La Última Promesa Capítulo 13. El hombre que debía estar muerto
62%

Capítulo 13. El hombre que debía estar muerto

Durante varios segundos después de que Edmund pronunciara el nombre de Lord Wexford, Eleanor permaneció inmóvil.

Aquel hombre había ocupado durante los últimos días un lugar cada vez más inquietante en su pensamiento: un aristócrata impecable que había sabido acercarse a ella con la cortesía exacta, que parecía conocer demasiados detalles sobre Blackthorn House y cuya presencia coincidía siempre con acontecimientos que nadie había conseguido explicar.

Ahora Edmund afirmaba que Wexford era el verdadero responsable de una conspiración que había destruido la vida de varias personas durante doce años, y Eleanor comprendió que quizá toda la imagen que aquel hombre había construido ante ella no era más que una máscara.

Wexford no necesitaba poseer Blackthorn para controlar su destino; necesitaba que desaparecieran aquellos que podían reclamar legítimamente lo que él ambicionaba.

—¿Por qué necesitaba que Julian y Thomas desaparecieran? —preguntó Eleanor.

Edmund tardó unos instantes en responder.

—Porque cualquiera de ellos podía reclamar aquello que Wexford llevaba años intentando controlar. Pero todavía hay una parte de esta historia que no puedo contaros.

Julian dio un paso hacia él, visiblemente agotado de escuchar respuestas incompletas.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque todavía no estamos a salvo.

—Han pasado doce años.

—Precisamente por eso —respondió Edmund—. Hemos cometido el error de creer que el peligro desaparecía mientras permanecíamos ocultos. No era así. Wexford no necesitaba saber que yo estaba vivo para continuar actuando. Le bastaba con descubrir que tú habías regresado.

Eleanor comprendió entonces la verdadera gravedad de la situación.

Si Wexford sabía que Julian estaba vivo, significaba que alguien había informado de su regreso o que llevaba mucho tiempo vigilando Blackthorn.

Edmund confirmó sus sospechas: Wexford tenía hombres y colaboradores en distintos lugares, personas que podían trabajar para él sin conocer siquiera la totalidad de sus planes.

Aquello significaba que la amenaza podía encontrarse mucho más cerca de lo que habían imaginado.

Cualquiera podía estar implicado: criados, abogados, antiguos empleados de la familia e incluso alguien perteneciente al círculo más íntimo de Eleanor.

Cuando ella exigió saber quién era el sospechoso, Edmund se negó a responder.

No tenía pruebas, únicamente indicios, y no estaba dispuesto a acusar a nadie sin poder demostrarlo.

—¿Ni siquiera confía en mí? —preguntó Eleanor.

Edmund la miró con una tristeza inesperada.

—Precisamente porque confío en usted no quiero decidir por usted. Ha llegado el momento de que elija entre la seguridad y la verdad.

Eleanor sintió que aquellas palabras resumían toda su vida.

Su padre había ocultado información para protegerla.

Edmund había desaparecido para proteger a sus hijos.

Julian había permanecido lejos para evitar ponerla en peligro.

Todos habían tomado decisiones en su nombre, convencidos de saber qué era lo mejor para ella.

Pero Eleanor estaba cansada de ser protegida mediante mentiras.

—Quiero la verdad.

Edmund asintió.

—Entonces ha llegado el momento.

Los condujo hasta el antiguo despacho y, detrás de una estantería, abrió un pasadizo oculto que descendía hacia las entrañas de Blackthorn.

El aire estaba cargado de humedad y el silencio parecía pertenecer a otra época.

Mientras avanzaban, Edmund explicó que aquel túnel conducía al ala antigua de la casa, clausurada desde la noche en que Margaret había desaparecido.

Eleanor comprendió entonces que la historia que llevaba tantos días intentando reconstruir había comenzado precisamente allí.

—Margaret estuvo aquí —dijo Edmund—. Con Thomas.

La revelación provocó nuevas preguntas. Edmund explicó que alguien había descubierto la existencia del niño y que Wexford había intentado utilizarlo como una pieza dentro de una disputa relacionada con la herencia y la fortuna familiar.

Margaret había tenido que huir para protegerlo, pero lo ocurrido aquella noche había sido mucho más complejo de lo que todos habían creído.

Al final del pasadizo encontraron una pesada puerta de hierro.

Edmund abrió la cerradura y los condujo hasta una pequeña habitación subterránea donde había varias cajas.

En ellas había documentos, cartas, fotografías, testamentos y registros que podían demostrar la verdadera historia de Blackthorn.

Eleanor comprendió que Edmund había conservado aquellos papeles durante doce años porque sabía que algún día alguien tendría que conocer la verdad.

La primera gran revelación llegó al descubrir una fotografía antigua. En ella aparecían Edmund, el padre de Eleanor, Margaret y otra mujer desconocida. Eleanor preguntó inmediatamente quién era.

