La Última Promesa Capítulo 1. La estación de Victoria
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La Última Promesa

La Última Promesa

Por Alice Everleigh

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Capítulo 1. La estación de Victoria

La mañana en que Eleanor Ashcombe regresó a Londres, la ciudad parecía haber decidido recibirla con el mismo rostro gris y severo que conservaba en sus recuerdos.

Una lluvia fina descendía sobre los tejados, las chimeneas y las interminables fachadas de ladrillo ennegrecidas por el humo, mientras las ruedas de los carruajes dejaban surcos oscuros sobre el pavimento mojado.

Desde la ventanilla del compartimento, Eleanor contemplaba una ciudad que le resultaba al mismo tiempo extraña y dolorosamente familiar.

Habían pasado ocho años desde la última vez que había visto Londres, ocho años desde aquella noche de diciembre en la que había abandonado Inglaterra convencida de que el hombre al que amaba había decidido no acudir a la cita que podía haber cambiado sus vidas para siempre.

Durante todo aquel tiempo había intentado convencerse de que aquella joven de diecinueve años pertenecía a otra existencia, una mujer ingenua que había creído que el amor podía resistir cualquier obstáculo.

Ahora, mientras el tren reducía su velocidad y las estructuras de la estación de Victoria aparecían detrás del cristal cubierto de lluvia, comprendió que algunas heridas no desaparecen; simplemente aprenden a permanecer en silencio.

Tenía veintisiete años y conservaba una belleza serena, marcada más por la experiencia que por la juventud.

Sus ojos azul grisáceos parecían casi plateados bajo la luz invernal y su cabello castaño, recogido bajo un elegante sombrero de viaje, dejaba escapar algunos mechones sobre sus sienes.

Vestía un sobrio traje de lana oscura y llevaba sobre los hombros una capa de invierno cerrada con un antiguo broche de plata que había pertenecido a su madre.

Entre sus manos sostenía un pequeño sobre que había recibido tres días antes.

Contenía la última carta de su padre, Sir Alistair Ashcombe, y su brevedad la había perturbado más que cualquier otra cosa.

Su padre había sido siempre un hombre de opiniones firmes y palabras abundantes, pero aquella carta apenas ocupaba media página.

Le anunciaba, sin más, que debía regresar a Blackthorn.

«Hay cosas que debes saber». Nada de explicaciones, ninguna despedida. Y ahora él estaba muerto.

Eleanor había repetido aquella palabra durante tres días sin conseguir hacerla comprensible.

Su padre había padecido algunos problemas respiratorios durante los últimos inviernos, pero nadie esperaba su muerte, ni había existido una última conversación que permitiera despedirse de él.

Había muerto en Blackthorn House, la casa donde Eleanor había nacido y que había abandonado ocho años atrás.

Ahora regresaba para enterrarlo, aunque una parte de ella sabía que aquel viaje significaba mucho más.

El tren se detuvo con un largo estremecimiento metálico y la estación de Victoria apareció ante sus ojos, llena de pasajeros, equipajes y voces que se mezclaban bajo la enorme estructura de hierro y cristal.

Londres continuaba viviendo con absoluta indiferencia ante su regreso.

—Señorita Ashcombe, ya hemos llegado —dijo Mary Collins, su doncella.

Eleanor asintió y guardó la carta. Mary llevaba casi cuatro años a su servicio y se había convertido en una de las pocas personas en quienes confiaba verdaderamente.

Era una mujer prudente, de apariencia menuda y carácter firme, capaz de comprender cuándo una pregunta debía formularse y cuándo era preferible guardar silencio.

Juntas descendieron al andén y, al sentir el aire frío y húmedo de Londres, Eleanor tuvo la impresión de haber cruzado una frontera invisible.

No fue la estación lo que la hizo detenerse, ni siquiera la lluvia, sino el recuerdo de otra noche, otra estación y una promesa incumplida.

Navidad de 1879. Ella tenía diecinueve años y estaba enamorada de Julian Blackwood, un hombre al que su familia consideraba inadecuado y que había prometido encontrarse con ella aquella noche.

Eleanor había esperado. Julian no había acudido.

Ocho años después, su nombre continuaba teniendo el poder de atravesarla.

Eleanor avanzó por el andén mientras un mozo se hacía cargo del equipaje.

