La última promesa Capítulo 9. El enemigo más cercano
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Capítulo 9. El enemigo más cercano

El enemigo más cercano

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—Es mi primo, Ale.

—Ya sé que es tu primo.

—Nos enseñó a pescar. Nos llevaba al río todos los sábados.

Cuando mi papá trabajaba de noche, era él quien me llevaba a la escuela.

—Gabriel caminaba de un lado a otro de su oficina, con las manos en los bolsillos—.

Y es subcomisario. Si vamos a meternos con los Salcedo, necesitamos a alguien dentro de la policía. No podemos hacerlo solos.

Alejandra estaba sentada en el borde del escritorio, con la libreta roja abierta sobre las rodillas. Había pasado la noche en vela pensando en el punto cinco, y no había llegado a ninguna conclusión que le gustara.

—No digo que no le pidamos ayuda —dijo con cuidado—. Digo que no le contemos todo.

—¿Por qué?

—Porque mi papá escribió que los Salcedo tenían amigos en la policía. Y porque yo le di mis cartas a Martín y nunca llegaron.

—El correo de esos años era un desastre.

—Gabriel.

Él se detuvo junto a la ventana. Afuera, en el andén, unos obreros colgaban farolillos de papel para la fiesta.

—Está bien —dijo al fin—. Le pedimos el expediente. No le hablamos del medallón ni de la carpeta de tu papá. Pero, Ale, te lo digo en serio: Martín es de mi familia. Es lo único que me queda de este pueblo, aparte de ti.

Lo dijo sin pensar. Alejandra lo supo por la forma en que se quedó quieto después, como si las palabras se le hubieran escapado por una puerta que no sabía que estaba abierta. Ella fingió que no había oído la última parte. Pero la apuntó en la libreta más tarde, en la lista sin título.

✦ ✦ ✦

La comisaría seguía en el mismo edificio de dos pisos junto a la plaza, aunque ahora tenía la fachada pintada de amarillo y una bandera nueva. Martín los recibió en su despacho del segundo piso con los brazos abiertos y café de máquina en vasos de plástico.

—¡Los inseparables! —dijo—. Siéntense, siéntense. ¿A qué debo el honor?

Era un despacho pequeño, con una ventana que daba a la plaza y las paredes llenas de diplomas y fotos enmarcadas: Martín estrechando la mano del alcalde Salcedo en la inauguración de algo, Martín con un grupo de agentes en un desfile, Martín más joven con un pez enorme colgado de un anzuelo.

En un estante, entre trofeos de tiro y una planta medio seca, había una cámara fotográfica plateada.

Alejandra la miró y sintió que algo se le movía en el fondo de la cabeza.

Era la misma cámara. La de los sábados en el río. Más vieja, con la correa gastada, pero la misma. Para que nadie diga nunca que no estuvieron aquí. Y en la esquina de cada foto, en numeritos naranjas, la fecha.

La astilla que llevaba días clavada en su memoria por fin salió a la luz. Alejandra se obligó a sentarse despacio, a tomar el vaso de café, a sonreír.

—Estamos investigando una historia vieja —dijo Gabriel—. Para un artículo de Ale. La muerte de Julián Arce, el jefe de estación. Hace treinta años.

Martín no dejó de sonreír. Pero tardó un segundo de más en contestar.

—Vaya. Eso sí es remover el pasado. —Se recostó en la silla—. ¿Y por qué eso, ahora?

—Porque van a tirar el ala norte de la estación —dijo Alejandra—. Y me pareció una buena historia para el periódico: la estación que se va, y las historias que se llevan sus paredes. Julián Arce, Isabel Montero. Esas cosas.

—Una historia bonita —dijo Martín despacio—. Triste, pero bonita.

—¿Tú los conociste?

—De vista. —Martín se encogió de hombros—.

Yo era un muchacho. Trabajaba de mandadero en la curtiduría, como medio pueblo.

Julián era un tipo serio. Isabel era muy guapa; todos los muchachos estábamos medio enamorados de ella.

Fue una tragedia. Él se emborrachó la noche de la fiesta y se cayó a las vías.

Ella se tiró al río de pena. Eso es todo.

—Julián no bebía —dijo Alejandra.

Martín la miró.

—¿Quién te dijo eso?

—Lo leí en algún lado.

—Pues esa noche bebió. Hubo un testigo.

—¿Quién?

—No me acuerdo, pequeña. Eran otros tiempos.

