Capítulo 9. Thomas Vale
Durante unos instantes, Eleanor no fue capaz de apartar los ojos del documento que Julian había colocado entre sus manos.
El papel amarillento temblaba ligeramente, aunque no sabía si era consecuencia del frío que se había instalado en la habitación o de la agitación que comenzaba a recorrer su cuerpo.
Había aprendido que, en Blackthorn, las respuestas nunca llegaban solas.
Cada verdad descubierta arrastraba consigo una pregunta todavía más peligrosa, y aquella noche no era diferente.
Primero habían encontrado el nombre de Thomas Vale, después habían descubierto que Margaret había tenido un hijo y, finalmente, una carta anónima les había revelado que aquella Navidad habían nacido dos niños.
Ahora el segundo llevaba el apellido Wexford, precisamente el apellido de uno de los hombres más poderosos de Kent y, al mismo tiempo, de un hombre que había comenzado a acercarse a Eleanor desde que ella había regresado a Inglaterra.
Lord Wexford.
Eleanor volvió a leer el nombre que aparecía en el documento, intentando encontrar una explicación que permitiera mantener separadas aquellas dos realidades.
Pero cuanto más lo pensaba, más evidente parecía la conexión.
Wexford no era un apellido común en aquella parte del condado.
La familia llevaba generaciones ocupando una posición destacada entre la aristocracia local, y si el niño nacido aquella Navidad había recibido realmente ese apellido, alguien había querido otorgarle una identidad capaz de ocultar su verdadero origen. La pregunta era por qué.
—No puede ser Lord Wexford.
Julian negó lentamente con la cabeza.
—No he dicho que lo sea. El documento solo dice que el niño llevaba el apellido Wexford.
Eleanor levantó la mirada.
—¿Y qué diferencia hay?
—Toda. Si fue registrado con ese apellido, alguien tuvo que hacerlo.
Si fue criado por los Wexford, alguien tuvo que entregárselo.
Y si el nombre se utilizó únicamente para protegerlo, entonces alguien tuvo que decidir que aquella familia era el mejor escondite posible.
En cualquiera de los casos, necesitamos saber qué relación existía entre ese niño y los Wexford.
Eleanor comprendió entonces la verdadera implicación.
—Y crees que Lord Wexford puede saberlo.
—Creo que no podemos descartarlo.
La tormenta golpeó con fuerza los cristales.
Eleanor caminó hacia la ventana y contempló los jardines bajo la lluvia, sintiendo que Blackthorn parecía cada vez más aislada del resto del mundo.
Durante un momento pensó en el hombre que había comenzado a cortejarla y en la posibilidad de que aquella proximidad no fuera una coincidencia.
—¿Y si sabía quién era mi padre? —preguntó—. ¿Y si se acercó a mí porque conocía algo sobre Blackthorn? ¿Y si sabe quién es Thomas?
Julian la observó con gravedad.
—Entonces tenemos que encontrar a Thomas antes que él.
Aquella respuesta provocó en Eleanor una inquietud inmediata.
—¿Por qué estás tan seguro de que Thomas está en peligro?
—Porque alguien ha pasado doce años intentando borrar su existencia.
Eleanor no encontró respuesta. De pronto comprendió que habían estado siguiendo las huellas de un hombre que quizá ni siquiera sabía que estaba siendo buscado.
Thomas Vale, el hijo de Margaret, el niño desaparecido y posible heredero de un secreto que había sobrevivido durante doce años, podía convertirse en la pieza central de una conspiración mucho más grande de lo que ninguno de los dos había imaginado.
Al día siguiente, poco después del mediodía, un carruaje se detuvo frente a la entrada principal de Blackthorn.
Eleanor reconoció inmediatamente el escudo de la puerta.
Wexford. Desde una de las ventanas observó cómo Lord Wexford descendía del vehículo y atravesaba la lluvia con la misma seguridad serena que había mostrado en sus anteriores encuentros.
Era un hombre elegante, de unos treinta y cinco años, acostumbrado a desenvolverse en un mundo donde el poder no necesitaba exhibirse para ser reconocido.
Hasta entonces Eleanor había visto en él cortesía, inteligencia y una seguridad que contrastaba con el carácter reservado de Julian.
Ahora, sin embargo, mientras lo contemplaba acercarse a la casa, se preguntaba cuántas cosas podía esconder aquel rostro tranquilo.
