La última promesa Capítulo 14. La traición final
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Capítulo 14. La traición final

La traición final

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Andrés insistió en ir con ellos. Gabriel insistió en que no. Al final llegaron a un acuerdo: Andrés esperaría en el auto de Elena, con las luces apagadas, al principio del camino de tierra, junto al puente de hierro, con el teléfono en la mano y el número de Sofía Mendoza en la pantalla.

—Si oigo algo raro, llamo —dijo—. Si no salen en una hora, llamo. Si veo un auto que no conozco, llamo.

—Papá...

—Y si te pasa algo, hijo, me muero. Así que no te pase nada.

Bajaron por el camino a oscuras, guiándose con la linterna del teléfono.

Las zarzas les arañaban la ropa. Hacía frío, y el río sonaba más fuerte que de día, un murmullo grave y continuo.

Alejandra pensó en la noche de hacía treinta años, en Isabel corriendo por esa misma orilla sin luz, contando sus pasos.

La casa Montero apareció al final del claro como un barco varado. En la ventana redonda del piso de arriba había una luz amarilla.

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Martín los esperaba en el cuarto de Isabel, sentado en la cama de hierro, con un farol de camping a los pies.

No llevaba uniforme. Llevaba una chaqueta vieja de pana y unos pantalones de pescar, y a la luz del farol parecía mucho mayor y mucho más delgado de lo que Alejandra recordaba.

Tenía en las rodillas una caja de zapatos atada con una cuerda.

—Vinieron —dijo.

—Viniste tú —contestó Gabriel—. No contestabas el teléfono.

—No sabía qué decirles por teléfono. —Martín miró la pared junto a la ventana, donde la inscripción seguía bajo el papel despegado—.

A. y G. Prometido. Octubre. Hace quince años vine aquí después de que ustedes se fueran a sus casas y la leí.

Esa misma tarde. Y me fui a mi casa y me emborraché por primera vez en mi vida.

Se quedaron de pie en la puerta. Martín no se levantó.

—Ustedes ya lo saben casi todo —dijo—. Lo veo en sus caras. Mi tío vino en el primer tren de esta mañana. Lo vi bajar desde la patrulla. Así que les voy a ahorrar las preguntas.

Tomó aire.

—Yo era el testigo. Tenía diecisiete años.

Aquella noche estaba en el depósito de carga esperando a mi papá para ayudarle a descargar los bidones.

Vi llegar el auto negro de Gonzalo. Lo vi bajar con la máscara de halcón.

Oí los gritos. Oí el golpe. —Se le quebró la voz, pero siguió—.

Y vi a Isabel salir corriendo del telégrafo con su chal rojo, y vi que él la vio.

Me escondí detrás de los bidones y no me moví.

No hice nada. Al día siguiente don Aurelio me llamó a su despacho y me dijo lo que tenía que declarar, y yo lo declaré.

Julián Arce, que no había probado una gota de alcohol en su vida, estaba borracho en la plaza. Lo firmé.

—Martín... —empezó Alejandra.

—Déjame terminar, pequeña. Si me paro, no voy a poder seguir.

—Martín se frotó la cara—. Quince años después, mi tío Andrés me preguntó en su cocina, y le dije la verdad.

Lloré como un niño. Y esa misma noche Gonzalo me llamó y me preguntó qué estaba investigando mi tío con el periodista.

Me dijo que sabía que mi mamá necesitaba una operación.

Que él la pagaba. Y que si yo no le contaba, la que iba a necesitar algo más que una operación era mi mamá.

—Miró a Gabriel—. Se lo conté. Le dije que tenían el análisis del agua y la lista de la curtiduría y que habían llegado a mí. Dos días después quemaron la patrulla.

Gabriel no dijo nada. Le temblaba la mandíbula.

—Y desde entonces le he contado todo. Siempre.

Durante quince años. Cada vez que alguien preguntaba algo raro.

Esta semana también. Le dije que estaban investigando.

Por eso Bruno fue a la panadería con sus flores.

Por eso ayer en el baile Gonzalo te habló de historias viejas, pequeña. Yo se lo dije.

—¿Y la foto? —preguntó Alejandra.

Martín sonrió por primera vez. Una sonrisa rota.

—La foto la tomé yo, claro. Aquel domingo de octubre.

Los vi bajar por el camino del río y supe a dónde iban.

Desde el día que volvieron con las piernas llenas de barro negro, supe que habían encontrado algo en esta casa.

Los seguía. Para cuidarlos. O eso me decía.

Ese domingo me escondí entre los sauces y los vi en la ventana con los meñiques enganchados, y les hice una foto.

