Capítulo 8. El beso de los que aún se aman
Durante varios segundos, Eleanor permaneció inmóvil con la carta entre las manos, incapaz de apartar la mirada de aquellas últimas palabras.
Había otro niño. No una posibilidad ni una sospecha, sino la afirmación de que aquella Navidad habían nacido dos criaturas cuyos destinos habían quedado unidos al secreto que durante doce años habían protegido las familias más poderosas de Kent.
Eleanor sintió que aquella revelación se instalaba lentamente dentro de ella, como una piedra arrojada al centro de un lago cuyas ondas alcanzaban ahora cada rincón de su memoria.
Julian seguía frente a ella, severo y profundamente inquieto.
Eleanor lo conocía lo suficiente para reconocer la tensión que ocultaba bajo su aparente serenidad, pero aquella noche había algo diferente en su expresión.
La carta había abierto una puerta que ninguno de los dos sabía cómo cerrar.
—¿Quién escribió esto? —preguntó finalmente.
Julian volvió a examinar el documento.
—No lo sé.
—La letra es tuya.
Él levantó la mirada de inmediato.
—Yo no escribí esa carta.
—Entonces alguien ha imitado tu escritura.
—Es posible.
Eleanor sintió que la frustración comenzaba a apoderarse de ella.
—Todo es siempre una trampa para ti.
—No todo.
—¿Entonces qué parte no lo es?
Julian dejó la carta sobre la mesa y la miró directamente.
—La parte en la que tú estás en peligro.
Eleanor quiso responder, pero se contuvo.
La mujer que les había entregado la carta permanecía todavía en un rincón de la pequeña habitación, observándolos con evidente incomodidad.
Antes de marcharse, Julian quiso saber si su padre había conocido a Thomas Vale y si sabía algo sobre Margaret.
La respuesta de la mujer fue tan inquietante como imprecisa: su padre creía que algunas personas desaparecían porque alguien quería que desaparecieran.
Cuando Eleanor le pidió que enviara cualquier información que recordara a Blackthorn, la mujer palideció.
—No —dijo—. Blackthorn ya no es un lugar seguro.
Aquellas palabras acompañaron a Eleanor durante todo el trayecto de regreso.
La lluvia había comenzado a caer sobre Canterbury y el carruaje avanzaba lentamente por caminos embarrados.
Blackthorn, comprendió, no era simplemente una casa heredada.
Era el centro de una historia que había destruido demasiadas vidas.
Allí había muerto su padre, allí había desaparecido Edmund, allí se había ocultado la verdad sobre Margaret y allí alguien había entrado en una biblioteca secreta para dejarles un medallón que finalmente los había conducido hasta aquella carta.
Nada podía ser casual, y cuanto más descubrían, menos comprendían.
—Hay algo que no me has contado —dijo Eleanor mientras caminaban hacia el carruaje.
Julian la miró.
—¿Sobre la carta?
—Sobre los dos niños.
Él permaneció unos instantes en silencio.
—Había rumores.
—¿Qué rumores?
—Que Margaret no había tenido un solo hijo.
Eleanor se detuvo.
Julian terminó confesándole que había escuchado aquello años atrás, en Londres, de una mujer que había trabajado para Edmund y que conocía algunos de sus asuntos más privados.
Aquella mujer había sido asesinada poco después de hablar con él, antes de poder revelar quién era el segundo niño.
Eleanor comprendió entonces que no se trataba de una simple omisión.
Alguien había protegido aquel secreto con una violencia suficiente para matar a quienes se acercaban demasiado a él.
—¿Por qué nunca me contaste esto?
Julian bajó la mirada.
—Porque durante ocho años intenté mantenerte alejada de todo esto.
—Pero ahora estoy dentro.
—Sí.
—Entonces tendrás que confiar en mí.
Julian sostuvo sus ojos.
—Eso es lo que más miedo me da.
Eleanor sintió que aquella respuesta atravesaba algo que llevaba demasiado tiempo protegido dentro de ella.
