo 8
Sonia
Sonia Iglesias tardó menos de un minuto en negar que hubiera cambiado su ruta el martes.
—No. Hice lo que tenía en el cuadrante.
Mara no la corrigió. Dejó la copia de los servicios sobre la mesa sin empujarla hacia ella.
La mañana había avanzado entre comprobaciones pequeñas.
Elena había dejado de ocupar el primer puesto entre las dudas después de que varias gestiones empezaran a sostener parte de sus movimientos.
No toda la tarde, pero sí lo suficiente para reducir la presión inmediata.
Álvaro y Beatriz seguían abiertos. Rubén esperaba una segunda revisión de sus desplazamientos.
Ahora tocaba Sonia.
Estaban en una sala pequeña de la sede de Ayuda Sierra Norte.
Al otro lado del tabique sonaba un teléfono cada pocos minutos y las trabajadoras entraban y salían con carpetas, llaves y bolsas de material.
La asociación seguía funcionando mientras ellos intentaban reconstruir una tarde que, para los demás, ya empezaba a quedar atrás.
—Todavía no te he preguntado si cambiaste la ruta —dijo Mara.
Sonia la miró.
—Has puesto el cuadrante delante.
—Porque necesito que me expliques una diferencia.
Noelia ocupaba el extremo de la mesa con el portátil cerrado. Andrés se había quedado fuera con un investigador de la UOPJ para hablar con una auxiliar que terminaba turno. Mara había preferido evitar que la primera parte de la conversación pareciera un interrogatorio entre varias personas.
Señaló dos servicios de la tarde del martes.
—Aquí figura que terminaste en la zona de Nuñomoral y luego regresaste a la sede.
—Sí.
—¿A qué hora?
—Sobre las cinco y media.
—¿Volviste directamente?
Sonia sostuvo su mirada unos segundos.
—Sí.
Mara abrió otra hoja.
—El kilometraje no encaja con ese recorrido.
La reacción fue pequeña. Sonia apoyó la espalda en la silla.
—¿Qué kilometraje?
—El del vehículo que usaste.
—Yo no llevo los kilómetros al metro.
—Ni esperamos que lo hagas.
Noelia giró el portátil y mostró una tabla sencilla.
—La diferencia no es de uno o dos kilómetros. Hay un tramo que no aparece en la ruta declarada.
Sonia miró la pantalla sin acercarse.
—A saber quién cogió el coche después.
—Nadie antes de que volviera a registrarse en la sede —dijo Noelia.
—Pues estaría mal apuntado.
Mara dejó abierta esa posibilidad.
—Puede ser.
Sonia pareció desconcertada por la facilidad con que la aceptaba.
—Entonces no sé qué queréis.
—Saber qué hiciste entre la última visita y la vuelta.
—Ya te lo he dicho.
—Me has contado lo que figura en el cuadrante.
Sonia miró hacia la puerta.
Mara reconocía aquella resistencia. No siempre nacía del miedo a una acusación grave. A veces bastaba una consecuencia mucho más corriente.
—No estamos revisando tu jornada para sancionarte —dijo.
—Eso lo dices tú.
—Lo digo porque estamos investigando la muerte de Teresa.
—Y yo no tengo nada que ver.
—Eso es lo que estamos comprobando.
Sonia apretó los labios.
Noelia abrió de nuevo el portátil.
—Hay otra diferencia. El tiempo entre tu última visita registrada y la vuelta a la sede es mayor de lo que necesita el trayecto normal.
—Había tráfico.
—No consta ninguna incidencia en esa carretera.
—No hace falta una incidencia para que haya tráfico.
—Cierto.
Mara intervino antes de que la conversación se endureciera.
—Sonia, no necesito que justifiques cada minuto. Necesito saber si fuiste a algún sitio que no anotaste.
La mujer guardó silencio.
Esta vez no parecía buscar una explicación rápida. Estaba decidiendo cuánto podía permitirse contar.
—Fue una visita —dijo al fin.
Mara esperó.
—¿A quién?
—A una mujer que conozco.
