La última promesa Capítulo 13. Sangre y verdad
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Capítulo 13. Sangre y verdad

Sangre y verdad

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Gabriel lo había llamado a la una de la madrugada, desde el puente, con la voz todavía temblorosa.

No le había contado casi nada por teléfono.

Solo le había dicho: «Papá, sé lo de Julián Arce.

Sé lo de Isabel. Sé lo de Martín. Necesito que vengas».

Y Andrés, después de un silencio muy largo, había contestado: «Llego en el primer tren».

Ahora, en el andén, padre e hijo se miraron sin decir nada. Luego Andrés soltó el bastón, que cayó al suelo con un ruido seco, y abrazó a su hijo.

—Perdóname —le oyó decir Alejandra—. Perdóname, hijo.

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Se reunieron en la cocina de la panadería, con la puerta cerrada y el cartel de CERRADO POR ENFERMEDAD todavía colgado. Elena hizo café para un regimiento. Rosa se sentó junto a ella y le tomó la mano, y las dos mujeres se quedaron así, en silencio, como dos viejas amigas que no necesitaban hablar.

Cuando Isabel bajó la escalera, Andrés se levantó tan deprisa que la silla chirrió sobre el suelo.

—Usted —dijo—. Dios mío. Usted.

—Hola, Andrés. Eras el policía más joven del pueblo.

—Y el más tonto. —Andrés se dejó caer otra vez en la silla—. Llevo treinta años soñando con usted, señora. Soñando que la sacaba del río. Que llegaba a tiempo.

Alejandra puso sobre la mesa la carpeta de su padre y, al lado, el pedazo aplastado de papel maché café y dorado que había sacado de un cubo de basura a los doce años y que nunca había sido capaz de tirar.

Andrés lo reconoció enseguida; se le endureció la boca debajo del bigote.

Gabriel puso al lado su teléfono, con las fotos de la lámpara, el plano y el cuaderno de cuero.

Andrés las miró una por una con los lentes en la punta de la nariz, en un silencio tan largo que el café se enfrió en las tazas.

Cuando llegó a la foto de la lámpara, con la abolladura en el costado, se le escapó un ruido de la garganta.

—Lo sabía —dijo—. Lo sabía, maldita sea.

—¿Qué sabía, papá?

Andrés se quitó los lentes y se frotó los ojos.

—Hace treinta años, yo tenía veinticinco y llevaba ocho meses de policía. Esa noche me tocaba guardia. A las seis de la mañana llamó un guardavías: había un hombre muerto en la vía dos. Fui el primero en llegar. Antes que Bernal. Antes que nadie.

Hizo una pausa. Nadie se movió.

—Julián estaba boca abajo entre los rieles.

Tenía una herida en la nuca, aquí. —Se tocó la parte de atrás de la cabeza—.

Una herida redonda, profunda. Un golpe. Si te caes de espaldas a las vías, te golpeas aquí, sí.

Pero estaba boca abajo, y tenía la frente intacta.

Y no olía a alcohol. Me acerqué mucho. No olía a nada.

Y en la grava del andén había huellas de zapatos de vestir, de suela lisa. Los ferroviarios llevan botas.

—Lo golpearon —dijo Gabriel— y lo empujaron.

—Eso escribí en mi informe. «Herida en región occipital compatible con golpe con objeto contundente, de forma redondeada.

Se recomienda autopsia completa». —Andrés soltó una risa amarga—.

Bernal llegó a las siete. Leyó mi informe en el andén, delante de mí.

Lo rompió en cuatro pedazos y se los metió en el bolsillo.

Luego me puso la mano en el hombro y me dijo: «Muchacho, tú tienes una novia muy bonita que se llama Rosa y que quiere tener hijos. Piénsalo».

Rosa apretó la mano de Elena.

—Me lo contó esa misma noche —dijo en voz baja—. Lloraba de rabia.

—Pero hice una copia —dijo Andrés—. Escribí el informe con papel carbón, como nos enseñaban en la academia. Bernal rompió el original. La copia la guardé yo.

Se metió la mano en el bolsillo interior del abrigo y sacó un sobre amarillento, doblado por la mitad, gastado de tanto llevarlo encima. Lo puso sobre la mesa, junto a la foto de la lámpara.

