La última promesa Capítulo 3. La promesa
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Capítulo 3. La promesa

La promesa

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Durante los dos años siguientes, la casa Montero se convirtió en el secreto más importante de sus vidas.

Iban cuando podían, que no era tan seguido como habrían querido.

A veces pasaban semanas sin poder escaparse: llovía, o Martín no los llevaba al río, o Elena necesitaba que Alejandra ayudara en la panadería, o el padre de Gabriel decidía que ya era hora de que su hijo aprendiera a cortar el pasto como era debido.

Pero siempre volvían. Subían a la cama de hierro, empujaban la tabla del techo, bajaban la caja del tren y se sentaban junto a la ventana redonda, con el río al fondo.

Empezaron a leer las cartas a los once años, en orden, una por visita, como si fueran capítulos de un libro.

Eran cartas de amor. Al principio les dio vergüenza leerlas en voz alta, y Gabriel se ponía tan rojo que Alejandra tenía que leer ella las partes en que Julián le decía a Isabel que tenía «los ojos del color del río en octubre».

Pero poco a poco dejaron de reírse. Había algo en esas cartas, en la forma en que dos personas se escribían aunque vivían en el mismo pueblo y se veían todos los días, que los hacía quedarse callados.

—¿Por qué se escribían si se veían? —preguntó Gabriel una tarde.

Alejandra lo pensó.

—Porque hay cosas que no se pueden decir en voz alta. Solo se pueden escribir.

Gabriel la miró de una manera rara, como si fuera a decirle algo, pero no dijo nada. Ella anotó esa mirada en su libreta, aunque no en la lista de los adultos. Le abrió una lista nueva que no tenía título.

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Por las cartas supieron que Isabel trabajaba en la estación, en la oficina del telégrafo, y que Julián era el jefe de estación, «el más joven que ha tenido nunca esta línea», como decía ella con orgullo.

Supieron que el niño pálido de la foto se llamaba Nicolás y era el hermano menor de Isabel, y que estaba enfermo.

Las cartas hablaban mucho de él: de los médicos de la ciudad, de las fiebres, de las manchas en la piel que no se iban.

Hubo una carta, escrita por Julián, que leyeron tres veces porque no la entendieron:

No le digas a nadie lo que te conté del depósito. Ni siquiera a tu madre. Todavía no tengo pruebas suficientes, y ellos tienen amigos en todas partes. Pero voy a conseguirlas, Isa. Te lo prometo. Por Nicolás y por todos los demás.

—¿Quiénes son «ellos»? —preguntó Alejandra.

—No dice.

—¿Y qué es el depósito?

—El de la estación, supongo. El de carga. Mi papá dice que antes llegaban muchos trenes de carga.

Esa carta era una de las últimas. Después de ella solo quedaban dos, muy cortas, de Isabel, y en ninguna se volvía a hablar del depósito. La última decía apenas:

Esta noche, después de la fiesta, en el andén. Llevaré el chal rojo para que me reconozcas entre tantas máscaras. Te quiero. Siempre. I.

Gabriel dobló la carta con mucho cuidado.

—¿Qué crees que pasó? —preguntó.

—No sé. —Alejandra miró por la ventana redonda. El río estaba tranquilo, verde y lento—. Pero algo malo.

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Fue esa noche cuando cometió el error.

No lo supo entonces. Lo supo quince años más tarde, y durante mucho tiempo le costó perdonárselo. Pero en ese momento, sentada a la mesa de la cocina mientras su padre leía el periódico de la ciudad y su madre servía la sopa de lentejas, le pareció la pregunta más natural del mundo.

—Papá, ¿quién era Isabel Montero?

El periódico bajó despacio.

Alejandra había visto muchas veces la cara de su padre cuando oía una noticia: concentrada, curiosa, un poco divertida. Esta vez fue diferente. La cara de Tomás Ríos se quedó completamente quieta, como el agua de un estanque cuando alguien está a punto de tirar una piedra.

—¿Dónde oíste ese nombre?

—Por ahí. —Alejandra sintió que se le calentaban las orejas. Había prometido no decir nada de la caja, y las promesas eran promesas—. En la escuela. Alguien dijo que su fantasma vive en la casa del río.

Su madre dejó el cucharón dentro de la olla.

—Tomás —dijo Elena en voz baja.

Pero su padre no la miró. Siguió mirando a Alejandra con los lentes en la punta de la nariz.

