Capítulo 6. El regreso
El regreso
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El tren entró en la estación a las siete y treinta y un minutos exactos, con un chirrido largo de frenos y una nube de vapor que no era vapor sino el aliento frío de la mañana.
Alejandra bajó con la maleta en una mano y el abrigo abrochado hasta el cuello.
El andén estaba casi vacío: un hombre mayor con un periódico bajo el brazo, dos estudiantes con mochilas, una señora con una jaula de gallinas.
La estación era más pequeña de lo que recordaba y más hermosa.
Alguien había empezado a restaurarla. El techo de hierro del andén estaba recién pintado de verde oscuro, y los faroles antiguos, que en su infancia colgaban torcidos y rotos, tenían otra vez sus cristales.
Pero el ala norte, al fondo, seguía igual. Un edificio bajo de ladrillo ennegrecido, con las ventanas tapiadas y un letrero de lámina que decía: PELIGRO — DEMOLICIÓN PROGRAMADA — FUNDACIÓN SALCEDO.
Y frente a ese letrero, de espaldas a ella, había un hombre arrodillado en el suelo midiendo algo con una cinta métrica.
Alejandra se quedó inmóvil.
Lo había visto en una foto de internet, medio cortado por el borde.
Se había dicho durante todo el viaje que no iba a pasar nada, que eran dos adultos, que quince años eran quince años.
Se había preparado frases. Hola, Gabriel.
Qué sorpresa. Te ves bien. Ninguna le sirvió de nada, porque en ese momento él se levantó, se sacudió las rodillas, se dio la vuelta, y ella volvió a tener doce años.
Era más alto de lo que nunca habría imaginado.
Tenía los hombros anchos, una barba de pocos días y las manos manchadas de polvo de ladrillo.
Pero los ojos eran los mismos. Color café claro.
Y se detuvieron en ella como se habían detenido aquel primer día en todas las cosas del salón: con atención absoluta.
—Alejandra —dijo.
No sonó a pregunta.
—Gabriel.
Durante un momento, ninguno de los dos se movió. El tren de las 7:31 arrancó detrás de ella y se fue llevándose el ruido, y quedaron solos en el andén, con el silencio de una estación vacía y quince años de por medio.
—Volviste —dijo él al fin.
—Tú también. Hace seis meses, según el diario regional. —Alejandra oyó su propia voz y no le gustó: sonaba fría, cortante, como una periodista haciendo una pregunta incómoda—. Seis meses aquí y no se te ocurrió escribirme.
Algo se cerró en la cara de Gabriel.
—Escribirte —repitió.
—Sí. Esa cosa que se hace con papel y lápiz. Te acordarás.
—Me acuerdo muy bien. —Su voz también se había vuelto fría—. Te escribí durante dos años, Alejandra. Cada mes. Nunca contestaste ni una sola vez. Llegó un momento en que entendí el mensaje.
Ella se quedó con la boca abierta.
—Eso es mentira.
—¿Perdón?
—Nunca recibí nada. Ni una carta. Ni una nota. Te fuiste en mitad de la noche sin despedirte, y yo te escribí a ti, Gabriel, y tú fuiste el que nunca...
—¿Me estás llamando mentiroso?
—Te estoy diciendo lo que pasó.
—Lo que tú crees que pasó.
Se miraron con furia. Alejandra sentía la cara caliente y los ojos peligrosamente húmedos, y se odió por eso.
Había pasado quince años construyendo una versión de esa historia en la que ella era la abandonada y él el que había olvidado.
No estaba dispuesta a soltarla en un andén a las siete y media de la mañana.
Fue Gabriel quien rompió el silencio. Se metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y sacó algo. Un sobre manila, doblado por la mitad.
—Llegó hace ocho días —dijo—. Lo deslizaron por debajo de la puerta de mi oficina, aquí en la estación. No sabía si a ti también te había llegado.
Alejandra abrió el sobre. Adentro había una foto idéntica a la suya. La ventana redonda, los dos niños, los meñiques enganchados, los numeritos naranjas. Atrás, las mismas letras de imprenta: PROMETIERON DESCUbrIR LA VERDAD. EL TIEMPO SE ACABA.
Sacó la suya del bolso y las puso una junto a la otra.
—Por eso volviste —dijo Gabriel.
—Por eso volví.
Él miró las dos fotos durante mucho tiempo. Cuando volvió a levantar la vista, el enojo se había ido de sus ojos y había dejado algo más cansado y más triste.
—Alguien nos vio ese día.
