La última promesa Capítulo 2. La casa junto al río
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Capítulo 2. La casa junto al río

La casa junto al río

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A los diez años, Alejandra y Gabriel habían explorado todo lo que se podía explorar en el pueblo sin pedir permiso.

Conocían el atajo que pasaba por detrás del cementerio, el hueco en la cerca del vivero donde crecían las moras más dulces y la escalera de incendios del antiguo cine, desde cuyo techo se veía el río entero, brillando como una cinta de metal entre los sauces.

Lo único que les faltaba era la casa Montero.

Estaba río abajo, pasando el puente de hierro, al final de un camino de tierra que el pasto había ido borrando año tras año.

Era una casa de madera de dos pisos, con un porche hundido y unas ventanas sin vidrios que parecían ojos vacíos.

Los niños del pueblo decían que estaba embrujada.

Héctor Soto juraba que una noche había visto una luz moverse en el piso de arriba.

Los adultos decían, con más sentido común y menos imaginación, que estaba a punto de caerse y que nadie tenía nada que hacer ahí.

—Por eso mismo —dijo Alejandra un sábado de principios de verano, sentada en la piedra grande del remanso—. Si nadie tiene nada que hacer ahí, nadie va a vernos.

Gabriel dejó de dibujar. Llevaba toda la mañana copiando el puente de hierro en su cuaderno, remache por remache.

—Martín dice que está a punto de caerse.

—Martín dice muchas cosas.

Martín, de hecho, no estaba. Ese sábado le tocaba guardia, y los había dejado en el río con la promesa solemne de no moverse de las piedras grandes. La promesa había durado hasta que la camioneta desapareció detrás de los álamos.

Gabriel cerró el cuaderno. Alejandra ya sabía que eso significaba que sí.

✦ ✦ ✦

El camino estaba más cerrado de lo que parecía desde el puente.

Las zarzas les arañaron los brazos, y en un momento Gabriel se hundió hasta el tobillo en un charco de barro negro que olía a hierro viejo.

Cuando por fin llegaron al claro, la casa los miró desde arriba, gris y torcida, con una paciencia que a Alejandra le erizó la piel de la nuca.

—Tú primero —dijo Gabriel.

—¿Por qué yo?

—Porque fue tu idea.

Era un argumento difícil de discutir. Alejandra subió los tres escalones del porche probando cada tabla con la punta del pie. La puerta no tenía cerradura; solo un pestillo oxidado que cedió con un chirrido largo, como un suspiro.

Adentro olía a polvo y a humedad, y a algo más, algo dulce y viejo que ella no supo identificar hasta muchos años después: lavanda seca.

La luz entraba en franjas por las ventanas sin vidrio y dejaba ver una sala vacía, con el papel de las paredes despegado en tiras.

Había un sillón sin cojines, una mesa con una pata rota y, en la pared del fondo, el rectángulo más claro donde alguna vez había colgado un cuadro.

—No hay fantasmas —dijo Alejandra, con más alivio del que le habría gustado admitir.

—Todavía no hemos subido.

La escalera crujía en cada peldaño. Arriba había dos cuartos pequeños y un pasillo con el techo tan bajo que los adultos habrían tenido que agacharse. El primer cuarto estaba vacío. El segundo tenía una cama de hierro sin colchón, pegada a la pared, y una ventana redonda que daba al río.

Gabriel se quedó en la puerta mirando el techo.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Esa tabla.

Alejandra miró hacia arriba. El techo era de tablas de madera, todas grises, todas iguales. Todas menos una, en la esquina sobre la cama, que era un poco más oscura y tenía los bordes limpios, como si alguien la hubiera movido muchas veces.

—Es una trampilla —dijo Gabriel—. Para el desván.

—¿Cómo sabes?

Él se encogió de hombros.

—Las casas tienen lógica. Si yo hubiera hecho esta casa, habría puesto el desván ahí.

Subieron a la cama de hierro. Gabriel empujó la tabla con las dos manos, y la tabla se levantó con una facilidad que los asustó a los dos. Del hueco cayó una lluvia de polvo que les hizo toser. Cuando el aire se aclaró, Alejandra metió la cabeza por la abertura.

El desván era apenas un espacio entre el techo y el tejado, lleno de telarañas y de hojas secas que habían entrado por alguna grieta. Pero justo al lado de la trampilla, al alcance de la mano, había una caja.

Era una caja de lata, de esas en que antes se vendían las galletas finas, con una pintura descolorida de un tren que cruzaba un puente. La tapa estaba atada con un listón de terciopelo que alguna vez había sido rojo.

Alejandra la bajó con las dos manos, como si fuera a romperse.

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Se sentaron en el suelo, junto a la ventana redonda, con la caja entre los dos. Ninguno se atrevía a abrirla.

—Puede ser de alguien —dijo Gabriel.

—Es de alguien. Todas las cosas son de alguien.

—Entonces no deberíamos...

