La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

La visita que falta

A las ocho y cuarto de la mañana, Noelia había convertido una de las mesas de la sede de Ayuda Sierra Norte en una cronología.

No había nada espectacular sobre ella: dos cuadrantes impresos, hojas de incidencias, una relación de usuarios, copias de partes de servicio y un plano de carreteras que la asociación utilizaba para reorganizar rutas cuando había sustituciones.

A un lado, el portátil de Noelia mostraba una tabla todavía incompleta.

Mara dejó el abrigo en el respaldo de una silla y se acercó.

—¿Qué tenemos confirmado?

—Menos de lo que parece.

Noelia señaló la primera columna.

La jornada de Teresa Roldán había comenzado de forma ordinaria.

Había llegado a la sede por la mañana, revisado documentación y atendido varias gestiones.

Después de comer siguió con trabajo administrativo hasta salir para las visitas de la tarde.

Algunas horas estaban respaldadas por partes de servicio; otras, por llamadas o por las propias personas a las que había atendido.

—La última visita segura es esta —dijo Noelia.

El nombre de Mateo Castaño aparecía junto a una franja horaria.

Mara recordó que la UOPJ ya había hablado con él durante las primeras comprobaciones. Teresa había acudido a su casa a última hora de la tarde y se había marchado poco después de las cinco. La hora exacta seguía teniendo margen, pero la visita estaba confirmada.

—¿Y después?

Noelia deslizó un dedo hacia la línea siguiente.

—Después tenía otra.

La casilla figuraba en el cuadrante con una hora prevista y el nombre de un usuario. A diferencia de las anteriores, no había anotación de cierre, observación ni incidencia.

—¿Se hizo?

—No.

Mara volvió a leer la línea.

—¿Seguro?

—He hablado con la UOPJ antes de que llegaras. La persona a la que debía visitar confirma que Teresa no apareció.

Andrés entró en la sala con dos vasos de café y dejó uno delante de Noelia.

—Te estás ganando el ascenso.

—Con café de máquina no se compra un ascenso.

—Era el presupuesto que tenía.

Mara siguió mirando el cuadrante.

—¿Avisó de que no iba?

Noelia negó con la cabeza.

—No consta llamada a la sede, incidencia registrada ni cambio en el sistema. Tampoco aparece que otra trabajadora cubriera esa visita a última hora.

Andrés se apoyó en el borde de la mesa.

—Puede haber llamado directamente al usuario.

—Ya lo han preguntado. No llamó.

El dato cambiaba el valor del cuadrante. Hasta entonces solo sabían que la Curva del Castañar quedaba fuera del recorrido provisional de Teresa. Ahora tenían un punto concreto de su jornada al que nunca había llegado.

Mara prefirió no darle todavía más peso del necesario.

—Primero entendamos cómo funciona esto.

Noelia cerró por un momento el portátil.

—Sonia Iglesias nos está esperando.

La sede de Ayuda Sierra Norte ocupaba la planta baja de un edificio sencillo, cerca del centro de Nuñomoral.

Había dos despachos pequeños, una sala común, un armario metálico para documentación y un espacio donde se acumulaban cajas de guantes, absorbentes, material de cura básico y productos que debían repartirse entre usuarios.

La actividad continuaba pese a la muerte de Teresa. Una mujer hablaba por teléfono al fondo, intentando cubrir una ausencia para aquella misma tarde, mientras otra revisaba una lista de domicilios. En una pared colgaba un calendario de turnos lleno de correcciones hechas a mano.

El servicio no podía detenerse porque hubiera muerto su coordinadora. Las personas que esperaban ayuda para levantarse, asearse, comer o tomar una medicación seguían necesitándola.

Sonia Iglesias apareció desde uno de los despachos. Tenía treinta y nueve años, el pelo recogido y una expresión en la que se mezclaban el cansancio y la prevención.

—¿Queréis pasar aquí? Hay menos ruido.

El despacho había sido de Teresa.