—Elizabeth Vale —respondió Edmund—. La madre de Julian.

Julian tomó la fotografía y la contempló con desconcierto.

No recordaba aquel rostro. Edmund explicó que Elizabeth y Margaret eran hermanas, pero la explicación no tardó en convertirse en algo mucho más perturbador.

Thomas tampoco era hijo de Margaret, como todos habían creído.

Era hijo de Elizabeth. Margaret había actuado como su protectora y había permitido que el verdadero origen del niño permaneciera oculto para mantenerlo a salvo.

Julian, cada vez más confundido, exigió saber entonces quién era realmente su madre. Edmund señaló a la mujer de la fotografía que había identificado como Margaret.

—Tú eres hijo de Margaret Bell.

Julian permaneció inmóvil.

Toda su vida había creído que su madre era una mujer llamada Mary Blackwood, pero Edmund reveló que aquel nombre nunca había existido.

Había sido una identidad inventada para ocultar su verdadero origen.

Charles reconoció que había participado en aquella falsificación, porque era necesario proporcionar a Julian una historia que permitiera protegerlo.

—Entonces ¿quién soy? —preguntó Julian.

Edmund lo miró con una mezcla de culpa y tristeza.

—Eres el hijo de Margaret.

La revelación habría sido suficiente para destruir cualquier certeza, pero todavía quedaba una última pieza.

Thomas, el hombre al que todos habían conocido bajo aquel nombre, tampoco era quien creían.

El verdadero Thomas Vale, hijo de Elizabeth, había desaparecido años atrás.

El hombre que había vivido bajo ese nombre era en realidad el hijo de Margaret y, por tanto, hermano de Julian.

La identidad de ambos había sido intercambiada deliberadamente para mantener oculto al verdadero heredero.

Eleanor sintió que apenas podía respirar.

—Entonces el hombre que hemos estado buscando no es quien creemos.

Edmund negó.

—No.

—¿Dónde está el verdadero Thomas?

—No lo sé.

Julian reaccionó con desesperación.

—Tenemos que encontrarlo.

Edmund lo miró fijamente.

—No podemos.

—¿Por qué?

El anciano señaló hacia el pasadizo.

—Porque ya está aquí.

Un golpe seco resonó en la oscuridad.

Charles se volvió inmediatamente. Edmund quedó paralizado. Un segundo golpe, más fuerte, hizo vibrar la puerta de hierro.

—¿Quién es? —preguntó Eleanor.

Edmund parecía haber visto un fantasma.

—Tu hermano.

Julian tomó la lámpara y avanzó hacia la entrada.

La puerta comenzó a abrirse lentamente y una figura apareció en el pasadizo.

Eleanor reconoció el rostro de Thomas Vale, pero algo había cambiado.

Su expresión era distinta, su mirada tenía una seguridad inquietante y, sobre todo, no había sorpresa en sus ojos.

Miraba a Julian como quien contempla a alguien que ha estado esperando durante muchos años.

—Hermano —dijo.

Julian permaneció inmóvil.

Edmund retrocedió.

—No.

El hombre sonrió.

—Hola, Edmund.

El anciano parecía incapaz de aceptar lo que estaba viendo.

—Tú no eres Thomas.

La sonrisa desapareció.

—No.

Julian miró a Edmund.

—Entonces ¿quién es?

El hombre dio un paso hacia ellos.

—Me llamo Thomas Vale.

—Ese no es tu nombre —respondió Edmund.

La figura volvió a sonreír.

—No.

Eleanor sintió que una certeza terrible comenzaba a formarse.

—Entonces ¿cuál es?

El hombre la miró directamente.

—Blackwood.

Julian palideció.

Edmund cerró los ojos. Y en aquel instante Eleanor comprendió que la historia que habían intentado reconstruir durante tantos días era todavía más peligrosa de lo que habían imaginado.

El hombre que todos habían conocido como Thomas Vale no era el hijo perdido de Margaret, sino alguien cuya verdadera identidad había permanecido oculta durante años.

El verdadero Thomas, hijo de Elizabeth, había desaparecido; mientras tanto, el hombre que ocupaba su lugar era el hijo de Margaret y, por tanto, el hermano de Julian.

Pero la última revelación era aún más inquietante. El hombre que acababa de regresar no era simplemente un hermano perdido. Era un Blackwood. El verdadero heredero de Blackthorn. Y había regresado dispuesto a reclamar aquello que consideraba suyo.

Por primera vez, Eleanor comprendió que la lucha por Blackthorn House no había terminado con el regreso de Julian.

En realidad, acababa de comenzar una nueva batalla, mucho más peligrosa, porque ahora había aparecido un hombre que podía destruir el frágil equilibrio que todos habían intentado mantener durante doce años.

Un hombre que debía estar muerto. Un hombre cuya existencia podía cambiar para siempre el destino de todos. Y un hombre que parecía haber estado esperando precisamente aquel momento para regresar.