—Martín se levantó, abrió un archivador metálico detrás del escritorio y sacó una carpeta delgada—.

Mira, para que veas que no tengo nada que esconder.

Es el expediente. Lo que queda de él. Llévatelo, haz copias y me lo devuelves.

Bernal era un corrupto, eso lo sabe todo el mundo, así que no me extrañaría que hubiera hecho las cosas con los pies. Pero no creo que encuentres nada.

Alejandra hojeó la carpeta. Era casi idéntica a la fotocopia de la carpeta de su padre, salvo por una diferencia: en la hoja del testigo, la línea con el nombre reservado no estaba tachada.

Simplemente no estaba. Alguien había cortado la parte de abajo de la página con una tijera, con cuidado, de modo que se notaba muy poco.

—Gracias, Martín —dijo Gabriel.

—Para eso estamos. —Martín les dio una palmada en el hombro a cada uno—. Pero háganme un favor: no se acerquen al ala norte. Ese edificio se cae solo, y el alcalde no quiere ni un rasguño antes de la demolición. Si alguien se mete ahí y se lastima, me cuelgan a mí.

Ya estaban en la puerta cuando Alejandra se volvió.

—Martín. ¿Te acuerdas de las cartas que te daba para Gabriel? Cuando tenía doce años.

Martín se quedó muy quieto, con la mano en el picaporte.

—Claro que me acuerdo.

—¿Se las mandaste?

—Todas, pequeña. —Martín no la miró a ella. Miró a Gabriel—. Se las mandé todas a mi tío. Si no llegaron, sería el correo. O mi tío pensó que era mejor así. Ya sabes cómo era Andrés de protector.

Alejandra asintió despacio. Tenía una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda, Martín. Siempre la había tenido. Ella no le había prestado atención nunca.

✦ ✦ ✦

—Es él —dijo en cuanto salieron a la plaza—. La cámara, Gabriel. Las fotos las tomó él. Los numeritos naranjas son de su cámara.

—Medio pueblo tenía una cámara así.

—Medio pueblo no estaba en el río con nosotros todos los sábados. Medio pueblo no sabía dónde estaba la casa Montero.

—Eso no tiene sentido. —Gabriel se paró en seco en mitad de la plaza—. Si Martín tomó la foto, ¿por qué nos la mandaría ahora? ¿Para qué? ¿Para ayudarnos a investigar algo y luego decirnos que no hay nada que investigar?

—No sé. Por eso hay que averiguarlo.

—Ale, es mi familia. No puedes acusarlo de...

—¡No lo estoy acusando de nada! Estoy diciendo que miente. Te miente a ti y me miente a mí. Le preguntaste por el testigo y dijo que no se acordaba, pero la página está cortada con tijera. Le pregunté por las cartas y no fue capaz de mirarme.

—Porque lo estabas interrogando como si fuera un criminal.

Se miraron con rabia en mitad de la plaza, entre los puestos de máscaras a medio armar. Un vendedor de algodón de azúcar los observaba con interés.

—Tal vez tienes razón —dijo Gabriel al fin, en voz baja y dura—. Tal vez es eso lo que hacen los periodistas. Desconfiar de todo el mundo.

Le dolió. Le dolió más de lo que habría querido.

—Y tal vez —contestó ella— eso es lo que hacen los Herrera. Irse sin preguntar y no mirar lo que no quieren ver.

Él se quedó pálido. Alejandra quiso tragarse las palabras en cuanto las dijo, pero ya era tarde. Gabriel se dio la vuelta y se fue hacia la estación sin decir nada más.

✦ ✦ ✦

Esa tarde, Bruno Salcedo volvió a la panadería.

Esta vez traía un ramo de flores, rosas amarillas, y la invitación a cenar en el único restaurante elegante del pueblo, un antiguo molino junto al río reconvertido en hotel.

Alejandra estuvo a punto de decir que no.

Luego pensó en la página cortada con tijera, en el ala norte que nadie debía tocar y en la S dorada entre ramas de laurel, y dijo que sí.

Bruno era encantador. Eso era lo peor. Era divertido, culto, sabía escuchar y tenía la costumbre de hacer preguntas y quedarse esperando la respuesta como si de verdad le importara.

Le habló de sus estudios en el extranjero, de la fundación, de su idea de convertir el pueblo en un destino turístico «sin perder el alma».