Había vivido lejos de Londres, había viajado, aprendido a administrar sus propios asuntos y construido una existencia que, aunque sencilla, le pertenecía.

Había jurado no regresar y, sin embargo, la muerte de su padre había sido suficiente para obligarla a romper aquella promesa.

Se dirigía hacia la salida cuando sintió que alguien la observaba.

Al principio no prestó atención, pero aquella sensación persistió hasta obligarla a detenerse.

Una parte de su memoria parecía saber ya lo que iba a encontrar y se resistía a confirmarlo. Finalmente se volvió.

Julian Blackwood estaba al otro lado del andén.

Durante unos segundos, Eleanor no pudo respirar.

Reconoció primero sus ojos, oscuros e intensos, exactamente como los recordaba.

El joven de veintiún años había desaparecido y en su lugar había un hombre de veintinueve, alto, elegante y de expresión más severa, vestido con un abrigo negro perfectamente cortado.

Su rostro había adquirido la dureza de los años y una pequeña cicatriz cruzaba la piel cerca de su sien, pero sus ojos seguían siendo los mismos.

Los ojos del hombre que había prometido volver.

Los ojos del hombre que ella había esperado durante ocho años.

Julian dio un paso hacia ella.

—Eleanor.

La voz era más grave, pero seguía siendo la misma. Ella sintió una punzada profunda y decidió protegerse detrás de la distancia de un título.

—Lord Blackwood.

La expresión de Julian cambió apenas un instante. Había esperado que lo llamara por su nombre y Eleanor se alegró de haber elegido aquellas dos palabras. Eran una barrera, pequeña pero necesaria.

—No sabía que habías llegado.

—He venido para el funeral de mi padre.

—Lo sé.

Eleanor lo miró fijamente. Si lo sabía, entonces aquella coincidencia no era tal.

—¿Por qué estás aquí?

—Tenemos que hablar.

—No.

—Eleanor...

—No tienes derecho a llamarme así.

El dolor que apareció en los ojos de Julian fue tan fugaz que podría haberlo imaginado.

—Después de ocho años creo que tenemos derecho, al menos, a una conversación.

—Tú perdiste ese derecho hace ocho años.

Julian bajó la mirada.

—No fue como creíste.

Eleanor sintió que una vieja rabia regresaba con una fuerza que la sorprendió.

—No vuelvas a hacer esto. No aparezcas después de ocho años para decirme que las cosas no fueron como yo creía.

¿Sabes cuántas noches pasé preguntándome qué había hecho mal?

¿Cuántas veces pensé que habías decidido que yo no era suficiente?

¿Cuántas veces me pregunté si habías amado realmente a la mujer a la que prometiste encontrar en aquella estación?

Julian palideció.

—Eleanor...

—No pronuncies mi nombre como si todavía tuvieras derecho a hacerlo.

Durante un instante, ella volvió a tener diecinueve años. Volvió a sentir el frío de aquella noche, a escuchar las campanas de Navidad y a comprender que Julian no iba a acudir. Apartó la mirada y respiró profundamente.

—Mi padre ha muerto.

La expresión de Julian cambió.

—Lo sé.

—¿Cómo?

Julian tardó en responder.

—Porque fui una de las últimas personas que habló con él.

Eleanor lo miró con incredulidad.

—¿Cuándo?

—Hace cinco días.

—Eso es imposible. Murió hace tres.

—Lo sé.

Algo en la voz de Julian hizo que Eleanor sintiera un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

Él miró alrededor de la estación antes de responder.

—Tu padre no murió de una enfermedad.

Eleanor dejó de respirar.

—¿Qué has dicho?

—Tu padre fue asesinado.

El ruido de la estación pareció alejarse. Eleanor lo observó sin comprender.

—¿Quién?

Julian no respondió.

Y entonces ella comprendió algo que la asustó todavía más. Julian tenía miedo. Aquel hombre que había desaparecido ocho años atrás no era ya el joven al que había amado; había sobrevivido a algo, había aprendido a ocultar sus emociones y ahora estaba convencido de que ella corría peligro.

—¿Por qué dices que fue asesinado?

—Porque sé lo que estaba investigando.

—¿Qué?

Julian sostuvo su mirada.

—La Navidad de 1879.

Eleanor sintió que el pasado regresaba de golpe. Aquella fecha, aquel invierno, aquella noche que había intentado enterrar durante ocho años.

—No vuelvas a hablarme de aquello.

