Capítulo 12. La noche de las máscaras
La noche de las máscaras
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Los seis días que separaron aquella noche en el patio del baile fueron los más largos de la vida de Alejandra.
Gabriel volvió a la obra el lunes como si nada, con el casco puesto y los planos bajo el brazo, porque un arquitecto que deja de ir a la obra la semana de la fiesta es un arquitecto que tiene algo que esconder.
Pidió en la fundación la llave del ala norte «para tomar unas medidas antes de la demolición», y una secretaria muy amable le contestó que el alcalde había dado orden de no prestársela a nadie.
Martín no volvió a llamar. Dos veces lo vieron cruzar la plaza en la patrulla, y las dos veces miró hacia otro lado.
Isabel no salió de la casa en toda la semana.
Ayudaba a Elena en la cocina con las persianas bajadas, y por las noches, cuando la panadería olía a masa dormida, les contaba cosas.
Contaba la estación de antes, el telégrafo, las tardes en que Julián le dictaba mensajes en clave solo por hacerla reír.
De los treinta años del sur hablaba poco.
Un día Alejandra le preguntó dónde había vivido, y ella sonrió con una tristeza muy antigua.
—En una pensión, ya te lo dije. Cosiendo vestidos de novia para otras. —Dobló el paño de cocina en cuatro, despacio—. Hay una parte de esos años que todavía no les he contado, hija. No es solo mía. Algún día.
Una de esas noches, Elena, con las manos metidas en la masa, se puso a hablar de la abuela de Tomás, a la que nadie en la familia había conocido joven. Había llegado al pueblo en el tren de la mañana, sola, con una maleta de cartón y un niño de pecho, y nunca le dijo a nadie de dónde venía.
—Tu padre decía que la primera periodista de la familia había sido ella —contó Elena, sonriendo—. Porque se pasó sesenta años sin contestar ni una pregunta.
Alejandra se rio. No volvió a pensar en eso durante mucho tiempo.
El jueves por la noche, en la oficina de Gabriel, mientras ella pasaba a limpio sus notas para un artículo que todavía no sabía si podría publicar, él tomó el medallón y lo puso bajo la lupa de revisar planos.
—Mira esto.
Junto a la bisagra, tan pequeño que hacía falta la lupa y mucha paciencia, había un grabado que no tenía nada que ver con el trencito de Julián: dos rayas verticales, finas y rectas, como un número romano.
II.
—¿Dos? —dijo Alejandra.
—O segundo. —Gabriel giró el medallón bajo la luz y siguió con la lupa las letras gastadas del borde. No consiguió leer ni una palabra entera—. Esto lo hizo un platero de verdad, Ale. No es una baratija de feria. Alguien lo encargó.
Alejandra lo anotó en la libreta roja, debajo del punto cinco. 6. El medallón tiene un número. ¿Segundo de qué? Luego tuvieron cosas más urgentes en que pensar, y la pregunta se quedó allí, esperando, como se quedan todas las preguntas que se escriben.
El sábado, a las ocho de la noche, la banda empezó a tocar en la plaza.
La casa de la colina brillaba como un barco encendido en mitad de la noche.
Desde la plaza, donde la banda tocaba y los fuegos artificiales se preparaban para el final de la fiesta, se veían todas sus ventanas iluminadas, las antorchas a lo largo del camino de entrada y las siluetas de los invitados moviéndose detrás de los cristales.
Alejandra subió en el auto de Bruno, que había insistido en pasar a buscarla.
Llevaba un vestido azul oscuro que le había prestado una amiga de la ciudad por mensajería urgente y, en la mano, una máscara de lobo gris que había comprado esa misma tarde en un puesto de la plaza.
—¿Un lobo? —dijo Bruno, divertido—. Pensé que elegirías algo más elegante. Una mariposa, un cisne.
—Los lobos son elegantes.
—Los lobos son peligrosos.
—Eso también.
Bruno se rio. Llevaba una máscara dorada de veneciano y un esmoquin impecable, y la ayudó a bajar del auto con una cortesía a la antigua que en otra vida, pensó Alejandra, le habría parecido encantadora.
El salón principal de la casa Salcedo era más grande que toda la panadería de su madre.
Tenía el suelo de mármol blanco y negro, dos arañas de cristal en el techo y un cuarteto de cuerdas tocando en una tarima junto a la escalera.
Doscientas personas con máscaras bebían champán y se reían demasiado fuerte.
Alejandra reconoció algunas caras a pesar de los antifaces: el juez del pueblo, el director del banco, el párroco, la directora de la escuela.
Todo el pueblo que importaba estaba allí.
Y al fondo, junto a la chimenea, saludando a todos con una sonrisa de dientes perfectos, estaba el alcalde.
Gonzalo Salcedo no llevaba máscara de halcón.
Llevaba un sencillo antifaz negro de terciopelo, que en él parecía una concesión elegante a la tradición.
Era alto, canoso, de hombros todavía anchos, y tenía la misma manera que su hijo de mirar a la gente como si fuera la persona más importante del mundo.
Cuando Bruno los presentó, le besó la mano a Alejandra.