Le preguntó por su trabajo y se rio de verdad con la historia de los murciélagos del mercado.

—Mi padre está obsesionado con ese proyecto —dijo, cuando Alejandra le preguntó por el Paseo del Río—.

Nunca lo había visto así. Quiere demoler el ala norte la misma mañana después de la fiesta.

Le dije que esperara a la primavera, que con las lluvias de otoño las máquinas se iban a hundir en el barro.

No quiso ni oírlo. Dice que es una cuestión de seguridad.

—¿Seguridad?

—Que ese edificio es un peligro. —Bruno se encogió de hombros—.

Está cerrado desde hace quince años. Mi abuelo pagó la remodelación de la estación entera, ¿sabías?

Fue lo último que hizo antes de enfermar.

Y ahora mi padre quiere tirar la mitad. —Sonrió—.

Los Salcedo somos así. Construimos y destruimos con el mismo entusiasmo.

Alejandra tomó un sorbo de vino.

—Conozco a alguien que trabaja para ustedes. Martín Herrera.

—¿Martín? Claro. Martín es como de la familia. —Bruno lo dijo con total naturalidad—. Mi abuelo le pagó la academia de policía cuando era joven. Siempre dijo que era el muchacho más leal que había conocido. Viene a casa todos los domingos a ver el fútbol con mi padre.

Alejandra dejó la copa sobre la mesa con mucho cuidado para que no se le notara el temblor de la mano.

Al salir del restaurante, Bruno la acompañó hasta la puerta de la panadería.

Era una noche clara y fría, y la luna se reflejaba en el río como una moneda en el fondo de un pozo.

En la puerta, Bruno se inclinó hacia ella con la evidente intención de darle un beso, y Alejandra giró la cara justo a tiempo para que se lo diera en la mejilla.

—El sábado —dijo él, sin ofenderse—. En el baile. Ponte algo azul. Te quedará bien con la máscara.

Cuando el auto de Bruno desapareció calle abajo, Alejandra se quedó un momento en la puerta. Al otro lado de la plaza, junto al kiosco, había una figura alta, con las manos en los bolsillos, mirándola.

Era Gabriel.

Ella dio un paso hacia él. Él se dio la vuelta y se perdió en la oscuridad de la calle de la estación.

✦ ✦ ✦

Gabriel no durmió esa noche.

Volvió a su oficina, encendió la lámpara y se quedó mucho tiempo sentado frente al escritorio sin hacer nada, con la imagen de Bruno Salcedo inclinándose sobre Alejandra grabada detrás de los ojos.

No tenía derecho a sentir lo que sentía.

Socios. Nada más. Se lo repitió diez veces. No le sirvió de nada.

Para no pensar, abrió la caja del tren y sacó las fotografías.

Las había mirado muchas veces, pero nunca con una lupa.

Tenía una en el cajón, de las que usaba para revisar los detalles de los planos antiguos.

Fue pasando las fotos una por una bajo la luz de la lámpara.

Isabel en el andén. Isabel y Julián. Isabel con Nicolás en brazos, flaco y pálido.

Y la del patio de la estación: el camión de carga, los dos hombres con overol, Julián, Isabel, y el muchacho flaco de la bicicleta, medio cortado por el borde.

Gabriel acercó la lupa al muchacho.

Tenía diecisiete años, tal vez menos. Llevaba una gorra hacia atrás y se reía de algo.

Y sobre la ceja izquierda, apenas visible en el papel desvaído, tenía una cicatriz pequeña y recta.

La cicatriz que, según contaba la familia en todas las comidas de Navidad, se había hecho a los quince años bajando en bicicleta la loma del puente.

Igual que Gabriel, el primer día de escuela, con la rodilla vendada.

Gabriel movió la lupa hacia la izquierda. Uno de los dos hombres de overol, el que estaba apoyado en la puerta del camión, era corpulento, de bigote, con unas manos enormes. Gabriel solo lo había visto en fotos. En las fotos del álbum familiar, abrazando a su padre en una boda.

Su tío Ramiro.

Se quedó así mucho tiempo, con la lupa en la mano y la foto bajo la lámpara. Luego guardó las fotos en la caja, apagó la luz y se sentó en la oscuridad.

No llamó a Alejandra. Debería haberlo hecho, y lo sabía. Pero no podía decirle todavía que tenía razón. Todavía no.

No sin haberle preguntado antes a Martín, mirándolo a los ojos.