La Última Promesa Capítulo 2. La última voluntad
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Capítulo 2. La última voluntad

El carruaje abandonó lentamente la estación de Victoria y se incorporó al tráfico de Londres, avanzando entre una corriente interminable de vehículos bajo una lluvia que golpeaba con fuerza los cristales.

Eleanor permaneció en silencio, sentada frente a Mary, con las manos descansando sobre el regazo y la mirada perdida en las imágenes deformadas que aparecían al otro lado de la ventanilla.

Las fachadas de las casas, las columnas de los edificios oficiales, los escaparates iluminados y las figuras apresuradas de los transeúntes se sucedían ante sus ojos sin que realmente llegara a verlos.

Su pensamiento continuaba detenido en la estación, en el hombre que había regresado después de ocho años y, sobre todo, en aquellas palabras que se negaban a desaparecer de su memoria: «Tu padre murió porque sabía demasiado».

—No parecía un conocido —dijo finalmente—. Parecía alguien que la conocía demasiado bien.

Eleanor no respondió. No quería hablar de Julian, porque hacerlo significaba abrir una puerta que había permanecido cerrada durante ocho años.

Aquel hombre había sido la única persona capaz de hacerle imaginar una vida distinta de la que su familia había trazado para ella.

Julian Blackwood poseía un apellido antiguo y un título respetado, pero la fortuna de su familia había disminuido considerablemente, y para Sir Alistair aquella diferencia económica era suficiente para considerar la relación inaceptable.

Eleanor había hecho entonces lo único que su padre no esperaba: enamorarse de él.

Ahora, después de tantos años, comprendía con una inquietud creciente que aquel amor quizá nunca había desaparecido.

Simplemente había permanecido oculto, esperando el momento de regresar.

El carruaje se detuvo frente al hotel donde Eleanor había decidido alojarse antes del funeral.

En el vestíbulo la esperaba Edward Hawthorne, el abogado de la familia Ashcombe, un hombre al que recordaba de su infancia y cuyo rostro había adquirido con los años una expresión más severa.

Tras las primeras palabras de condolencia, Hawthorne pidió hablar con ella en privado.

Eleanor comprendió inmediatamente que la conversación tenía relación con su padre y aceptó acompañarlo hasta una pequeña sala reservada.

El abogado colocó su cartera sobre la mesa y extrajo varios documentos.

—Su padre dejó instrucciones precisas —dijo.

Eleanor sintió una tensión creciente.

—¿Qué clase de instrucciones?

—Su testamento.

Hawthorne explicó que Sir Alistair había modificado sus últimas voluntades aproximadamente seis semanas antes de morir.

El cambio era extraordinario: Eleanor, que anteriormente debía recibir una parte importante de la fortuna mientras Blackthorn House y las propiedades de Kent quedaban vinculadas a un fideicomiso familiar, se había convertido ahora en heredera universal de prácticamente todos sus bienes.

Eleanor quiso saber por qué su padre había tomado aquella decisión, pero el abogado aseguró desconocer sus motivos.

Sin embargo, había una condición. Para disponer libremente de la herencia, Eleanor debía permanecer en Blackthorn House durante un mínimo de tres meses.

Si se negaba, los bienes quedarían retenidos en el fideicomiso hasta que cumpliera aquella obligación.

Eleanor se levantó y comenzó a caminar lentamente por la habitación.

Aquello no podía ser casualidad. Su padre había sido un hombre meticuloso y jamás habría impuesto una condición semejante sin una razón concreta.

Cuando preguntó directamente a Hawthorne si Sir Alistair le había explicado el motivo de aquella modificación, el abogado volvió a negar tener conocimiento alguno.

Pero Eleanor había aprendido a observar los silencios, y comprendió que estaba ocultando algo.

Decidió entonces mencionar la Navidad de 1879.

La reacción de Hawthorne fue inmediata.

Su rostro perdió color.

—¿Quién le ha hablado de esa fecha?

Eleanor comprendió que había encontrado una grieta.

—¿Por qué le preocupa tanto?

El abogado cerró lentamente la cartera.

—Creo que debería leer primero el testamento.

—¿Qué ocurrió en Blackthorn durante la Navidad de 1879?

Hawthorne no contestó. Solo le dijo que, si quería conocer la verdad, debía preguntarle a Lord Blackwood.

—¿Julian?

El abogado no respondió.

Simplemente salió de la habitación.

Eleanor permaneció inmóvil, comprendiendo que la aparición de Julian en la estación no había sido una casualidad. Él sabía que ella regresaría, sabía que su padre había muerto y, probablemente, conocía una parte de la verdad que nadie estaba dispuesto a contarle.

Entonces Hawthorne regresó y dejó sobre la mesa un sobre.

—Su padre escribió esto para usted.

Eleanor reconoció inmediatamente la letra de Sir Alistair.

Abrió el sobre con manos ligeramente temblorosas y encontró una sola hoja.

La carta era breve, mucho más breve de lo que habría esperado de su padre, pero cada palabra parecía haber sido escogida con cuidado.

Sir Alistair le decía que, si estaba leyendo aquella carta, significaba que él había muerto y que ella había regresado a Inglaterra.

Admitía que durante años había creído que el silencio era la mejor manera de protegerla, pero reconocía finalmente que se había equivocado.

Le pedía que regresara a Blackthorn, que no confiara en las apariencias ni creyera todo lo que le dijeran y, sobre todo, que no permitiera que nadie la convenciera de abandonar la búsqueda.

