Capítulo 10. La verdad sobre Isabel
La verdad sobre Isabel
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Alejandra subió al cementerio antes del amanecer.
No se lo dijo a nadie. Dejó una nota en la mesa de la cocina para su madre, salí a caminar, y subió la colina a oscuras, con el abrigo abrochado hasta la barbilla y una linterna que no se atrevió a encender.
El aire olía a tierra mojada y a ciprés.
A lo lejos, el río era una línea de plata bajo la última luz de la luna.
Se sentó en un banco de piedra, detrás de un panteón cubierto de hiedra, desde donde se veía la reja oxidada de la capilla de los Montero. Los lirios de hacía tres días seguían allí, ya un poco marchitos. Si alguien los cambiaba con la regularidad que parecía, pensó Alejandra, tenía que ser pronto.
Llevaba media hora tiritando cuando oyó pasos en la grava.
No eran pasos de mujer. Eran pesados, largos, y venían directamente hacia ella. Alejandra se encogió detrás de la hiedra, con el corazón en la garganta, hasta que la figura se detuvo a dos metros y dijo en voz muy baja:
—Sabía que estarías aquí.
—Gabriel. —Ella soltó el aire de golpe—. Me diste un susto de muerte.
—Perdón. —Él se sentó a su lado en el banco, con cuidado de no tocarla—. Fui a la panadería. Tu mamá me dijo que habías salido a caminar a las cinco de la mañana. Nadie sale a caminar a las cinco de la mañana. Pensé en los lirios.
Se quedaron un momento en silencio, mirando la reja de los Montero.
—Ale, ayer...
—Lo siento —dijo ella al mismo tiempo—. Lo que dije de los Herrera. No era verdad. Fue cruel.
—Era un poco verdad.
—Fue cruel de todos modos.
—Yo también lo siento. —Gabriel miraba sus propias manos—. Lo de los periodistas. Y tenías razón. Con Martín.
Ella se volvió hacia él.
—Anoche miré las fotos con lupa —siguió Gabriel en voz muy baja—. El muchacho de la bicicleta, en la del camión, es él. Tiene la misma cicatriz. Y el hombre de overol apoyado en el camión es mi tío Ramiro. Su papá.
—Gabriel...
—No digo que Martín haya hecho nada malo. Era un muchacho. Pero estaba ahí. Y nos mintió.
Alejandra no supo qué decir. Le tomó la mano en la oscuridad. Él entrelazó los dedos con los suyos y no la soltó.
Estaban así cuando la vieron.
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Era una mujer delgada, de unos cincuenta años, con un pañuelo gris en la cabeza y un abrigo largo y oscuro.
Subía despacio por el sendero principal, con un ramo de lirios blancos envuelto en papel de periódico apretado contra el pecho.
Se detuvo frente a la reja de los Montero, la abrió con una llave que sacó del bolsillo, entró en la pequeña capilla y se arrodilló.
Cambió los lirios viejos por los nuevos. Les quitó las hojas secas. Pasó la mano por la placa de Nicolás, despacio, como quien acaricia una mejilla. Luego se quedó quieta mucho tiempo, con la frente apoyada en el mármol.
No miró la placa de Isabel ni una sola vez.
Cuando salió, ya estaba amaneciendo. Cerró la reja con cuidado y bajó por el sendero. Alejandra y Gabriel la siguieron a distancia.
La mujer bajó la colina, cruzó la plaza todavía vacía, donde las guirnaldas de la fiesta colgaban flojas con el rocío, y tomó la calle del mercado.
Al final de la calle, en un local diminuto con la persiana a medio subir, había una floristería con un letrero pintado a mano: FLORES INÉS.
La mujer se agachó, entró y bajó la persiana detrás de ella.
—Inés —susurró Gabriel.
—La floristería lleva aquí un año —dijo Alejandra—. Mi mamá me lo comentó el día que llegué: que había abierto una tienda de flores una señora muy callada que había venido de lejos. Hace un año. Cuando murió la madre de Isabel.
Se miraron. Alejandra se metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó el pañuelo de seda.
—Vamos —dijo.
