La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Mateo

Mateo Castaño abrió la puerta antes de que Mara terminara de llamar.

—Ya sabía que volveríais.

No sonó molesto. Llevaba un jersey de lana demasiado grueso para la temperatura de la casa y unas zapatillas cerradas. Detrás de él, el pasillo desembocaba en una cocina luminosa cuya ventana daba a la carretera.

—¿Le viene bien que hablemos ahora? —preguntó Mara.

—Si no me venís a hacer correr, sí.

Andrés sonrió.

—Eso hoy no estaba previsto.

Mateo se apartó para dejarles pasar.

La casa era pequeña y estaba cuidada. Había una estufa encendida en el salón y un andador plegado junto a la pared, aunque Mateo no lo utilizó mientras los conducía hasta la cocina. Se movía despacio, sin pedir ayuda.

Mara había leído la primera declaración antes de ir. Ochenta y un años, vivía solo y recibía apoyo domiciliario desde hacía dos. Teresa Roldán era una de las personas que mejor conocía sus rutinas.

En la diligencia constaba que la había visto marcharse el martes por la tarde, aunque no había sabido precisar la hora.

Mateo señaló tres sillas.

—Sentaos. Si me quedo de pie vais a pensar que estoy nervioso.

—No pensamos eso —dijo Mara.

—Pues mejor. Así nos ahorramos tiempo.

Se sentó frente a ellos.

Mara dejó la libreta cerrada sobre la mesa.

—Quiero que me cuente otra vez la visita de Teresa, desde que llegó. Sin preocuparse por la hora.

Mateo frunció el ceño.

—Eso ya se lo dije a los otros.

—Lo sé. No buscamos que cambie nada. Solo quiero escucharlo en el orden en que usted lo recuerda.

La explicación pareció convencerlo.

—Vino por la tarde. Más tarde de lo que venía otras veces, pero tampoco una barbaridad. Miró unas cosas, me preguntó si había comido y discutimos porque yo le dije que no hacía falta que me controlaran tanto.

—¿Discutieron de verdad?

—No. Ella me regañaba y yo me dejaba regañar.

—¿Estuvo mucho tiempo?

Mateo miró hacia la ventana, no hacia ningún reloj.

—Lo normal. Puede que algo menos.

—¿La notó distinta?

—Con prisa.

Andrés intervino.

—¿Por qué lo dice?

Mateo se volvió hacia él.

—Porque la conocía.

—¿Qué hizo?

—Miraba el teléfono. No todo el rato, pero lo miró dos veces. Y cuando terminó no se quedó a hablar.

—¿Solía quedarse?

—A veces cinco minutos y a veces ninguno. Dependía del día. Pero el martes estaba pensando en otra cosa.

Mara todavía no escribió.

—¿Le dijo adónde iba?

—No.

—¿Le habló de otra visita?

—No.

—¿De alguien con quien hubiera quedado?

—Tampoco.

Mateo apoyó las manos sobre la mesa.

—Ya os dije que no me contó nada raro.

—Y eso sigue siendo importante.

Mara señaló la ventana.

—¿Desde aquí vio marcharse el coche?

—Sí.

—Cuéntemelo.

Mateo giró un poco la silla.

—Teresa salió, cerró la puerta, bajó hasta el coche y arrancó.

—¿La acompañó?

—Hasta la puerta. Luego me vine aquí.

—¿La vio subir?

—Desde la ventana.

Mara se levantó.

—¿Le importa enseñarme exactamente dónde estaba?

Mateo resopló con paciencia.

—Ahí, mujer. Donde está usted ahora.

Mara se colocó junto al cristal.

La carretera pasaba a cierta distancia de la casa, visible entre dos construcciones y un tramo de muro bajo. Desde allí no se veía todo el recorrido, pero sí la salida del pequeño ensanche donde podía aparcar un vehículo.

—¿El coche estaba aquí?

Mateo se levantó y se acercó.

—Más abajo. Junto a aquel poste.

Mara siguió la dirección de su dedo.

—¿Y hacia dónde salió?

—Hacia allí.

Señaló a la izquierda.