—Tu padre lo estaba haciendo.

Eleanor retrocedió.

—¿Qué?

—Estaba buscando la verdad.

—¿Qué verdad?

Julian se acercó un poco más.

—Tu padre descubrió algo que llevaba oculto desde aquella noche. Algo relacionado con Blackthorn House.

—¿Qué tiene que ver Blackthorn con su muerte?

Julian la miró fijamente.

—Todo.

Eleanor sintió que el miedo comenzaba a mezclarse con la rabia. Entonces Julian introdujo una mano en el interior de su abrigo y sacó un pequeño objeto envuelto en un pañuelo oscuro. No era un arma, sino una antigua llave de hierro, negra y de forma extraña.

Eleanor la reconoció inmediatamente.

La había visto de niña. Su padre la había guardado durante años en el cajón secreto de su escritorio.

—¿Dónde la encontraste?

—Me la dio él la noche antes de morir. Me pidió que te la entregara si algo le sucedía.

—¿Por qué?

Julian cerró los dedos alrededor de la llave.

—Me dijo que no confiaras en nadie.

Eleanor sintió que el miedo penetraba finalmente en el lugar donde hasta entonces había dominado la ira.

—¿Ni siquiera en ti?

Por primera vez, Julian pareció completamente vulnerable.

—Especialmente en mí.

Mary se acercó para anunciar que el carruaje estaba preparado. Julian dio un paso atrás, dispuesto a marcharse, pero Eleanor lo detuvo.

—No puedes aparecer después de ocho años, decirme que mi padre fue asesinado y después marcharte.

—No me marcho para siempre.

Eleanor soltó una risa amarga.

—Eso ya lo dijiste una vez.

Julian cerró los ojos durante un instante.

—Esta vez es diferente.

—Todo el mundo dice eso cuando quiere que una mujer vuelva a confiar en él.

—No quiero que confíes en mí. Quiero que sobrevivas.

Eleanor sintió un frío repentino.

—¿A qué?

Julian bajó la voz.

—A lo que viene.

Antes de marcharse, le hizo una última advertencia.

—Cuando llegues a Blackthorn, no entres en la habitación de tu padre hasta que yo esté contigo.

—¿Por qué?

—Porque hay algo allí que alguien ha intentado encontrar antes que tú.

—¿Quién?

Julian no respondió.

Eleanor lo llamó entonces por su nombre.

—Julian.

Ambos quedaron inmóviles. Hacía ocho años que ella no pronunciaba aquella palabra dirigiéndose a él.

—¿Por qué no viniste aquella noche?

La pregunta había esperado ocho años para ser formulada. Julian pareció comprenderlo.

—Porque si hubiera ido, tú habrías muerto.

Eleanor negó con la cabeza.

—Eso es mentira.

—No.

—Me abandonaste.

—No.

—Esperé durante horas. Pensé que estabas muerto. Pensé que me habías dejado.

—Lo sé.

Las lágrimas amenazaron con aparecer en los ojos de Eleanor, pero se negó a permitirlo.

—Entonces dime la verdad.

Julian permaneció en silencio.

—Todavía no.

Eleanor sintió que la rabia regresaba.

—Por supuesto.

Se volvió hacia el carruaje, pero la voz de Julian la detuvo.

—Tu padre murió porque sabía demasiado.

Eleanor cerró los ojos.

—¿Sobre qué?

—Sobre lo que ocurrió en Blackthorn durante la Navidad de 1879.

Ella se volvió lentamente.

Julian estaba bajo la lluvia, mirándola desde la distancia.

—Y ahora quienes mataron a tu padre saben que tú has vuelto.

Un carruaje pasó frente a la estación levantando una cortina de agua sucia y, cuando Eleanor volvió a mirar, Julian ya se alejaba entre la multitud.

Ella permaneció inmóvil, contemplando la llave que sostenía entre los dedos.

Estaba fría, demasiado fría, y por primera vez desde que había recibido la noticia de la muerte de su padre comprendió que quizá el verdadero motivo de su regreso a Inglaterra no era enterrarlo, sino descubrir por qué había muerto.

Subió al carruaje y miró una última vez hacia la estación. Julian había desaparecido, como ocho años atrás. Eleanor cerró los ojos y comprendió que, aunque había regresado a Londres para despedirse de su padre, el pasado no tenía intención alguna de despedirse de ella.