—¿Usuaria de la asociación?
Sonia negó con la cabeza.
—No oficialmente.
La última palabra cambió el sentido de la respuesta.
—Explícamelo.
Sonia se frotó las manos sobre los pantalones.
—Se llama Pilar. Vive sola parte del año. La hija trabaja fuera y viene cuando puede. Necesitaba ayuda algunos días y no quería iniciar trámites ni esperar una valoración. Yo iba cuando podía encajarlo.
—¿Te pagaba?
—Sí.
Noelia levantó la vista.
—¿Por tu cuenta?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Unos meses.
Mara evitó cualquier reproche.
—¿Fuiste el martes?
—Sí.
—¿Después de tu última visita registrada?
—Sí.
—¿Por eso cambiaste la ruta?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo estuviste?
—Media hora. Quizá algo más.
—¿Y después volviste a la sede?
—Sí.
La respuesta salió menos rápida que las anteriores.
Mara fue a lo importante.
—¿Por qué lo ocultaste?
Sonia soltó una risa breve, sin humor.
—Porque no puedo permitirme perder este trabajo.
—¿Teresa lo sabía?
Aquella pregunta produjo más efecto que las anteriores.
Sonia bajó la mirada.
—Sospechaba.
—¿Habíais hablado de ello?
—Me preguntó dos veces por kilómetros que no le cuadraban.
—¿Y qué le dijiste?
—Que había hecho recados.
—¿Era verdad?
—A veces.
—¿Y el martes?
—No.
Noelia consultó de nuevo la tabla.
—¿La visita a Pilar explica el desvío completo?
Sonia miró a Mara antes de contestar.
—Sí.
—Eso podemos comprobarlo.
—Ya.
—¿Pilar sabe que vamos a preguntarle?
—No.
—¿Crees que negará que te pagaba?
Sonia cerró los ojos un instante.
—No lo sé.
Mara entendió entonces mejor el miedo. Sonia no protegía solo un ingreso extra.
Protegía una forma de completar el sueldo en una comarca donde las horas podían desaparecer de un mes a otro y donde cada desplazamiento consumía tiempo y gasolina aunque el papel acabara reduciéndolo todo a una casilla.
—¿Teresa iba a echarte? —preguntó.
—No lo sé.
—¿Te amenazó con hacerlo?
—No.
—¿Te dijo que iba a comunicarlo?
—Me dijo que quería revisar los kilómetros antes de aprobar el siguiente cierre.
—¿Cuándo?
—El lunes.
—¿Discutisteis?
—Sí.
—¿Fuerte?
—Lo suficiente.
—¿Qué le dijiste?
Sonia se inclinó hacia delante.
—Que aquí todo el mundo hace cosas que no están en el papel porque, si esperas a que el sistema llegue a tiempo, hay gente que se queda sin ayuda. Y que luego ella nos pedía que los números salieran perfectos.
—¿Y ella qué respondió?
—Que una cosa era resolver una urgencia y otra cobrar servicios por fuera aprovechando rutas del trabajo.
Mara tomó nota.
—¿Tenía razón?
Sonia tardó en contestar.
—En parte.
—¿En qué parte no?
—Yo no le quitaba usuarios a nadie. Pilar no estaba dentro del servicio. Y si usaba diez minutos de una ruta para ir a verla, después recuperaba el tiempo.
—Pero el coche y una parte del desplazamiento pertenecían a la asociación.
—Sí.
La admisión salió en voz baja.
Mara cerró la libreta.
—Necesitamos la dirección de Pilar y cualquier mensaje o forma de pago que pueda confirmar la visita.
Sonia levantó la cabeza de golpe.
—¿Vais a contárselo a la asociación?
—La información relevante tendrá que incorporarse a la investigación. No puedo prometerte otra cosa.
—Entonces ya está.
—No necesariamente.
—Tú no sabes cómo funciona esto.
Mara sostuvo la mirada.
—Sé que has mentido porque temías perder el empleo. Y también que, mientras no sepamos por qué mentiste, una ruta falsa puede parecer relacionada con la muerte de Teresa.
