Capítulo 6
La casa de Teresa
La casa de Teresa estaba a menos de diez minutos de la sede de Ayuda Sierra Norte, en una calle estrecha que ascendía hacia una zona de viviendas dispersas.
Mara había pasado por allí la tarde anterior sin detenerse.
Entonces buscaba carreteras, accesos y un posible escenario anterior a la Curva del Castañar.
Aquella mañana, sin embargo, el trabajo empezaba en otro sitio: en las cosas que Teresa había dejado ordenadas y en las que quizá no había tenido tiempo de terminar.
Elena Roldán esperaba junto a la puerta.
Se parecía a su hermana lo suficiente para que Mara reconociera algunos rasgos de las fotografías, aunque la semejanza disminuía en cuanto hablaba.
Elena respondía con más rapidez y parecía incómoda ante los silencios.
Saludó a Mara, a Andrés y al investigador de la UOPJ que los acompañaba, y abrió sin hacer preguntas.
—Está como lo dejó ella —dijo—. Más o menos.
Mara se detuvo en el recibidor.
—¿Qué significa «más o menos»?
Elena se volvió hacia ellos.
—Entré ayer. Cogí ropa para el tanatorio y busqué unos papeles de la familia.
—¿Moviste algo más?
—No.
—¿Abriste cajones?
—Alguno.
—Necesitamos saber cuáles.
Elena apretó los labios.
—Os lo diré.
No era una admisión especialmente grave, pero tampoco podían pasarla por alto.
La vivienda ya había sido objeto de las primeras diligencias necesarias y el acceso de aquella mañana formaba parte de la investigación en curso.
Mara no quería convertir la casa en una escena del crimen solo porque ahora supieran que Teresa había sufrido la lesión mortal antes de la salida de vía.
Sobre todo, necesitaban contexto: trabajo, rutinas, documentos y relaciones.
Entraron.
El salón tenía pocos muebles y demasiadas carpetas para alguien que, según Sonia, intentaba dejar la oficina en la oficina. Junto a la ventana había una mesa auxiliar; en una estantería baja, dos cajas archivadoras; bajo el mando de la televisión, un cuaderno permanecía abierto.
Andrés recorrió el espacio con la vista.
—¿Trabajaba mucho desde casa?
Elena resopló.
—Decía que no.
—¿Y lo hacía?
—Todo el tiempo.
Mara se acercó a la mesa.
Había una carpeta azul con el nombre de la asociación escrito en el lomo. Otra, verde, contenía recibos y documentación doméstica. No tocó ninguna hasta que el investigador territorial indicó qué material se había documentado ya y cuál podían revisar.
—La azul estaba aquí cuando entramos la primera vez —explicó—. Se fotografió cerrada. Entonces no parecía necesario llevársela.
—Ahora sí conviene revisarla —dijo Mara.
El hombre asintió.
La abrieron sobre la mesa.
Noelia no estaba con ellos. Se había quedado en la sede comparando rutas y cambios de cuadrante de las últimas semanas. Mara habría podido llamarla de inmediato, pero prefirió entender primero qué tenían delante antes de convertir cualquier cifra en una posible pista.
Dentro había copias de hojas de servicio, anotaciones a mano, dos facturas y varias páginas con números escritos en columnas. No formaban un expediente ordenado. Teresa había subrayado nombres, marcado distancias con interrogaciones y relacionado algunos horarios mediante flechas.
Andrés se inclinó sobre una hoja.
—Esto parece trabajo.
—Sí. Pero todavía no sabemos qué estaba buscando.
La primera página contenía una relación de servicios de fechas distintas. Junto a algunos aparecían kilómetros. En otra hoja, Teresa había escrito dos horas separadas por una barra y, debajo, una suma que Mara no entendió a primera vista.
Elena observaba desde el otro lado de la mesa.
—Llevaba días con eso.
Mara levantó la vista.
—¿Con qué?
—Con las cuentas.
—¿Qué cuentas?
—No sé. Kilómetros, facturas... cosas de la asociación.
—¿Te habló de algún problema concreto?
Elena dudó.
—Decía que algunos números no le salían.
—¿De quién?
—No me dio nombres.
Mara volvió a los documentos.
La afirmación podía ser cierta. Teresa había escrito nombres en algunas hojas, pero no todos correspondían a la misma persona y, a esas alturas, una anomalía administrativa podía significar demasiadas cosas: errores, desplazamientos no registrados, facturación duplicada o diferencias de criterio.
—¿Te pidió ayuda con algo?
—No.
—¿Te contó que fuera a hablar con alguien?
—Tampoco.
Andrés abrió otra funda de plástico.
—Aquí hay más facturas.
Elena hizo un gesto de impaciencia.
—Os he dicho que llevaba días revisando papeles.
—Y nosotros intentamos averiguar por qué —respondió Mara.
Elena se quedó callada.
La cocina estaba limpia, salvo por una taza en el fregadero y un frutero casi vacío. En la puerta del frigorífico había una lista de la compra, un teléfono escrito en una nota adhesiva y un imán con el calendario del centro de salud.
Nada de aquello los acercaba al lugar donde Teresa había sufrido la lesión.
En el dormitorio principal, encontraron más documentación en una cómoda. Elena señaló el segundo cajón.
—Abrí ese.
—¿Qué buscabas?
—Una carpeta familiar.
—¿La encontraste?
Elena tardó lo suficiente en responder para que Andrés la mirara.
—Sí.
—¿Dónde está?
—En mi casa.
Mara mantuvo el mismo tono.
—¿Por qué te la llevaste?
