La última promesa Capítulo 12. La noche de las máscaras #2
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Capítulo 12. La noche de las máscaras #2

Debajo del plano había un cuaderno de cuero negro.

Alejandra lo abrió. Eran columnas de fechas y cifras, escritas con dos letras distintas: una antigua y temblorosa, otra más moderna.

Junto a cada cifra, unas iniciales. Las primeras páginas, de treinta años atrás, estaban llenas de una sola: B.

Cada mes, la misma cantidad. Hasta una fecha, hacía unos doce años, en que la B. desaparecía.

—Bernal —dijo Alejandra—. Murió hace doce años.

Pasó las páginas. Había otras iniciales.

Algunas no las reconoció. Una le llamó la atención más que las demás: R.

V., con una flecha que apuntaba al revés, como si en esa columna el dinero no saliera, sino que entrara.

Aparecía desde la primera página, con la letra antigua y temblorosa, y seguía apareciendo con la moderna, cada tres meses, sin faltar nunca.

La última anotación era del verano pasado.

Pero había una que aparecía desde hacía treinta años, primero con cantidades pequeñas, luego más grandes, hasta la última página escrita, con fecha de hacía apenas dos semanas.

M. H.

Gabriel se quedó mirando esas dos letras durante mucho tiempo. Luego le hizo una foto a cada página del cuaderno, con una calma terrible, sin decir nada.

Estaba fotografiando la última cuando oyeron pasos en el pasillo.

✦ ✦ ✦

No había tiempo de salir. Gabriel cerró el cuaderno, enrolló el plano y lo metió en el cajón, y los dos se lanzaron detrás de la cortina de terciopelo verde que cubría el ventanal, justo en el momento en que se abría la puerta doble.

Era un espacio estrecho entre la cortina y el cristal frío de la ventana.

Gabriel quedó contra el cristal y Alejandra contra él, con la espalda pegada a su pecho, tan juntos que sentía su corazón latiéndole entre los omóplatos.

Él le puso una mano en la cintura para que no se moviera.

Ella dejó de respirar, y no solo por miedo.

Se encendió la luz del despacho. Alguien cruzó la habitación y se sentó en el sillón del escritorio. Oyeron el ruido de un teléfono.

—Ferrer —dijo la voz de Gonzalo Salcedo.

Ya no era cálida en absoluto—. Las máquinas, el lunes a las seis.

No a las ocho, a las seis. Que no haya nadie en la estación.

Ni el arquitecto ni nadie. —Una pausa—. Sí.

Y la casa del río, mañana por la noche. Un incendio.

Esas casas viejas arden solas, todo el mundo lo sabe.

—Otra pausa, más larga—. No, Herrera ya no me sirve.

Lo vi esta noche, tiene cara de confesionario.

Sabe demasiado, y lleva treinta años sabiéndolo. Ocúpate tú. Sin ruido.

Alejandra sintió que la mano de Gabriel, en su cintura, se cerraba como un puño.

Gonzalo colgó. Se quedó un momento en silencio. Oyeron cómo abría la vitrina del fondo, la última, y se quedaba allí, quieto. Alejandra cerró los ojos e imaginó la mano de aquel hombre acariciando la lámpara de Julián como quien acaricia un trofeo de caza.

Luego la vitrina se cerró, la luz se apagó y la puerta doble se cerró tras él.

Ninguno de los dos se movió durante un minuto entero.

—La ventana —susurró Gabriel al fin—. Da al jardín.

✦ ✦ ✦

Saltaron al jardín desde una altura de dos metros, ella con los zapatos en la mano y el vestido azul recogido, él con la máscara de búho torcida sobre la cara.

Corrieron agachados entre los setos mientras el cielo empezaba a llenarse de luces: la banda de la plaza había llegado al final de la fiesta, y los fuegos artificiales estallaban sobre el río, verdes, rojos y dorados, como aquella noche hacía quince años.

No pararon de correr hasta que llegaron al puente de hierro.

Allí, en mitad del puente, sin aliento, con el río negro corriendo debajo y el cielo estallando encima, Alejandra se dobló sobre la baranda y se echó a reír. No podía parar. Se reía y le temblaban las piernas, y Gabriel se reía también, apoyado a su lado, con la máscara de búho colgando del cuello.

—Lo tenemos —dijo ella cuando pudo hablar—. Gabriel, lo tenemos. La lámpara, el plano, el cuaderno.

—Lo tenemos.

—Y van a quemar la casa. Mañana. Y Martín...

—Ya sé. —Gabriel dejó de reírse—. Ya sé.

Se quedaron en silencio. Un cohete dorado se abrió sobre ellos como una flor enorme y bañó el puente de luz. Alejandra se volvió a mirarlo. Tenía el pelo revuelto, una hoja de seto enganchada en el hombro y los ojos color café claro encendidos por los fuegos.

—Gabriel.

—Te escribí veintitrés cartas —dijo él.

Ella se quedó quieta.

—Veintitrés —repitió Gabriel—. Durante dos años.

Le daba todas a mi papá para que se las diera a Martín, porque mi papá decía que era la única forma segura.

Te contaba todo. La escuela nueva, la ciudad, que no tenía amigos, que dibujaba ventanas redondas en todos mis cuadernos.

Que me acordaba de la promesa. En la última, a los catorce años, te dije que...

—Se le cortó la voz—. Que te quería. Así, con esas palabras.

Y como nunca me contestaste, pensé que te había dado vergüenza.

Que te habías reído. Y me odié durante años por haberlo escrito.

—Yo te escribí cuatro —dijo Alejandra. Tenía los ojos llenos de lágrimas y no le importaba—. Cuatro. Y en marzo dejé de escribirte porque pensé que no te importaba. Y anoté en mi libreta que las promesas no servían para nada.

—¿Y ahora?

Era la misma pregunta del patio. La que se había quedado flotando en el aire frío.

Esta vez Alejandra la contestó.

—Ahora tachaste eso —dijo, y le puso las manos en la cara—. Lo tachaste tú, Gabriel. Hace quince años, en una pared. Y yo también. Te quiero. Te quise siempre. Incluso cuando te odiaba. Sobre todo cuando te odiaba.

Él le apartó la máscara de lobo, que se le había quedado colgando en el pelo, y la dejó caer sobre la baranda. Luego la besó.

Fue un beso lento al principio, casi cuidadoso, como si los dos tuvieran miedo de romper algo que había tardado quince años en llegar.

Luego dejó de ser cuidadoso. Alejandra le agarró la solapa del traje y él la levantó un poco del suelo, como había levantado a su hermana en la estación, y los fuegos estallaban sobre ellos y el río corría debajo, y en algún lugar de la plaza la banda tocaba la última canción de la fiesta.

Cuando por fin se separaron, se quedaron con las frentes juntas, respirando el mismo aire.

—Socios —murmuró ella.

—Nada más —dijo él, sonriendo contra su boca.

Y se besaron otra vez.

No vieron, en la carretera de la colina, un auto patrulla detenido con las luces apagadas.

No vieron al hombre que estaba sentado al volante, mirándolos a través del parabrisas, con una cámara plateada en el regazo y una expresión que, de haberla visto, Alejandra habría anotado en su libreta con una sola palabra.

Despedida.