La Última Promesa Capítulo 6. La habitación de Edmund
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Capítulo 6. La habitación de Edmund

Durante unos instantes, después de que la señora Whitmore pronunciara aquella última palabra, nadie se movió.

Eleanor permanecía arrodillada junto a ella, mientras Julian observaba su rostro con una concentración que revelaba hasta qué punto aquellas palabras habían alterado sus certezas.

«Blackwood». La anciana apenas había podido pronunciar el nombre, pero había sido suficiente para que ambos comprendieran que detrás de él existía algo que llevaba años ocultándose.

Cuando la acomodaron en el pequeño salón junto a la escalera, Eleanor no tardó en enfrentarse a Julian.

—¿Qué quiso decir con «el hombre que nunca murió»?

Julian permaneció unos segundos en silencio antes de admitir que llevaba ocho años haciéndose la misma pregunta.

Cuando su padre desapareció, todos habían supuesto que estaba muerto, pero Julian nunca lo creyó porque jamás encontraron su cuerpo.

Durante años lo buscó y descubrió una sucesión de pistas falsas, testigos desaparecidos y lugares a los que alguien parecía haber llegado antes que él.

Finalmente comprendió que no se trataba de coincidencias: alguien seguía sus pasos y quería impedir que descubriera la verdad.

—Quiero ver la habitación —dijo Eleanor.

Julian intentó disuadirla, pero ella insistió. La persona que había atacado a la señora Whitmore podía seguir dentro de Blackthorn y, si aquel lugar ocultaba respuestas, no podían esperar hasta el día siguiente. Finalmente, Julian aceptó.

Subieron al segundo piso y encontraron la falsa puerta.

Julian contó las tablas de madera hasta detenerse frente a una de ellas.

Presionó y, después de introducir la llave que había recibido en Londres, un mecanismo oculto se puso en funcionamiento.

La puerta se abrió hacia un estrecho pasadizo que descendía bajo la casa.

Al otro lado se encontraba la antigua biblioteca de Edmund Blackwood, un lugar que había permanecido cerrado durante décadas y en el que, según Julian, había estado la noche de Navidad de 1879.

Descendieron por la escalera de piedra hasta encontrar una puerta entreabierta. Una franja de luz escapaba por la abertura. Alguien había estado allí recientemente.

La biblioteca era enorme, con estanterías repletas de libros y documentos, mapas extendidos sobre una mesa de roble y varias cajas de madera abiertas.

Una lámpara de aceite continuaba encendida, como si alguien acabara de marcharse.

Eleanor comprendió que no estaban descubriendo simplemente una habitación olvidada, sino el centro de una historia que alguien seguía manipulando desde las sombras.

Entre los documentos encontraron registros de propiedades en los que aparecían repetidamente los nombres de Ashcombe, Blackwood, Everard y Wexford.

También descubrieron una carta sin firma que contenía una frase inquietante: «El niño debe desaparecer antes de que se conozca su existencia».

Julian reconoció aquellos documentos porque los había visto la noche de Navidad, aunque entonces estaban guardados dentro de una caja que ahora se encontraba vacía.

Eleanor encontró otra carta, fechada el 23 de diciembre de 1879 y dirigida a su padre.

La había escrito Edmund. En ella afirmaba que, si desaparecía, debían buscar a Margaret porque ella tenía «la prueba».

En la parte inferior aparecía una frase todavía más inquietante: «El niño no es quien ellos creen».

Eleanor levantó la mirada.

—¿Y si no era hijo de Edmund?

Julian no supo responder. La importancia del niño podía no estar relacionada con una herencia de los Blackwood, sino con algo mucho más poderoso.

Eleanor comenzó entonces a sospechar incluso de su propio padre.

Quizá Henry Ashcombe no había estado intentando detener la conspiración, como Julian creía. Quizá había formado parte de ella.

Julian reaccionó con una dureza que sorprendió a Eleanor.

Había conocido a su padre y se negaba a aceptar aquella posibilidad, pero Eleanor insistió en que todos tenían secretos.

Cuando le preguntó qué secreto ocultaba él, Julian intentó evitar la respuesta hasta que finalmente, incapaz de contenerse, confesó lo que había ocurrido aquella noche.