—Porque es nuestra.
—¿Qué contiene?
—Papeles privados.
—Necesito que concretes un poco más.
Elena se cruzó de brazos.
—Documentación de mi madre, de una cuenta antigua, de la casa que tuvimos que vender. Nada relacionado con Teresa muerta en una carretera.
Andrés apoyó una mano en el respaldo de una silla.
—Eso tendremos que decidirlo nosotros.
Elena se volvió hacia él.
—No quiero que media comandancia lea asuntos de mi familia que no tienen nada que ver.
Mara intervino antes de que la conversación se endureciera.
—Si no tiene relación con la investigación, quedará fuera. Pero si Teresa discutió contigo por esos documentos o si tú los retiraste después de su muerte, necesitamos saberlo.
La actitud de Elena cambió. Dejó de parecer únicamente molesta por la intromisión y empezó a elegir las palabras.
—Discutimos.
Mara no se apresuró a preguntar. Esperó.
—Hace una semana —continuó Elena—. Bueno, algo más. Teresa se metía en todo cuando pensaba que alguien estaba tomando una mala decisión.
—¿Qué decisión?
—Una cosa familiar.
—Elena.
—No tiene que ver con su trabajo.
—Pero puede tener que ver con ella.
Elena bajó la mirada hacia el cajón abierto.
—Había papeles de una venta y de dinero que se repartió hace años. Teresa decía que yo había hecho las cosas sin hablarlas lo suficiente con ella. Yo decía que no era asunto suyo.
—¿Había dinero pendiente entre vosotras?
—No.
—¿Te debía Teresa algo?
—No.
—¿Le debías tú?
—No.
—¿La discusión fue fuerte?
Elena respiró hondo.
—Sí.
—¿Cuándo hablasteis por última vez de ese tema?
—El lunes.
—¿El día antes de su muerte?
—Sí.
Andrés hizo una anotación.
Elena lo vio y añadió enseguida:
—Por teléfono. Yo estaba en Plasencia.
Mara reparó en el matiz. Hasta ese momento Elena había protegido el motivo de la discusión. Ahora empezaba a proteger también su posición respecto al tiempo.
—¿A qué hora?
—Por la tarde. No me acuerdo.
—¿Y el martes?
—También hablamos.
—¿Cuándo?
—Por la mañana.
—¿De lo mismo?
Elena tardó un instante.
—En parte.
Mara dejó la respuesta donde estaba.
—¿Dónde estabas el martes por la tarde?
—En casa.
—¿Sola?
Elena miró hacia la ventana.
—Un rato, sí.
—¿Qué rato?
—Desde después de comer hasta... no sé. Las seis y algo.
—¿Alguien puede situarte allí durante toda esa franja?
—No.
—¿Saliste?
—Más tarde.
—¿Adónde?
—A ver a una amiga.
—Necesito su nombre y una hora aproximada.
Elena se los dio. Mara tomó nota para comprobarlo después.
Por ahora, lo importante era que una parte de la tarde de Elena seguía sin respaldo externo.
En el pequeño despacho que Teresa utilizaba para trabajar encontraron más material. Aquello no parecía una contabilidad ordenada, sino los restos de una revisión todavía en curso.
Había un cuaderno con matrículas parciales, nombres de usuarios, fechas y tres columnas tituladas «hora», «km» y «servicio». Varias cifras estaban rodeadas con círculos. En una página, Teresa había escrito:
«Comprobar trayecto.»
En otra:
«Dos servicios / mismo desplazamiento?»
Andrés leyó por encima.
—Esto ya parece más que una revisión al azar.
—Parece una revisión con un criterio —dijo Mara—. Falta saber cuál.
El investigador territorial empezó a separar las páginas para documentarlas.
Mara se acercó a la ventana del despacho.
Desde allí se veía una calle en pendiente y, más abajo, la salida hacia la carretera.
Teresa podía haber pasado horas comparando papeles sin necesidad de conocer sobre el terreno cada desplazamiento que figuraba en ellos, pero sus anotaciones indicaban algo más que una simple revisión de importes.
Parecía comprobar si una intervención declarada podía encajar realmente en el tiempo y el espacio disponibles.
Eso sí resultaba relevante.
Volvió al cuaderno.
—Quiero que Noelia cruce esto con lo que ya tiene. Sin buscar un nombre concreto todavía.
Andrés la miró.
—¿No te llama la atención que marque kilómetros?
—Sí.
—¿Y horas?
—También.
—Entonces alguien estaba declarando algo que no cuadraba.
—Eso parece. Pero todavía no sabemos si hablamos de una persona, de varias o de un sistema mal llevado.
Elena seguía en la puerta.
—Os dije que estaba obsesionada con eso.
Mara se volvió hacia ella.
—Has dicho que llevaba días revisándolo.
—Porque es verdad.
—¿Te contó por qué?
—Decía que, si dejaban pasar pequeñas cosas, al final nadie sabía dónde se iba el dinero.
—¿Qué quería decir con pequeñas cosas?
—No lo sé. Eso decía ella.
—¿Mencionó a Rubén?
Elena frunció el ceño.
—Sí, alguna vez.
Andrés levantó la vista.
—¿Qué decía?
—Que se pasaba con los kilómetros. O que apuntaba mal. No sé.
—¿Daniel Paredes? —preguntó Mara.
El nombre no provocó un sobresalto visible, aunque Elena tardó un poco más en responder.
—El técnico.
—Sí.
—También lo nombró alguna vez.
—¿En qué contexto?
—Facturas. Arreglos. No sé más.