—Treinta años la he tenido aquí —dijo, golpeándose el pecho—. Aquí. Cada día.

✦ ✦ ✦

—Mi padre también estaba allí —dijo Alejandra despacio. No era una pregunta.

Elena fue quien contestó.

—Tomás tenía veintiséis años. Trabajaba en El Eco como reportero.

Fue a la estación esa mañana porque se enteró de que había un muerto.

Habló con los ferroviarios, con los vecinos de la plaza.

Dos personas le dijeron que habían visto a un hombre joven con una máscara de halcón bajar hacia la estación después de la medianoche.

Una de ellas le dijo que se subió a un automóvil negro.

—Elena miraba la mesa—. Escribió un artículo.

Se llamaba «Preguntas sin respuesta en la estación».

El dueño del periódico de entonces no lo publicó.

Le dijo que, si quería seguir trabajando en el pueblo, aprendiera a escribir sobre ferias.

—Y aprendió —dijo Alejandra.

—Aprendió. Durante quince años. Hasta que una niña de doce años le preguntó en la cena quién era Isabel Montero.

Andrés tomó la palabra otra vez.

—Tomás y yo no éramos amigos entonces. Él era periodista, yo era policía; nos mirábamos de lejos.

No supimos hasta quince años después que los dos habíamos visto lo mismo aquella mañana.

Cuando me llamó y me dijo «Andrés, necesito hablarte de Julián Arce», casi se me cae el teléfono.

Nos vimos en el sótano de esta panadería.

Pusimos sobre la mesa lo que teníamos: mi copia, sus notas, los testigos de la plaza.

Investigamos dos semanas. Encontramos el análisis del agua en el laboratorio.

Encontramos el nombre de mi hermano Ramiro en la lista de la curtiduría.

Se le quebró la voz.

—Y encontramos al testigo menor de edad.

Gabriel levantó la vista.

—Martín.

—Martín. —Andrés asintió despacio—. Fui a verlo.

Lo senté en la cocina de mi casa y le pregunté.

Tenía treinta y dos años y era policía como yo.

Se echó a llorar como un niño. Me lo contó todo.

Que aquella noche estaba en el depósito esperando a su padre, que vio llegar el auto negro de Gonzalo, que oyó los gritos.

Que al día siguiente don Aurelio lo llamó a su despacho y le dijo lo que tenía que declarar.

Que su padre, Ramiro, le dijo que lo hiciera, que si no, los echaban a la calle con su madre enferma.

Que don Aurelio le pagó la academia de policía. Que nunca se lo había perdonado.

—¿Y tú qué hiciste? —preguntó Gabriel.

—Nada. —Andrés miró a su hijo a los ojos—.

Era mi sobrino. El hijo de mi hermano muerto.

Pensé que, si llevábamos el caso a la fiscalía de la ciudad, tendría que declarar contra él, y que eso lo destruiría.

Lo estaba pensando todavía cuando me quemaron la patrulla.

Y cuando clavaron la máscara en la puerta.

Me di cuenta de que alguien les había contado lo que estábamos haciendo.

Y solo había una persona que sabía que habíamos llegado a Martín.

El silencio en la cocina era tan denso que se oía el reloj de la pared.

—Él les avisó —dijo Alejandra.

—Él les avisó. Tal vez por miedo. Tal vez porque lo amenazaron. Nunca se lo pregunté. —Andrés se pasó una mano por la cara—. Me fui esa misma noche. Y antes de irme, en la calle, mientras cargaba la camioneta, le pedí a Martín una última cosa.

Gabriel se puso rígido en la silla.

—Las cartas.

Andrés cerró los ojos.

—Le dije que no dejara pasar ninguna carta.

Ni de ida ni de vuelta. Que si los Salcedo veían que los Herrera y los Ríos seguían en contacto, pensarían que Tomás y yo seguíamos investigando.

Y que la próxima vez no iba a ser una patrulla.

—Abrió los ojos, húmedos—. Pensé que eran cosas de niños, hijo.

Pensé que en un año se te pasaría. Te veía escribir esas cartas en la mesa de la cocina, una cada mes, y me las dabas a mí para que se las mandara a Martín, y yo te decía que sí.

Y las mandaba. Sabiendo que no iban a llegar nunca.

Alejandra se tapó la boca con la mano.