Detrás de todos los silencios, de las mentiras y de las decisiones que Julian había tomado sin consultarla, seguía existiendo el mismo hombre al que había amado ocho años atrás.
El mismo que había desaparecido de su vida y al que había intentado odiar durante años sin conseguirlo completamente.
El carruaje llegó poco después y ambos subieron. Durante casi una hora viajaron en silencio, hasta que Eleanor formuló la pregunta que llevaba ocho años esperando hacer.
—¿Por qué desapareciste aquella noche?
Julian no respondió inmediatamente. Finalmente le explicó que, después de haber sido atacado y de que Edmund lo ayudara a escapar, había intentado regresar.
Entonces un sacerdote, el padre Thomas, le había asegurado que Eleanor había muerto de una fiebre.
Julian había creído aquella mentira y, cuando recibió posteriormente una carta supuestamente escrita por Eleanor en la que ella afirmaba que no quería volver a verlo, terminó aceptando que la mujer que amaba había desaparecido para siempre.
Eleanor sintió que las lágrimas llenaban sus ojos.
—Yo también recibí una carta.
Julian levantó la mirada.
—¿Qué decía?
—Que te habías marchado voluntariamente y que habías decidido no regresar.
El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier reproche. Durante ocho años ambos habían vivido creyendo que el otro había elegido abandonarlos. Ahora comprendían que alguien había construido deliberadamente aquella mentira para separarlos.
—Nunca dejé de buscar respuestas —dijo Julian.
—Yo tampoco dejé de preguntarme por qué me habías abandonado.
Julian extendió entonces la mano. Eleanor observó aquellos dedos que había conocido tantos años atrás y que durante demasiado tiempo había imaginado lejos de ella.
Finalmente, permitió que sus manos se unieran.
El gesto fue sencillo, pero ambos comprendieron su significado.
No te abandoné. Yo tampoco. Te busqué. Yo también.
—Ahora sabemos que alguien nos separó —dijo Eleanor.
Julian apretó suavemente su mano.
—Sí.
—Entonces podemos descubrir quién fue.
Julian la miró con una gravedad que apagó cualquier esperanza inmediata.
—Eso es lo que me preocupa.
—¿Por qué?
—Porque ahora sabemos que esa persona sigue viva.
Cuando regresaron a Blackthorn, la tormenta golpeaba violentamente los cristales. La casa estaba extrañamente silenciosa. La señora Whitmore no se encontraba en su habitación y la ventana estaba abierta, dejando entrar la lluvia. Sobre la cama había un sobre.
Eleanor lo abrió. Dentro solo había una frase.
«No busquen a Thomas Vale».
Julian tomó el papel de sus manos.
—Se la han llevado.
Eleanor sintió que el miedo comenzaba a transformarse en rabia.
—Entonces encontraremos a la señora Whitmore. Y encontraremos a Thomas.
Julian la miró.
—Eleanor...
—No vuelvas a desaparecer sin decirme la verdad.
—Te lo prometo.
Ella negó lentamente.
—No quiero una promesa. Quiero que confíes en mí.
Julian permaneció inmóvil.
—Ocho años —continuó Eleanor, mientras las lágrimas comenzaban a caer—. Ocho años creyendo que me habías abandonado. Ocho años pensando que nunca me habías amado.
Julian dio un paso hacia ella.
—Nunca dejé de amarte.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Eleanor cerró los ojos. Había imaginado aquel momento muchas veces, pero siempre había creído que el tiempo habría destruido sus sentimientos, que encontraría la manera de mantenerse fría cuando Julian regresara a su vida.
Sin embargo, cuando él levantó la mano y acarició suavemente su rostro, comprendió que el tiempo no había destruido aquel amor.
Solo lo había enterrado bajo ocho años de dolor.
—No deberías haber vuelto —susurró.
—Lo sé.
—Deberías haberte quedado lejos.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué regresaste?
Julian sostuvo su mirada.
—Porque cuando supe que tu padre había muerto comprendí que podía perderte otra vez.
