La última promesa Capítulo 5. Quince años después
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Capítulo 5. Quince años después

Quince años después

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La sala de redacción de El Diario olía a café recalentado y a impresora caliente, y a las once y media de la noche de un martes, Alejandra Ríos era la única persona que quedaba en el cuarto piso.

Tenía veintisiete años, un título de periodismo con mención honorífica, tres premios universitarios guardados en una caja debajo de la cama y un escritorio junto a la ventana donde, desde hacía dieciocho meses, escribía exclusivamente sobre baches.

No solo baches, para ser justos. También semáforos descompuestos, cortes de agua programados y, una vez, en lo que había sido el punto más alto de su carrera reciente, una colonia de murciélagos que se había instalado en el techo de un mercado municipal.

—Es servicio público —le había dicho Paula Ibarra, su editora, cuando ella se quejó—. A la gente le importan los baches.

—A la gente le importan muchas cosas. Déjame escribir sobre alguna.

—Cuando me traigas algo que valga la portada, Ríos, hablamos.

Alejandra llevaba dieciocho meses buscando ese algo.

Había propuesto una investigación sobre contratos de basura que terminó en un cajón porque el concesionario era anunciante del periódico.

Había seguido durante semanas una pista sobre medicamentos vencidos en un hospital público que se evaporó cuando su fuente dejó de contestar el teléfono.

Su padre le habría dicho que la verdad tiene paciencia.

Pero su padre llevaba seis años muerto, y Alejandra había empezado a sospechar que la paciencia era un lujo de los que no tienen que pagar el alquiler.

Apagó la computadora, se puso el abrigo y fue a recoger el correo de su casillero, por costumbre.

Había un sobre.

Era un sobre manila sencillo, sin remitente, con su nombre escrito a mano en letras de imprenta: ALEJANDRA RÍOS — REDACCIÓN. El matasellos estaba borroso, pero se alcanzaba a leer el nombre de la oficina de correos de origen, y Alejandra sintió que el piso se movía un poco bajo sus pies.

Era el pueblo.

No había vuelto en dos años. Su madre la visitaba en la ciudad dos veces al año, con una bolsa de pan de anís y una lista de reproches suaves, y Alejandra se las arreglaba para tener siempre una buena excusa en Navidad.

No era que no quisiera a su madre. Era el pueblo.

El río, la plaza, la calle de los almendros.

Todo le recordaba cosas que había decidido no recordar.

Abrió el sobre allí mismo, de pie, junto a los casilleros.

Adentro había una fotografía y nada más.

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Era una foto en color, de esas impresas en papel brillante que ya nadie revelaba, con los bordes un poco curvados por el tiempo.

Mostraba una ventana redonda en la pared gris de una casa de madera, tomada desde abajo, desde fuera, a cierta distancia.

Detrás del vidrio roto se veían dos niños sentados en el suelo, frente a frente.

Uno era un niño flaco de cabello oscuro.

La otra era una niña con dos trenzas. Entre los dos había algo que podía ser una caja.

Tenían los meñiques enganchados.

En la esquina inferior derecha, en numeritos naranjas, había una fecha impresa. Un domingo de octubre de hacía quince años.

Alejandra tuvo que sentarse en el suelo del pasillo. Se le había ido la fuerza de las piernas.

No había visto nunca esa foto. Nadie se la había tomado; ella habría recordado a alguien con una cámara aquel día.

Estaban solos. Habían estado completamente solos, ella y Gabriel, en el cuarto de Isabel, haciendo la promesa más seria de su vida.

Y alguien, desde fuera, entre los sauces, los había estado mirando.

Le dio la vuelta a la foto con dedos temblorosos.

En el reverso, con las mismas letras de imprenta del sobre, decía:

PROMETIERON DESCUbrIR LA VERDAD. EL TIEMPO SE ACABA.

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No durmió esa noche.

Se sentó en el sofá de su departamento con todas las luces encendidas, la foto sobre la mesa de centro, y bajó del clóset la caja de zapatos donde guardaba las cosas que no tiraba pero tampoco miraba.

Ahí estaba la libreta de tapas rojas. Ahí estaba el pedazo aplastado de papel maché café y dorado, con su agujero en la frente.

Y ahí estaba la cajita de pino con la estrella torcida.

Abrió la cajita por primera vez en años.

El medallón seguía envuelto en el pañuelo de seda, y la plata se había oscurecido aún más. Lo sostuvo en la palma de la mano. Era más pequeño de lo que recordaba, o tal vez su mano era más grande. Abrió la tapa con la uña. El tren diminuto, los tres números.

14 · 7 · 31.

—¿Quién eres? —le preguntó en voz alta a la fotografía. A la ventana redonda. Al que había estado entre los sauces—. ¿Y por qué ahora?

Hojeó la libreta roja. La letra de una niña de diez, once, doce años. La señora Montero llora mirando la estación. Mamá dice que mira las luces. No es verdad. Martín se asustó. No se enojó. Se asustó. Papá sabe algo de Isabel. Mamá tiene miedo. Y al final, la frase furiosa y tachada.