Sonia apartó la vista.
—Yo no la maté.
—No te he dicho que lo hicieras.
Pilar vivía en una alquería pequeña a la que se llegaba por una carretera estrecha y, después, por un acceso asfaltado que descendía hacia cuatro o cinco viviendas separadas.
No necesitaban cronometrar el trayecto al segundo. Bastaba con comprobar si la versión de Sonia tenía sentido sobre el terreno.
Mara fue con Andrés y una agente del equipo territorial. Noelia se quedó contrastando mensajes y posibles pagos.
Desde la última visita oficial de Sonia, la ruta obligaba a desviarse del camino directo a la sede. No demasiado, aunque sí lo suficiente para explicar buena parte de la diferencia de kilómetros.
—Puede cuadrar —dijo Andrés cuando tomaron el desvío.
—Sí.
—Hoy estás generosa.
—Es viernes.
La agente territorial sonrió sin apartar la vista de la carretera.
Pilar abrió con cautela.
Tenía setenta y cuatro años y una prótesis de cadera reciente. Al principio dijo que Sonia era una conocida. Después, cuando Mara explicó que necesitaban reconstruir la tarde del martes y que no estaban allí para discutir su situación administrativa, aceptó que la visitaba algunas veces.
—Me ayuda con la ducha, me deja la cena preparada y me mira las pastillas —dijo—. Yo le doy algo. Tampoco voy a tenerla viniendo gratis.
—¿Estuvo aquí el martes?
—Sí.
—¿Recuerda a qué hora?
Pilar miró el reloj de pared, como si pudiera devolverle el dato.
—Por la tarde.
—¿Antes o después de merendar?
—Antes de que me llamara mi hija.
Mara no insistió en buscar una hora exacta.
—¿Cuánto tiempo estuvo?
—Lo de siempre. Media hora larga.
—¿Sabe si se fue directamente a la sede?
—Eso no. La vi marcharse por la carretera.
—¿Hablaron de Teresa?
Pilar frunció el ceño.
—¿La mujer que murió?
—Sí.
—Sonia estaba preocupada por ella.
Andrés cambió ligeramente de postura.
—¿Por qué? —preguntó Mara.
—Dijo que su jefa andaba mirando cosas.
—¿Qué cosas?
—No me explicó. Yo tampoco pregunté.
—¿Parecía enfadada?
—Más bien asustada.
La descripción encajaba con la actitud que Sonia había mostrado en la sede.
—¿Llevaba prisa?
—Cuando llegó, sí. Y cuando se fue también.
—¿Le dijo adónde iba?
—A trabajar.
La ironía involuntaria de la respuesta no necesitaba comentario.
Mara agradeció la ayuda y dio por terminada la conversación.
En el exterior, Andrés esperó hasta que estuvieron junto al coche.
—La visita existe.
—Sí.
—Y explica el desvío.
—Buena parte. Nos falta comprobar el regreso.
Andrés sonrió.
—Así mejor.
Noelia tenía la segunda mitad de la comprobación cuando regresaron.
Había localizado dos mensajes entre Sonia y Pilar enviados el martes. El primero, poco antes de la visita: «Llego en veinte». El segundo era posterior y lo había enviado Pilar: «Gracias, hija».
—No fijan una hora exacta de salida —explicó—, pero sostienen que la visita ocurrió.
Había además un ingreso en efectivo posterior que no permitía vincular el pago a un día concreto. La hija de Pilar, sin embargo, confirmó que conocía el acuerdo informal y que Sonia iba varias veces al mes.
—Y tengo esto.
Noelia mostró el registro de entrada del vehículo en la sede. La hora no era exacta al segundo, pero encajaba con el recorrido desde la alquería de Pilar si Sonia había salido aproximadamente cuando afirmaba.
—¿Podría desviarse hasta la zona de la Curva antes de volver? —preguntó Andrés.
Noelia negó.
—No sin añadir bastante recorrido y llegar más tarde de lo registrado. Además, hay dos llamadas de trabajo durante la vuelta compatibles con esa ruta.
