Capítulo 7. El hijo de Margaret
La noche había avanzado mucho cuando Eleanor y Julian abandonaron la biblioteca secreta.
La casa permanecía sumida en un silencio extraño después de todo lo ocurrido.
La señora Whitmore había sido trasladada a una habitación cercana a la cocina, donde una criada permanecía a su lado mientras esperaban al médico, y nadie parecía dispuesto a recorrer los pasillos después de descubrir que un desconocido había entrado en Blackthorn sin ser visto.
Sin embargo, Eleanor tenía la impresión de que el verdadero peligro no estaba fuera, sino dentro de la casa, oculto entre sus paredes, en los documentos que su padre había escondido y en los recuerdos que durante doce años habían permanecido enterrados bajo una versión cuidadosamente construida de la realidad.
Eleanor se detuvo en mitad del corredor.
—Tenemos que encontrarlo.
Julian se volvió.
—¿A quién?
—A Thomas Vale.
—No sabemos si existe.
—Tenemos su nombre, el medallón y la carta de Edmund. Dice que Margaret tenía la prueba.
Julian la observó.
—Eso no demuestra que Thomas sea el hijo de Margaret.
—Pero alguien acaba de dejar ese medallón en la habitación secreta.
—Entonces alguien quiere que lo encontremos.
—O quiere que creamos que existe.
Eleanor sintió que la frustración aumentaba.
—¿Por qué todo tiene que ser una trampa para ti?
—Porque normalmente lo es.
La respuesta fue tan seca que Eleanor guardó silencio.
—Lo siento —añadió Julian.
—No tienes que disculparte. Lo que tienes que hacer es dejar de comportarte como si fueras el único que tiene derecho a tener miedo.
Julian levantó los ojos.
—Yo también tengo miedo —continuó Eleanor—. Solo que no pienso permitir que el miedo decida por mí.
Algo cambió en la expresión de Julian.
—Eres mucho más valiente de lo que deberías ser.
Durante un instante, Eleanor volvió a ver al Julian de 1879, al hombre que protestaba cada vez que ella insistía en acompañarlo a lugares peligrosos, aunque ambos sabían que jamás conseguiría convencerla de quedarse atrás.
Después recordó al hombre que había desaparecido y la expresión se endureció.
—Mañana iremos a Ashford.
—¿Por qué?
—Porque Margaret fue vista allí por última vez.
—Han pasado doce años.
—Entonces buscaremos a alguien que recuerde.
—No sabemos siquiera si Thomas nació en Kent.
—Pero sabemos que Margaret estuvo en Ashford. Empezaremos por la estación.
Julian suspiró.
—No vas a cambiar de opinión.
—No.
—Lo imaginaba.
Eleanor continuó caminando.
—Y tú vas a venir conmigo.
Julian sonrió débilmente.
—Eso también lo imaginaba.
A la mañana siguiente, Blackthorn amaneció bajo una lluvia fina y persistente.
La casa había recuperado aparentemente su tranquilidad, pero Eleanor sabía que aquella calma era una ilusión.
La señora Whitmore había pasado la noche descansando y el médico había confirmado que la herida no era grave, aunque la anciana se había negado a hablar nuevamente sobre el intruso.
Cuando Eleanor intentó preguntarle quién era el hombre que había entrado en la casa, la mujer cerró los ojos y fingió estar dormida.
Antes de abandonar Blackthorn, Eleanor regresó a la biblioteca secreta.
No quería dejar allí los documentos, pero Julian consideró que transportarlos podía resultar todavía más peligroso.
Finalmente escondieron las cartas en un compartimento bajo el escritorio de Edmund y se llevaron únicamente el medallón de Thomas Vale, que Eleanor pasó alrededor de su cuello, ocultándolo bajo el vestido.
No sabía exactamente por qué había decidido llevarlo consigo, pero sentía que era más seguro mantenerlo cerca.
Julian lo observó mientras subían al carruaje.
—¿Qué?
—Estoy pensando.
—Eso suele ser peligroso.
Él sonrió.
—En ocasiones.
El carruaje comenzó a avanzar.
—¿En qué estás pensando?
—En que el medallón no apareció por casualidad. Pertenece a alguien.
