La última promesa Capítulo 4. La despedida inesperada
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Capítulo 4. La despedida inesperada

La despedida inesperada

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Gabriel supo que algo andaba mal el martes de la semana de la fiesta, cuando su padre llegó a casa sin la patrulla.

Andrés Herrera nunca llegaba a pie. La patrulla blanca, con el escudo del pueblo en la puerta, dormía cada noche frente al portón verde, y Gabriel se había acostumbrado tanto a ella que el hueco vacío junto a la acera le pareció una herida.

—Se descompuso —dijo su padre en la cena, antes de que nadie preguntara.

Su madre, Rosa, no dijo nada. Le cortó la carne a Lucía, que tenía cuatro años y se dormía sobre el plato, y siguió mirando la mesa.

Gabriel no era Alejandra. No llevaba una libreta con la lista de las cosas que los adultos no dicen.

Pero tenía ojos, y su padre tenía los nudillos de la mano derecha raspados, como si hubiera golpeado algo duro.

Esa misma noche, desde la ventana de su cuarto, vio a su padre en el patio hablando por teléfono, de pie bajo el limonero, con la voz tan baja que no se oía nada. Solo una vez levantó el tono y Gabriel alcanzó a entender un nombre.

«Tomás, escúchame».

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El miércoles, Gabriel se enteró por Héctor Soto de lo que había pasado con la patrulla.

—La quemaron —le dijo Héctor en el recreo, con la emoción cruel de los niños que tienen una noticia—. Anoche, detrás de la comisaría. Mi tío la vio. Dice que quedó negra, negra, como un carbón.

—Mentira.

—Pregúntale a tu papá.

Gabriel no le preguntó. Pero esa tarde, en lugar de bajar por la calle de los almendros con Alejandra, dio un rodeo por detrás de la comisaría. La patrulla seguía ahí, en el rincón del estacionamiento, cubierta con una lona gris. Por debajo de la lona asomaba una llanta derretida.

Alejandra lo esperaba en la esquina de la plaza, con los brazos cruzados.

—¿Dónde estabas?

—En ningún lado.

Ella lo miró con esos ojos que lo veían todo. Gabriel pensó en contarle lo de la patrulla, pero algo se lo impidió. Tal vez la cara de su padre. Tal vez el miedo de que, si lo decía en voz alta, se volviera más real.

—Mañana es el desfile —dijo en cambio—. ¿Ya tienes tu máscara?

—Voy a usar la del lobo. La de hace cuatro años. Todavía me queda.

—Yo la del búho.

—Los búhos son aburridos —dijo ella, y por primera vez en todo el día, Gabriel sonrió.

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El jueves por la mañana, cuando Rosa abrió la puerta para sacar la basura, encontró la máscara.

Estaba clavada en la madera del portón verde con un clavo largo y oxidado que le atravesaba la frente.

Era una máscara de halcón, de papel maché pintado de café y dorado, con el pico curvo y los ojos vacíos.

De las que se vendían por montones en los puestos de la plaza durante la fiesta. No tenía nada de especial.

Rosa gritó.

Gabriel bajó corriendo la escalera y llegó a tiempo para ver a su padre arrancar la máscara del portón de un tirón, con una furia que no le conocía. Andrés la miró un segundo, la aplastó entre las manos y la metió en el cubo de la basura. Luego se volvió hacia su esposa.

—Prepara las maletas —le dijo en voz baja—. Solo lo necesario.

—Andrés...

—Esta noche, Rosa. No hay otra manera.

Gabriel no entendía nada. Se quedó en el último escalón, en pijama, con el corazón desbocado.

—¿Nos vamos? —preguntó—. ¿A dónde?

Su padre lo miró, y en sus ojos Gabriel vio algo que lo asustó más que la máscara: vio que su padre, que nunca tenía miedo de nada, tenía miedo.

—Vete a la escuela, hijo. Como siempre. No le digas nada a nadie. Te lo explico después.

—¿Ni a Alejandra?

—A nadie, Gabriel. Especialmente a ella.

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Fue a la escuela. Se sentó junto a Alejandra como siempre.

Ella le habló del desfile de esa noche, de que su mamá iba a hacer buñuelos de canela y de que había descubierto una cosa nueva en la última carta de Isabel que tenía que contarle el domingo.

Gabriel asentía, sin oír casi nada. En la clase de geografía la maestra habló de los ríos que cruzaban el país y él se quedó mirando la nuca de Alejandra, el nacimiento de sus trenzas, como si tuviera que memorizarla.

A la salida, cuando se separaron en la esquina de la panadería, ella se dio la vuelta.

—¿Estás bien?

Él quiso decírselo todo. Se le juntaron las palabras en la garganta, tantas que no salió ninguna.

—Sí —dijo—. Nos vemos esta noche en el desfile.

—Con el búho.

—Con el búho.

Fue la última vez que la vio en quince años.

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No hubo desfile para Gabriel. Su padre no lo dejó salir de casa. Desde la ventana de su cuarto oyó la banda en la plaza y vio estallar los cohetes sobre el río, verdes, rojos y dorados, y se imaginó a Alejandra buscándolo entre las máscaras. Se durmió vestido, con la máscara del búho en las manos.

A las tres de la madrugada, su madre lo despertó.

—Ponte los zapatos. Rápido.

En la calle había una camioneta con la caja cubierta por una lona, y Martín estaba cargando las maletas.

Gabriel nunca había visto a su primo tan serio.

Trabajaba en silencio, sin bromas, sin la cámara colgada al cuello, y cuando vio a Gabriel en la puerta le revolvió el pelo con una mano grande y torpe, sin decir nada.