Mara lo comprendió antes de que Sonia lo explicara. Había una chaqueta colgada detrás de la puerta, una taza con bolígrafos y una libreta abierta junto al teléfono. Nadie parecía haber decidido todavía qué hacer con aquellas cosas.

—Podemos utilizar otra sala —dijo Mara.

Sonia miró la mesa.

—Da igual. Aquí están los cuadrantes y os será más fácil.

No parecía darle igual, pero no discutió.

Noelia colocó las copias frente a ella.

—Necesitamos que nos expliques cómo se organizaban las rutas de Teresa. No solo lo previsto, sino también qué margen había para cambiarlo durante el día.

Sonia se sentó.

—Mucho y poco.

Andrés la miró.

—Eso hay que explicarlo.

—Siempre pasa algo. Una persona necesita más tiempo, una hija llama porque su padre no ha abierto la puerta, alguien sale del médico más tarde...

Hay margen para cambiar cosas, pero tampoco puedes hacer lo que quieras.

Si modificas una visita, normalmente avisas.

Y si ves que no llegas, llamas a la persona o a la sede.

—¿Teresa también? —preguntó Mara.

—Claro.

—¿Siempre?

Sonia dudó.

—Siempre es una palabra grande. Pero era muy ordenada.

Mara señaló la visita que no se había realizado.

—Esta.

Sonia bajó la vista.

—Sí.

—¿Sabías que no llegó?

—Me enteré ayer, cuando empezasteis a preguntar.

—¿El usuario llamó el martes al ver que Teresa no aparecía?

—No.

—¿Era normal?

—Depende. Hay gente que llama a los diez minutos y gente que piensa que habrá habido un retraso. A esa hora, si sabe que vas de camino, puede esperar bastante.

Mara dejó pasar unos segundos.

—¿Teresa tenía algún motivo profesional para ir hacia la Curva del Castañar desde casa de Mateo?

Sonia levantó la cabeza.

—No que yo sepa.

—¿Esa carretera le servía para llegar antes a la siguiente visita?

—No.

La respuesta salió sin vacilación.

Noelia abrió el plano.

—Enséñanos por dónde habría ido.

Sonia trazó el recorrido con el dedo. Salida desde la zona de Mateo, enlace con la carretera principal y, después, un desvío hacia el siguiente núcleo. La Curva del Castañar quedaba en otra dirección.

—¿Hay alguna variante? —preguntó Mara—. Un camino local, un acceso que utilice la gente de aquí y que no aparezca bien en el plano.

—Para ir a esa casa, no. Puedes dar vueltas, claro, pero no ganas nada.

—¿Algún usuario sin registrar por esa zona?

Sonia apartó las manos de la mesa.

—Teresa no hacía visitas sin registrar.

Noelia no dijo nada, pero Mara vio que retenía la frase.

—No te pregunto si debía hacerlas —aclaró—. Te pregunto si podía haber ido a ver a alguien por una incidencia aunque todavía no se hubiera anotado.

Sonia respiró antes de contestar.

—Podía. Pero yo no conozco ninguna.

—¿Quién más podía saber de cambios de última hora?

—Rubén, si había que llevar material. Las auxiliares, si el cambio las afectaba. Y quien estuviera aquí en la sede.

—¿Tú estabas?

—Hasta las seis menos cuarto, más o menos.

—Luego volveremos a tu jornada. Ahora quiero entender la de Teresa.

Sonia aceptó el límite con un gesto breve.

Mara pasó a las hojas de incidencias.

—¿Qué clase de cosas hacen que una coordinadora cambie de ruta?

—Una caída. Una ausencia. Un problema con una auxiliar. Una familia que llama porque no entiende algo. Una entrega urgente.

—¿Y una reunión de trabajo fuera de la sede?

—También.

—¿Con proveedores?

—A veces.

—¿Con quién trabajabais?

Sonia enumeró varios servicios: mantenimiento, pequeñas reparaciones, material, transporte. Mara no reconoció aún ningún nombre que destacara por encima de los demás y evitó convertir aquella lista administrativa en una relación de sospechosos.

—¿Teresa te dijo que iba a reunirse con alguien aquella tarde?

—No.

