La última promesa Capítulo 7. Las cartas perdidas
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Capítulo 7. Las cartas perdidas

Las cartas perdidas

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Leyeron las cartas esa noche en la oficina de Gabriel, sentados en el suelo entre planos enrollados, con la cafetera eléctrica haciendo ruidos de animal cansado y la lámpara del escritorio inclinada hacia ellos.

A los once años las habían leído como se lee un cuento de hadas. A los veintisiete, Alejandra las leyó como periodista.

—Fechas —dijo, extendiendo los sobres sobre una lámina de cartón—. Ninguna carta tiene año, pero varias dicen el día y el mes. Si las ordenamos, tenemos un año y medio de historia, más o menos. Desde un verano hasta el otoño del año siguiente.

—Hasta la noche de la fiesta —dijo Gabriel.

—Hasta la noche de la fiesta.

Gabriel leía despacio, con el ceño fruncido, y de vez en cuando anotaba algo en su cuaderno.

No era el mismo cuaderno de tapas de cartón, claro; era uno negro, de buena calidad.

Pero los dibujos de los márgenes eran iguales: ventanas, arcos, pequeños puentes.

Alejandra se descubrió mirándolos más de lo necesario.

—Escucha esto —dijo él de pronto, y leyó en voz alta una carta de Isabel, de las primeras—.

«Todavía me río cuando me acuerdo de ti aquel 14 de julio, bajando del tren de las 7:31 con tu maleta de cartón y tu gorra nueva, tan serio, preguntándome dónde estaba la oficina del jefe de estación.

Y yo te dije que el jefe de estación se había jubilado y que no había nadie. Y tú me dijiste: “Ahora sí hay”.»

Alejandra dejó de respirar un segundo.

—Catorce de julio —dijo—. El tren de las siete treinta y uno.

—Catorce, siete, treinta y uno.

Sacó el medallón del pañuelo y lo abrió. 14 · 7 · 31. El trencito de vapor. No era una fecha de hacía un siglo. Era el día en que se habían conocido. La hora en que él había llegado.

—Por eso el tren —murmuró ella.

—Hay más. —Gabriel pasó varias cartas hasta encontrar la que buscaba.

Era de Julián, con su letra apretada y firme—.

Esta es la del regalo. «Te dejo esto en tu ventanilla porque si te lo doy en persona me voy a poner a temblar como un tonto.

Lo compré en una tienda de antigüedades de la ciudad, a un viejo que no supo decirme de dónde venía.

Dice que el escudo de la tapa no es de ninguna familia conocida.

Pero la estrella sobre el río me pareció hecha para ti, que vives junto al río y eres mi estrella.

Ya sé, ya sé, es una cursilería. Adentro le grabé nuestra fecha.

Es la única combinación que nunca voy a olvidar. »

—Combinación —repitió Alejandra.

—Es una forma de hablar —dijo Gabriel. Pero se quedó mirando la palabra, con el lápiz detenido sobre el cuaderno.

✦ ✦ ✦

Las cartas siguientes eran distintas.

El tono cambiaba hacia el otoño del primer año.

Seguían siendo cartas de amor, pero entre las frases tiernas empezaba a colarse otra cosa.

Nicolás tenía fiebre otra vez. Nicolás tenía unas manchas en la piel que el médico del pueblo no sabía explicar.

Los médicos de la ciudad hablaban de «algo en la sangre». Y no era solo Nicolás.

La hija de los Paredes también está enferma, escribía Isabel. Y el niño de la señora Vela, el que vive junto al molino. Todos son del barrio del río, Julián. Todos los que bebemos del pozo de abajo. Mi madre dice que es mala suerte. Yo ya no creo en la mala suerte.

Y Julián, unas semanas después:

Ayer volvió a pasar el tren de carga de los martes, el que no figura en el horario.

Descargaron otra vez en el depósito, de noche.

Bidones de metal, sin etiqueta. Treinta y dos esta vez.

Los recogió el camión de la curtiduría. Le pregunté al maquinista qué traían y se rio y me dijo que era mejor que no lo supiera.

He empezado a copiar los manifiestos de carga, Isa.

Los originales dicen «material de construcción».

No es material de construcción. Huele a algo que te quema la nariz.

Y el canal de desagüe de la curtiduría va directo al río, cincuenta metros arriba del pozo de tu barrio.

Gabriel dejó la carta sobre el cartón muy despacio.

—La curtiduría Salcedo —dijo.

—No lo dice.

—No hay otra curtiduría en el pueblo, Ale. Nunca la hubo.

Alejandra lo sabía. La curtiduría Salcedo había cerrado cuando ella tenía unos quince años, después de que el viejo Aurelio muriera y su hijo decidiera dedicarse a la política.

