La Última Promesa Capítulo 5. La noche de Navidad
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Capítulo 5. La noche de Navidad

—¿Quién está ahí?

Julian abrió la puerta, recorrió el pasillo y regresó poco después.

—Nadie.

—Entonces, ¿por qué has cerrado?

—Porque alguien estuvo aquí.

Señaló la pequeña caja de madera que Eleanor había encontrado sobre la mesa. La capa de polvo que cubría el mueble había sido alterada únicamente alrededor de ella. Alguien la había colocado allí recientemente.

Eleanor sintió un escalofrío.

—Alguien sabía que yo iba a encontrarla.

—Sí.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Estoy empezando a odiar esa respuesta.

Julian la miró.

—Sé que alguien quiere que descubras la verdad.

—Eso no tiene sentido. Si quisiera que la descubriera, me lo diría todo.

—A menos que quiera que conozcas una parte y permanezcas ignorante respecto al resto.

Eleanor comprendió que aquello era precisamente lo que llevaba años sucediendo. Alguien había decidido qué podía saber y qué debía permanecer oculto.

—¿Wexford?

—No creo que haya dejado la fotografía.

—Pero sabe lo que ocurrió.

—Probablemente.

Eleanor recordó entonces la conversación de aquella mañana y aquella inquietante referencia a la razón por la que Julian Blackwood había desaparecido. Se volvió hacia él.

—¿Estuvo aquí aquella Navidad?

Julian tardó unos segundos en responder.

—Sí.

—¿Wexford?

—Sí.

—¿Margaret?

—También.

—¿Mi padre?

—Sí.

—¿Edmund?

Julian asintió.

—Todos estaban aquí.

Eleanor sintió que la fotografía pesaba más entre sus manos.

—Entonces empieza desde el principio.

Julian se acercó a la chimenea. Durante unos instantes permaneció de espaldas a ella, como si estuviera reuniendo el valor necesario para abrir una puerta que llevaba ocho años intentando mantener cerrada.

—Todo comenzó mucho antes de aquella Navidad.

Mi padre descubrió que varios hombres pertenecientes a algunas de las familias más poderosas de Inglaterra habían construido una red de favores, deudas, negocios y secretos destinada a controlar propiedades, empresas y decisiones políticas.

No existía una organización formal que pudiera señalarse, sino algo mucho más difícil de combatir: hombres que se protegían unos a otros porque todos tenían algo que ganar y todos tenían algo que perder.

Si alguien intentaba apartarse, aparecía una carta comprometedora, una deuda antigua o un escándalo capaz de destruirlo.

—¿Y qué tenía que ver Blackthorn?

—Más de lo que imaginas. Tu familia no poseía únicamente esta casa.

Tenía tierras, acciones, derechos sobre explotaciones mineras, participaciones en compañías ferroviarias y, sobre todo, documentos.

Tu padre conservaba aquí archivos que demostraban cómo determinadas fortunas habían cambiado de manos durante décadas.

Contratos, correspondencia y acuerdos que podían convertirse en pruebas de corrupción, chantaje y apropiaciones ilegales.

Eleanor comprendió que Blackthorn no era solamente una propiedad familiar. Era un lugar donde podía encontrarse la evidencia de una historia que muchos hombres poderosos necesitaban mantener enterrada.

—¿Tu padre y el mío trabajaban juntos?

—No al principio. Edmund creía que su apellido podía protegerlo; tu padre comprendía que aquellos hombres no podían ser enfrentados directamente. Finalmente unieron sus esfuerzos. Fue en otoño de 1879, pocas semanas antes de Navidad.

—¿Y Margaret?

Julian bajó la mirada.

—Margaret era una doncella, pero observaba mucho más de lo que los demás imaginaban.

Los criados escuchan conversaciones que sus señores consideran privadas, saben quién entra y quién sale y conocen las habitaciones que permanecen cerradas.

Una noche vio a tu padre y a Edmund discutiendo sobre los documentos que habían encontrado en una habitación secreta.

—Entonces sabía que existía.

—Sí.

—¿Y por eso desapareció?

—No exactamente. Estaba embarazada.

Eleanor sintió una presión en el pecho.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Edmund?

—Eso creían los hombres que estaban detrás de la conspiración.

La revelación adquirió entonces un significado distinto. Si el niño era hijo de Edmund Blackwood, y Edmund no tenía descendencia legítima, aquel pequeño podía convertirse en heredero de una fortuna que muchos estaban dispuestos a proteger con cualquier medio.

—Entonces el niño era una amenaza.

—Sí.

—¿Y qué ocurrió con Margaret?

—La última vez que alguien la vio fue el 27 de diciembre, en la estación de Ashford. No estaba sola. La acompañaba un hombre al que nadie consiguió identificar. Después desapareció sin dejar rastro.

—¿Y el niño?

—Eso es lo que nadie ha conseguido descubrir.

Eleanor recordó la frase escrita detrás de la fotografía: «Si algo me sucede, buscad al niño».

—Mi madre sabía algo.

—Tu madre descubrió que Margaret probablemente no había muerto. Creía que alguien la había ayudado a escapar y que el niño seguía vivo, pero nunca consiguió averiguar dónde estaba.

—¿Por qué lo buscaba?