Mara estudió el plano.
La mentira de Sonia empezaba a tener una explicación verificable que no la acercaba al lugar que buscaban.
—¿Qué había marcado Teresa sobre ella? —preguntó.
Noelia abrió una carpeta.
—Kilómetros en dos hojas. No hay ninguna anotación que diga que pensara denunciarla ni adoptar una medida concreta. Parece que quería revisar los recorridos.
—Eso explica por qué Sonia tenía miedo.
—Sí.
Andrés se apoyó en la mesa.
—Entonces pierde bastante peso.
—Mucho —dijo Mara—. Tenemos una razón comprobable para su desvío y para que nos mintiera.
Aquella era la parte importante. Mantenerla artificialmente como sospechosa porque había ocultado algo solo añadiría ruido. Su secreto podía traerle consecuencias laborales, pero cada comprobación la alejaba de la secuencia de Teresa.
Hablaron con Sonia de nuevo al final de la tarde.
La conversación fue breve.
—Pilar confirma la visita —dijo Mara—. Los mensajes y el recorrido también la sostienen.
Sonia relajó los hombros, aunque no pareció completamente aliviada.
—¿Y ahora?
—Ahora sabemos por qué te desviaste y por qué intentaste ocultarlo.
—¿Eso significa que ya no soy sospechosa?
—Significa que esa parte de tu historia tiene una explicación comprobable.
Sonia asintió lentamente.
—Teresa iba a enterarse tarde o temprano.
—Probablemente.
—Por eso discutimos.
—Lo sabemos.
—Pero no quería hacerle daño.
Mara dejó pasar la frase.
—Hay algo en lo que todavía puedes ayudarnos. Teresa estaba revisando kilómetros y horarios de más gente, no solo los tuyos.
Sonia miró hacia la sala común.
—Sí.
—¿De quién?
—No lo sé todo.
—Dinos lo que sepas.
La mujer tardó un poco.
—Rubén tenía problemas con los kilómetros. Eso ya os lo habrá dicho. Y Teresa llevaba unos días preguntando por reparaciones.
—¿Qué tipo de reparaciones?
—Pequeñas adaptaciones en casas. Barras, rampas, arreglos... A veces los hacía Daniel.
El nombre apareció sin énfasis.
—¿Daniel Paredes?
—Sí.
—¿Teresa había discutido con él?
—No delante de mí.
—¿Sabes si hablaron estos últimos días?
—Puede ser. Teresa hablaba con proveedores continuamente.
—¿Algo más que recuerdes?
Sonia negó con la cabeza.
—Solo que estaba mirando papeles.
Mara dejó ahí la conversación.
Daniel seguía siendo uno de varios nombres vinculados a la documentación. Para que adquiriera otro peso necesitarían algo más que su aparición repetida en comentarios ajenos.
Cuando salieron de la sede, el día empezaba a cerrarse. La humedad volvía a notarse en el aire y las luces de las casas se encendían pronto entre las laderas.
Andrés caminó unos pasos en silencio.
—Al menos ya sabemos por qué Sonia mintió.
—Y podemos demostrarlo.
—Eso también.
Noelia salió detrás de ellos con una carpeta bajo el brazo.
—Mañana sigo con Rubén y con las reparaciones. Hay demasiadas hojas mezcladas.
—No empieces buscando a Daniel —dijo Mara.
Noelia la miró.
—No iba a hacerlo.
—Busca inconsistencias. Si su nombre aparece más que los demás, que sean los datos los que lo pongan ahí.
—Entendido.
Caminaron hacia el coche.
Sonia había resultado sospechosa porque había alterado su ruta, ocultado una visita y discutido con Teresa por los kilómetros. Las tres cosas eran ciertas, pero ahora también sabían qué había detrás de ellas. El secreto pertenecía a su trabajo y a su miedo a perderlo, no a la muerte de Teresa.
La investigación no siempre avanzaba incorporando una pista nueva. A veces avanzaba cuando una sospecha dejaba de ocupar un lugar que no le correspondía.
Todavía quedaban suficientes por comprobar.