Capítulo 7
Demasiados motivos
El viernes amaneció con una niebla baja que tardó en retirarse de las laderas.
A las ocho y media, Mara tenía delante tres versiones distintas de Teresa Roldán.
Para Elena, su hermana había sido una mujer incapaz de dejar un problema en paz aunque no le perteneciera.
Sonia la describía como una coordinadora exigente, capaz de salvar un turno imposible y discutir al día siguiente durante veinte minutos por una hoja mal cumplimentada.
Rubén decía que desconfiaba de las explicaciones vagas y que recordaba mejor los kilómetros que quienes los recorrían.
Las tres versiones podían ser ciertas al mismo tiempo.
—Tengo más —dijo Noelia.
Había ocupado una mesa de la sala de trabajo con los documentos de la asociación y las copias recogidas en casa de Teresa. A un lado estaban las rutas de las últimas semanas; al otro, incidencias y anotaciones relacionadas con usuarios y familiares.
—No me digas que has encontrado otra carpeta.
—Ojalá.
Noelia giró una hoja hacia ella.
—He cruzado la agenda con las incidencias del último mes. Teresa había tenido conflictos recientes con más gente de la que parecía.
Andrés dejó un café junto al ordenador.
—Eso siempre ayuda.
Noelia señaló el primer nombre.
—Álvaro Cordero Núñez. Cuarenta y tres años. Su madre recibe ayuda domiciliaria. Teresa insistía en que no podía pasar tantas horas sola y planteó revisar el apoyo que tenía.
—¿Y él?
—Se opuso varias veces. Hay una anotación sobre una discusión en la sede y otra de una llamada bastante tensa.
Mara leyó el resumen. No había una amenaza formal, aunque una trabajadora había recogido una frase poco tranquilizadora: «Como sigas metiéndote donde no te llaman, vamos a acabar mal».
Andrés silbó muy bajo.
—Bonita frase para aparecer en una investigación por homicidio.
—Y suficiente para complicarle la vida a alguien que quizá no tenga nada que ver con la muerte de Teresa.
Noelia deslizó otra hoja.
—Beatriz Marcos Gil. Sesenta y uno. Su padre también es usuario. Teresa defendía que siguiera viviendo en casa mientras pudiera hacerlo con apoyo. Beatriz quería una solución residencial y discutieron varias veces.
—¿Hay algo más?
—Una queja escrita contra Teresa. Dice que estaba «interfiriendo en decisiones familiares que no le correspondían».
Andrés miró la lista.
—Familia, trabajo, cuidados, dinero.
—Y todavía no hemos llegado a las facturas —añadió Noelia.
La muerte de Teresa había abierto una puerta demasiado ancha.
Su trabajo la situaba justo donde se cruzaban personas mayores, familiares cansados, trabajadores con horarios difíciles, gastos, decisiones sobre autonomía y una red de servicios que funcionaba con poco margen.
Encontrar a alguien que hubiera discutido con ella resultaba fácil.
Lo difícil era determinar qué conflictos podían relacionarse de verdad con lo ocurrido el martes.
—No quiero una lista de personas enfadadas —dijo Mara—. Quiero movimientos.
—Estoy con eso.
—Y vínculos con la tarde del martes. Todo lo demás puede ayudarnos a entender a Teresa, pero no coloca a nadie entre la casa de Mateo y la Curva.
Andrés cogió la hoja de Álvaro.
—Voy a hablar con la gente que estaba presente cuando discutieron.
—Primero con quienes puedan contar qué pasó, no con quienes ya hayan decidido qué significa.
—Como siempre.
—Como debería ser siempre.
Elena llegó a la comandancia poco después de las diez.
La noche anterior había entregado la carpeta familiar y permitido que se comprobara el contenido. Nada de lo encontrado la vinculaba de forma directa con la asociación ni con la revisión de Teresa. El conflicto entre las hermanas era real, pero por el momento pertenecía a otro terreno.
Mara quería acotar esa línea antes de que creciera por inercia.
Elena se sentó frente a ella con el bolso sobre las rodillas.
—¿Otra vez lo mismo?
—Hoy quiero hablar del martes.
—Ya os dije que estuve en casa.
—Dijiste que estuviste allí una parte de la tarde y que después fuiste a ver a una amiga.
Elena apretó los dedos alrededor del asa del bolso.
—Sí.
—Tu amiga confirma que llegaste poco después de las seis y media.
—Pues ya está.