—Isabel Montero era una muchacha del pueblo —dijo al fin, con mucho cuidado—. Trabajaba en la estación. Se ahogó en el río hace muchos años, cuando yo era joven. Fue muy triste.

—¿Y Julián?

Fue un error decir ese nombre también. Lo supo en cuanto lo dijo. Su padre parpadeó, y en ese parpadeo hubo algo que no era tristeza.

—Julián Arce era el jefe de estación. Murió la misma noche. Un accidente en las vías.

—¿La misma noche? —Alejandra se inclinó hacia adelante—. ¿Los dos?

—Alejandra —intervino su madre—. Come la sopa.

—Pero es muy raro que...

—La sopa.

Esa noche, desde su cama, Alejandra oyó a sus padres discutir en la cocina.

No entendió casi nada; hablaban en voz baja y la puerta estaba cerrada.

Solo oyó una frase de su madre, más alta que las demás, y luego la voz de su padre, cansada, diciendo algo que sonó como «ya no somos los mismos de entonces».

La frase de su madre fue: «No vuelvas a meterte en eso. Ahora tenemos una hija».

En la libreta roja, la anotación número veintiocho decía solo: Papá sabe algo de Isabel. Mamá tiene miedo.

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Hicieron la promesa un domingo de octubre, una semana antes de la fiesta.

Gabriel llegó a la casa del río con algo envuelto en papel de periódico. Lo había hecho él, en el taller de carpintería de la escuela: era una caja pequeña de madera de pino, con la tapa encajada y, tallada en el frente, con muchos errores y mucho cuidado, la estrella de ocho puntas sobre el río.

—Para el medallón —dijo, sin mirarla—. La caja de lata se está oxidando.

Alejandra no supo qué decir. Abrió la cajita y la cerró, y la volvió a abrir.

—Es preciosa.

—Está torcida.

—Es preciosa y está torcida. Las dos cosas.

Pusieron el medallón dentro, envuelto en su pañuelo de seda. Luego se sentaron frente a frente en el suelo del cuarto de Isabel, con la caja del tren entre los dos, y fue Alejandra la que habló primero, porque siempre era ella la que hablaba primero.

—Algo malo les pasó, Gabriel. A Isabel y a Julián. Y nadie lo sabe. O todos lo saben y nadie lo dice, que es peor.

—Ya sé.

—Algún día vamos a descubrirlo. Tú y yo. Cuando seamos grandes y nadie nos pueda decir que no nos metamos.

Gabriel asintió despacio.

—Vamos a descubrir la verdad —dijo él—. Pase lo que pase.

—Pase lo que pase. Y no se lo vamos a contar a nadie hasta que estemos seguros.

—A nadie.

—Y nunca vamos a dejar de buscar, aunque pasen muchos años.

—Aunque pasen muchos años.

Alejandra extendió la mano, como él había hecho el primer día en el recreo. Pero Gabriel no se la estrechó. Le tomó el dedo meñique con el suyo, como hacían los niños más pequeños, y lo apretó fuerte.

—Lo prometo —dijo.

—Lo prometo.

Se quedaron así un momento, con los meñiques enganchados y el corazón latiendo muy rápido, aunque ninguno de los dos habría sabido decir por qué.

Después decidieron repartirse la custodia de los tesoros, como dijo Alejandra, que había leído la palabra en un libro: las cartas y las fotos se quedarían en el desván, donde Isabel las había dejado, porque eran suyas.

El medallón, dentro de la cajita de pino, se lo llevaría Alejandra a su casa, porque el desván tenía goteras y la plata se estaba poniendo negra.

—Lo cuidas tú —dijo Gabriel—. Hasta que lo descubramos.

—Hasta que lo descubramos.

Antes de bajar, Gabriel hizo algo que no había hecho nunca. Sacó su lápiz corto y, en la pared junto a la ventana redonda, debajo del papel despegado, escribió en letras pequeñas: A. y G. Prometido. Octubre.

Alejandra pensó que era lo más bonito que había visto en su vida. No se lo dijo. Tenía doce años y había cosas que no se podían decir en voz alta.

Solo se podían escribir.

Esa noche, en la lista sin título de su libreta, escribió: Gabriel me hizo una caja. Hicimos una promesa. Para siempre.

No sabía que, doce días después, Gabriel Herrera desaparecería de su vida sin decir adiós.