—Alguien nos vio ese día —repitió ella—. Y ha esperado quince años para decírnoslo.
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La oficina de Gabriel era el antiguo despacho del jefe de estación, en el ala sur, la que ya estaba restaurada.
Tenía un escritorio de roble, una cafetera eléctrica, un catre plegable en la esquina («a veces se me hace tarde», explicó él, sin más) y las paredes cubiertas de planos clavados con tachuelas.
Alejandra se quedó en la puerta mientras él preparaba café, con la extraña sensación de estar en el lugar donde trabajaba Julián Arce.
—¿Sabías que este era su despacho? —preguntó.
—Lo supe el primer día. —Gabriel le pasó una taza—. Me acordé de las cartas. «Julián, desde tu ventana se ve la mía.»
Ella lo miró con sorpresa. Él se encogió de hombros, como cuando tenía ocho años.
—Tengo buena memoria para las cosas importantes.
Alejandra bebió café para no tener que contestar.
Gabriel le explicó el proyecto. Lo había contratado la Fundación Salcedo a través de un estudio de arquitectura de la ciudad, a propuesta de la alcaldía.
Restaurar el ala sur y el andén, convertir el edificio en centro cultural.
Era un buen proyecto, el mejor que le habían ofrecido desde que se había graduado.
Había aceptado sin pensarlo mucho. Pero no se había atrevido a volver antes.
—¿Por qué?
Él dudó.
—Mi papá no quería que volviera. Nunca me explicó por qué. Cuando le dije que había aceptado, estuvo una semana sin hablarme.
Alejandra guardó esa información en la parte de su cabeza donde guardaba las cosas que los adultos no dicen. Luego señaló el ala norte por la ventana.
—¿Y eso? ¿Por qué hay que demolerlo?
Gabriel la miró como se mira a alguien que acaba de hacer la pregunta correcta.
—Eso —dijo— es lo que llevo tres semanas preguntándome.
Desenrolló dos planos sobre el escritorio. Uno era antiguo, en papel amarillento, con sellos de la compañía de ferrocarriles. El otro era moderno, un levantamiento que él mismo había hecho.
—Este es el plano original de la estación.
Aquí está el ala norte: el depósito de carga, la sala de espera de segunda clase y la oficina del telégrafo.
—Su dedo se detuvo en un rectángulo—. Cuatro metros por cinco.
Y este es el ala norte hoy, después de la remodelación que le hicieron hace unos quince años.
Alejandra miró el segundo plano. La oficina del telégrafo era más pequeña: cuatro metros por cuatro.
—Le falta un metro.
—Le falta un metro. La pared del fondo está corrida hacia adelante. Es una pared de ladrillo nuevo, sin ninguna razón estructural. Y cuando la golpeas —Gabriel hizo un gesto con los nudillos—, suena hueco.
—¿Se lo dijiste a alguien?
—Se lo comenté a Bruno Salcedo. Me dijo que no perdiera el tiempo con el ala norte, que de todos modos se iba a demoler. Y una semana después me llegó esto. —Señaló el sobre con la foto—. No sé si las dos cosas tienen relación.
—Todo tiene relación —dijo Alejandra—. Mi papá lo decía.
Gabriel sonrió por primera vez. Una sonrisa pequeña, torcida, que a ella le hizo algo extraño en el estómago.
—Me acuerdo de tu papá. Lo siento mucho, Ale. Me enteré tarde.
Era la primera vez en quince años que alguien la llamaba Ale con esa voz. Alejandra se concentró muchísimo en su café.
✦ ✦ ✦
Martín los encontró en el andén cuando salían.
Lo vio venir desde lejos, con su uniforme azul de subcomisario, más ancho y más canoso de lo que recordaba, con la misma risa fuerte que se oía desde el otro lado de las vías. Antes de que pudiera decir nada, la levantó en el aire en un abrazo de oso.
—¡Pequeña! ¡Pero mírate! ¡Toda una señora periodista de la ciudad!
—Hola, Martín.
—Elena me dijo que venías para la fiesta. —La bajó al suelo, la sostuvo de los hombros y la miró con ojos brillantes—. Quince años, ¿eh? Y estos dos juntos otra vez, como si nada. —Le dio a Gabriel una palmada en la espalda—. Les dije que el río siempre devuelve lo que se lleva.
Gabriel no dijo nada. Alejandra pensó en las cuatro cartas que le había dado a Martín, y en la promesa de él de hacerlas llegar, y abrió la boca para preguntar.