—Queda una franja anterior que necesitamos reconstruir. Desde después de comer hasta que sales hacia su casa pasan varias horas. ¿Estuviste todo ese tiempo en la tuya?
Elena miró a Andrés, que permanecía a un lado con la documentación.
—Salí un momento.
—¿Adónde?
—A comprar.
—¿Dónde?
—A Caminomorisco.
Mara esperó a que continuara.
—¿A qué hora?
—No sé. Antes de las cinco.
—¿Qué compraste?
—Unas cosas de casa.
—¿Pagaste con tarjeta?
—No. En efectivo.
—¿Conservas el ticket?
—No.
La respuesta no ayudaba, aunque tampoco tenía nada de imposible.
—¿Cuánto tardaste?
—Media hora. Algo más.
—¿Fuiste sola?
—Sí.
—¿Viste a Teresa?
—No.
—¿Hablaste con ella?
Elena desvió la mirada hacia la ventana.
—Por la mañana.
—Eso ya lo sabemos. Te pregunto por la tarde.
—No.
Mara abrió una carpeta y sacó el registro de llamadas obtenido por la UOPJ.
—Hay una llamada tuya a Teresa a las cuatro y nueve.
Elena tardó un segundo en responder.
—Fue muy corta.
—Cuarenta y tres segundos.
—Porque no me cogió bien. O estaba ocupada.
—¿De qué querías hablar?
—De lo nuestro.
—¿De la carpeta?
—Sí.
—¿Volviste a intentarlo después?
—No.
Mara dejó el papel sobre la mesa.
Elena no había mentido al afirmar que hablaron por la mañana, pero había omitido un contacto posterior. La llamada era breve; la omisión, en cambio, sí resultaba útil para la investigación.
—¿Por qué no nos lo dijiste?
—Porque sabía cómo iba a parecer.
—¿Cómo?
—Como si hubiera estado persiguiéndola.
Andrés habló por primera vez.
—Ocultarlo hace que parezca peor.
—Ya lo sé.
Elena se frotó una mano con la otra.
—Yo estaba enfadada. Teresa también. No quería que la última conversación que tuvimos acabara convertida en esto.
El cansancio con que lo dijo reducía cualquier tentación de interpretar la frase como una defensa ensayada.
—Necesitamos comprobar tu desplazamiento a Caminomorisco —dijo Mara—. Y también qué hiciste antes de llegar a casa de tu amiga.
—Hacedlo.
Elena la miró con dureza.
—¿Crees que maté a mi hermana?
—Todavía no puedo situarte en otro lugar durante una parte de la tarde.
La respuesta la dejó callada.
Mara no pretendía acusarla. Simplemente carecía aún de información suficiente para descartarla.
Andrés regresó a primera hora de la tarde con dos testimonios sobre Álvaro Cordero.
—La discusión existió —dijo—. Y fue fea.
Dejó la libreta sobre la mesa.
Una auxiliar recordaba a Álvaro elevando la voz en la entrada de la sede. Otra había escuchado la frase que aparecía en la incidencia. Teresa insistía en que su madre necesitaba más supervisión y que había que revisar la situación; Álvaro respondió que nadie iba a organizarle la vida a su familia.
—¿Amenaza? —preguntó Noelia.
—En contexto parece más una discusión que una amenaza concreta. Pero fue fuerte.
—¿Dónde estaba el martes? —preguntó Mara.
—Dice que trabajando fuera de la zona y que regresó por la tarde. Tiene facturas y llamadas que cubren parte del día, pero todavía quedan huecos.
—¿Lo has entrevistado?
—Solo una comprobación inicial. Le he dicho que volveremos a hablar con él.
Noelia giró el portátil.
—Beatriz tampoco termina de encajar.
—¿Qué has encontrado?
—Una anotación de Teresa de hace diez días: «Hablar con Beatriz. Padre no quiere residencia. Revisar consentimiento». Y otra incidencia. Beatriz había pedido datos del servicio que Teresa se negó a facilitarle sin hablar antes con el usuario.
Mara leyó las líneas.
—¿Dónde estaba el martes?
—Dice que con su padre buena parte de la tarde. Sale antes de que anochezca. Un vecino recuerda haber visto su coche, pero no puede fijar una hora.
Andrés dejó escapar una risa breve.
—Otro reloj humano.
Mara pensó en Mateo.
—Por eso no vamos a convertir recuerdos aproximados en horas exactas.
Noelia cerró el portátil a medias.
—Si seguimos así, cualquiera que haya discutido con Teresa acaba con una ventana, una mentira o una hora dudosa.