—A Thomas.
—Probablemente. Pero si es suyo, ¿por qué lo tenía quien entró en la biblioteca?
Eleanor comprendió.
—Porque Thomas se lo dio.
—O porque alguien se lo quitó.
Eleanor miró por la ventana.
—Entonces tenemos dos posibilidades. O Thomas está vivo y alguien sabe dónde encontrarlo, o está muerto y alguien utiliza su nombre para conducirnos hacia una trampa.
Julian sostuvo su mirada.
—Creo que está vivo.
—¿Por qué?
—Porque si quisieran matarnos, ya lo habrían hecho.
Eleanor sintió un escalofrío.
—No estoy segura de que eso sea tranquilizador.
—No pretendía serlo.
Durante buena parte del trayecto ninguno habló. Las colinas y los campos de Kent pasaban lentamente ante sus ojos, cubiertos por la lluvia, mientras Eleanor pensaba en todas las historias que podían esconderse bajo aquella apariencia tranquila. Finalmente preguntó:
—¿Qué ocurrió con Margaret después de Ashford?
—No lo sé.
—¿Estás seguro?
—No intento ocultarte nada.
Eleanor lo observó.
—Esta vez sí te creo.
Julian permaneció unos instantes en silencio.
—Mi padre mencionó una vez una estación. Yo tenía veintiún años y escuché una conversación entre él y tu padre. Discutían sobre una mujer.
—¿Margaret?
—Creo que sí. Tu padre estaba enfadado porque Edmund quería encontrarla.
—¿Y él quería impedirlo?
—Sí. Creía que buscarla ponía a todos en peligro.
—¿Por qué?
Julian cerró los ojos, intentando recuperar un recuerdo enterrado durante años.
—Hablaron del niño.
Eleanor se inclinó hacia delante.
—¿Qué dijeron?
—Edmund dijo que no podían dejarlo en manos de aquellos hombres.
—¿Qué hombres?
—No lo sé.
—¿Y tu padre?
—Dijo que el niño no era responsabilidad de Edmund.
Eleanor sintió una punzada.
—¿Y Edmund?
Julian la miró.
—Respondió que era su responsabilidad.
El silencio llenó el carruaje.
—Si Edmund creía que el niño era suyo...
—No sabemos que lo creyera. Podía estar intentando protegerlo porque sabía que estaba en peligro.
Eleanor tocó el medallón oculto bajo su vestido.
—Entonces Edmund estaba intentando protegerlo y mi padre quería impedir que lo encontrara.
—Eso parece.
—¿Por qué?
Julian volvió a guardar silencio.
Eleanor cerró los ojos.
—No me digas que no lo sabes.
—No lo sé.
Ella sonrió con tristeza.
—Empiezo a pensar que toda nuestra vida está construida sobre esa frase.
Julian no respondió.
La estación de Ashford era mucho más pequeña de lo que Eleanor había imaginado.
El edificio de ladrillo oscuro tenía un aspecto severo y funcional, y el andén estaba húmedo por la lluvia.
Julian se acercó al empleado de la taquilla y preguntó por Margaret Bell.
El hombre parecía demasiado joven para haber trabajado allí en 1879, pero llamó a un empleado de mayor edad.
El anciano apareció unos minutos después.
—¿Margaret Bell? —preguntó.
—Sí —respondió Eleanor.
El hombre la observó.
—¿Por qué quieren saber de ella?
Julian intervino.
—Intentamos encontrar a una persona desaparecida.
—Eso ocurrió hace muchos años.
—Lo sabemos.
El anciano volvió la mirada hacia Eleanor.
—¿Quién era para usted?
Eleanor dudó.
—Una conocida de mi familia.
El hombre la estudió durante unos segundos.
—No era una mujer que uno olvidara fácilmente.
—¿Por qué?
—Porque estaba embarazada.
Julian y Eleanor intercambiaron una mirada.
—¿La vio aquella noche? —preguntó Julian.
—Sí. Poco antes de las diez.
—¿Iba sola?
—No. La acompañaba un caballero.
—¿Podría describirlo?
—Era alto, de unos cuarenta años, quizá. Llevaba un abrigo oscuro, sombrero y guantes. No tenía barba.