Todavía estaba allí, río arriba, un edificio enorme de ventanas rotas con una chimenea de ladrillo que se veía desde todo el pueblo.

De niña nunca le había prestado atención.

Era parte del paisaje, como el puente o el campanario.

Las cartas siguientes eran cada vez más cortas y más nerviosas.

Julián hablaba de un «cuaderno» donde lo anotaba todo: fechas, números de vagón, cantidades.

Hablaba de fotos que había tomado desde la ventana de su despacho.

Hablaba de un frasco de agua del pozo que había mandado analizar a un laboratorio de la ciudad «con nombre falso, por si acaso».

Y hablaba de miedo, aunque nunca usaba esa palabra.

El viejo A. vino hoy a la estación, escribió en una de las últimas.

Muy amable. Me preguntó por mi familia, por mis planes, por ti.

Me dijo que un muchacho tan responsable como yo podría tener un gran futuro en la empresa.

Me ofreció un sobre. No lo acepté. Su hijo esperaba en el automóvil y no se bajó, pero me miró todo el tiempo por el vidrio.

Isa, no quiero asustarte, pero ten cuidado.

Ellos tienen amigos en todas partes. En la alcaldía. En la policía. En todas partes.

Y la penúltima, la que a los once años habían leído tres veces sin entenderla, ahora tenía un párrafo final que Alejandra no recordaba:

Si algo me pasa, ya sabes dónde está todo. Detrás de nuestra fecha. Nadie más puede abrirla. Nadie más la conoce.

Se hizo un silencio largo en la oficina. La cafetera dejó de hacer ruido.

—«Si algo me pasa» —dijo Gabriel.

—Y le pasó. Una semana después.

Alejandra tomó la última carta, la de Isabel. La de la noche de la fiesta. Llevaré el chal rojo para que me reconozcas entre tantas máscaras.

—Encontraron su chal en el río —dijo despacio—. Eso me contó mi papá, sin querer. Un chal rojo enredado en un sauce. Por eso dijeron que se había ahogado.

—Muy conveniente —dijo Gabriel.

—Muy conveniente —repitió ella.

Se miraron por encima de las cartas, a la luz amarilla de la lámpara, y Alejandra vio en los ojos de Gabriel lo mismo que sentía ella: no miedo todavía, sino ese vértigo que se siente al asomarse a un pozo muy hondo.

—Julián no se cayó a las vías —dijo él.

—No. Y creo que Isabel lo vio.

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A la mañana siguiente fueron al cementerio.

Fue idea de Alejandra. Uno pregunta, compara y espera, decía su padre; y los muertos, a su manera, también contestaban preguntas.

El cementerio del pueblo estaba en la colina, detrás de la iglesia, rodeado de cipreses que el viento hacía crujir como mástiles.

Encontraron la tumba de Julián Arce en la parte vieja, una lápida sencilla de piedra gris: Julián Arce.

Jefe de estación. Hombre bueno. No había flores.

Hacía mucho tiempo que nadie le llevaba flores.

—«Hombre bueno» —leyó Gabriel—. Alguien lo quería.

—O alguien se sentía culpable.

Isabel no tenía tumba, porque nunca habían encontrado el cuerpo.

Pero en el panteón de la familia Montero, una pequeña capilla de piedra con una reja oxidada, había una placa de mármol en la pared: Isabel Montero.

Se la llevó el río. Te esperamos siempre.

Y debajo, otra más antigua: Nicolás Montero. Nueve años. Ahora corre sin cansarse.

Delante de la placa de Nicolás había un ramo de lirios blancos.

Estaban frescos. Tenían gotas de rocío en los pétalos.

Alejandra se agachó a mirarlos. No había tarjeta. Los tallos estaban cortados en diagonal, con cuidado, y atados con un cordel de cocina. Delante de la placa de Isabel no había nada.

—La madre de Isabel murió el año pasado —dijo Gabriel, leyendo una placa más nueva junto a la reja—. Amparo Montero. Aquí está la fecha.

—Entonces no fue ella quien trajo los lirios.

—No.

—Y quien los trajo se los dejó a Nicolás. No a Isabel. —Alejandra se levantó despacio—. ¿Por qué alguien le traería flores al hermano y no a la hermana?

Gabriel la miró.

—Porque no le llevas flores a alguien que sabes que está vivo —dijo.

El viento movió los cipreses. Alejandra sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

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Al bajar del cementerio se separaron. Gabriel tenía una reunión en la obra y Alejandra quería pasar por la biblioteca municipal para buscar en los periódicos viejos. Quedaron en verse por la tarde.

La biblioteca, sin embargo, estaba cerrada por la fiesta.

Alejandra dio una vuelta por la plaza, donde ya estaban colgando las guirnaldas y armando los puestos de máscaras, y sin pensarlo mucho bajó por la calle de la estación.

