La Última Promesa Capítulo 12. La carta de su padre
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Capítulo 12. La carta de su padre

Sir Charles Everard permaneció junto a la entrada del vestíbulo mientras las puertas de Blackthorn se cerraban detrás de él.

Eleanor no apartó la mirada de su rostro, buscando en aquella expresión serena alguna señal que explicara la alteración que había visto cuando sus ojos se encontraron con Julian.

Había conocido a Charles durante años y siempre había considerado que pertenecía a esa clase de hombres que parecían formar parte natural de las grandes casas, de los salones aristocráticos y de las decisiones que se tomaban lejos de la mirada pública.

Sin embargo, aquella noche comprendió que la calma de aquel hombre no era una simple característica de su carácter, sino una disciplina aprendida durante años de secretos y peligros.

Frente a él, Julian permanecía tenso, y Eleanor continuaba sujetando su mano.

—¿Por qué has venido, Charles?

Charles se quitó lentamente los guantes antes de responder.

—Porque ha llegado el momento de hablar.

—Eso debiste hacerlo hace doce años.

—Entonces no era posible.

—Siempre decís lo mismo —intervino Julian—. Que la verdad es demasiado peligrosa, que debemos esperar, que alguien intenta protegernos. Pero mientras vosotros decidíais qué podíamos saber, nuestras vidas desaparecían.

Charles lo observó con una expresión grave.

—Tienes razón. Pero también debes comprender que algunas personas estuvieron dispuestas a matar para mantener enterrado lo ocurrido en 1879.

Eleanor sintió que aquella fecha volvía a abrir una herida.

—Entonces empiece por el principio.

Charles respiró profundamente. Edmund Blackwood había descubierto que varias familias poderosas estaban relacionadas con una red de documentos falsificados, herencias manipuladas y propiedades transferidas mediante acuerdos secretos.

El objetivo no era únicamente enriquecerse, sino alterar deliberadamente la sucesión de determinadas fortunas.

En el centro de aquella operación se encontraban dos niños nacidos durante la Navidad de 1879.

Uno era Thomas, considerado hijo de Margaret Bell.

El otro era Julian, cuya verdadera identidad había sido ocultada desde su nacimiento.

Ambos estaban vinculados a una herencia que alguien necesitaba controlar y, para conseguirlo, uno de los dos debía desaparecer.

—¿Quién era la madre de Julian? —preguntó Eleanor.

Charles guardó silencio.

—Todos parecéis conocer la respuesta menos él.

—Precisamente por eso sobrevivió.

Julian dio un paso hacia Charles.

—¿Y quién era mi padre?

—El hombre que te buscó durante doce años.

—¿Por qué?

Charles lo miró directamente.

—Porque tú eras la prueba de que todo lo que había hecho podía ser descubierto. No quería encontrarte como un padre busca a un hijo. Quería utilizarte para reclamar aquello que consideraba suyo.

Eleanor comprendió entonces que la desaparición de Julian no había sido únicamente una cuestión de seguridad personal.

—Blackthorn.

Charles asintió.

—Blackthorn y todo lo que representa.

La propiedad que todos habían considerado de Edmund estaba vinculada a un legado mucho más complejo.

Julian tenía derecho a una parte de aquella herencia y Thomas podía tener derecho a otra.

Los dos niños estaban relacionados con la misma estructura de poder y riqueza, pero sus verdaderos vínculos familiares habían sido deliberadamente confundidos para impedir que cualquiera de ellos pudiera reclamar lo que le correspondía.

Edmund había intentado protegerlos, el padre de Eleanor había descubierto parte de la conspiración y Charles había participado en la operación destinada a mantenerlos con vida.

—Entonces fuiste tú quien me hizo desaparecer —dijo Julian.

Charles no lo negó.

—Te entregué la carta que recibiste aquella noche.

Eleanor sintió que la sangre se le helaba.

—¿La carta que decía que si regresabas yo moriría?

—Sí.

—¿La amenaza era falsa?

—No. Era real.

Julian lo miró con una mezcla de furia y dolor.

—Pero tú decidiste que debía creer que desaparecer era la única forma de protegerla.

—Porque no habrías obedecido si hubieras conocido toda la verdad.

—Exactamente. Tenías que mentirme porque sabías que, si me hubieras dicho la verdad, habría elegido quedarme.

Charles bajó la mirada.

—Sí.

Eleanor comprendió entonces que había sido víctima de una red de silencios en la que todos habían decidido qué debía saber y qué debía ignorar.

Su padre, Edmund, Charles y quienes habían participado en aquella historia habían creído que podían protegerla controlando la verdad, pero el resultado había sido exactamente el contrario.

Le habían robado años de su vida y habían separado a dos personas que se amaban bajo la excusa de salvarlas.

—¿Dónde estuviste durante todos estos años? —preguntó.

—Al norte. Después recibí otra amenaza. Decía que si regresaba a Londres, tú morirías.

Eleanor sintió que la emoción le cerraba la garganta.

—Entonces nunca dejaste de intentar protegerme.

Julian la miró.

—Nunca.

Había regresado después de la muerte del padre de Eleanor porque creyó que la amenaza había terminado. Pero Charles le reveló entonces una verdad mucho más terrible: el hombre que los perseguía sabía que su padre había muerto porque, según él, había sido quien provocó su muerte.

—Mi padre murió de una enfermedad —dijo Eleanor.

—Eso es lo que dice el certificado.

—Yo lo vi morir.

—Lo sé.

—Entonces ¿cómo puede decir que fue asesinado?

Charles sostuvo su mirada.

—Porque la enfermedad fue provocada. Su padre fue envenenado.

Eleanor retrocedió, incapaz de aceptar aquella revelación.