—La hija de Tomás Ríos —dijo con calidez—. Gran periodista, tu padre. Un hombre de principios. Me alegró mucho que mi padre pudiera ayudarlo cuando el periódico pasaba por dificultades.
Alejandra sonrió. Le costó todo lo que tenía.
—Él siempre hablaba de ustedes —dijo.
—Seguro que sí. —Gonzalo no soltaba su mano. Tenía los ojos grises, claros, muy fríos detrás del terciopelo negro—. Me han dicho que estás escribiendo sobre la estación. Sobre historias viejas.
—Sobre la estación que se va. Para el periódico.
—Qué bonito. —Le dio una palmadita en la mano y por fin la soltó—. Las historias viejas son bonitas, siempre que se dejen donde están. Disfruta la fiesta, Alejandra.
Se alejó entre los invitados. Alejandra se dio cuenta de que tenía la espalda empapada en sudor frío.
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Vio a Gabriel media hora más tarde.
Estaba al otro lado del salón, junto a una columna, con un traje oscuro que le quedaba mejor de lo que había derecho y una máscara de búho de plumas grises y ojos enormes. No bailaba. Tenía una copa en la mano que no bebía. La miraba a ella.
Bruno la sacó a bailar en ese momento. Era un vals, y Bruno bailaba muy bien.
La guiaba con la mano en la parte baja de su espalda, le decía cosas graciosas al oído, y en cada vuelta Alejandra veía la máscara de búho junto a la columna, inmóvil, siguiéndola con sus ojos de plumas.
En la cuarta vuelta, Bruno la acercó un poco más y le dijo en voz baja:
—Tu amigo el arquitecto no me quita los ojos de encima. ¿Debería preocuparme?
—Es mi socio.
—Eso no responde a la pregunta.
—No —admitió Alejandra—. No responde.
Cuando terminó el vals, se excusó para ir al tocador.
Bruno le había explicado durante la cena en el molino, sin que ella preguntara, dónde estaba todo en esa casa: el ala de los invitados, la biblioteca, «el despacho de mi abuelo, en el ala oeste, donde mi padre se encierra cuando no quiere ver a nadie».
Subió por la escalera de servicio, recorrió un pasillo alfombrado y se detuvo frente a una puerta doble de roble.
Gabriel ya estaba allí, apoyado en la pared, con la máscara de búho subida sobre la frente.
—Bailas bien —dijo en voz baja.
—Tú no bailas nada.
—Estaba ocupado mirándote bailar con otro.
Ella lo miró. Él la miró. Abajo, el cuarteto empezó a tocar otra pieza.
—Después —dijo Alejandra, y probó el picaporte.
La puerta no tenía llave.
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El despacho de Aurelio Salcedo era una habitación enorme, forrada de madera oscura, que olía a cuero y a puro frío.
Había un escritorio del tamaño de una mesa de comedor, sillones de piel, un globo terráqueo antiguo.
Y vitrinas. Las paredes estaban cubiertas de vitrinas de cristal iluminadas desde dentro: pájaros disecados con los ojos de vidrio fijos, monedas antiguas sobre terciopelo, pistolas de duelo, sables, un búho real con las alas abiertas.
—Colecciona cosas —susurró Gabriel—. Isabel tenía razón.
Encendieron las linternas de los teléfonos y se separaron. Gabriel fue directamente a un mueble de cajones planos junto a la ventana, de los que usan los arquitectos para guardar planos. Alejandra recorrió las vitrinas, una por una, con el pulso latiéndole en los oídos.
La encontró en la última.
Estaba sola en una repisa, como una pieza de museo, sobre un pedestal pequeño de madera.
Una lámpara de mano de latón, de las de queroseno, con un cristal ahumado y un asa curva.
Tenía una abolladura en un costado, como si hubiera caído desde cierta altura.
En la base, grabado en el metal, se leía un número de cinco cifras y, debajo, dos letras.
J. A.
Alejandra se quedó mirándola sin poder moverse. Treinta años. Treinta años en una vitrina, en el despacho de un hombre que bebía champán con el juez y el párroco, a cinco kilómetros de la tumba de Julián, donde nadie llevaba flores.
Sacó el teléfono con las manos temblorosas y le hizo diez fotos: de frente, de lado, la base, el número, las iniciales, la vitrina entera, la placa del despacho.
—Ale. —La voz de Gabriel, desde el mueble de los planos, sonaba extraña—. Ven a ver esto.
Tenía un plano extendido sobre el escritorio.
Era el de la remodelación de la estación, con el sello de un estudio de arquitectura de la ciudad y la fecha de hacía quince años.
Gabriel señaló el ala norte. En la oficina del telégrafo, la pared del fondo estaba dibujada en rojo, y junto a ella, a mano, en tinta roja también, alguien había escrito:
Muro de cierre, ladrillo simple, sin carga. C.F. — NO TOCAR. Dejar dentro.
—Caja fuerte —dijo Gabriel—. No tocar. Dejar dentro.
—Es la letra de Aurelio.
—Y el muro no es de carga. —Gabriel ya estaba haciendo fotos—. Lo puedo abrir sin que se caiga nada.