—Intentaron matarme.

Eleanor quedó paralizada.

Julian explicó que, después de abandonar Blackthorn, varios hombres lo siguieron y lo atacaron.

Lo golpearon y estuvieron a punto de dispararle, pero alguien apareció antes de que pudieran hacerlo.

Era Edmund Blackwood. Su padre estaba vivo y había acudido para salvarlo.

Después de enfrentarse a aquellos hombres, Edmund comprendió que si permanecía junto a Julian ambos morirían, así que desapareció de nuevo.

Julian, gravemente herido, fue encontrado por un desconocido que lo llevó hasta una casa situada fuera de Kent, donde permaneció tres semanas recuperándose.

Cuando finalmente pudo regresar, alguien le había hecho creer que Eleanor había muerto en un accidente.

La noticia había llegado, además, de labios de su propio padre.

Eleanor sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Mi padre te dijo que yo había muerto.

—Sí.

—¿Para que dejaras de buscarme?

Julian asintió.

Durante ocho años ambos habían vivido separados creyendo que el otro estaba muerto.

Ahora comprendían que alguien había construido deliberadamente aquella mentira.

Julian insistió en que Henry Ashcombe había intentado protegerla de los hombres que habían matado a su madre, pero Eleanor comenzó a contemplar una posibilidad mucho más dolorosa: quizá su padre no la había protegido de aquellos hombres, sino de la verdad.

En ese momento, un ruido procedente del pasadizo interrumpió la conversación.

Alguien estaba bajando las escaleras.

Julian apagó la lámpara y ambos permanecieron ocultos en la oscuridad. Una figura apareció en la entrada de la biblioteca, avanzó hasta la mesa y dejó un objeto sobre ella. Antes de marcharse, habló sin siquiera mirar hacia donde se encontraban.

—Sé que están aquí. Y también sé que han encontrado la carta.

Julian dio un paso adelante.

—¿Quién eres?

El desconocido soltó una breve risa.

—La pregunta correcta es otra. ¿Por qué Edmund Blackwood sigue vivo?

Después desapareció por el pasadizo. Julian salió tras él, pero cuando alcanzaron la escalera ya no había nadie.

Sobre la mesa había quedado un pequeño medallón de plata.

Eleanor lo tomó.

En la parte posterior aparecían dos iniciales.

«T. V.»

Julian palideció.

—Thomas Vale.

Eleanor lo miró.

—¿Quién es?

—No lo sé exactamente. Pero el nombre aparece en los documentos de mi padre.

—¿Es el niño?

Julian tardó unos segundos en responder.

—Creo que sí.

Eleanor cerró los dedos alrededor del medallón. Durante doce años todos habían creído que el hijo de Margaret Bell había desaparecido sin dejar rastro. Ahora alguien acababa de dejarles una prueba que podía significar que el niño seguía vivo.

—Tenemos que encontrar a Thomas Vale —dijo Eleanor.

—Antes de que lo encuentren ellos.

Eleanor asintió. Todavía quedaban demasiadas preguntas: quién había dejado el medallón, por qué Edmund seguía vivo y qué papel había desempeñado realmente su padre en aquella historia. Sin embargo, una pregunta se imponía sobre todas las demás.

¿Por qué ahora? ¿Por qué habían esperado doce años para revelar la existencia de Thomas Vale?

Ninguno de los dos tenía una respuesta. Pero mientras abandonaban la biblioteca, Eleanor no pudo evitar pensar que la muerte de su padre quizá no había sido el principio de la historia, sino una señal. Alguien había decidido que los secretos de Blackthorn ya no podían permanecer ocultos.

Detrás de ellos, la lámpara de aceite continuó ardiendo sobre la mesa.

Entre los documentos que habían permanecido escondidos durante doce años había una lista de nombres fechada el 25 de diciembre de 1879: Edmund Blackwood, Henry Ashcombe, Margaret Bell, Charles Everard y Arthur Wexford.

El sexto nombre había sido tachado con tinta negra, pero debajo de la mancha todavía podía distinguirse una inicial.

La letra «J». Y junto a ella, una única palabra: «Testigo».