Eleanor sintió que algo dentro de ella se quebraba.
—Ya me habías perdido.
—Nunca te perdí.
Aquella respuesta fue demasiado para ella. Durante un instante permanecieron frente a frente, separados únicamente por los años que habían perdido y por todo aquello que todavía no sabían. Eleanor había querido odiarlo, pero el odio nunca había conseguido borrar completamente lo que sentía.
—Si te beso —susurró—, no significa que te haya perdonado.
—Lo sé.
—Ni que confíe en ti.
—Lo sé.
—Ni que todo vuelva a ser como antes.
Julian la miró con una tristeza serena.
—Nunca volverá a ser como antes.
Eleanor comprendió que aquella era la única respuesta que podía aceptar. Entonces lo besó.
Al principio fue un beso breve y temeroso, casi una pregunta después de ocho años de silencio.
Pero cuando Julian respondió, todo aquello que ambos habían mantenido enterrado comenzó a regresar con una fuerza que ninguno pudo contener.
Eleanor se aferró a su abrigo y Julian la rodeó con los brazos, acercándola como si hubiera esperado durante ocho años para recuperar un instante que había creído perdido para siempre.
Eleanor cerró los ojos y recordó la Navidad de 1879, la nieve, las promesas y al hombre que había amado.
Recordó también el dolor, la soledad y todos los años que habían sido robados de sus vidas.
Por eso fue ella quien se apartó primero.
Permanecieron muy cerca, respirando con dificultad.
—No digas nada —susurró Eleanor.
Julian obedeció.
—Si dices algo ahora, voy a perdonarte demasiado pronto.
Una sonrisa apareció en el rostro de Julian.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Sí lo haces.
—Es la primera vez que me dices que quieres perdonarme.
Eleanor apartó la mirada.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado.
Ella intentó mantener la seriedad, pero terminó sonriendo también.
Aquel pequeño gesto, más que el beso, terminó de destruir la distancia que había existido entre ellos.
No estaban reconciliados, todavía quedaban demasiadas preguntas y demasiadas heridas por resolver, pero ya no eran dos personas que creían haber sido abandonadas.
Eran dos personas que habían descubierto que alguien las había separado.
Y ahora podían luchar juntas contra quien lo había hecho.
Aquella noche, mientras la tormenta continuaba golpeando Blackthorn, Eleanor permaneció junto a la ventana de su habitación.
La carta descansaba sobre el escritorio junto al medallón.
Julian había regresado a la biblioteca para revisar nuevamente los documentos encontrados en la habitación secreta, pero antes de marcharse le había prometido que volvería.
Y esta vez Eleanor sabía que lo haría.
Cuando la puerta se abrió, Julian entró con un documento en la mano.
—He encontrado algo.
Eleanor se acercó.
—¿Qué?
Julian le entregó el papel.
—El nombre del segundo niño.
Eleanor sintió que el corazón comenzaba a acelerarse. Leyó el documento y reconoció inmediatamente el apellido que aparecía allí. Era un nombre que había escuchado durante toda su vida, perteneciente a una de las familias más poderosas y cercanas a los Ashcombe.
—¿Quién es? —preguntó.
Julian la observó.
—No lo sé.
—Pero conoces el apellido.
—Sí.
—¿Quién es?
Julian tardó unos segundos en responder.
—Creo que tenemos que hablar con Lord Wexford.
Eleanor sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Julian señaló el documento.
—Porque el segundo niño llevaba su apellido.
Eleanor volvió a mirar aquella hoja.
Y comprendió que el misterio acababa de adquirir una dimensión mucho más peligrosa.
Ya no se trataba únicamente de descubrir quién era Thomas Vale, el hijo desaparecido de Margaret.
Ahora debían averiguar quién había sido el segundo niño nacido aquella Navidad y por qué alguien había decidido borrar su existencia de la historia.
La respuesta, quizá, se encontraba en la familia Wexford. Y Lord Wexford estaba a punto de convertirse en una pieza esencial de aquel misterio.