Cuando Wexford entró en el salón, Eleanor lo recibió con una cortesía deliberadamente fría. Después de intercambiar unas palabras, decidió abandonar cualquier intento de conversación superficial.
—Conocía usted a mi padre.
—Sí.
—¿Y a Edmund Blackwood?
Wexford tardó apenas un instante en responder.
—También.
—¿Fueron amigos?
—Durante un tiempo.
Eleanor sostuvo su mirada.
—¿Y Margaret Bell?
El silencio fue inmediato.
Por primera vez desde que había entrado en la habitación, la expresión de Wexford perdió aquella seguridad impecable que parecía formar parte de su naturaleza.
—No conozco ese nombre —respondió.
Eleanor supo entonces que estaba mintiendo.
—Es extraño. Su nombre aparece en documentos relacionados con Edmund Blackwood.
—No sé qué documentos son esos.
—Por supuesto.
Wexford la observó durante unos segundos antes de sonreír débilmente.
—Tiene usted un carácter muy distinto del que recordaba.
—No me conocía entonces.
—La conocí cuando era una muchacha. Su padre hablaba de usted.
Eleanor sintió una tensión inesperada.
—¿Qué decía?
—Que tenía una voluntad extraordinaria y que algún día tendría que elegir entre hacer lo que los demás esperaban de usted y hacer lo que realmente deseaba.
Aquella frase la golpeó con una intensidad que no esperaba. Su padre podría haber pronunciado aquellas mismas palabras.
—¿Cuándo fue la última vez que habló con él?
Wexford guardó silencio.
—Poco antes de su muerte —respondió finalmente—. Estuvo en Londres.
Eleanor sintió un escalofrío.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Porque no pensé que fuera relevante.
—¿Y ahora?
Wexford la miró directamente.
—Ahora creo que todo es relevante.
La puerta del salón se abrió en aquel instante y Julian apareció. La mirada de ambos hombres se encontró inmediatamente. Eleanor percibió algo que no era sorpresa, sino reconocimiento.
—¿Os conocéis? —preguntó.
—Nos conocimos hace muchos años —respondió Wexford.
Pero fue Julian quien añadió la verdad que Wexford parecía dispuesto a ocultar.
—Wexford trabajó para Edmund.
Eleanor sintió que algo se quebraba dentro de ella.
—¿Qué?
—Eso no es exactamente cierto —intervino Wexford—. Edmund y yo compartíamos ciertos intereses.
—¿Qué intereses?
Wexford miró a Julian.
—Pregúntele a él.
Eleanor se levantó.
—Estoy cansada de que todo el mundo me diga que pregunte a otra persona.
La expresión de Wexford cambió.
—Entonces quizá debería preguntarse por qué tantas personas han decidido ocultarle la verdad.
Antes de marcharse, Eleanor formuló la pregunta que llevaba varios minutos esperando hacer.
—¿Tiene usted un hijo?
El silencio fue absoluto. Wexford no se volvió inmediatamente.
—No tengo hijos.
—¿Está seguro?
Él regresó lentamente la mirada hacia ella.
—Lady Ashcombe, le aconsejo que no continúe por ese camino.
—¿Por qué?
—Porque hay preguntas cuyas respuestas pueden destruir una vida.
Eleanor sostuvo su mirada.
—La mía ya ha sido destruida.
Wexford no respondió. Después abandonó la habitación. Cuando el carruaje se perdió finalmente entre la lluvia, Eleanor se volvió hacia Julian.
—¿Qué demonios fue eso?
—No lo sé.
—Mentira. Conoces a Wexford, sabes quién es y sabes qué relación tenía con Edmund.
Julian permaneció en silencio.
—Quiero la verdad —continuó Eleanor—. No quiero que vuelvas a protegerme ocultándome cosas. Quiero saber qué está ocurriendo con mi padre, con Edmund, con Margaret, con Thomas y con ese segundo niño cuyo nombre nadie parece dispuesto a pronunciar.
Julian se acercó lentamente.
—No sabemos que Wexford esté relacionado con ese niño.
—El documento dice que llevaba su apellido.
—Eso no significa que fuera su hijo. Alguien pudo utilizar el nombre de los Wexford para protegerlo o para ocultarlo.
Eleanor lo observó.
—Pero tú sabes algo sobre él.
Julian no respondió.
—Julian. ¿Lo conociste?
El silencio respondió por él.