Andrés se aproximó sin bloquear la ventana.

—¿Está seguro?

Mateo lo miró como si la pregunta le pareciera innecesaria.

—Claro que estoy seguro.

Mara dejó pasar un instante. Necesitaba separar la seguridad sobre lo que había visto de la precisión sobre cuándo lo había visto.

—¿Por qué recuerda la dirección?

—Porque me extrañó.

—¿Qué le extrañó?

—Que no tirara hacia donde suele ir después.

La respuesta coincidía con la lógica de la agenda, pero Mara necesitaba el recuerdo de Mateo, no una confirmación de lo que ellos ya sabían.

—¿Usted conocía su ruta de ese día?

—No entera. Pero sabía por dónde se iba normalmente cuando salía de aquí para seguir con visitas. Teresa pasaba muchas veces por esa carretera. A la izquierda no le cuadraba si iba a trabajar por donde suele.

—¿Pudo ir a repostar?

—Podía ir donde quisiera. Yo solo digo que se fue para ese lado.

—¿Pudo dar la vuelta después?

Mateo se encogió de hombros.

—Eso ya no lo vi.

Mara regresó a la mesa.

—Perfecto.

Mateo arqueó las cejas.

—¿Perfecto?

—Sí. Usted vio que salió hacia la izquierda. Lo que hiciera después ya son posibilidades.

El hombre pareció relajarse.

Andrés abrió el plano de carreteras y lo colocó sobre la mesa.

—Sin mirar nuestras marcas, ¿puede señalarnos hacia qué zona se dirigió?

Mateo acercó el mapa. Tardó unos segundos en orientarse, no por confusión, sino porque el plano simplificaba un terreno que él conocía por curvas y cruces, no por líneas.

—Aquí estamos nosotros, ¿no?

—Sí.

—Pues salió hacia aquí.

Su dedo siguió el tramo que se apartaba de la ruta profesional prevista y conducía en una dirección compatible con la carretera de la Curva del Castañar.

Mara registró la coincidencia sin darle todavía más valor del que tenía.

—¿Vio a alguien dentro del coche?

—No.

—¿Otro vehículo esperando?

—No.

—¿Oyó a Teresa hablar por teléfono antes de marcharse?

Mateo negó con la cabeza.

—En casa, no.

—¿Y fuera?

—No sabría decirte. Yo estaba dentro.

Mara anotó entonces dos palabras: dirección observada.

—Ahora la hora.

Mateo hizo una mueca.

—Ahí ya empezamos.

—No quiero que la adivine.

—Bien.

—¿Miró el reloj cuando Teresa se fue?

—No.

—¿Tenía alguna razón para saber qué hora era?

—No.

—¿Estaba esperando algo?

Mateo pensó.

—La cena no. Era pronto.

—¿Algún programa de televisión?

—La tele estaba puesta, pero no sé qué echaban.

—¿Una llamada?

—Recibí una después.

Mara levantó la vista.

—¿De quién?

—De mi sobrina.

Andrés dejó quieto el bolígrafo.

—¿Después de que Teresa se marchara?

—Sí.

—¿Cuánto después?

Mateo abrió las manos.

—Poco.

Mara evitó preguntarle cuánto era poco. Una pregunta así podía empujarlo a fabricar una precisión que no tenía.

—¿Qué hizo entre que Teresa se marchó y esa llamada?

—Recogí una taza, fui al baño y me senté aquí.

—¿Algo más?

—No creo.

—¿La llamada está en su teléfono?

—Supongo.

Mateo miró hacia el salón.

—Está cargando.

—No hace falta que lo traiga ahora. Lo comprobaremos con usted y por el cauce que corresponda.

Mateo la miró con curiosidad.

—¿Eso sirve?

—Puede servir para ordenar la tarde. Pero no quiero ponerle una hora a su recuerdo antes de comprobarla.

—Mejor. Porque los otros me preguntaban si eran las cinco y cuarto o las cinco y veinte y yo qué sé.

Mara cruzó una mirada breve con Andrés.

—¿Respondió algo?

—Que sobre esa hora.