No sé por qué. Para que nadie dijera nunca que no estuvieron aquí.

—Se le escapó una lágrima—. Y luego subí y leí la pared.

—¿Por qué nos la mandaste ahora? —dijo Gabriel con voz ronca—. ¿Por qué después de quince años?

Martín se quedó callado un momento.

—Porque Gonzalo va a tirar la estación y la caja fuerte se va a ir con los escombros.

Y porque hace dos meses fui al médico de la ciudad por una tos que no se me quitaba.

—Se encogió de hombros—. Pulmones. Como mi papá.

Me dieron un año, si tengo suerte. Mi papá respiró ese veneno en el canal de la curtiduría durante quince años, y yo lo respiré con él cada verano que le ayudaba a descargar el camión.

Ya ves. Los Salcedo me pagaron la academia y me mataron en el mismo lote.

Nadie dijo nada. Afuera, el río seguía sonando.

—Yo no tenía valor para hacerlo —siguió Martín en voz baja—.

Nunca lo tuve. Pero ustedes sí. Siempre lo tuvieron.

La niña que se peleó con Héctor Soto el primer día de escuela por un niño que acababa de conocer.

El niño que fue capaz de encontrar una trampilla que nadie más había visto.

Pensé: si alguien puede, son ellos. Solo tenían que acordarse de la promesa.

Entonces desató la cuerda de la caja de zapatos y la abrió.

Estaba llena de sobres. Sobres blancos de distintos tamaños, algunos amarillentos, todos cerrados.

Sin abrir. Todos con la misma letra torcida de niño, que se iba enderezando de un sobre a otro, haciéndose más firme, más adulta.

Para Alejandra Ríos. Panadería Ríos, en la plaza.

Y entre ellos, cuatro sobres de color rosa, con letra redonda de niña: Para Gabriel Herrera.

Por favor, Martín, mándaselo. Y encima de todos, doblada en cuatro, una hoja arrancada de un cuaderno de dibujo, con los bordes amarillos.

—Veintitrés y cuatro —dijo Martín—. Y la nota que me diste en la camioneta, campeón. Mañana, me dijiste. Quince años de mañanas. No abrí ninguno. Nunca. Te lo juro, campeón. No las leí. Solo las guardé. Mi tío me pidió que no pasaran y no pasaron. Pero no fui capaz de quemarlas.

Gabriel tomó la caja con las dos manos. Alejandra vio que temblaba entero.

—También les traigo esto. —Martín sacó del bolsillo de la chaqueta un sobre grueso, cerrado, y una llave grande de hierro—.

Es mi declaración. Escrita a mano y firmada esta tarde, con fecha y hora, con todo lo que les he dicho y más: fechas, nombres, cantidades, lo que oí esa noche en el depósito.

Y esta es la llave del candado del ala norte.

La saqué ayer del llavero de Ferrer durante el baile, mientras él vigilaba la puerta del salón. Los vi subir al despacho.

Alejandra lo miró con la boca abierta.

—¿Nos viste?

—Pequeña, yo los veo desde que tenían ocho años. —Martín se levantó por fin—. Ahora váyanse. Esta noche van a quemar esta casa. Gonzalo se lo encargó a Ferrer, su jefe de seguridad. Y conmigo dentro, si puede. Por eso les dije a las diez. Ferrer viene a las diez y media.

—Ven con nosotros —dijo Gabriel.

—No, campeón.

—Martín, ven con nosotros. Ahora.

Pero ya era tarde. Por la ventana redonda vieron moverse dos luces entre los sauces del camino. Y oyeron, abajo, el crujido de las tablas del porche bajo un peso de hombre.

Después llegó el olor. Dulce, penetrante, inconfundible.

Gasolina.

✦ ✦ ✦

Todo pasó muy deprisa.

Martín los empujó hacia el fondo del cuarto, hacia la ventana trasera que daba al río, la que no tenía vidrio desde hacía treinta años.

—Por aquí. El tejado del cobertizo está justo debajo. Salten y corran hacia la orilla, hacia el sauce grande. No miren atrás.

—No te vamos a dejar...

—¡Gabriel! —Era la voz de Andrés en la calle, quince años antes. La misma voz—. Escúchame bien. Lo mejor que puedes hacer por ella ahora es irte sin hacer ruido.

Luego se dio la vuelta, tomó el farol de camping y bajó la escalera.

Alejandra oyó su voz en el piso de abajo, fuerte, firme, como en los sábados del río.

—Ferrer. Esta vez no.