Volvió a mirar los números naranjas de la esquina de la foto.

Muchas cámaras baratas de aquella época imprimían la fecha así; medio pueblo había tenido una.

Y sin embargo algo, un recuerdo borroso, una sensación más que una imagen, le picaba en el fondo de la cabeza como una astilla. No consiguió atraparla.

A las cuatro de la mañana, hizo algo que no había hecho en mucho tiempo: buscó el nombre de su pueblo en internet, en la sección de noticias.

El segundo resultado era un artículo de un diario regional, publicado nueve días antes:

EL ALCALDE GONZALO SALCEDO PRESENTA EL PROYECTO «PASEO DEL RÍO».

La iniciativa, financiada en buena parte por la Fundación Salcedo, contempla la restauración de la antigua estación de tren como centro cultural y la demolición de su ala norte, en estado ruinoso, para abrir una explanada peatonal frente al río.

Las obras de demolición comenzarán, según el calendario municipal, inmediatamente después de la tradicional Fiesta de las Máscaras.

Había una foto. El alcalde Salcedo, un hombre de unos sesenta años, canoso, elegante, con traje claro y una sonrisa de dientes perfectos, señalaba una maqueta de la estación.

Junto a él, un joven igualmente elegante, que el pie de foto identificaba como Bruno Salcedo, director de la fundación.

Y un poco más atrás, medio cortado por el borde, un hombre de unos treinta años, con camisa arremangada y unos planos enrollados bajo el brazo, que no sonreía. El pie de foto no decía su nombre.

No lo necesitaba.

Alejandra se quedó mirando esa cara durante mucho tiempo. Los ojos color café claro. La forma de estar un poco apartado de todos, mirando algo que nadie más veía.

Habían pasado quince años, pero la reconocería en cualquier parte.

El ala norte de la estación. Ahí estaba la oficina del telégrafo. Lo sabía porque Isabel lo describía en sus cartas: mi ventanita del ala norte, desde donde veo llegar todos los trenes.

Faltaban once días para la última noche de la Fiesta de las Máscaras.

El tiempo se acaba.

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—Dos semanas —dijo Paula Ibarra a la mañana siguiente, sin levantar la vista del monitor—. Tienes días acumulados de sobra. ¿Qué es?

—Algo familiar.

—Ríos. —Ahora sí la miró, por encima de los lentes—. Llevas un año y medio pidiéndome una historia de verdad y hoy llegas con ojeras hasta la barbilla y me pides vacaciones por un asunto familiar. No soy tonta. ¿Qué es?

Alejandra dudó. Luego sacó la foto del bolso y la puso sobre el escritorio.

Paula la estudió en silencio, la volteó, leyó el reverso.

—¿Eres tú?

—Y un amigo de la infancia. Hace quince años.

En una casa abandonada donde encontramos unas cartas de una mujer que desapareció hace treinta años, la misma noche en que murió su novio en un «accidente».

Nadie investigó nada. Y ahora alguien me manda esto, justo cuando el alcalde del pueblo va a demoler el lugar donde ella trabajaba.

Paula se quitó los lentes y se frotó los ojos.

—¿El alcalde que sale en el diario regional con su fundación y su sonrisa?

—Ese mismo.

—Dos semanas —repitió Paula—. Y si encuentras algo, Ríos, me llamas a mí antes que a nadie. A nadie. ¿Entendido?

—Entendido.

—Y ten cuidado. Los pueblos pequeños tienen la memoria larga y la paciencia corta.

Alejandra sonrió sin querer. Era casi lo mismo que decía Martín del río.

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Esa noche llamó a su madre.

—¿Vienes? —La voz de Elena se quebró un poco al otro lado de la línea—. ¿De verdad? ¿Para la fiesta?

—Para la fiesta, mamá. Unos días.

—Te arreglo tu cuarto. ¿Te acuerdas de que la estación tiene ahora tren directo desde la ciudad? Sale a medianoche y llega a las siete y media.

—Siete treinta y uno —dijo Alejandra sin pensarlo.

Hubo un silencio en la línea.

—¿Cómo sabes?

—No sé, mamá. Lo habré leído.

Pero colgó con la sensación de que lo había leído hacía mucho tiempo, en una letra inclinada y elegante, a la luz que entraba por una ventana redonda.

Preparó la maleta en veinte minutos. En el bolsillo interior del abrigo, envuelto en su pañuelo de seda, guardó el medallón.

Luego tomó un taxi a la terminal y subió al tren de medianoche con la foto en una mano y el corazón, que llevaba quince años portándose bien, golpeándole las costillas como si tuviera doce años otra vez.

Por la ventanilla, la ciudad se fue apagando poco a poco. Después solo hubo campo y oscuridad, y el traqueteo constante de las ruedas sobre los rieles, que sonaba como una pregunta que se repetía sin parar.

¿Por qué ahora? ¿Por qué ahora? ¿Por qué ahora?

Se quedó dormida cerca de las cuatro. Soñó con un búho que la miraba desde un andén lleno de máscaras.