—¿La viste antes de que saliera?

—Sí.

—¿Cómo estaba?

Sonia tardó más en responder que a las preguntas anteriores.

—Trabajando.

—Eso no es un estado de ánimo.

—Es que no sabría decirte otra cosa. Teresa podía estar enfadada y seguir haciendo una hoja de cálculo como si nada.

—¿Estaba enfadada?

—Estaba seria.

—¿Por algo concreto?

Sonia miró hacia la puerta abierta del despacho. Al fondo seguía sonando un teléfono.

—Llevaba días revisando papeles. Horas, facturas, kilómetros. Cuando se ponía con eso, estaba seria con todo el mundo.

Noelia apoyó el antebrazo en la mesa.

—¿También contigo?

Sonia la miró.

—También conmigo.

La respuesta no sonó defensiva, y precisamente por eso Mara la tuvo en cuenta.

Rubén Salgado llegó poco después de las diez con una furgoneta de la asociación. Tenía cuarenta y cinco años y vestía ropa de trabajo. Había ido a repartir material a dos domicilios y todavía llevaba en las manos restos de polvo de las cajas que había cargado.

—Me han dicho que queríais hablar conmigo.

—Sobre las rutas —dijo Mara.

—Entonces hablad con Sonia. Yo conduzco más de lo que organizo.

—Por eso queremos hablar contigo.

Rubén miró los papeles extendidos sobre la mesa y tomó asiento.

Mara le enseñó el tramo entre la última visita confirmada de Teresa y el domicilio al que debía dirigirse después.

—¿Tú harías este recorrido por la Curva del Castañar?

Rubén apenas necesitó acercarse al plano.

—No.

—¿Por qué?

—Porque te vas para el otro lado.

—¿Podría tener sentido por tráfico, obras o por el estado de alguna carretera?

—El martes no.

—¿Estás seguro?

—Pasé por la zona dos veces. No había nada cortado.

Andrés intervino.

—¿Y si Teresa necesitaba recoger o entregar material?

—Depende de dónde.

—En algún punto que justificara ese desvío.

Rubén pensó unos segundos.

—No tenemos almacén allí. Ni usuarios fijos en ese tramo que yo recuerde.

—¿Teresa utilizaba atajos?

Rubén sonrió por primera vez.

—Teresa utilizaba el camino más corto que funcionaba, no el más corto en el mapa.

Mara entendió bien la diferencia.

—¿Conocía las pistas?

—Las que necesitaba. Pero no metía el coche por cualquier sitio por ahorrar tres minutos. Si llueve, una pista que en agosto parece buena en octubre puede hacerte perder media hora.

Noelia señaló la visita pendiente.

—No llegó aquí.

Rubén dejó de sonreír.

—Ya.

—¿Lo sabías?

—Me lo dijeron ayer.

—¿Te sorprende?

—Que no llegara, sí. Que cambiara de plan, no tanto. Teresa podía desviarse por trabajo.

—Pero nadie ha encontrado todavía el trabajo que explique ese desvío —dijo Mara.

Rubén se encogió de hombros.

—Entonces tendréis que encontrarlo.

La respuesta no sonó desafiante, sino casi obvia.

Mara cambió de asunto.

—¿Quién tenía acceso a los coches de la asociación?

—A los de la asociación, varias personas. Pero Teresa llevaba el suyo.

—¿Lo revisabas tú?

—Cosas básicas. Presión, una lámpara, niveles, si alguien me lo pedía. Para averías, taller.

—¿Lo tocaste esa semana?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Andrés anotó la respuesta.

Mara no insistió. El coche tendría su propio recorrido técnico y no necesitaban forzar ese asunto.

—¿Habías discutido con Teresa últimamente?

Rubén miró primero a Mara y después a Sonia, que permanecía de pie junto al archivador.

—¿Esto sigue siendo sobre rutas?

—Ahora es sobre Teresa.

—Discutir, no. Tuvimos diferencias.

—¿Sobre qué?

—Horas. Gasolina. Lo de siempre.

Sonia se apartó del archivador.

—Rubén...