—¿A dónde vamos? —preguntó Gabriel por décima vez.

—A la ciudad —dijo su padre—. Me trasladaron.

—¿A esta hora?

—A esta hora.

—Tengo que despedirme de Alejandra.

—No.

—¡Papá, por favor! Le prometí...

—¡Gabriel! —Era la primera vez que su padre le gritaba en su vida.

Luego, como arrepentido, se agachó frente a él y lo tomó de los hombros.

Hablaba muy bajo, muy rápido—. Escúchame bien.

Hay gente mala en este pueblo, hijo. Gente con mucho poder.

Si nos quedamos, nos pueden hacer daño. Y si tú buscas a Alejandra, le pueden hacer daño a ella y a su familia.

¿Entiendes? Lo mejor que puedes hacer por ella ahora es irte sin hacer ruido.

Gabriel no lo entendía. No podía entenderlo. Pero entendió la palabra daño, y entendió la cara de su padre, y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Le puedo escribir?

Su padre dudó.

—Más adelante. Cuando sea seguro.

Mientras su padre ayudaba a Rosa a subir a Lucía, Gabriel arrancó una hoja de su cuaderno de dibujo y escribió a toda prisa, con su lápiz corto, apoyándose en la pared:

Ale: Me tengo que ir. No puedo decirte por qué porque no lo sé. Te voy a escribir. No te olvides de la promesa. Yo no me voy a olvidar nunca. G.

La dobló en cuatro y se la puso en la mano a Martín.

—Dásela a Alejandra. Por favor. Mañana.

Martín miró el papel doblado. Miró a su primo. Algo se movió en su cara, algo que Gabriel no supo leer.

—Claro, campeón —dijo Martín, y se guardó la hoja en el bolsillo de la chaqueta—. Cuenta con eso.

La camioneta arrancó con las luces apagadas.

Gabriel se arrodilló en el asiento de atrás para mirar por el vidrio.

Vio el portón verde, la plaza dormida con las guirnaldas de la fiesta todavía colgando, el letrero apagado de la panadería Ríos.

En el piso de arriba, donde estaba el cuarto de Alejandra, no había ninguna luz.

Luego el puente de hierro, el río negro, y nada más.

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Alejandra lo buscó en el desfile durante toda la noche. Vio tres búhos, pero ninguno era el suyo.

El viernes, el lugar junto a ella en el salón estaba vacío.

La maestra Clara dijo que la familia Herrera se había mudado por «un asunto de trabajo del señor Herrera» y les pidió que le desearan lo mejor a Gabriel dondequiera que estuviera.

Veintiséis niños lo hicieron con su tonito cantado.

Alejandra no dijo nada. Se quedó mirando la silla vacía hasta que se le nublaron los ojos.

A la salida corrió hasta el portón verde. Estaba cerrado con un candado nuevo. Las cortinas no estaban. En el cubo de la basura de la acera, debajo de unas bolsas, había un pedazo de papel maché café y dorado, aplastado, con un agujero en la frente.

Alejandra no supo por qué, pero se lo llevó.

Esa tarde fue a buscar a Martín a la comisaría. Él la recibió en la puerta, sin dejarla entrar.

—Se fueron a la ciudad, pequeña. Trasladaron a mi tío.

—¿Gabriel no dejó nada para mí? ¿Una carta? ¿Algo?

Martín se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta. Ella lo recordaría después, esas manos en los bolsillos.

—No, Ale. Fue todo muy rápido. Lo siento.

—¿Me puedes dar su dirección? Le quiero escribir.

—Te prometo que en cuanto la tenga te la doy. Dame tus cartas a mí y yo se las hago llegar.

Alejandra le dio cuatro cartas en los siguientes cinco meses. Martín las recibió todas con la misma sonrisa triste. Ninguna tuvo respuesta.

En marzo dejó de escribir.

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Los meses siguientes fueron raros en la casa de los Ríos.

Su padre llegaba tarde y se encerraba en el sótano de la panadería, donde guardaba sus papeles viejos.

Una noche de noviembre, Alejandra oyó a su madre llorar.

En diciembre, el viejo Aurelio Salcedo, el dueño de la curtiduría y de casi todo lo que había en el pueblo, compró El Eco del Río, el semanario que su padre había dirigido durante quince años.

Tomás siguió trabajando ahí, pero ya no escribía artículos sobre la alcaldía.

Escribía sobre la feria del queso, los matrimonios y los resultados del fútbol.

Alejandra no hizo preguntas. Había aprendido que algunas preguntas tenían un precio, aunque no sabía cuál.

Una sola vez, a los catorce años, volvió sola a la casa Montero. Subió a la cama de hierro y empujó la tabla del techo. La caja del tren seguía en el desván, intacta. Junto a la ventana redonda, en letras pequeñas, seguía la inscripción de Gabriel: A. y G. Prometido. Octubre.

Se quedó mirándola mucho tiempo. Luego bajó, cerró la puerta del pestillo oxidado y no volvió más.

A los dieciocho años se fue a estudiar periodismo a la ciudad.

En el fondo de la maleta llevaba dos cosas que nunca enseñó a nadie: una cajita de pino con una estrella torcida tallada en la tapa, y una libreta de tapas rojas cuya última anotación, escrita a los doce años con letra apretada y furiosa, decía:

Gabriel se fue sin despedirse. Las promesas no sirven para nada.

Había tachado para nada, y encima, con otra tinta, años después, había escrito: todavía.