Pero Martín ya estaba hablando de otra cosa: de la fiesta, del frío que había llegado temprano, de que tenían que ir a cenar a su casa una noche, «como en los viejos tiempos».
Ella decidió esperar. Uno no publica lo primero que oye.
—¿Y qué hacen ustedes dos un miércoles a las ocho de la mañana en el andén? —preguntó Martín, guiñando un ojo—. ¿Ya andan investigando fantasmas?
Lo dijo en broma. Pero miraba a Gabriel, no a ella.
—Le estaba enseñando la obra —dijo Gabriel con calma.
—Claro, claro. —Martín se rio—. Bueno, me voy, que el alcalde quiere seguridad reforzada para la fiesta y no tengo agentes ni para cuidar un gallinero. Ale, bienvenida a casa. De verdad.
Lo vieron alejarse por el andén.
—¿Le vas a contar lo de las fotos? —preguntó ella en voz baja.
Gabriel tardó en contestar.
—Todavía no —dijo—. Prometimos no contárselo a nadie hasta estar seguros. ¿Te acuerdas?
Ella se acordaba.
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Esa tarde volvieron a la casa del río.
El camino de tierra ya casi no existía. Gabriel iba delante abriendo paso entre las zarzas con una rama, y Alejandra lo seguía mirándole la espalda y pensando que era injusto, profundamente injusto, que el niño flaco de la mochila azul se hubiera convertido en eso.
Cuando llegaron al claro, la casa los esperaba igual que siempre, un poco más torcida, un poco más gris.
El porche se había hundido del todo de un lado. Gabriel subió primero y le tendió la mano. Ella dudó un segundo y la tomó.
La mano de Gabriel era cálida, áspera y firme. La sostuvo un poco más de lo necesario. O tal vez fue ella la que no la soltó. Cuando por fin se separaron, ninguno de los dos dijo nada.
Adentro todo seguía igual, salvo una cosa. En el polvo del suelo de la sala había huellas. No las de ellos, que llevaban quince años borradas, sino huellas recientes, de zapatos pequeños, que iban y venían hacia la escalera.
—Alguien ha estado aquí —susurró Alejandra.
—Hace poco. Unos días, como mucho.
Subieron con cuidado. En el cuarto de Isabel, la cama de hierro seguía pegada a la pared. En el alféizar de la ventana redonda había un cabo de vela consumido y unas gotas de cera blanca que todavía no se habían ensuciado de polvo.
Junto a la ventana, en la pared, la inscripción seguía ahí. Alguien había limpiado el polvo a su alrededor, con cuidado, como quien limpia una lápida.
A. y G. Prometido. Octubre.
Gabriel se quedó mirándola sin decir nada. Alejandra vio que le temblaba un músculo de la mandíbula.
Subió a la cama de hierro, empujó la tabla del techo y metió la mano en el desván. Durante un segundo horrible no encontró nada. Luego sus dedos tocaron lata fría.
La caja del tren seguía allí.
La bajó, se sentó en el suelo junto a la ventana, en el mismo lugar de entonces, y Gabriel se sentó frente a ella. Desataron el listón. Las cartas, las fotos, el cordel. Todo estaba en su sitio.
—Alguien vino hasta aquí, encendió una vela, limpió nuestra pared y no se llevó nada —dijo Alejandra despacio—. ¿Quién hace eso?
—Alguien que quiere que la encontremos —dijo Gabriel.
—O alguien que vino a despedirse.
Se miraron. Afuera, el río corría tranquilo y verde, como si nada hubiera pasado nunca.
Alejandra sacó del bolsillo interior de su abrigo el pañuelo de seda y lo abrió sobre las tablas. El medallón brilló apagado bajo la luz de la ventana. Gabriel contuvo el aliento.
—Lo guardaste.
—Lo cuido yo. Hasta que lo descubramos. —Ella tragó saliva—. Lo prometimos.
—Pensé que lo habías tirado. Pensé que lo habías tirado todo.
—Pensaste muchas cosas, por lo visto.
Él la miró. Ella lo miró. Durante un segundo, a la luz dorada de la tarde, en el cuarto de una muchacha que había desaparecido hacía treinta años, a Alejandra le pareció que él iba a decir algo importante.
—Socios —dijo Gabriel al fin, y le tendió la mano—. Para esto. Hasta que lo descubramos.
—Socios —repitió ella, y se la estrechó—. Nada más.
—Nada más.
Ninguno de los dos se lo creyó. Pero los dos fingieron muy bien.