—Entonces dejemos de ordenar a la gente por lo fuerte que discutió con ella.
Mara buscó una hoja grande y la extendió sobre la mesa.
Necesitaba ver qué parte de la tarde estaba ocupada por hechos, no por sospechas.
En el extremo izquierdo escribió CASA DE MATEO. Más adelante, CURVA DEL CASTAÑAR. No añadió horas. Entre ambos puntos dejó un espacio amplio.
—Esto es lo que tenemos.
Noelia se acercó.
—También sabemos que había una visita después de Mateo.
—Prevista, pero no realizada.
La añadió encima de la línea, separada del recorrido.
—Y sabemos en qué dirección salió —dijo Andrés.
Mara dibujó una flecha.
Debajo escribió: LESIÓN ANTERIOR A LA CURVA.
El croquis no pretendía reproducir carreteras ni medir distancias. Servía para distinguir lo confirmado de lo que aún necesitaban demostrar.
Noelia señaló el espacio central.
—Ahí puede haber pasado casi cualquier cosa.
—Ese es el problema.
—Elena podría entrar en esa franja.
—Sí.
—Álvaro también, dependiendo de cuándo regresara.
—También.
—Y Beatriz, si salió antes de lo que cuenta.
Andrés añadió:
—Sonia tiene una ruta que todavía no hemos cerrado. Rubén tiene tramos sin testigos y conoce el coche.
Mara evitó llenar el hueco con nombres.
—Si empezamos a meter personas aquí antes de saber dónde estuvo Teresa, acabaremos buscando un lugar que encaje con cada sospechoso.
Noelia apoyó un dedo junto a la flecha de salida.
—Las notas de kilómetros pueden explicar por qué cambió de dirección.
—Pueden darnos una razón.
—Pero todavía no un lugar.
—Exacto.
El terreno entre la casa de Mateo y la Curva del Castañar seguía abierto. Había carreteras secundarias, accesos y pistas que todavía no tenían ningún significado para ellos. Escoger una por intuición o porque favoreciera una sospecha solo serviría para perseguir su propia teoría.
—Vamos a separar dos cosas —dijo Mara—. Conflictos y movimientos.
Andrés arqueó una ceja.
—¿Y luego?
—Veremos quién tiene las dos.
La lista de conflictos creció rápido.
Elena había discutido con su hermana y retirado documentación.
Sonia acumulaba tensiones por horarios y cambios de turno.
Rubén tenía problemas relacionados con combustible, kilómetros y horas.
Álvaro se había enfrentado a Teresa por el cuidado de su madre.
Beatriz había presentado una queja a raíz de las decisiones sobre su padre.
En los documentos de trabajo aparecían, además, proveedores, reparaciones y servicios que Teresa había empezado a revisar.
Había nombres repetidos y cifras dudosas, pero todavía era pronto para saber qué correspondía a errores, qué podía esconder irregularidades menores y qué merecía una investigación más profunda.
La lista de movimientos ofrecía más dificultades.
Elena podía justificar parte de la tarde, aunque no toda. La documentación situaba a Álvaro trabajando fuera de la zona durante varias horas, pero faltaba comprobar su regreso. Beatriz dependía por ahora del recuerdo impreciso de un vecino. Sonia y Rubén necesitaban reconstrucciones propias.
—Hay conflictos para elegir —dijo Andrés.
—Demasiados —respondió Noelia.
Mara volvió al croquis.
La casa de Mateo seguía siendo el último punto confirmado de Teresa. La Curva del Castañar era el lugar donde había aparecido el coche. Entre ambos quedaban una lesión mortal, un cambio voluntario de dirección y una parte de la tarde que nadie conseguía explicar.
Las discusiones familiares, el dinero, el miedo a perder horas de trabajo, las decisiones sobre padres mayores o los resentimientos entre hermanas podían proporcionar motivos aparentes. Ninguno de ellos, sin embargo, decía dónde había estado Teresa.
—Mañana empezamos a comprobarlos uno a uno —dijo.
—¿Por cuál? —preguntó Andrés.
Mara dobló el croquis sin cerrarlo del todo.
—Por quienes hayan mentido sobre sus movimientos. Las discusiones pueden explicarnos por qué alguien estaba enfadado; las rutas nos dirán si pudo estar donde necesitamos situarlo.
Afuera, la niebla había desaparecido y la luz de la tarde entraba ya más baja por la ventana.
Por primera vez desde que habían empezado a acumular nombres, Mara tuvo la impresión de que la investigación necesitaba menos sospechosos y más territorio comprobado.