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La mujer abrió la puerta a la segunda llamada. Tenía los ojos oscuros, rodeados de arrugas finas, y el cabello completamente gris recogido bajo el pañuelo. Miró a Alejandra, miró a Gabriel, y algo se le quebró en la cara, como si los hubiera estado esperando y temiendo al mismo tiempo.
—Está cerrado —dijo—. Abro a las nueve.
—No venimos a comprar flores —dijo Alejandra.
Abrió el pañuelo de seda en la palma de la mano.
La mujer no gritó. Alejandra pensaría después en lo extraño que fue eso, en lo poco que se movió.
Solo se quedó mirando el medallón. Los ojos se le llenaron de lágrimas, despacio, sin parpadear, y las lágrimas le cayeron por las mejillas una tras otra, en silencio, como si hubieran estado guardadas allí treinta años esperando el permiso.
—Pasen —dijo al fin, con una voz que apenas se oía—. Por favor. Antes de que alguien los vea.
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La trastienda de la floristería era un cuarto pequeño con una mesa de madera, dos sillas, una estufa de gas y cubos de agua llenos de flores.
Olía a tierra húmeda y a lavanda. La mujer puso agua a calentar con manos temblorosas y no dijo nada hasta que tuvo tres tazas de té sobre la mesa.
Luego se sentó frente a ellos y extendió la mano.
—¿Puedo?
Alejandra le dio el medallón. La mujer lo sostuvo en la palma un largo rato. Lo abrió con la uña, en un gesto que había hecho mil veces. Miró el trencito y los tres números.
—Catorce de julio —dijo—. El tren de las siete treinta y uno. Bajó con una maleta de cartón y una gorra nueva, tan serio. Me preguntó dónde estaba la oficina del jefe de estación.
—Y usted le dijo que no había nadie —dijo Gabriel con suavidad—. Y él le dijo: «Ahora sí hay».
Isabel Montero levantó la vista y lo miró como se mira a un fantasma.
—Leyeron mis cartas.
—Las encontramos hace diecisiete años —dijo Alejandra—. En el desván de su casa. Teníamos diez años. Lo sentimos mucho.
—No lo sientan. —Isabel cerró el medallón y lo apretó en el puño—. Las dejé ahí para que alguien las encontrara. Llevo treinta años pidiéndole a Dios que alguien las encontrara.
—Usted encendió la vela —dijo Gabriel—. En la casa. Y limpió la pared.
Isabel asintió.
—Fui la primera noche que volví. Quería ver si la caja seguía ahí.
Y vi lo que habían escrito. «A. y G. Prometido.
Octubre». Me senté en el suelo y lloré hasta que se hizo de día.
—Sonrió apenas, con los ojos húmedos—. No sabía quiénes eran.
Solo sabía que alguien había hecho una promesa en mi cuarto. Y que había sido en octubre.
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Les contó la historia con la voz baja y monótona de quien la ha repetido muchas veces en silencio, de noche, sin nadie que la escuche.
Aquella noche de la fiesta, treinta años atrás, había quedado con Julián en el andén después de los fuegos artificiales.
Él tenía que cerrar la estación; ella lo esperaba en la oficina del telégrafo, con el chal rojo sobre los hombros.
Desde la ventana vio llegar el automóvil negro de los Salcedo y apagar los faros junto al depósito de carga.
Oyó la discusión. Oyó la voz de Julián, clara y firme, diciendo «no» muchas veces.
Y la otra voz, más joven, cada vez más furiosa.
—Cuando salí al andén, Julián estaba en las vías —dijo Isabel—.
Y él estaba de pie junto al borde. Con la máscara de halcón todavía puesta.
Se volvió y me vio. No le vi la cara, pero no hacía falta.
Conocía su voz. Conocía su automóvil. Toda la vida lo había visto pasar por la calle del río con la ventanilla bajada.
—Gonzalo Salcedo —dijo Alejandra.
Isabel no lo confirmó ni lo negó. Solo cerró los ojos.
—Corrí. Me encerré en el telégrafo. Julián me había dado todo lo que tenía: su cuaderno, los manifiestos copiados, las fotos del depósito, el análisis del agua.