—¿Y Margaret?
—Llevaba una bolsa. Parecía preparada para viajar.
—¿Subieron al tren?
—Sí. A Londres.
Eleanor sintió una extraña decepción.
—¿Está seguro?
—Completamente.
—¿Los vio subir juntos?
—Sí.
Julian frunció el ceño.
—¿Está seguro de que era Margaret Bell?
—Sí.
—¿Y de que estaba embarazada?
—Era evidente.
—¿Parecía asustada?
El anciano tardó en responder.
—No. Ella parecía tranquila. El hombre, en cambio, estaba nervioso y miraba constantemente hacia atrás.
—¿Como si alguien los siguiera? —preguntó Julian.
—Exactamente.
Julian guardó silencio.
—Hay algo extraño —añadió el anciano.
Eleanor sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Qué?
—El tren llegó a Londres. Pero la mujer no llegó.
Julian se quedó inmóvil.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque al día siguiente un hombre preguntó si Margaret Bell había viajado en aquel tren.
—¿Quién era?
—No lo sé.
—¿Y qué ocurrió?
—Volvió tres días después y dijo que había encontrado a Margaret.
—¿Dónde?
—No lo dijo. Nunca volvió.
Eleanor permaneció en silencio.
—¿Recuerda algo más? —preguntó Julian.
El anciano dudó.
—Sí. El niño.
Eleanor sintió que todo su cuerpo se tensaba.
—¿Qué niño?
—El niño nació.
Eleanor dejó de respirar.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque lo vi en Londres unos meses después.
—¿Margaret estaba con él?
—No.
—Entonces, ¿quién?
El anciano miró hacia la puerta.
—El mismo caballero que la acompañaba aquella noche.
Julian dio un paso hacia él.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Cómo era el niño?
—Muy pequeño. Tenía los ojos oscuros.
—¿Y el hombre?
—También.
Eleanor sintió un escalofrío.
—¿Quiere decir que el niño se parecía a él?
—Sí.
Julian permaneció inmóvil.
—¿Dónde los vio?
—En Londres.
—¿Dónde exactamente?
El anciano negó con la cabeza.
—No puedo decirlo.
—¿Por qué?
—Me hicieron prometer que nunca hablaría.
Julian se acercó.
—¿Quién?
El hombre retrocedió.
—No quiero problemas.
—No tendrá problemas.
—Eso no lo sabe.
El anciano miró a Eleanor.
—Usted debería marcharse.
—¿Por qué?
—Porque su padre ya no puede protegerla.
Eleanor sintió que la sangre se le helaba.
—¿Conocía a mi padre?
El hombre palideció.
—No he dicho eso.
—Ha dicho que mi padre me protegía.
—He dicho que ya no puede protegerla.
Eleanor dio un paso hacia él, pero Julian la detuvo.
—Tenemos que irnos.
—Quiero saber quién era ese hombre.
—Lo averiguaremos.
Julian volvió la mirada hacia el anciano.
—¿Quién más trabajaba aquí aquella noche?
El hombre guardó silencio.
—¿Quién?
Finalmente respondió:
—Samuel Reed.
—¿Dónde está?
—Muerto. Hace cinco años.
—¿Familia?
—Una hija.
—¿Dónde vive?
—En Canterbury.
Julian asintió.
—Gracias.
Abandonaron la estación bajo la lluvia. Una vez fuera, Eleanor se volvió hacia él.
—¿Qué sabes?
—Nada.
—No me mientas.
—No lo hago.
—Entonces, ¿por qué estás tan pálido?
Julian la miró.
—Porque el hombre que acompañaba a Margaret no era quien creíamos.
—¿Quién era?
—No lo sé. Pero si el niño se parecía a él, tenemos que preguntarnos quién era realmente su padre.
Eleanor tocó el medallón.
—¿Crees que era Edmund?
—No.
—¿Por qué?
—Porque Edmund tenía los ojos claros.
Eleanor sintió un escalofrío.
—Y el niño los tenía oscuros.
—Eso ha dicho el anciano.
—Entonces Thomas no era hijo de Edmund.
—No necesariamente. Pero quizá todo lo que creemos saber sobre Margaret está equivocado.