Después llegaba la frase que parecía contener el verdadero propósito de aquella última voluntad:

«La verdad está en Blackthorn».

Eleanor volvió a leerla varias veces. Su padre quería que buscara algo. Algo oculto en la casa, algo relacionado con aquella noche de 1879 y quizá con la razón por la que ella había tenido que abandonar Inglaterra ocho años atrás.

—¿Qué ocurrió aquella Navidad? —preguntó finalmente.

Hawthorne permaneció junto a la puerta.

—Sé que su padre tenía miedo.

—¿De qué?

El abogado tardó unos segundos en responder.

—De que aquello que ocurrió entonces volviera a suceder.

Eleanor dio un paso hacia él.

—¿Qué ocurrió?

Hawthorne abrió la puerta.

—Pregúntele a Lord Blackwood.

Y se marchó.

Eleanor caminó hasta la ventana y apartó ligeramente la cortina.

La lluvia seguía cayendo sobre Londres y la niebla cubría la calle.

Entonces vio a un hombre al otro lado, alto, vestido de negro e inmóvil bajo la lluvia.

El corazón le dio un vuelco. Era Julian.

Eleanor soltó la cortina y volvió a mirar, pero la figura había desaparecido.

El funeral tuvo lugar al día siguiente, bajo un cielo gris y una lluvia ligera que acompañó al cortejo hasta el cementerio familiar.

Eleanor permaneció junto a la tumba de su padre, vestida de negro y con el velo cubriendo parcialmente su rostro.

Sir Alistair había sido enterrado junto a su esposa y, por primera vez desde su regreso, Eleanor comprendió plenamente que sus padres estaban allí, bajo tierra, y que ella había quedado sola frente a una familia, una casa y un pasado que apenas comenzaba a comprender.

Entre los asistentes se encontraba Lord Wexford, un hombre de treinta y cinco años, elegante y de modales impecables, perteneciente a una de las familias más antiguas de Inglaterra.

Cuando la ceremonia terminó, se acercó a Eleanor y, después de expresarle sus condolencias, mencionó que sabía que viajaría a Kent.

—A Blackthorn House —dijo.

Eleanor lo observó con atención.

—¿La conoce?

—Por supuesto.

—¿Ha estado allí?

Wexford tardó un instante en responder.

—Hace muchos años.

—¿Cuándo?

El rostro del hombre se endureció ligeramente.

—En 1879.

Eleanor sintió una punzada.

—¿En Navidad?

La pregunta provocó una reacción inmediata. Wexford la miró con una expresión que no dejaba lugar a dudas: aquella fecha también significaba algo para él.

—No debería sentir curiosidad por algunas cosas —dijo.

—¿Es una advertencia?

—Es un consejo.

—No necesito consejos.

Wexford sonrió sin humor.

—Eso es precisamente lo que diría una mujer que está a punto de cometer un error.

—¿Y qué error sería ese?

El hombre sostuvo su mirada.

—Regresar a Blackthorn.

Después se alejó, dejando a Eleanor con una certeza cada vez más inquietante.

Su padre, Julian y ahora Lord Wexford habían reaccionado de manera extraña ante la misma fecha.

1879 no era una coincidencia. Algo había ocurrido durante aquella Navidad y, de alguna manera, aquel acontecimiento seguía proyectando su sombra sobre el presente.

Dos días después, Eleanor partió hacia Kent.

El viaje transcurrió bajo un cielo cubierto y silencioso.

Durante horas contempló los campos y los bosques que se extendían al otro lado de la ventanilla, intentando prepararse para el regreso a una casa que había evitado durante ocho años.

Mary viajaba frente a ella y, cuando finalmente le preguntó si estaba nerviosa, Eleanor respondió que no.

—Eso es mentira —dijo Mary.

Eleanor la miró.

—Estoy acostumbrada a que me mientan.

No explicó a quién se refería.

Poco después, Blackthorn House apareció entre los árboles.

Eleanor sintió que el corazón se le detenía.

La mansión se alzaba sobre una pequeña elevación del terreno, construida en piedra oscura y rodeada por enormes árboles que parecían aislarla del resto del mundo.

Sus torres laterales se elevaban sobre el tejado y las ventanas altas reflejaban el cielo gris.

Era exactamente como la recordaba y, al mismo tiempo, completamente diferente.

O quizá era ella quien había cambiado demasiado para volver a contemplarla con los mismos ojos.

El carruaje se detuvo frente a la entrada principal.

Un grupo de sirvientes esperaba en las escaleras.

Eleanor descendió y levantó la mirada hacia la fachada.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, sintiendo que la casa la observaba como si hubiera estado esperando su regreso durante todos aquellos años.

En algún lugar de Blackthorn estaba la verdad sobre su padre, sobre Julian, sobre la Navidad de 1879 y quizá también sobre la razón por la que ella había sido obligada a marcharse de Inglaterra.

Eleanor subió lentamente los escalones.

Abrió la puerta.

Y entró.

En aquel preciso instante, desde algún lugar profundo de la mansión, se escuchó un golpe seco.

Como si alguien acabara de cerrar una puerta.

Eleanor se detuvo.

Mary la miró.

—¿Qué ha sido eso?

Eleanor no respondió. Miró hacia el largo corredor que se extendía ante ellas. La casa parecía vacía, pero ahora sabía que no lo estaba. Blackthorn había guardado sus secretos durante doce años, y Eleanor había regresado para obligarla a hablar.