—¿Qué? Lo van a ver en los papeles.

Mara dejó que continuara.

—Teresa decía que algunos kilómetros no le cuadraban —explicó él—. Yo le decía que los cuadrantes no reflejan todo lo que hacemos. Si llevas material, vuelves porque alguien se ha dejado unas llaves o haces un recado que no está apuntado, el coche se mueve aunque la hoja diga otra cosa.

—¿Eso estaba pendiente de revisar?

—Sí.

—¿Te iba a reducir horas?

Rubén apretó los labios.

—Eso dijo.

Aquello bastaba para abrir una línea de investigación, pero no para convertirla en una conclusión.

—Necesitaremos tus recorridos del martes.

—Los tenéis en la asociación.

—También necesitaremos que nos los expliques tú.

Rubén asintió.

—Cuando queráis.

A mediodía, Noelia había separado las rutas en tres categorías: confirmadas, documentadas pero pendientes de comprobación y previstas que no habían llegado a realizarse.

La ausencia posterior a Mateo aparecía sola en la tercera columna.

Mara se sentó frente a ella con el plano entre ambas.

—Repítelo desde que Teresa sale de la sede.

Noelia empezó por la primera visita de la tarde, que estaba confirmada y tenía un desplazamiento compatible. Después vino la segunda, en casa de Mateo, también confirmada. A partir de ahí aparecía la visita prevista a la que Teresa nunca llegó.

—Y la Curva —dijo Andrés desde la ventana— queda fuera de la dirección lógica hacia ese último domicilio.

—Sí.

Noelia marcó dos trazos en el mapa. Uno correspondía a la ruta profesional prevista y el otro conducía hacia la carretera donde apareció el coche. Ambos recorridos se separaban después de la casa de Mateo.

Mara observó la bifurcación. Hasta entonces la Curva del Castañar había sido un punto extraño dentro de una jornada más o menos conocida. Ahora podían precisar algo más: Teresa no solo había terminado fuera de su ruta, sino que había dejado sin hacer una visita que figuraba en su agenda.

—¿Podría haberse olvidado? —preguntó Andrés.

—Podría.

—¿O encontrarse mal?

—También.

Noelia señaló el teléfono de trabajo inventariado entre los efectos.

—O recibir una llamada.

—O decidir resolver algo antes y pensar que llegaría tarde a la visita —añadió Mara.

Andrés se volvió hacia ellas.

—Seguimos teniendo muchas posibilidades.

—Por eso no elegimos ninguna todavía.

Mara tomó una hoja en blanco y escribió dos únicas referencias: MATEO y VISITA NO REALIZADA. Entre ambas dejó un espacio amplio.

No necesitaba rellenarlo con una teoría. Necesitaba averiguar qué había ocurrido dentro de él.

—Quiero confirmar todos los cambios de ruta de Teresa de las últimas semanas. No para buscar algo extraño, sino para saber cómo trabajaba cuando se desviaba de un cuadrante: si solía avisar, a quién llamaba y cómo quedaba registrado.

Noelia asintió.

—También revisaré incidencias y entregas de material.

—Y reuniones fuera de la sede.

Andrés recogió su chaqueta.

—Yo puedo volver a hablar con Mateo.

Mara levantó la vista.

—Sin fijarle una hora que todavía no tiene. Primero que nos cuente qué recuerda y cómo lo recuerda.

—Lo sé.

No había reproche en la respuesta. Era una precaución compartida.

Antes de salir, Mara miró otra vez las dos líneas del mapa. La carretera hacia la siguiente visita y la que conducía hacia la Curva del Castañar no podían confundirse fácilmente. En algún momento después de dejar a Mateo, Teresa había dejado de seguir su agenda.

Eso no demostraba que alguien la hubiera obligado a hacerlo. De hecho, por el momento resultaba más útil considerar la posibilidad contraria: que Teresa hubiese elegido ir a otro lugar.

Lo que necesitaban averiguar era qué persona o qué asunto había sido lo bastante importante para hacerla cambiar de ruta sin cancelar antes la visita que la esperaba.