Lo guardábamos en un lugar seguro, por si acaso.
Escribí lo que había visto en una hoja, deprisa, y lo guardé con lo demás.
Cerré. Y salí por la puerta de atrás antes de que él terminara de dar la vuelta al edificio.
—¿Y el medallón?
—Lo llevaba siempre colgado. Pensé que, si me atrapaban, me lo encontrarían. Y en el medallón estaba... —Se detuvo—. Estaba todo. Así que corrí a mi casa, por la orilla del río, sin luz. Subí al desván y lo dejé en la caja con las cartas. Le di un beso a mi madre dormida. Y bajé al río.
—Y dejó el chal en el sauce —dijo Gabriel.
—Y dejé el chal en el sauce. —Isabel se miró las manos—.
A las cuatro de la mañana pasaba el tren de carga del correo, rumbo al sur.
El maquinista, don Lázaro, era un viejo amigo de mi padre.
Lo esperé en la curva del puente, donde los trenes van despacio.
Me escondió en la cabina y me bajó cuatrocientos kilómetros al sur.
Nunca le dijo a nadie nada. Murió hace diez años.
Fue el hombre más valiente que he conocido.
—¿Y su madre? —preguntó Alejandra—. ¿Sabía que estaba viva?
—Se lo dije a los seis meses, por medio de una prima.
Ella me hizo jurar que no volvería nunca.
Que si volvía, me matarían a mí y la matarían a ella.
Y tenía razón. —A Isabel se le quebró la voz por primera vez—.
Durante treinta años, mi madre fue al cementerio cada domingo a llorar delante de una placa con mi nombre.
Para que todos la vieran. Para que nadie dudara.
Y yo vivía en una pensión, cosiendo vestidos de novia para otras, sin poder llamarla ni una sola vez.
Gabriel bajó la vista. Alejandra sintió que se le cerraba la garganta.
—¿Por qué no llevó las pruebas a la policía? —preguntó con suavidad—. Tenía todo lo que Julián había reunido.
Isabel la miró como se mira a una niña.
—¿A qué policía, hija? ¿Al comisario Bernal, que cenaba con don Aurelio todos los viernes? Esa misma mañana, Bernal firmó que Julián estaba borracho. Antes del mediodía. Antes de hacer la autopsia. Y había un testigo que juraba haberlo visto bebiendo en la plaza.
—Un testigo menor de edad —dijo Alejandra—. Con el nombre reservado.
—Con el nombre reservado. —Isabel asintió—.
Pero en un pueblo pequeño no hay nombres reservados.
Todo el mundo supo quién era. Un muchacho que hacía mandados en la curtiduría y cuyo padre manejaba el camión de los bidones.
Un muchacho que vio el automóvil negro esa noche, igual que yo, porque estaba en el depósito esperando a su padre.
Y que al día siguiente dijo lo que le mandaron decir.
Gabriel se había puesto muy pálido.
—¿Cómo se llama ese muchacho? —preguntó, aunque ya lo sabía.
Isabel lo miró largamente. Algo en su cara cambió; algo de reconocimiento, de pena.
—Tú eres un Herrera —dijo en voz muy baja—. Tienes los ojos de Ramiro.
—Soy su sobrino.
—Entonces ya sabes cómo se llama.
Alejandra le apretó la mano por debajo de la mesa. Él no la apartó, pero tampoco le devolvió el apretón. Estaba muy lejos, en algún lugar donde nadie podía alcanzarlo.
Isabel abrió la mano y les devolvió el medallón. Luego miró a Alejandra con una intensidad repentina.
—Díganme una cosa. ¿Quién más sabe que están buscando?
—Mi madre —dijo Alejandra—. Y...
Se detuvo y lo miró. Gabriel cerró los ojos.
—Martín —dijo él—. Ayer le pedimos el expediente. Le contamos que estábamos investigando la muerte de Julián.
Isabel Montero se levantó tan deprisa que la silla cayó al suelo con un estrépito que asustó a los dos.
—Entonces no tenemos mucho tiempo —dijo—. Ninguno de los tres.