Quería contarle a Gabriel lo de la biblioteca.

Esa fue la excusa que se dio a sí misma.

Lo vio desde la esquina.

Estaba en la entrada del andén, sin el casco de obra, y no estaba solo.

Una muchacha muy joven, rubia, con el cabello corto y una chaqueta de cuero, acababa de bajar de un autobús con una mochila al hombro, y en cuanto lo vio corrió hacia él y se le echó al cuello.

Gabriel la levantó del suelo y le dio una vuelta en el aire, riéndose, una risa abierta y libre que Alejandra no le había oído desde que tenían doce años.

Luego la dejó en el suelo, le acomodó el cabello con un gesto de enorme ternura y le dio un beso en la frente.

La muchacha le dijo algo al oído. Él se rio otra vez. Entraron juntos en la estación, él con el brazo sobre sus hombros, ella con la cabeza apoyada en él.

Alejandra se quedó en la esquina.

Fue absurdo. Lo sabía mientras le pasaba.

No tenía ningún derecho. Eran socios. Nada más.

Lo habían dicho los dos, con todas las letras, el día anterior.

Gabriel tenía veintisiete años y era perfectamente libre de tener una novia, o diez, y de levantarlas en el aire en la puerta de la estación y besarlas en la frente con esa ternura. No era asunto suyo.

Pero le dolió el pecho de una manera que no recordaba desde un viernes de octubre en que encontró una silla vacía junto a la suya.

Se dio la vuelta y subió por la calle hasta la plaza sin mirar atrás.

✦ ✦ ✦

Esa tarde no fue a la estación. Le mandó a Gabriel un mensaje seco: La biblioteca está cerrada. Mañana sigo. Tengo cosas que hacer. Él contestó con un signo de interrogación. Ella no respondió.

Ayudó a su madre en la panadería, amasó pan de anís hasta que le dolieron los brazos y atendió a los clientes con una sonrisa de plástico.

A las seis, cuando ya estaba oscureciendo, sonó la campanilla de la puerta y entró un hombre joven con un abrigo de lana gris, una bufanda de seda y una sonrisa de anuncio de revista.

—¿Alejandra Ríos? —dijo—. La famosa periodista de la ciudad.

—No tan famosa.

—Eso dicen los modestos. —Le tendió la mano por encima del mostrador—. Bruno Salcedo. Mi padre es el alcalde. Me dijeron que habías vuelto y quise venir a darte la bienvenida en persona.

Alejandra lo reconoció de la foto del diario regional. De cerca era aún más atractivo: alto, de ojos verdes, con la piel bronceada de alguien que pasa los inviernos en lugares con playa. Tenía la seguridad tranquila de los que nunca han tenido que pedir nada.

—¿Quién te dijo que había vuelto?

—En este pueblo todo se sabe. —Bruno sonrió—.

Y como mi fundación organiza el baile de máscaras de la fiesta, en la casa de la colina, me pareció un crimen que la única periodista de verdad que ha dado este pueblo no estuviera invitada.

—Sacó un sobre color crema del bolsillo del abrigo y lo dejó sobre el mostrador—.

Es el último sábado de la fiesta. Me encantaría que vinieras.

Alejandra miró el sobre. Tenía un escudo en relieve: una S dorada entre dos ramas de laurel. Pensó en las cartas de Julián. El viejo A. vino hoy a la estación. Muy amable.

—Lo voy a pensar —dijo.

—Es todo lo que pido. —Bruno se inclinó un poco sobre el mostrador—. Y si necesitas a alguien que te enseñe el pueblo, que seguro ha cambiado mucho, estoy a tu disposición.

—Crecí aquí, Bruno.

—Entonces tú me lo enseñas a mí.

Salió con una sonrisa y un gesto de despedida. Elena, que había oído toda la conversación desde la puerta del horno, se acercó secándose las manos en el delantal.

—Ese muchacho es igual que su abuelo —dijo en voz muy baja.

—¿Igual cómo?

Pero su madre ya había vuelto a los hornos. Alejandra la oyó murmurar algo que sonó a «muy amable», y sintió que la piel de los brazos se le erizaba.

Esa noche, sola en su cuarto, sacó la libreta de tapas rojas por primera vez en quince años. Encontró la última página escrita, la de las promesas no sirven para nada, la tachadura y el todavía. Pasó la hoja y empezó una nueva, con letra de adulta:

1. Julián tenía pruebas. Las guardó «detrás de nuestra fecha». 2. Alguien lleva lirios a Nicolás. No a Isabel. 3. Bruno Salcedo sabe que volví. ¿Quién se lo dijo?

Se quedó pensando un rato. Luego, porque esa libreta nunca había tenido secretos para ella, añadió un cuarto punto y lo tachó enseguida, con tanta fuerza que rompió el papel:

4. Gabriel tiene novia.