Durante toda su vida había creído que la muerte de su padre había sido consecuencia de una enfermedad, y ahora comprendía que incluso aquel recuerdo había sido construido sobre una mentira.

Pero Charles todavía guardaba algo más. Dos días antes de morir, su padre le había entregado una carta destinada a Eleanor y le había ordenado que no se la diera hasta que Julian regresara.

Charles sacó un sobre del interior de su abrigo.

Eleanor reconoció inmediatamente la escritura.

La letra de su padre.

Tomó el sobre con las manos temblorosas y rompió el sello.

La primera página comenzaba con una confesión: había conocido la verdad durante años y había permanecido en silencio creyendo que así podía protegerla.

Ahora comprendía que el silencio no protegía a nadie, sino que únicamente retrasaba el momento inevitable en que la verdad terminaba por destruir aquello que se había intentado salvar.

La carta explicaba que la noche de Navidad de 1879 había marcado el comienzo de una guerra secreta entre varias familias y que dos niños habían nacido entonces, ambos vinculados a una fortuna cuya sucesión podía alterar el equilibrio de poder de Blackthorn.

Uno era hijo de Margaret Bell; el otro había sido entregado a una familia que pudiera ocultar su identidad.

Edmund y el padre de Eleanor habían descubierto lo ocurrido y habían intentado protegerlos, pero habían fracasado.

Margaret desapareció, su hijo fue separado de ella y el segundo niño creció sin conocer su verdadera identidad.

Ese niño era Julian. Eleanor levantó lentamente los ojos hacia él.

—Es verdad —murmuró.

Julian permaneció en silencio.

Pero la carta continuaba. Julian no era el único heredero.

Thomas Vale también tenía derecho a reclamar aquello que le había sido arrebatado.

El hombre responsable de la conspiración sabía que ambos estaban vivos y por eso Eleanor debía encontrar a Thomas y proteger a Julian.

Sobre todo, debía impedir que alguien volviera a separarlos bajo la mentira de que solo uno de ellos podía sobrevivir.

Eleanor dejó caer la carta.

Julian la recogió y descubrió una última hoja.

—Tu padre escribió un nombre.

—¿Cuál?

Julian levantó la mirada.

—El hombre que lo mató.

Eleanor tomó el papel. Sus ojos recorrieron el nombre y durante unos segundos fue incapaz de respirar.

Sir Charles Everard.

El hombre que había entrado aquella noche en Blackthorn.

El hombre que había conocido a Julian.

El hombre que afirmaba haber protegido sus vidas.

Eleanor levantó la cabeza, pero antes de que pudiera hablar, una voz llegó desde el piso superior.

—No.

Los tres se volvieron. Alguien estaba descendiendo por la escalera. Charles retrocedió, completamente pálido.

—Eso no puede ser.

Una figura apareció finalmente en lo alto de los escalones. Eleanor sintió que el mundo se detenía al reconocer aquel rostro. Lo había visto en retratos, en fotografías y en la memoria de Blackthorn. Era un hombre envejecido, de cabello blanco y mirada profunda.

—Edmund —susurró.

El hombre comenzó a descender lentamente.

Julian dio un paso adelante.

—Padre.

Edmund Blackwood llegó hasta el último peldaño y contempló a los tres.

—He tardado demasiado en volver.

Eleanor apenas podía hablar.

—¿Quién mató a mi padre?

Edmund dirigió una mirada a Charles.

—El hombre que durante años fingió ser nuestro aliado.

Eleanor miró a Charles, pero Edmund negó lentamente.

—No fue él.

La confusión se apoderó de la habitación.

—La carta dice su nombre.

—Sí —respondió Edmund—, pero Charles no es el hombre que crees.

Charles cerró los ojos.

—Edmund...

—Ya no hay tiempo para ocultarlo.

Eleanor lo miró.

—¿Ocultar qué?

Edmund respondió que Charles había mentido, pero no porque fuera el asesino.

Había escrito las cartas que habían separado a Julian de Eleanor y había participado en el engaño que mantuvo al joven lejos de Blackthorn durante ocho años.

Lo había hecho para salvarle la vida, pero también había tomado una decisión que nadie le había dado derecho a tomar: había separado a dos personas que se amaban y había convertido la mentira en el precio de su protección.

—Nos robaste ocho años —dijo Eleanor.

Charles no intentó defenderse.

—Lo sé.

—No tenías derecho.

—Lo sé.

Edmund intervino entonces para explicar que el hombre que buscaba a Julian no quería matarlo.

Quería utilizarlo para reclamar Blackthorn y el legado que consideraba suyo.

Thomas y Julian estaban vinculados a partes diferentes de aquella herencia, y el verdadero objetivo de la conspiración había sido mantenerlos separados y ocultar sus identidades para que ninguno pudiera desafiar el poder de quien había controlado la propiedad durante doce años.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó Eleanor.

Edmund se volvió hacia ella.

—Lord Wexford.

El nombre cayó sobre Blackthorn como una sentencia.

Eleanor comprendió entonces que todo lo que había creído saber estaba equivocado.

Julian era el hombre al que había amado y cuya identidad había sido destruida para protegerlo.

Charles era el hombre que había intervenido en su vida, había separado su pasado de su futuro y había convertido la mentira en una forma de salvación.

Y Wexford era el aristócrata que había entrado en su mundo mientras conocía, quizá desde el principio, la verdad que todos los demás habían intentado descubrir.

Pero la revelación más terrible aún estaba por llegar.

Porque si Edmund decía la verdad, Lord Wexford no había pasado doce años intentando averiguar quién era el verdadero heredero.

Lo sabía desde el principio. Y durante todo aquel tiempo había hecho cuanto estaba en su mano para asegurarse de que ninguno de ellos pudiera reclamar jamás lo que le pertenecía.