—Gabriel. —Alejandra lo miró muy seria—. Si alguien la escondió aquí, es porque quería que alguien la encontrara algún día. Si no, la habría quemado.

Gabriel lo pensó, como pensaba todo. Luego tiró del listón.

Dentro había tres cosas.

La primera era un fajo de cartas atadas con un cordel, en sobres amarillentos que no tenían estampillas, solo un nombre escrito con letra inclinada y elegante: Isabel. Algunos sobres decían Julián, en otra letra más apretada y firme.

La segunda eran fotografías. Siete, en blanco y negro y en color desvaído.

En casi todas aparecía la misma muchacha, de cabello oscuro y largo y una sonrisa que le ocupaba toda la cara.

En una estaba sentada en el andén de la estación, con un chal sobre los hombros.

En otra reía junto a un joven alto con gorra de ferroviario, que la miraba a ella en lugar de mirar a la cámara.

En otra, la muchacha sostenía en brazos a un niño pequeño, flaco y pálido, con los ojos muy hundidos.

Y en la última, tomada en el patio de la estación, había un grupo de gente frente a un camión de carga: el joven de la gorra, la muchacha, dos hombres con overol y un muchacho flaco montado en una bicicleta, medio cortado por el borde de la foto.

—¿Quiénes son? —susurró Gabriel.

Alejandra volteó la foto del andén. Atrás, con la misma letra inclinada de los sobres, decía: Isabel y Julián. El último verano bueno.

La tercera cosa estaba al fondo de la caja, envuelta en un pañuelo de seda blanco. Alejandra lo desenvolvió despacio.

Era un medallón.

Un medallón ovalado de plata, del tamaño de una moneda grande, ennegrecido por el tiempo, colgado de una cadena fina.

En la tapa tenía grabado un dibujo que Alejandra no había visto nunca: una estrella de ocho puntas sobre unas líneas onduladas, como el agua de un río.

Alrededor, en el borde, había unas letras tan gastadas que no se podían leer.

—Ábrelo —dijo Gabriel.

Ella buscó con la uña la ranura del borde y apretó.

El medallón se abrió con un clic diminuto.

No había ninguna foto adentro, como en los medallones de las películas.

Había un grabado, hecho a mano, con trazos finos y cuidadosos: un tren pequeñito, de esos de vapor con chimenea, y debajo, tres números separados por puntos.

14 · 7 · 31

—¿Qué significa? —preguntó Alejandra.

—No sé. ¿Una fecha?

—No hay ningún mes treinta y uno.

—Tal vez es al revés. El catorce de julio... del treinta y uno.

—¿Del año treinta y uno? Eso fue hace un siglo. —Alejandra frunció el ceño—. Y la gente de las fotos es joven.

Gabriel sacó su cuaderno y copió el dibujo de la tapa y los números del interior con una precisión que a ella siempre le parecía un poco mágica. Luego se quedó mirando la foto del niño pálido.

—Está enfermo —dijo en voz baja.

Alejandra también lo había pensado. Volvió a envolver el medallón en el pañuelo de seda, con mucho cuidado, y se dio cuenta de que le temblaban un poco las manos.

✦ ✦ ✦

No leyeron las cartas ese día. Les pareció, sin decirlo, que leerlas allí, en el cuarto de la muchacha de las fotos, era como espiarla.

Volvieron a guardarlo todo en la caja, la ataron con el listón y la subieron otra vez al desván.

Antes de bajar, Gabriel acomodó la tabla del techo exactamente como estaba.

En el camino de regreso no hablaron. El sol estaba bajo y el río se había vuelto color cobre. Cuando llegaron al puente, la camioneta de Martín estaba estacionada junto a las piedras grandes y él los esperaba de pie, con los brazos cruzados y una cara que no le habían visto nunca.

—¿Dónde estaban?

—Por aquí —dijo Alejandra—. Explorando.

—¿Explorando dónde?

Gabriel se miró los zapatos llenos de barro negro. Martín siguió su mirada. Durante un segundo larguísimo, Alejandra estuvo segura de que Martín sabía exactamente de dónde venían. Algo pasó por sus ojos, algo que no era enojo, sino algo más parecido al miedo.

Pero entonces Martín sonrió, levantó la cámara plateada que llevaba al cuello y les hizo una foto ahí mismo, despeinados, arañados y con las piernas embarradas hasta las rodillas.

—Para que nadie diga nunca que no estuvieron aquí —dijo, como siempre.

Y no volvió a preguntar.

Esa noche Alejandra no pudo dormir. Encendió la linterna debajo de la sábana y escribió en su libreta roja todo lo que recordaba: la trampilla, la caja del tren, los nombres de Isabel y de Julián, el niño pálido, la estrella sobre el río, los tres números.

14 · 7 · 31.

Al final de la página, después de mucho pensarlo, añadió:

Martín se asustó. No se enojó. Se asustó.

Y aunque no sabía por qué, subrayó la palabra dos veces.