Y otra voz, áspera, que no conocía:

—Herrera. El jefe dijo que ya no le servías.

—El jefe tiene razón. Ya no le sirvo. Ahora le sirvo a otra gente.

Gabriel empujó a Alejandra por la ventana. Ella cayó sobre el tejado de lata del cobertizo con un estruendo, rodó, y él cayó a su lado con la caja de zapatos apretada contra el pecho. Saltaron al barro. Alejandra tenía en la mano, sin saber cómo, el sobre de la declaración y la llave de hierro.

Arriba, dentro de la casa, sonaron dos disparos.

Luego un tercero.

Después hubo un ruido sordo, como un suspiro enorme, y una luz anaranjada se encendió de golpe en las ventanas del piso de abajo. Las llamas subieron por el porche, por las tablas secas, por el papel despegado de las paredes. En menos de un minuto la casa entera ardía como una antorcha.

—¡Martín! —gritó Gabriel.

Dejó la caja de zapatos en manos de Alejandra y corrió hacia la casa.

—¡Gabriel, no!

No la oyó. O no quiso oírla. Rodeó la casa por el lado del río, donde el fuego todavía no había llegado, y se metió por la puerta trasera de la cocina.

Alejandra se quedó en la orilla, con la caja y el sobre apretados contra el pecho, gritando su nombre, viendo cómo el humo negro salía por la ventana redonda, por la ventana del cuarto de Isabel, donde dos niños habían hecho una promesa.

Contó los segundos. Como Isabel. Como le habían enseñado.

Cuarenta y uno. Cuarenta y dos. Cuarenta y tres.

Gabriel salió por la puerta de la cocina tosiendo, con la cara negra de hollín, arrastrando a Martín por debajo de los brazos.

✦ ✦ ✦

Lo tendieron en la hierba, junto al sauce grande, en la orilla del río. El mismo sauce donde treinta años antes habían encontrado un chal rojo enredado en las raíces.

Martín tenía una mancha oscura en el costado de la chaqueta que se extendía muy deprisa. Respiraba con dificultad, con un silbido húmedo. Gabriel le apretaba la herida con las dos manos, y la sangre le salía entre los dedos.

—Aguanta —le decía—. Aguanta, Martín. Mi papá ya llamó. Ya vienen.

A lo lejos se oían sirenas. Y, más cerca, el motor de un auto que arrancaba a toda velocidad en el camino de tierra, y otro motor que arrancaba detrás, y unos faros que se cruzaban en el puente de hierro, y el chirrido de unos frenos.

Alejandra no miró. No podía apartar los ojos de la cara de Martín.

—Ferrer —jadeó él—. Le di. En la pierna. No llegará lejos.

—No hables.

—Tengo que hablar, campeón. Me queda poco para hablar. —Martín le buscó la mano a Gabriel, manchada de sangre, y la apretó—. Las cartas. ¿Las tienen?

—Las tengo yo —dijo Alejandra, arrodillándose a su lado—. Y la declaración. Y la llave.

—Bien. —Martín cerró los ojos un momento—. Díganle a Isabel que lo siento. Que la vi correr esa noche. Que la vi y no dije nada. Treinta años sin decir nada.

—Se lo vas a decir tú —dijo Alejandra, llorando.

—No, pequeña.

La casa Montero se derrumbó detrás de ellos con un estruendo de madera y chispas. El techo se hundió sobre el cuarto de Isabel. La ventana redonda se quebró hacia dentro y desapareció entre las llamas. Las chispas subieron al cielo negro como fuegos artificiales al revés.

Martín abrió los ojos y miró las chispas.

—Mira, campeón —murmuró—. Como en la fiesta.

Luego miró a Gabriel, y luego a Alejandra, y les sonrió con la misma sonrisa de los sábados en el río, cuando les enseñaba a hacer rebotar piedras sobre el agua.

—Cumplan la promesa —dijo—. Por mí también.

Y dejó de respirar.

Gabriel se quedó arrodillado en la hierba con las manos ensangrentadas sobre el pecho de su primo hasta que llegaron las ambulancias.

No lloró. No dijo nada. Alejandra se arrodilló a su lado, lo abrazó por la espalda y lo sostuvo, mientras la casa donde había empezado todo terminaba de arder y el río, indiferente, seguía corriendo hacia el sur.

Cuando Andrés llegó por el camino, cojeando con el bastón, encontró a los dos así, abrazados junto al sauce, con una caja de zapatos llena de cartas entre ellos y el cuerpo de Martín cubierto con la chaqueta de su hijo.

Eran las once de la noche. Faltaban siete horas para las máquinas.