Eleanor permaneció inmóvil.
—¿Y si Thomas Vale no es hijo de Edmund?
—Entonces no tiene ningún derecho sobre Blackthorn.
—¿Y si sí lo es?
Julian no respondió.
Eleanor comprendió entonces la verdadera razón por la que alguien había intentado borrar toda huella del niño. Si Thomas Vale era realmente el hijo de Edmund Blackwood, existía un hombre que podía reclamar algo que muchos habían hecho todo lo posible por ocultar.
El verdadero heredero de Blackthorn.
Ninguno de los dos vio el carruaje negro detenido al otro lado de la calle. El hombre que estaba dentro observó primero a Eleanor y después a Julian. Finalmente, sus ojos descendieron hasta el medallón que sobresalía ligeramente bajo el vestido de Eleanor.
Sonrió, y cerró la cortina.
Aquella misma tarde llegaron a Canterbury.
La hija de Samuel Reed vivía en una pequeña casa situada en una calle tranquila, alejada del centro.
Era una mujer de unos cuarenta años, delgada y de aspecto cansado, que recibió a ambos con evidente desconfianza.
Cuando Julian mencionó el nombre de su padre, estuvo a punto de cerrarles la puerta.
—No quiero hablar de él.
—Solo necesitamos hacerle unas preguntas.
—Mi padre está muerto.
—Lo sabemos.
Eleanor intervino.
—Mi nombre es Eleanor Ashcombe.
La mujer se quedó inmóvil.
—¿Ashcombe?
—Sí.
—Entonces es usted.
Eleanor sintió un escalofrío.
—¿Qué quiere decir?
La mujer miró a Julian y después volvió los ojos hacia ella.
—Mi padre recibió una carta sobre usted.
—¿De quién?
—No lo sé.
—¿Cuándo?
—Hace muchos años.
—¿En 1879?
La mujer asintió.
—Decía que si algún día una mujer llamada Eleanor Ashcombe preguntaba por Margaret Bell, debía decirle que no sabía nada.
Julian y Eleanor intercambiaron una mirada.
—¿La conserva?
La mujer dudó.
—Sí.
Finalmente abrió la puerta.
—Entren.
Los condujo hasta una pequeña habitación y sacó una caja de madera que contenía documentos antiguos, fotografías y varias cartas. Eleanor reconoció inmediatamente una de las escrituras.
Era la letra de Julian.
Levantó lentamente la mirada.
—¿Qué es esto?
Julian parecía tan sorprendido como ella.
—No lo sé.
La mujer observó a ambos.
—Mi padre decía que debía entregársela cuando apareciera.
—¿A mí?
—Sí.
Eleanor tomó el sobre. En el exterior aparecía su nombre.
«Para Eleanor Ashcombe».
Debajo había una fecha.
25 de diciembre de 1879.
—¿Quién la escribió?
—No lo sé.
Eleanor miró a Julian.
Él permanecía inmóvil.
—Ábrela —dijo finalmente.
Eleanor rompió el sello y sacó la hoja. La primera línea hizo que su corazón se detuviera.
«Eleanor, si estás leyendo esto, significa que Thomas Vale ha sobrevivido».
Eleanor levantó lentamente la mirada.
—Continúa —dijo Julian.
Ella volvió a leer.
«No confíes en los hombres que te digan que Thomas es el heredero de Blackthorn. Tampoco confíes en los que te digan que no lo es. La verdad es mucho más peligrosa que cualquiera de las dos respuestas».
Eleanor sintió un escalofrío y continuó.
«El niño que Margaret tuvo no era el único niño nacido aquella Navidad».
Dejó de respirar.
Julian tomó la carta y leyó la siguiente frase.
«Había otro».
Eleanor lo miró.
—¿Otro niño?
Julian levantó lentamente los ojos.
La carta continuaba:
«Y si quieres descubrir quién es realmente Thomas Vale, tendrás que encontrar primero al otro».
Eleanor sintió que una nueva verdad acababa de abrirse ante ellos, una verdad mucho más oscura de lo que habían imaginado. Durante doce años todos habían buscado a un niño. Y ahora descubrían que quizá habían estado buscando al equivocado.