Gabriel no dijo nada durante mucho tiempo. Estaba blanco como la pared. Se levantó, fue hasta la ventana del patio y se quedó allí, de espaldas a todos, con las manos apoyadas en el alféizar.

—Veintitrés —dijo al fin, sin volverse—. Veintitrés cartas, papá.

—Lo sé.

—Y ella me escribió cuatro.

—Lo sé. Martín me lo dijo. —A Andrés le temblaba la barbilla—. Fue lo peor que he hecho en mi vida. Peor que callarme lo de Julián. Porque lo de Julián lo hice por miedo, y lo de ustedes lo hice por amor, y no sé cuál de las dos cosas es más difícil de perdonar.

Alejandra se levantó. Fue hasta la ventana, se puso al lado de Gabriel y le tomó la mano. Él no se volvió, pero sus dedos se cerraron sobre los de ella con tanta fuerza que le dolió.

—Ya llegaron —le dijo ella en voz baja—. Las cartas. Tarde, pero llegaron. Anoche, en el puente. Me las dijiste todas.

Gabriel se volvió por fin. La miró. Luego miró a su padre, envejecido, con el bastón apoyado contra la mesa y el sobre amarillento delante.

Cruzó la cocina, se arrodilló junto a la silla de Andrés y apoyó la frente en su hombro. Andrés le puso la mano en la nuca, como cuando tenía ocho años y se había caído de la bicicleta bajando la loma del puente.

Nadie dijo nada. No hacía falta.

✦ ✦ ✦

A media mañana, Andrés hizo una llamada.

—Sofía Mendoza —explicó—. Fue mi compañera en un curso de investigación criminal en la ciudad, hace veinte años. Hoy es fiscal del Estado. Es la persona más incorruptible que conozco, y odia a los alcaldes que se creen dueños de sus pueblos.

Habló con ella cuarenta minutos, encerrado en el cuarto de Elena. Cuando salió, tenía otra cara.

—Viene mañana. Con una unidad de policía estatal.

No la del pueblo. Estará en la estación a las seis menos cuarto, antes de que lleguen las máquinas.

Necesita tres cosas: la caja fuerte abierta delante de testigos, el testimonio de Isabel y la orden de un juez de la ciudad para entrar en la casa de la colina y llevarse la lámpara.

Dice que, si la lámpara tiene restos de sangre, aunque sean de hace treinta años, un laboratorio los puede encontrar.

Alejandra ya estaba marcando otro número.

—Paula —dijo cuando contestaron—. Soy Ríos. Te dije que te llamaría a ti antes que a nadie. —Escuchó un momento—. No, no son baches. Es la portada. Necesito un fotógrafo en la estación del pueblo mañana a las cinco y media de la mañana. Y necesito que guardes espacio para el martes.

Del otro lado se oyó un grito que hizo que Gabriel, a dos metros, levantara las cejas.

✦ ✦ ✦

Lo único que no consiguieron fue hablar con Martín.

Gabriel lo llamó once veces a lo largo del día. El teléfono sonaba y nadie contestaba. Fue a la comisaría; le dijeron que el subcomisario se había tomado el día libre. Fue a su casa; las cortinas estaban cerradas y la camioneta no estaba.

—Herrera ya no me sirve —repitió Alejandra en voz baja, sentada en el escalón del patio, al atardecer—. Ocúpate tú. Sin ruido.

—Ya lo sé —dijo Gabriel—. Ya lo sé.

Y la casa Montero. Mañana por la noche, había dicho Gonzalo. Esa noche. Andrés había querido llamar a los bomberos, pero los bomberos del pueblo dependían de la alcaldía. Sofía Mendoza no podía llegar antes de la madrugada. Estaban solos.

A las siete y media, con el cielo ya oscuro, el teléfono de Gabriel vibró por fin.

Era un mensaje. De Martín.

Esta noche. Casa del río. A las diez. Solos los dos. Tengo algo que es de ustedes desde hace quince años. Por favor, campeón.

Gabriel le pasó el teléfono a Alejandra sin decir nada. Ella leyó el mensaje dos veces.

—Puede ser una trampa —dijo.

—Puede ser.

—Gonzalo dijo que la casa iba a arder esta noche.

—Por eso mismo —dijo Gabriel, y se levantó—. Si no vamos, arde con él dentro.