—¿Y lo sabía?

—Sabía que era por la tarde y que no era muy tarde. Lo demás lo dije porque me preguntaron.

No había reproche en su voz. Solo una explicación sencilla de cómo podían acabar fijándose horas demasiado redondas.

Mara cerró la libreta.

—Entonces nos quedamos con esto: Teresa estuvo aquí, salió con algo de prisa, miró varias veces el teléfono y usted la vio marcharse en esa dirección. La hora, por ahora, la dejamos abierta.

Mateo asintió.

—Eso sí.

—¿Hay algo más que recuerde desde que habló con los primeros agentes? Algo que entonces no le pareciera importante.

El hombre volvió a mirar hacia la ventana.

—El coche sonaba bien.

Andrés parpadeó.

—¿Perdón?

—Me preguntasteis si había hecho algo raro. El coche sonaba bien cuando arrancó.

Mara sonrió apenas.

—Eso también sirve.

Mateo pareció satisfecho.

—Pues ya tenéis una cosa más.

Fuera, Andrés esperó a que la puerta se cerrara.

—Me gusta.

—No estamos eligiendo vecinos —dijo Mara.

—Me gusta como testigo.

Caminaron hasta el coche. La carretera seguía húmeda de la noche anterior, aunque el cielo había aclarado.

Desde la entrada de Mateo, la bifurcación resultaba más evidente que en el plano de la asociación: un sentido llevaba hacia la continuación lógica de la jornada y el otro alejaba a Teresa de ella.

—La dirección parece bastante firme. La hora sigue abierta —dijo Andrés.

Mara asintió.

—Eso sí.

Se quedó un momento mirando el tramo por el que Teresa había desaparecido de la vista de Mateo. Un testigo podía recordar bien un vehículo, una dirección y cierta prisa sin ser capaz de situar la escena con precisión horaria. No había ninguna contradicción en eso.

Noelia los esperaba en la sede con varias comprobaciones nuevas. Cuando llegaron, tenía abiertas las rutas de Teresa de los días anteriores.

—He revisado dos semanas —dijo—. Cuando cambiaba una visita, casi siempre dejaba rastro: una llamada, una incidencia, una anotación o un mensaje.

—¿Casi siempre?

—Hay dos cambios sin registro formal, pero los dos se explican con llamadas a usuarios y con otras trabajadoras que sabían de la modificación.

Mara dejó el abrigo.

—¿Algo parecido al martes?

—De momento, no.

Andrés se sentó frente a ella.

—Mateo confirma que Teresa salió hacia el lado contrario al siguiente domicilio.

—¿Hora?

—Sin fijar —respondió él.

Mara le contó lo de la llamada de la sobrina.

—No quiero que la utilicemos todavía como hora de salida.

—Puedo comprobar primero si existe y a qué hora entró —dijo Noelia.

—Eso sí.

—¿Y después?

—Después veremos qué relación temporal puede sostener Mateo sin empujarlo a recordar más de lo que recuerda.

Noelia asintió y volvió al portátil.

Mara extendió el plano y señaló la casa de Mateo y la dirección que había indicado. No necesitaba dibujar toda la ruta; bastaba con dejar claro el cambio.

Teresa no parecía haberse equivocado al salir de aquella casa ni haber tomado por error una carretera paralela.

Había arrancado y elegido un sentido concreto.

La Curva del Castañar dejaba así de ser únicamente el lugar donde su coche apareció horas después: quedaba en la misma dirección hacia la que Teresa se había marchado tras su última visita confirmada.

Mara apoyó el lápiz sobre el mapa.

—Busquemos qué podía haber en esa dirección para ella.

Noelia levantó la vista.

—¿Trabajo?

—Trabajo, una persona, una gestión. Lo que sea, siempre que podamos demostrarlo.

Andrés se inclinó sobre el plano.

—Y ya encontraremos una forma fiable de acotar la hora.

—Exacto.

Por el momento, Mateo les había dado algo más sólido que una estimación temporal: una dirección que recordaba precisamente porque le había resultado extraña. Con eso tenían suficiente para seguir avanzando.