Julian respiró profundamente.

—Porque creía que podía ser la clave para destruir a los hombres que habían amenazado a nuestras familias.

Eleanor sintió que todas aquellas piezas comenzaban a unirse: Margaret, el niño, los documentos, la habitación secreta y la muerte de su madre. Pero todavía faltaba la parte que más había deseado conocer durante ocho años.

—¿Qué ocurrió aquella Navidad?

Julian permaneció en silencio durante unos segundos.

—Edmund recibió una carta. Le exigían que entregara los documentos. Si se negaba, moriría.

—¿Y qué hicieron?

—Decidieron ocultarlos en la habitación secreta.

—¿Y después?

—Edmund abandonó Blackthorn. Lo siguieron tres hombres. Uno de ellos era Sir Charles Everard.

Eleanor sintió que la inquietud se apoderaba de ella.

—¿El hombre que ha estado hoy aquí?

—Sí. Era uno de los hombres que estaban detrás de la red.

—Entonces sabe que mi padre ha muerto y que yo he heredado Blackthorn.

—Y probablemente cree que tú puedes encontrar los documentos.

—¿Qué ocurrió con Edmund?

Julian bajó la mirada.

—Lo atacaron.

—¿Murió?

—Eso dijeron.

—¿Pero?

—Su cuerpo nunca apareció.

Eleanor retrocedió lentamente.

—Entonces no sabes si está muerto.

—Durante mucho tiempo creí que sí.

—¿Y ahora?

Julian no respondió.

Eleanor comprendió que aquella duda había permanecido con él durante ocho años.

—¿Qué ocurrió conmigo aquella noche?

Julian cerró los ojos.

—Alguien intentó matarte también.

Eleanor sintió que el mundo parecía detenerse.

—¿Qué?

—Tu madre lo sabía. Tres días antes de Navidad me pidió que te llevara lejos. Estaba aterrorizada y creía que yo podía protegerte.

—¿Por qué no viniste?

—Me estaban siguiendo los hombres de Everard. Intenté despistarlos, pero llegué tarde.

—¿Cuánto?

—Dos horas.

Eleanor sintió que las lágrimas llenaban sus ojos.

—Yo te esperé.

Julian levantó la mirada.

—Yo también.

—Pensé que me habías abandonado.

—Yo pensé que tú te habías marchado voluntariamente.

Eleanor cerró los ojos. Durante ocho años ambos habían vivido bajo una mentira que ninguno había elegido.

Ella había creído que Julian la había abandonado; él había creído que Eleanor había decidido desaparecer de su vida.

Ahora comprendían que alguien había intervenido deliberadamente para separarlos.

—Fue mi padre —dijo Eleanor—. Él me obligó a marcharme.

Julian permaneció inmóvil.

—Entonces nos separaron.

—Sí.

—¿Por qué?

Ninguno encontró una respuesta.

Pero Julian aún guardaba una revelación que podía destruir todo lo que Eleanor creía saber sobre su familia.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Tu madre no murió de una enfermedad.

Eleanor sintió que la sangre abandonaba su rostro.

—No.

—Fue asesinada.

—Mi padre dijo que estaba enferma.

—Tu padre mintió.

Eleanor retrocedió.

—¿Por qué?

—Porque tu madre sabía demasiado. Estaba buscando al hijo de Margaret y creía que aquel niño podía ser la clave para destruir la red que había amenazado a nuestras familias.

Eleanor apretó la fotografía.

—Entonces tenemos que encontrarlo.

Julian la miró.

—Sí.

—Y tenemos que encontrar la habitación.

—Sí.

—Y los documentos.

—Sí.

—Y al hombre que mató a mi padre.

Julian sostuvo su mirada.

—Lo encontraremos.

Eleanor se acercó.

—Esta vez no vas a desaparecer.

Julian permaneció en silencio.

—Prométemelo.

Él negó lentamente con la cabeza.

—No quiero prometerte algo que quizá no pueda cumplir.

—Entonces dime que te quedarás.

Julian dio un paso hacia ella.

—Me quedaré.

Durante unos instantes, el pasado pareció desaparecer. No existían los ocho años de separación ni las cartas que nunca habían llegado a su destino. Solo estaban ellos dos, como en 1879, antes de que aquella noche destruyera sus vidas.

Entonces un golpe resonó en la casa. Después otro. Finalmente, un grito.

Julian abrió la puerta y ambos salieron al corredor. Una figura cruzó entre las sombras y desapareció. Julian echó a correr, seguido por Eleanor. Al llegar al rellano encontraron a la señora Whitmore tendida en el suelo, consciente pero con una herida en la frente.

—¿Quién ha sido? —preguntó Julian.

La mujer intentó hablar.

—La habitación.

Eleanor se arrodilló junto a ella.

—¿Qué habitación?

La señora Whitmore respiró con dificultad.

—La han abierto.

Eleanor sintió un escalofrío.

—¿Quién?

La anciana la miró con un terror que parecía proceder de un recuerdo mucho más antiguo que aquella noche.

—El hombre que nunca murió.

Julian se quedó inmóvil.

—¿Edmund?

La señora Whitmore cerró los ojos.

Antes de perder el conocimiento, pronunció una última palabra.

—Blackwood.