Capítulo 11. La verdad de Julian
Durante unos segundos, nadie se movió. Las palabras de Lord Wexford habían quedado suspendidas en el vestíbulo de Blackthorn como una sentencia imposible de aceptar, mientras Eleanor permanecía frente a él con el documento entre las manos y la mirada fija en Julian.
Ya no veía al hombre que había regresado a su vida después de ocho años ni al compañero con quien había recorrido los últimos días en busca de Thomas Vale; veía a alguien cuya identidad acababa de convertirse en una pieza fundamental del misterio que había destruido a su familia.
Lo más inquietante era que Julian no había reaccionado como un hombre acusado injustamente.
No había negado nada ni había exigido explicaciones.
Su silencio, su rostro inmóvil y aquella expresión contenida hicieron comprender a Eleanor que, aunque él ignoraba gran parte de la verdad, también sabía que las palabras de Wexford podían contener algo cierto.
—Creo que Julian Blackwood es el segundo niño —dijo Wexford finalmente.
La revelación abrió una nueva dimensión del misterio.
Si Wexford decía la verdad, Julian no era simplemente un joven criado en Blackthorn bajo la protección de Edmund, sino uno de los dos niños cuya existencia había sido cuidadosamente ocultada.
El otro era Thomas Vale. Dos niños, dos identidades alteradas y dos familias atrapadas en una historia que alguien había intentado borrar.
Pero Wexford se negó a revelar quién era realmente la madre de Julian, limitándose a afirmar que la mujer que todos creían conocer no era quien parecía ser.
Antes de marcharse, dejó una última advertencia que estremeció a Eleanor: Thomas y Margaret seguían vivos, aunque separados y perseguidos por el hombre que conocía la verdad sobre los dos niños.
Cuando Eleanor preguntó quién era aquel hombre, Wexford respondió que era su padre, pero aclaró inmediatamente que no se refería al padre de Eleanor.
Cuando quedaron solos, Eleanor exigió a Julian que le contara todo lo que sabía sobre su pasado.
Él confesó que su madre se llamaba Mary Blackwood, aunque desconocía incluso su apellido de soltera, porque después de su muerte nadie permitía que se hablara de ella.
Edmund, que Julian consideraba su padre, había impuesto aquel silencio.
Eleanor comprendió entonces que la desaparición de Edmund podía estar relacionada con una operación mucho más compleja de lo que habían imaginado.
Si Wexford había visto a Edmund vivo aquella Navidad llevando a un niño, significaba que quizá no había desaparecido en el momento que todos creían, y que durante el tiempo posterior alguien había podido modificar registros, alterar identidades, separar a los dos niños y convertir la historia de Thomas en algo completamente distinto de lo que parecía.
La pregunta que quedaba era inevitable: si Julian era realmente uno de aquellos niños, ¿quién era en realidad?
Eleanor no pudo ofrecerle una respuesta, pero sí algo que Julian había perdido durante años: la certeza de que no tendría que afrontar solo aquella búsqueda.
Le confesó que no sabía quién era su madre, qué había ocurrido aquella Navidad ni cuál era su verdadera identidad, pero que sabía perfectamente quién era él para ella.
Julian intentó advertirle de que la verdad podía cambiarlo todo, incluso revelar que era hijo de alguien a quien Eleanor odiaba o que tenía derechos sobre Blackthorn, pero ella respondió que nada de aquello alteraría lo que sentía.
Julian terminó confesando entonces la razón por la que había desaparecido ocho años atrás.
La noche de su desaparición, Sir Charles Everard había acudido a verlo con una carta que supuestamente procedía del padre de Eleanor.
En ella se advertía a Julian de que, si intentaba buscarla o regresar junto a ella, Eleanor moriría.
Julian había creído la amenaza porque, pocas horas antes, había presenciado el asesinato de un hombre vestido con las ropas de Edmund Blackwood.
Durante años creyó que aquel cadáver era Edmund, pero ahora comprendía que probablemente alguien había utilizado sus ropas para hacerle creer que estaba muerto y obligarlo a desaparecer.
Después de aquello, Julian recibió nuevas amenazas y permaneció oculto, convencido de que su ausencia era la única manera de mantener a Eleanor con vida.
Eleanor, sin embargo, había recibido aquella misma noche otra carta, una que aseguraba que Julian se había marchado voluntariamente y que no deseaba volver a verla.
La contradicción hizo que ambos comprendieran la verdadera magnitud de la conspiración.
Alguien había escrito las dos cartas con el propósito de separarlos, utilizando el miedo de Julian y el dolor de Eleanor para mantenerlos alejados durante ocho años.
La pregunta era quién había podido hacerlo.
Entonces Eleanor recordó algo decisivo: únicamente cuatro personas conocían el plan que Julian y ella habían preparado para escapar juntos aquella noche.
Ellos dos, el padre de Eleanor y Sir Charles Everard.
La sospecha cayó inmediatamente sobre Charles.
Era el hombre que había entregado la amenaza a Julian, quien tenía acceso a Edmund y conocía el plan de fuga.
Además, su nombre había comenzado a aparecer en los documentos relacionados con aquella historia.
Julian insistió en que las sospechas no constituían una prueba, pero Eleanor estaba convencida de que habían encontrado una pieza fundamental.
Antes de que pudieran investigar más, el sonido de un carruaje anunció una nueva visita.
El mayordomo informó de que Sir Charles Everard había regresado a Blackthorn.
Julian tomó la mano de Eleanor y ella no se apartó.
Por primera vez desde su regreso, él le prometió que permanecería a su lado, no como una promesa nacida del miedo o de una amenaza, sino como una decisión propia.
Poco después, Charles entró en el vestíbulo con su habitual serenidad, pero al encontrarse con Julian su expresión cambió durante un instante.
Fue apenas una alteración mínima, demasiado breve para que cualquier otra persona pudiera advertirla, pero Eleanor la vio con claridad.
En aquel momento comprendió que Charles no había esperado encontrarse con Julian vivo y que, detrás de aquella visita aparentemente inesperada, existía una verdad que todavía permanecía oculta.
Julian había regresado después de ocho años y, con él, había regresado también todo aquello que alguien había intentado enterrar: la identidad de los dos niños nacidos aquella Navidad, el misterio de sus madres, la desaparición de Edmund, las cartas falsas que habían separado a Eleanor y Julian y la figura desconocida que continuaba buscando a Thomas y al propio Julian.
Ahora Charles Everard estaba frente a ellos, y Eleanor comprendió que la respuesta a la pregunta que llevaba ocho años haciéndose podía encontrarse precisamente en el hombre que había contribuido a mantenerlos separados durante tanto tiempo.