—Sí —admitió finalmente—. Hace ocho años, en Londres.
Eleanor sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Quién era?
—No lo sabía entonces. Era un muchacho de unos veinte años que trabajaba para un hombre dedicado a investigar documentos antiguos, testamentos, registros de propiedades y certificados de nacimiento.
Era inteligente y estaba buscando su propia identidad.
No sabía quién era su padre y creía que su madre había muerto cuando él era pequeño.
Eleanor sintió un escalofrío.
—Margaret.
Julian asintió.
—Eso decía él.
—¿Y quién le había contado que Margaret era su madre?
Julian tardó en responder.
—Edmund.
Eleanor se quedó inmóvil.
—Pero Edmund desapareció en 1879.
—Sí.
—Entonces ¿cómo pudo hablar con Thomas?
Julian levantó lentamente la mirada.
—Porque quizá Edmund no murió.
Eleanor sintió que el mundo se detenía.
—¿Edmund está vivo?
—No estoy seguro. Pero Thomas me enseñó una carta suya. En ella le decía que debía buscar a Margaret porque ella había sobrevivido.
Eleanor apenas podía respirar.
—Margaret está viva.
—Eso parece.
—¿Y Thomas?
—También.
—¿Dónde está?
Julian negó con la cabeza.
—Desapareció hace tres días.
Eleanor sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Quién se lo llevó?
—No lo sé. Solo sé que había encontrado algo.
—¿Qué?
Julian la miró.
—El nombre del hombre que creía que había matado a Margaret.
Eleanor retrocedió.
—Pero acabas de decir que Margaret está viva.
—Eso creía Thomas. Ahora no sabemos qué creer.
En ese momento, un ruido procedente del piso superior interrumpió la conversación.
Julian subió las escaleras y Eleanor lo siguió hasta su habitación.
La puerta estaba abierta y el interior había sido registrado.
Los cajones estaban fuera de su sitio y los vestidos habían sido apartados, como si alguien hubiera buscado desesperadamente algo que no había encontrado.
Sobre la cama descansaba el medallón que Eleanor había llevado alrededor del cuello.
Estaba abierto. En su interior había una fotografía antigua de dos mujeres frente a una casa. Una de ellas era Margaret. La otra resultaba desconocida para Eleanor. Al darle la vuelta encontraron una inscripción.
«Para que recuerdes quién eras antes de que te obligaran a olvidar».
Debajo aparecía una segunda frase.
«Tu madre no murió».
Eleanor levantó lentamente los ojos.
—Es para Thomas.
Julian asintió.
—Y alguien quiere que lo encontremos.
—¿Quién?
Julian observó la fotografía.
—La pregunta no es quién quiere que lo encontremos, sino quién quiere que lleguemos hasta él antes que ellos.
Un movimiento en el jardín hizo que ambos se volvieran hacia la ventana. Una figura acababa de desaparecer entre los árboles. Julian corrió hacia la puerta, mientras Eleanor permanecía junto al escritorio, donde acababa de descubrir algo que no estaba allí unos minutos antes.
Una hoja.
La tomó y reconoció inmediatamente el nombre escrito en la primera línea.
Thomas Vale.
Debajo aparecía una dirección.
Eleanor sintió que el corazón comenzaba a latirle con violencia.
—Julian.
Él regresó junto a ella.
—¿Dónde?
Eleanor le entregó el documento.
Thomas no estaba en Londres. Tampoco en Kent. Se encontraba mucho más cerca de lo que jamás habían imaginado, en una pequeña casa situada a menos de una hora de Blackthorn.
—Tenemos que irnos —dijo Julian.
—¿Ahora?
—Ahora.
Eleanor tomó su abrigo.
—¿Y si es una trampa?
Julian la miró.
Eleanor recordó entonces sus propias palabras: no quería que la protegiera, quería que confiara en ella.
—Entonces iremos juntos —respondió Julian.
Por primera vez desde que había regresado a Inglaterra, Eleanor sintió que el hombre que había amado ocho años atrás y el hombre que ahora estaba a su lado comenzaban, finalmente, a convertirse en la misma persona.
Pero ninguno de los dos sabía que, en aquella pequeña casa, Thomas Vale llevaba tres días esperando que alguien acudiera a buscarlo. Tampoco sabían que alguien había llegado antes que ellos. Y aquella persona había dejado sobre la mesa una única carta. Una carta dirigida a Eleanor Ashcombe.